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16 enero, 2014

Adele, Adele… Eso es vida?

Por Roberto A

 

Después de ver La vida de Adele, no tenía nada para decir. Unos diez días más tarde, creo que hay algunas cosas que pugnan por salir. Normalmente, me abstengo de revelar demasiados spoilers, pero esta vez diré lo que deba, aun si revelo detalles de esta historia. Aclaro también que si expreso algunas frases «políticamente incorrectas» es por un propósito.

Por cierto, es una historia de amor convencional: dos personas se encuentran, se conocen, se enamoran, viven un romance, conviven, la relación decae, hay engaños, crisis, ruptura, largo duelo, un agridulce reencuentro, y las dos siguen su vida por caminos divergentes.

Solo que esta historia es contada por un director varón, heterosexual, franco-tunecino, acerca de dos chicas francesas lesbianas, de distintos orígenes sociales, y algunos años de diferencia. A pesar de que el argumento de la historia es el de las parejas convencionales, la única diferencia es que la persona que domina en la pareja carece de pene. Por lo demás, hace lo que cualquier varón estereotipado haría, por ejemplo, esperar leyendo en la cama que su mujercita termine de secar las copas de la fiesta. Esta pareja tiene todos los ingredientes del manual de telenovelas: Adele viene de padres de clase baja, el plato preferido de la familia son fideos con tuco; Emma tiene padres intelectuales: el papá se complace en cocinar mariscos en casa. Adele oculta a su familia y a su círculo social su preferencia sexual. Emma vive su condición con total libertad y aceptación. Sin embargo, no son las tensiones del exterior, sino la diferencia sociocultural, lo que termina demoliendo la supervivencia de la pareja. En resumen: una historia convencional, con diálogos banales y con un final previsible; y sin embargo, te ofrece una vuelta de tuerca en el plano de los

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sentimientos a flor de piel, que te deja un sabor persistente en el fondo del paladar, algo así como un vino estacionado.

Yo, por otro lado, tenía la fantasía voyerista que al ver dos mujeres en la cama me iba a excitar. Eso duró un instante. En los comienzos de su relación, cuando las cosas estaban al rojo vivo, las dos deliciosas chicas se revolcaban con entusiasmo en primerísimo plano, jadeando orgásmicamente en una variedad de posiciones. De repente, para mi sorpresa, dejé de ver a «dos tortilleras» y pasé a ver dos personas haciendo el amor con desesperación. En ese momento, me dio pudor: yo estaba en un rincón oscuro del dormitorio espiando la pasión de dos personas, no viendo una escena de un filme hot. Aclaro: yo «sabía» que las dos actrices no estaban enamoradas y esto no era un documental ni un selfie. Pero la actuación era hiperrealista, como si no estuviese actuada. El director ha exprimido a sus protagonistas, y les sacó literalmente el jugo… El llanto de Adele

es con mocos, y esos no están pegados con maquillaje. La cara de la chica es la cara bíblica de Eva, desterrada del paraíso terrenal.

El subtitulo de la película es «El azul es un color caliente». Se refiere tanto al cabello de Emma en la parte inicial de la película como al vestido azul de noche que Adele lleva puesto en la parte final… como si hubiera recibido una posta en una carrera de seducciones. En resumen: la película no vale tanto por lo que sucede, sino por los sentimientos que se describen, se muestran, se leen, se oyen.

Todo esto enmarcado en la escena social de una Francia actual, caminando en la cornisa entre la homofobia y la aceptación sexual, entre la xenofobia y el multiculturalismo.

En fin, esta no es una novela de lesbianas: somos testigos, por el lado de adentro, del largo, duro y tortuoso camino, lleno de frustraciones, ilusiones y decepciones que recorre una persona para llegar a ser adulta.