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El Gran Otro | Sabado 18 de Noviembre de 2017

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Mirta Katz – Al diván con los Artistas

Mirta Katz – Al diván con los Artistas

AL DIVÁN CON LOS ARTISTAS

 

Por Raquel Tesone

Fotos Mariano Barrientos

Desde el momento que abre la puerta de su casa, Mirta Katz, psicoanalista, actriz y autora de las obras de teatro Loca por el tango, Yendo del diván a la milonga, Un diván de dos plazas, abre las puertas de su corazón. Sonriente y bien predispuesta al juego que le propone la entrevista, comienza por mostrar cada una de las habitaciones de su casa, empezando por el living, su bello jardín, la habitación que transformó en un camarín con todo su vestuario, la pieza de la hija que se fue de la casa porque creció. Con su sentido del humor característico, dice: «!Yo siempre digo: perdí una hija, ¡pero gané un placard!». Posa para las fotos como si fuera una modelo avezada y musicaliza creando el ambiente propicio con tango y, más tarde, con jazz. Mirta hace su puesta en escena para brindar a El Gran Otro todo lo mejor de sí misma.

AL DIVÁN CON MIRTA KATZ

Tengo que hablar de por qué

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consultaría…

 

Sí, ¿por qué consultás?

Yo consulto porque quisiera hacer más cosas de lo que estoy haciendo, pero no me da el tiempo ni el dinero. Todo es costoso: yo me encargo de todo, hasta de la producción de mis espectáculos. Entonces, hay una limitación. Le cuento que, al principio, yo me sentía en conflicto, doctora, con el tema de ser actriz y psicoanalista. En el campo del teatro no decía que era psicoanalista, porque yo pensaba que me miraban mal, porque iba a analizar todo.

¿Y en el campo del psicoanálisis?

Tampoco, porque muchos psicoanalistas ortodoxos, al ver que uno hace algo fuera de la norma…, en fin, no tenía muy asumida esa doble fuente

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de mi propia identidad. Pero, en la medida que fue corriendo el tiempo, Yendo del diván a la milonga me permitió legalizar esta doble identidad profesional.

 

Es que con esa obra las integraste, ¿no?

Sí, efectivamente, las integré. Aparecí en programas de radio, y ya hablaba de eso. En APdeBA están chochos con esta psicoanalista que, aparte de trabajar bien y ganar premios con lo que escribe, además, es artista. Nunca quise mezclar las dos cosas. Un par de veces hice en APdeBa unas performances. Ahora, están más abiertos, nobleza obliga… En mi trabajo, en mi consultorio, soy muy psicoanalítica, a pesar de que mi presentación es muy descontracturada. Trabajo con chicos y no se nota que estoy analizándolos, eso es lo mejor que puede suceder. Y mi motivo de consulta es que me siento muy sobrecargada porque yo hago todo, desde escribir, diseño el vestuario y elijo la música. Me gustaría saber cómo puedo hacer para tener más tiempo, más dinero y más posibilidades para poder seguir creando y desarrollando lo artístico. Lo que más cansa es la preproducción y, luego, con la obra lista, hay que sostenerla con difusión, convocatoria, etc. Pero tenerla en funcionamiento sí es como estar enamorada. Y hay que mantener la llama del amor. Es un momento de mucha satisfacción. Con el estreno de Un diván de dos plazas hubo muy buena recepción del público. Ya estoy pensando en otros proyectos.

 

Voy a bajar un poco la música para que se grabe bien. Voy a sacar el tango y poner un poco de jazz.

A mí también me gusta el teatro dramático. Mis últimas experiencias fueron con Alicia Zanca, una grande. Sentí tanto su pérdida. Yo le presenté un proyecto para trabajar sobre la obra de Tennessee Williams. Buscamos duplas de mujeres y lo hicimos, fue una de las últimas cosas que ella realizó. Ella venía a mi casa y le encantaba el jardín, porque ella vivía frente al Botánico, en un departamento muy oscuro. Yo interpreté a Blanche con otra compañera que hacía Stella; otras hicieron El zoo de cristal, Amanda y Laura; y otra obra corta La marquesa de Lakspur Lotion, a cargo de otras actrices; un muy lindo espectáculo que se llamó Las mujeres de Tennessee y tenía música de jazz. Esto me dio la oportunidad de trabajar la veta dramática. Mi coach me dice que yo tengo esa fibra, y que está en mí saber usarla. Empecé con el varieté con Leandro Rosati, que es un exponente del under de los ochenta, después de estudiar mucho tiempo con Augusto Fernandes, que me encantó esa experiencia. Cuando hice varieté me divertí mucho trabajando el cuerpo, la voz, la gestualidad. El proceso creativo se va desarrollando con espontaneidad y recién después te das cuenta de otras relaciones y sentidos, que si los pensás antes trabarían la creación. Por ejemplo, en esta saga de Alciras, recién después me di cuenta de las vinculaciones familiares: la Alcira 1, del varieté … Y piense en otra cosa, es el primer número que se llama «La esclavitud de amor» (parafraseando a Freud). Trata de una mujer que espera y desespera por el llamado por teléfono de su amante y combina párrafos de La voz humana, de J. Cocteau, con tanguitos de Libertad Lamarque, «Andate» y «Volvé», todo muy del melodrama, muy deshabillé, muy Blanche y muy mi madre, pero en clave de humor. Alcira 2 es la protagonista de Yendo del diván a la milonga y Un diván de dos plazas, y es la hija de esta primera Alcira y, a su vez, tía de Alcira 3, que protagoniza Loca por el tango. La bailarina de Un diván de dos plazas, hermanita de Alcira 2, sería la madre de esta Alcira 3, a su vez, sobrina de Alcira 2. Qué lío , ¿no?

 

(Risas). ¿Y por qué Alcira?

 

Porque es muy de barrio. Como Alfredo, mi primer profesor de tango. Alfredo García tenía una estampa de tanguero brutal. El otro actor en Un diván de dos plazas estaba actuado más como timorato. Aversano estaría como en una cosa más lúdica, de diversión. Para esta obra tomé como pista de despegue la idea de cómo están diez años después Alfredo y Alcira.

 

Les hiciste pasar el tiempo. Hay un tema con el tiempo como dijiste al principio.

Sí, de cierta voracidad con el tiempo. Es querer hacer tantas cosas en el tiempo vital. Yo soy muy organizada: días que trabajo de psicoanalista y el resto de tiempo canto, bailo, veo mis nietitos. Todo forma parte del territorio del ser.

 

Todo hace a tu identidad.

Sí, está todo muy integrado. A mis pacientes les dramatizo mucho, les digo que lo que voy a hacer es una caricatura.

 

Es decir que ser actriz le aporta mucho a la psicoanalista.

Es que todo este universo te da mucha calle y ni te cuento la milonga, te abre un panorama de relaciones. En mis obras está el tema del tiempo y el tema del amor, que hace al ser femenino. Aunque a mí no me gusta lo del teatro de género, de mujeres para mujeres, odio eso, la naturaleza es mixta y uno vive en un mundo compartido. Quizás en otro momento fue necesario el feminismo, la reivindicación de la mujer, pero actualmente… El tema fundamental es el amor, la seducción, lo que te da la danza, cualquier actividad artística. Yo pienso que una cosa es ejercer una disciplina o una actividad como baile, canto, pero artista es otra cosa. No es que sea peor o mejor, para mí ser artista es una posición subjetiva. Tengo cuidado cuando me dicen: «Sos artista», porque parece una palabra mayor, pero, en esencia, soy actriz, tampoco soy escritora, escribo para actuar yo.

 

¿Con qué está relacionada esa posición subjetiva?

Tiene que ver con lo estético y con una forma de vida, desde lo bello, desde lo raro. En mis viajes me he comprado cosas que mi marido decía para qué te va a servir esta redecilla roja (risas). Y después en esta obra la usé. Algo te lleva a buscar objetos y situaciones muy vinculado a la belleza en todos sus órdenes, como un valor universal. Me parece que eso es ser artista, aunque no estés actuando, es esa posición que te lleva a conectarte con la belleza del ser humano y de la naturaleza también. Aunque, como decía Oscar Wilde, «la naturaleza imita al arte».

 

 

Quizá lo artístico en vos esté en la integración del psicoanálisis, del teatro, del tango.

Aunque esto me ha generado algunos inconvenientes. Tengo amigas que no me entienden.

 

¿Será parte de ser artista no ser entendido?

(Risas). Yo he conservado mi matrimonio, un estilo de vida muy burgués. Y me preguntan cómo haces para que tu marido te acepte, cómo negocias. Y a mí me parece un absurdo eso. En una pareja las cosas no se negocian, se dan. Si uno va evolucionando y los dos nos vamos acompañando. No te digo que todo esto no haya generado algunas crisis o situaciones, pero las vas superando. Después de tantos años de matrimonio, superas las turbulencias, y llegas, como yo digo, ¡a la velocidad de crucero! Los dos nos acompañamos mucho. Todo lo que hago es parte de mi ser.

 

Entonces, si el otro te ama como sos, no hay nada que negociar porque esa sos vos.

Claro, es así, es mutuo. Sobre todo hay amor. Aceptarnos, tolerarnos, respetarnos. Si hay algo que valoro mucho de mi marido es que nunca me puso un palo en la rueda, y eso es mucho.

 

¿Él te conoció así?

 

No, ese el problema, doctora. Aunque siempre fui así, pero a predominancia de… Cuando lo conocí, yo era muy estudiosa, estudiábamos los dos, el teatro estaba en stand by. Después, crecieron mis hijos, y yo era muy madraza. Volví al teatro y hubo turbulencias familiares. A mis hijos les costaba verme actuar, pero ahora todo pasó. Me agarra en un momento de no turbulencia. Doctora, conflictos siempre hay… el poder más… Eso sí. Ahora quiero hacer papeles dramáticos, buscar buenos autores… Está en mí esa fibra dramática.

 

¿Y hay algo de tus padres en donde te podes reconocer hoy?

Los personajes del varieté tenían cierta inspiración en mi mamá, los déshabillés, los negligés. Hacía también de varón, de un compadrito, mucho tomado de Chaplin, también de Niní Marshall y de Guilietta Massina en La strada, esa mirada, su sonrisa… Son ideales, modelos internos. Si bien esa actuación era chaplinesca, mis primos, cuando me vieron actuar, dijeron: «¡Es el tío!». Con esa cosa masculina, siento el cuerpo de mi viejo. Él era muy pícaro, arrabalero, hablaba el idisch como si hablase el lunfardo. Imitaba al gallego, al italiano, te contaba chistes, era creativo y era de jugar, pese a que tenía poca cultura; a diferencia de mamá, de ella mamé los libros, la música. Mamá era la dama de las Camelias, culta, fina y melodramática.

 

¿Y cuando eras niña te gustaba actuar?

Estaba enamorada de los actores de Hollywood. Les escribíamos cartas con mi hermana y nos contestaban. Con mi hermana decíamos que nos iban a corregir las faltas de ortografías (risas) y nos mandaban fotos de allá. Siempre soñaba con ser actriz, pero la clase media judía, era de los que teníamos que estudiar, ir a la universidad, ahí empecé con los talleres de teatro, danza contemporánea, con buenas maestras: Ana Labat, Lía Labarone, Cecilia Bullaude… El teatro era lo inmoral. Como dice La Chona, todo lo que me gusta está prohibido o engorda (risas). Y estuve muy absorbida con la maternidad; pero después, contra viento y marea, me dediqué al teatro sin parar.

 

¿Y por qué el psicoanálisis?

Primero, quise ser arquitecta. Ahí está mi raíz vocacional, en mi autoanálisis descubrí que tenía que ver con la casa pequeña que vivíamos. Compartía la habitación con mi hermana y no me gustaba compartir la habitación con ella porque éramos muy diferentes. La luz y la sombra: ella quería silencio, yo quería música, ella quería la oscuridad, yo la luz. Soñaba con una casa con una habitación para mí. Empecé arquitectura, era muy tímida, ahora exploté. No me adapté al medio universitario, y lo abandoné. Mi hermana estudiaba Letras y la seguí un poco a ella, y porque quería saber qué me pasaba por la cabeza. Una pregunta de cajón en orientación vocacional es si querés ser psicólogo o, en verdad, te querés analizar (risas). Al final, dejé arquitectura y seguí psicología. Después, hice mi formación como psicoanalista en APdeBA. Más tarde, me di cuenta que no estaba errada, porque si bien no podía hacer casas, podía ver el interior de esas casas, la mente de las personas. Por alguna razón inefable, mi hija es diseñadora de interiores, lo que a mí me encanta. Ella rediseñó este departamento. Mi hijo mayor es músico, baterista de jazz, y vive en Nueva York. También le encanta el arte plástico. Y mi hijo menor es guardaparques, estuvo en el sur, en el zoológico, estudiaba bajo con Javier Malosetti, era el único niño al que le daba clase, porque tenía mucho oído. Él siempre tuvo amor a la naturaleza, la ecología, un anarquista que está contra el consumismo. Es un artista desde otra posición. Mi marido es abogado, es estructurado y conmigo se divierte (risas).

 

Es tu complemento…

 

Sí, pero no soy una loca de aquellas, ese prejuicio que los artistas son locos o desorganizados, yo tuve una formación universitaria. Soy muy organizada, si no no podría hacer tantas cosas. Ahora, en el «encuadre» del teatro, ahí sí suelto mi locura. También hago mi fiesta de cumple y hago algún numerito acá muy divertido. De chica no festejaba porque todos se iban en enero y hace años que la fiesta ¡es un clásico! Ya mis amigos me preguntan cuándo hago la fiesta así se van después de vacaciones. Me gusta el juego, la diversión. Eso viene de mi padre, como te dije. Ellos están en mí desde el cuerpo, desde lo más inefable. Mi mamá era pianista, pero era una fóbica de aquellas. Mi abuela la tenía que acompañar a los exámenes del Conservatorio Nacional, era buena pianista, pero era una tapada. Yo pude revertir eso, cosas que ella tenía guardadas. Esa cosa tímida era de ella.

 

¿El análisis te ayudó a superar todo esto o el tango?

 

Esa es la gran pregunta de Yendo del diván a la milonga: me curó el psicoanálisis o el tango o…

O todo junto.

Me dio posibilidad de llevar a escena cosas que mi mamá tenía guardadas… Yo les digo a mis jóvenes pacientes que elegir la carrera es elegir la propia vida.

 

¿Tendrá algo que ver el tema de tu vocación con que vos ayudés a las personas a encontrar la suya?

 

Puede ser… Con una compañera escribimos sobre esto, que hay de uno en lo que uno elige, «la vocación del orientador vocacional». Por eso, les digo a mis pacientes: sueñen. Hago un llamado a soñar, soñarse, que luego veremos de qué manera se pueden llegar a concretar esos sueños. Leí que Julio Chávez va dos horas antes de la función al camarín y repasa todo mentalmente todo. Yo no, lo hago en mi casa en otros momentos. Eso me da seguridad. Con Ariel Barchilón, que es dramaturgo y que me invitó a su curso, le dije que no tengo tiempo de ir a su curso, lo que lamento porque lo que hace es muy interesante. Pero necesitaba que me ayude con lo que estaba escribiendo, «quiero que lo supervises al mejor estilo psicoanalítico», y nos encontrábamos en bares. Él me enseño a improvisar en el papel. Me hacía improvisar en la escritura, hacer jugar a los personajes. Yo quería escribir sobre el amor de una paciente con su terapeuta, amor prohibido si los hay, más prohibido que eso, imposible (risas). Empecé a escribir las escenas y me reía de los diálogos. Por ejemplo, la madre judía, la del psicólogo, ella no aparece en escena, yo, la nuera desvalorizada. Y esa madre tiene algo que ver conmigo, yo como madre y suegra soy reexigente (risas), estudien y estudien, a mi nuera, que es psicóloga, le digo, hace la residencia… Jugué con la estructura global. Me encontré que el gato dejó de ser visto en el mismo lugar que lo vio por primera vez, ahí donde el pompón cayó. Ella ahí puede ver la realidad. Me gusta el lugar Pan y Arte, me gusta la movida de Boedo. Aprendí sobre la estructura de la obra teatral y a jugar e improvisar con las escenas al escribirlas. Con Un diván de dos plazas, Ariel me decía que empezar con una escena dramática era un riesgo. Pero yo me arriesgué igual y resultó: ¡luego estalla la comedia! Lo que no me gusta es el teatro didáctico, que deja mensaje o que bajan línea o moraleja, como el teatro de género, lo odio. Acá quise mostrar la caricatura del psicoanalista, con sus conflictos como todo ser humano, pero ejercemos un rol y uno tiene training para eso. Pero uno está atravesado por conflictos, como cualquiera.

 

Y quizá desde la aceptación de nuestros conflictos es que podemos trabajar con los otros.

Es una forma de conectar con el otro. Si nos creemos un ideal de perfección, yo soy el sano y vos sos el loco, no haríamos nada. Si estamos desde un pie de igualdad, aunque yo ejerza un rol y el otro esté en otro lugar… Con patologías más severas, ahí uno pone más distancias.

 

¿Vos atendés pacientes con trastornos severos?

 

Cuando era chica (risas). Cuando era más joven, en el hospital había personas con lesiones cerebrales, cuadros muy graves, niños psicóticos también. A los niños los puedo contener, pero con personas grandes no. Me gusta trabajar con gente que puede tener bloqueada la capacidad de soñar, pero que se puede ver una evolución.

Es un poco el proceso tuyo, como fuiste evolucionando a lo largo de tu vida.

Fue a partir de la muerte de mi padre, en el año 2000, con la elaboración de ese duelo, venía estudiando teatro. Las pérdidas reales o simbólicas, como la adolescencia, que es una etapa de duelos, uno se encuentra con el tener que enfrentar la vida. Es de mucho sufrimiento, aunque la apariencia sea hipomaníaca.

 

Y en esta sociedad se idealiza al teenager, que se supone que es lo más, todo con la finalidad de promover el consumo.

Esa idealización tapa el dolor. Yo elaboré el dolor por la muerte de mi padre a través del tango y el humor. Antes de eso hice obras más relacionadas con el expresionismo alemán. Empecé con Máximo Salas, la línea expresionista, hicimos obras como Puerto Paraíso, donde se jugaba lo gestual, lo sobredimensionado, lo grotesco. Después, con Fernandes, adquirí la línea interna, el ponerle el sentimiento y la vivencia. Con el varieté me largué con todo y elijo yo hasta la música, la ropa, es muy importante todo eso, tanto como el armado estético de los personajes.

 

Hay varios cambios de ropa en tu obra.

La ropa es protagónica: más de siete cambios de vestuario. El vestido verde que aparece fugazmente en esta obra es un guiño sobre la obra anterior, Yendo del diván a la milonga, donde también aparece. Y curiosamente era de mi madre. Toda esa cuestión de la estética es algo de mi vocación.

 

Siendo que hay tantas vocaciones en vos, ¿podemos pensar si existe una sola vocación?

Es una pregunta de los talleres. La gente más obsesiva piensa que uno tiene que descubrir aquello para lo que está signado o analizarse para ver la vida que tendrían que tener. Como si está todo ya escrito. En verdad, es un camino donde uno se permite, porque cada elección es un riesgo. Una cosa es lo que a uno le gusta y otra cosa es lo que elegís hacer, que pista de despegue vas a tomar. Vos querés ser músico, pero quizás haces un mix de cosas. Uno puede dar una predominancia a…, pero depende, hay personas que elijen desde algo más depresivo o reparatorio, y deja otra cosa para los espacios libres. Yo soy de proponer lo que quiero, no me quedo sentada en la vida. Me encantaría que me llamen para una película, pero no soy ilusa.

 

¿Por qué no? ¿O es que son tantos los deseos que no da el tiempo?

Eso es cierto, soy una mujer deseante. Igual, para mí, es un éxito las treinta o cuarenta personas que me devuelven algo en cada función. La gente me dice si recuperé la plata, pero yo pienso que no tengo deudas y que si me viene el dinero es para la próxima obra. Sé que hay gente que tiene más dificultades para elegir, trabajo con gente del conurbano que no tiene muchas opciones, pero llegás a tu casa, y en ese espacio podés elegir, aun en situaciones difíciles.

 

Si no fijate lo que hiciste con el duelo de tu padre…

¡Papá me llevó a la milonga! (Risas). Ahí todo el mundo se siente un galán, un señor que sale de una oficina, va a bailar tango y se siente otro. Veo a las mujeres que se cambian de ropa íntegramente en el baño, se ponen los tacos, se empilchan con sus escotes. Viste que me encantan los tangos, pero en esta obra puse boleros, porque tienen mucho humor. «Insaciable, es la fiebre que me quema la carne y se adueña de mí, se me secan los labios…» (canta). Nadie se ríe con Los Panchos, pero a mí lo serio me hace cagar de risa, sin caer en la burla. No hay malas palabras en mis obras, nada de eso. En la vida, cuando no se sabe qué decir es cuando insulta. Lo mismo que la violencia, es no poder decir ni explicar lo que te pasa, es la impotencia de la palabra.

 

En cambio, vos le viste la potencia a la palabra y a sus diversas formas de expresión.

Yo digo todo, interpreto de entrada en una entrevista, me expreso y lo digo. Soy abstinente, no le contás la vida a los pacientes, soy simpática, pero somos dos personas hablando de una. El tango también es otra de mis formas de expresión, y ahora por eso lo ponen como materia en muchas escuelas. Fernandes lo empezó a incorporar, porque es estar conectado con tu compañero. Eso es visceral, bailar con una persona que nunca viste en tu vida, y te conectas desde ahí.

 

Parece que tenés una sensibilidad especial para conectar con tu público, para conectar con tus pacientes, con tus compañeros de tango.

Sí, y también inteligencia, la conexión con el sexo opuesto. En mis obras siempre hay parejas, como dice Dolina, «todo lo que uno hace es para conseguir el amor de una mujer», o para conseguir el amor de un hombre, en el sentido metafórico. La relación con el padre en la mujer es muy importante. La relación con la madre tiene otro grado de profundidad, de identidad, pero con el padre es estimulante, es el amor. Todo eso se lo agradezco a mis padres. Al principio, no les gustaba lo que hacía: el teatro era de putas y la psicología de locas. Pero más tarde se amigaron con mi teatro y mi psicoanálisis.

 

Pero, al final, hiciste todas…

 

(Risas). ¡Si, hice todas! ¡De loca y de puta! (risas).

 

Y este es el mejor agradecimiento y el mejor homenaje a tus padres, ¿no es así? Terminamos acá.

Del otro lado del diván

El contenido manifiesto del motivo de consulta de Mirta es el tiempo, y esa voracidad del tiempo para poner en juego todas sus diferentes vocaciones. Sin embargo, lo que está latente en su consulta es la voracidad del deseo que le impone, por su particular pluralidad (deseos), distintos caminos. Mirta no siguió un camino, sino varios. El camino del matrimonio y de la maternidad. El camino del estudio universitario y su formación como psicoanalista. El del arte: el teatro, el tango, el canto y la escritura. Actualmente, luego de haber recorrido estos caminos, Mirta se encuentra en una encrucijada: la unificación de todos estos caminos. Este momento fue elegido por ella, y fue producto de la elaboración del duelo de su padre, donde Mirta logra transformar ese dolor. Por amor a su padre, Mirta pudo también apropiarse de aquello que lo que la identifica con él.

La pregunta que atraviesa la entrevista es: ¿cómo seguir haciendo confluir sus deseos y sus sueños en su realidad cotidiana, ahora que hay más lugar para realizarlos? (cuya metáfora está en las habitaciones disponibles en su casa) Mirta no espera que la respuesta le venga desde el exterior. Ella trabaja desde adentro hacia afuera y ella está en ésta búsqueda, y esto es lo que la hace ser, todo lo que es.