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El Gran Otro | Lunes 11 de Diciembre de 2017

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1000 maneras de morir

<!--:es-->1000 maneras de morir<!--:-->

Estupidez, conducta reprobable y fatalidad son los ingredientes para atraer una muerte estrafalaria.
Una popular serie de televisión que se debate entre la arenga moral y el entretenimiento morboso, convirtiendo al espectador en un voyeur de la muerte.

Por Carlos Andrés Puerto Vallejo

Un ladrón que se oculta en un contenedor de basura muere triturado cuando es depositado en el camión que compacta los residuos. Una mujer lasciva se atraganta con un pepino mientras practica lo que le hará al hombre con el cual tendrá una cita. Una paseadora de perros que odia su trabajo y maltrata a los animales es arrastrada por estos y muere cuando su cabeza choca contra un árbol. Un adolescente bromista usa un espejo para reflejar la luz en los ojos de los conductores; cuando una de sus víctimas choca contra un hidrante, este vuela directo al cráneo del bromista. Una amante de la naturaleza atropella accidentalmente a un mapache; cuando trata de reanimarlo con respiración boca a boca en mitad de la carretera, es decapitada por el parachoques de un camión.

Estas muertes insólitas son solo una muestra de las muchas e inesperadas maneras en que alguien puede perder la vida. De hecho, existen 1000 maneras de morir, según un programa de televisión que lleva, precisamente, este nombre. Recreando muertes estrafalarias basadas en hechos reales o leyendas urbanas, 1000 maneras de morir (1000 Ways to Die) hace un ranking tragicómico de los últimos minutos de sus protagonistas. Cada recreación va acompañada de un narrador que no se limita a contar las causas de la muerte, sino que también le relata al espectador detalles de la personalidad del sujeto en cuestión. Además, un especialista, generalmente un médico o un psicólogo, explica científicamente qué le ocurrió al organismo en el momento del accidente.

Haciendo a un lado las intervenciones científicas del programa, 1000 maneras de morir construye todo un espectáculo alrededor de la muerte. Desde que comienza, atrapa la atención con la siguiente advertencia:

«Las muertes que verán en este programa son reales y extremadamente gráficas. Se cambiaron los nombres para proteger las identidades de los fallecidos. No intente hacer nada de lo que mostraremos… ¡MORIRÁ! La muerte está en todas partes. Casi todos intentamos evitarla, otros no pueden salir de su camino. Todos los días libramos una nueva guerra contra GÉRMENES, TÓXINAS, LESIONES, ENFERMEDADES y CATÁSTROFES. Hay muchas maneras de terminar muerto. El hecho de que sobrevivamos a todo eso es un milagro, ya que cada día que vivimos afrontamos 1000 MANERAS DE MORIR».

En cuanto a las personas fallecidas, lo único que se respeta de ellas es su identidad, ya que el narrador se encarga de retratarlas de la manera más denigrante posible. Adjetivos como «idiota», «estúpido», «zorra», «imbécil», etc., se oyen a lo largo del programa como calificativos de los difuntos. La muerte de los protagonistas se recrea plagada de humor negro; las actuaciones exageradas y los comentarios del narrador son la mezcla perfecta para armar toda una burla en torno a la persona y su inesperado final. A la muerte le ponen nombre: un juego de palabras que resume lo acontecido. 1000 maneras de morir tiene un enfoque irónico que funciona debido a lo inusual de las muertes que aborda.

Sin embargo, el programa no se limita a la mordacidad. No es fortuito que las historias que presenta estén protagonizadas por gente cuyo comportamiento puede resultar reprochable, en especial para aquellos sumamente religiosos o moralistas. Que un ladrón muera mientras escapa de la policía, que un joven que consume drogas muera por una alucinación o que una stripper encuentre su final mientras ejerce su profesión son hechos que llevan inevitablemente a la conclusión de que esas personas se merecían lo que les pasó. 1000 maneras de morir, entonces, también resulta ser una suerte de arenga moralista; es como si quisiera dejar una enseñanza: el castigo divino o el karma se encargan de cobrar las malas conductas, de castigar la estupidez.

De esta manera, la serie reduce a sus víctimas a estereotipos moralmente bajos para anular todo sentimiento de empatía, pena o compasión en el espectador. Esto la convierte en una prédica solapada que no está lejos de la que caracterizaba a la moral escolástica y que —en palabras de Tomás de Aquino— premiaba a los justos con solazarse en el sufrimiento de los condenados. Así mismo, el espectador de 1000 maneras de morir puede regodearse sin remordimientos en el sufrimiento y la muerte de estos personajes que tienen más de ficticios estereotipos que de personas reales.

La coartada de esta moral ya no puede ser, por supuesto, la institución religiosa, sino que, acorde con los tiempos actuales, interviene el discurso científico para brindar, por momentos, un aire de objetividad a lo relatado. Es por eso por lo que la serie recurre a explicaciones apoyadas en la opinión de expertos, para detallar las causas del fallecimiento. Estas opiniones, sin embargo, no están allí para apoyar la veracidad de un hecho particular, sino la verosimilitud del hecho; en otras palabras, no se trata de validar sucesos que realmente acontecieron, sino, solamente, de exponer que estos hechos son posibles si se dan las condiciones adecuadas: una conjugación de estupidez, mala conducta y fatalidad.

¿Asustar?, ¿prevenir?, ¿dejar una lección?, ¿burlarse?, ¿ridiculizar?, ¿entretener? Sea cual fuera el propósito del programa (tal vez, todo lo anterior), 1000 maneras de morir gusta, atrae televidentes, da de qué hablar. De hecho, su éxito ha llevado a la creación de una novela gráfica. La mayoría de las personas le teme a la muerte, unas cuantas la encuentran fascinante, y este show televisivo, al enfocarse en muertes absolutamente extrañas, satisface ambas posturas.

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