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El Gran Otro | Sabado 19 de Agosto de 2017

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Al diván con Jorge Marrale

Al diván con Jorge Marrale
Por: Dra. Raquel Tesone

Fotos:  Matías Saldaña

Jorge Marrale eximio actor de teatro, cine y televisión,  ha recibido numerosos premios por su labor -premios ACE, Clarín, Konex,  Cóndor de Plata, entre otros-, propone realizar la entrevista en uno de los salones  de estilo del edificio S.A.GA.I.. El reportaje  se desarrolla en un clima de confianza, distendido y de inmensa calidez. El lenguaje de Jorge, esta colmado de atractivas metáforas y de diferentes escenas,  es una puesta de diversos escenarios de su mundo interior. Este encuentro da cuenta de la alta calidad humana y de la  potente creatividad de un gran actor.

¿Por qué estás acá?

Estoy acá porque este es un lugar muy particular, es la Sede de Sociedad Argentina de Actores e Intérpretes, soy el Vicepresidente, y desde hace nueve años – que es cuando se fundó S.A.G.A.I. –  estoy trabajando acá con un grupo de compañeros. Todos estamos muy comprometidos con el derecho de Propiedad Intelectual de los actores, y en un período de nueve años hemos vivido diversas vicisitudes, algunas lindas, otras no tanto. Nacemos a partir de un decreto y en función de eso, representamos a los actores en su derecho. Empezamos con muy pocos y hoy somos cuatro mil cien socios actores. Acá encontré una segunda vocación y fui descubriendo lo que era la propiedad intelectual. En el año 94 se trató de promover una ley en el Congreso para que los actores tuviéramos una ley que desde el legislativo nos otorgue este derecho, y no salió bien. Los 90 no fue una etapa buena para nosotros. Pensá que la ley de propiedad intelectual es del año 33, los primeros en pelear el derecho de propiedad intelectual fueron los autores. En los actores, cuando se emite una obra en un canal, vos tenés propiedad por cada emisión. Vos como actor cobras un cachet por tu trabajo, ahí estás amparado por el Sindicato, el derecho laboral depende de la Asociación Argentina de Actores, cuando tu obra empieza a ser emitida por cine, televisión y ahora estamos peleando por Internet, que está tragando todo y no respeta casi nada. Antes se pagaban las repeticiones, pero no la emisión primera de la obra. Acá cada obra que nosotros hacemos está vista en un monitor por personas encargadas de ver las obras y separan las secuencias en que cada actor está, es muy trabajoso pero es la manera más justa de saber tu verdadero trabajo y lo que te corresponde. Es un trabajo muy artesanal, y por eso, para los actores, S.A.G.AI. está muy bien conceptuado, porque le puso una pata mas a la mesa. Cuando en el legislativo se desaprobó me quedé, no con la sangre en el ojo, sino son el derecho de propiedad intelectual en el ojo, como es posible si otros países lo tenían. Hubo un movimiento con una sociedad española, y con ese intercambio pudimos ir a Presidencia de la Nación, estaba aún Néstor Kirchner, le planteamos la situación de tener Ley de Propiedad Intelectual, el Nº es 11723 con el artículo 26 que habla de los derechos de los intérpretes y que no lo cobráramos. Y el Presidente, en una actitud de una gran justicia y una gran claridad, no dudo un solo instante en decir, lamento mucho que no lo hayan podido cobrar antes pero a partir de ahora lo van a cobrar. Y encontré esta segunda vocación.

¿Y con qué pensás que tiene que ver esta segunda vocación?

Creo que con mi viejo que era un laburante, tenía el primario, era electricista y defendía el derecho de los trabajadores. Soy un admirador profundo de esa generación que con tan poco hicieron tanto, y todo lo hicieron por la voluntad y el deseo personal, y construyeron su destino. Eso se propaga y uno supo de eso.

¿Y vos sentis que construiste tu destino?

Yo creo que si. Una de las cosas de las cuales  me siento más contento, es haber encontrado la vocación.

Las vocaciones.

Si, hubo una primera, hice el secundario en una escuela técnica, y por influencia de mi padre que era electricista que me decía entre ser un bachiller y ser un técnico mecánico, estoy seguro que como técnico vas a tener más posibilidades. Era un momento que Argentina se estaba desarrollando sus industrias, había trabajo y empecé a trabajar desde los diez y ocho años en adelante y no paré nunca. El primer trabajo fue como proyectista en Puerto Nuevo en una Usina de electricidad, pero no solo eso, después tengo la posibilidad de ingresar como técnico en Gas del Estado, y ahí trabajo once años y al mismo tiempo que entro en Gas del Estado, ingreso en la Escuela Nacional de Arte Dramático. Mantenía mi primer familia con estos trabajos, cuando entro a Gas del Estado aún no me había casado, pero tenía como meta sostenerme con ese trabajo. En el 70 entro en el Conservatorio, termino en el 73, me caso, nace Camila en el 74, y era actor recién recibido, pero hacía un tandem entre mi trabajo de técnico y mi nueva vocación.

¿Y como nació esa nueva vocación?

Yo tenía como una pulsión, ya que sos psicóloga, no sé si escondida pero no tan manifiesta, tenía necesidad de comunicar algo que no tenía relación con la técnica. En el secundario, yo jorobaba bastante, hacía jodas y me daba cuenta que me gustaba mucho la música, la dirección de orquesta me encantaba, me gustaba muchísimo el cine, y me gustaba la actuación. Tenía una madre divina, hija de españoles, le encantaba cantar, íbamos mucho al cine con mi vieja, iba al cine de la tarde y en los barrios podíamos ver cine como hoy televisión. Era todo un plan. En la escuela primaria yo quería estar en las representaciones, me prendía. Para colmo me habían mudado de Barracas a Lanús y tenía que viajar bastante, leía mucho, entre los doce y los trece, me comí todo Salgari. Leía mucho, aventura, comics Misterix, Poncho Negro, El Tony… Coleccionábamos con un primo unas  revistas que se llamaban mexicanas, que eran unas revistas particulares que venían a color y en las tapas fotos de héroes o actores con películas de cowboys. Me interesaba todo el mundo de la representación, porque una historieta es un relato y es una representación también, y eso me atraía mucho. Después empecé a leer otras cosas, por supuesto. ¡Ah! Y además, lo que no te dije es que cuando me recibo en el secundario, el camino que te quedaba era entrar en ingeniería, yo sentía que no era lo que me gustaba, pero dí un buen examen de ingreso, hice el primer año, estaba entrando en el segundo y ahí, no daba más, dije basta, yo voy a dejar y fue un alivio. Me di cuenta que llevaba una mochila que no podía soportar. Dejo y a los veintidós entro al Conservatorio. Tuve que pasar por esa etapa porque me gustaba mucho la composición musical, la dirección de orquesta me siguen gustando. Y eso se reproduce en mis hijos, Federico es actor pero esencialmente es músico. Mi padre era un hombre muy musical, mi madre cantaba, era una familia que si bien no había artistas, hay algo de lo artístico que los atraviesa y si estás como abierto a que te caiga la gota de esa miel, en algún lugar prende algo.

¿Y qué te hizo estar abierto a esa gota de miel?

Se ve que yo la estaba necesitando, estaba ansioso de probar esa gota de miel. Había algo en mí que estaba trunco, tenía una forma de comunicación muy restringida, lo técnico es cálculo, y ya haber entrado en la facultad me costaba mucho. Ya estaba como al borde y esa oposición estaba desde antes en mí.

Pero ¿qué se movilizó en vos para tomar esa decisión tan radical de ser actor?

Un día en una vacación que había hecho con mis padres, un día de lluvia, algo me pasó particularmente ese día. Supongo que estaba muy angustiado porque a los veinte años ya uno empieza a mirar hacía donde se dirige; y yo veía que estaba en un barco que no era el mío, y me parece que ese día lo hundí.

¡Y ahí te cayó la gota de miel!

Y a medida que se iba hundiendo el barco, abrí la boca, y me cayó la gota de miel (risas).

¡Que imagen tan teatral!

Había algo adentro que estaba apagado y no sabes bien porque no le llegaba la luz, y ahí me llegó la luz. Una luz difusa porque no es que alumbró como un foco en el escenario. Me gustaba la música, yo quería algo de eso, veía cine y me impactaba, veía que había un relato de la vida desde una visión tan interesante que me movilizaba. Yo veía a los actores que el ejercicio de provocar en mí, a través de la verosimilitud de lo que hacían, un ingresar a ese mundo, y me dije: que maravilla ser generador de eso. El arte de invocar al otro, de convocar al otro, en una sala oscura, sentado al lado de otro que no sabes ni quien es, y que todos vibran con lo mismo y de distinta manera, porque cada uno construye en función de lo que vive y en función de lo que es. Se ve que algo a mi me tocó, quería ser compositor, creo que quería ser autor de algo, como si estaba siendo subsidiado… Creo que quería ser autor de mi mismo.

Y tuviste que defender muy bien tu propiedad intelectual.

Exactamente (risas), y la defendí sin que supiera aún cuál iba a ser, la defendí y me puse a la cabeza de mi mismo. Esta es una linda imagen, viste que hay veces que uno está detrás de uno. Todo esto fue sin análisis y después hice mucho psicoanálisis, y si porque sino…. Para mí fue central el analizarme. Cuando a uno le pasa eso y está atravesado, llega un momento que toda tu vida está atravesada, no sólo tu vocación o tu profesión. Estás atravesado en todo, en el amor, en la forma de mirar la vida, en qué es el universo para vos, qué es el cielo para vos, qué es la tierra, qué es la procreación. Todo empieza a ser distinto, con la gran frustración o con el gran logro; ya sea en medio de la tormenta o cuando te cae la miel. Cuando te cae la miel, ahí decís, yo así no quiero más. Quiero más miel, quiero más de lo que me gusta, y todavía no sabía como iba a funcionar dentro mío, pero si sabía que había algo de lo creativo y de la creación que yo no podía meterlo en la técnica, porque no la puedo usar con las ciencias exactas, la tengo que utilizar con mi corazón, con mi cabeza y con mi sensibilidad, y eso desde lo técnico lo tenía totalmente corrido.

Interesante que todo esto fue producto de una gran angustia. ¿Tuviste otras angustias así de productivas?

Seguramente… Creo que uno vive en momentos más angustiantes que otros, pero esa angustia de una gran transformación en mi vida, no, creo que no. Lo otro tiene que ver con que ya estás instalado y estás en un punto de tu oficio y de tu arte, y todavía no conseguis asir el arte y estás como en una zona intermedia hasta que llega el descubrimiento. El actor crece con la persona.

Hablas de dos tipos de angustias: la angustia de asumir quién se es en la absoluta soledad y la angustia de crecer.

Creo que se juntaban las dos, una perspectiva digamos de hacia delante qué, con la regla de cálculo, con la matemáticas, la física y la química, o con el corazón, la humanidades, la comunicación, como yo la soñaba. Hoy, como el logro fue interesante, me olvido de la angustia o la tomo como un trampolín, bueno, está bien, hay que pasarlo. A mi me resultó bien esa angustia, fue muy productiva, porque la desesperación del no ser, siendo alguien, pero no lo que yo quería, a mi me generaba una especie de angustia. Lo que fue interesante fue atravesar la angustia sin quedarme con eso rumiando.

Parece que tenías que transitar por la desesperación del no ser para ser.

Si. Yo digo, no hay que asustarse, sobre todo en los momentos que son decisivos; son momentos de una profunda soledad pero de una gran concentración en cómo fluye uno internamente. Son momentos de un gran conocimiento de sí mismo, pero hay que saberlo atravesar.

Y con toda esa introspección, ¿qué fue lo que te llevó a tu primer motivo de consulta?

Al haber atravesado el salir de ese espacio técnico y entrar en un universo donde la materia es uno, su interioridad, su deseo… El deseo y la necesidad, me hicieron entrar en otro espacio interior, sabía que la vocación estaba y ahora había que realizarla, pero había algo del conocimiento personal que estaba como pre-analítico. Me dije, acá está sucediendo algo, si ya me tiré a la pileta, pasé de esta instancia a esta otra, era una satisfacción grande, pero no podía…

¿No podías nadar? Saliste del naufragio, te tiraste a la pileta y ahora había que aprender a nadar y fluir.

Saber nadar, si, y qué lindo poder nadar bien. Para mí el análisis de esta forma metafórica te hace nadar mejor. Hay veces que te metes en aguas profundas (risas), y en pantanos que decís che, no me muevo nada, que pasa, me estoy hundiendo un poquitito… Bueno, patalea que vas a tocar el fondo y ya vas a salir (risas). El análisis fue eso, todas metáforas muy acuosas, eso te lo dejo a vos, para tu análisis (risas).  Pero digo, yo no me puedo perder de un conocimiento mas profundo de mi Yo, de mi Superyó y del Ello, de todo. Y me gustó, y si bien empecé de una manera tibia, cuando me pude meter más profundamente en un momento de mi vida que pasé por una separación. Empecé a darme cuenta que no era un bastón que necesitaba, sino que necesitaba esa especie de luz. Necesitaba discutir conmigo y hablar con la parte desconocida mía.

Iluminarla.

Si, iluminarla, porque así como tuve una tendencia hasta tener una eclosión interior, me dije hay algo que evidentemente tengo que conocer de mí para no reiterar los acostumbramientos. Uno se puede acostumbrar, y así puede que la angustia te acompañe todo el tiempo y uno creer que está en el mejor de los mundos por un acostumbramiento. Puede que ese acostumbramiento lo vivas como una ficción mientras tu angustia sigue palpitando ahí.

Sería la angustia que palpita dejándote dentro del pantano.

Si, porque esa angustia es la que no podes ver y decis qué paso ahí. Eso me causó cierto deseo de saber más de mí, si llegué hasta acá, me dije cómo soy yo, cuáles son mis mecanismos, qué hago, qué repito.

¿Y ese diálogo con esa parte desconocida hace de vos ese actor tan versátil que le da esa dimensión profunda a cada uno de sus personajes?

Si, estoy convencido que ese trabajo no es de inspiración nada más, sino de conocimiento; de querer jugar. Hay una parte mía que es muy lúdica, más allá de la parte de la construcción de estructuras. Todavía tengo un chico que recuerdo como jugaba en Barracas y cómo se divertía, estaba en la calle y ese era el espacio público donde yo veía el mundo, y veía como funcionaba ese mundo de los adultos y de mis pares. Aprendí mis primeras cosas en la calle, no adentro, sino afuera. Compartía con los chicos de la cuadra, y salir de esa cuadra e ir a la otra, era entrar en otros espacios. Hoy los espacios son virtuales.

¿La calle era un teatro para vos?

Si, si, era un espacio teatral, la cuadra era toda tuya, era un espacio propio y la plaza era un espacio compartido. Los vecinos que corrían, o te veían y te preguntaban si tu vieja sabía que estabas, o las casas de los amigos. Uno se llevaba el equipo para jugar, sus amigos, y veía jugar a los otros, había otro público. Si faltaba uno, te decían si querías jugar que falta alguien en el arco, y te metías en el mundo del otro. La vida infantil está muy vinculada con lo imaginativo, construimos mucha ficción, y creo que hay algo de eso en estado puro, y tiro de ese hilo, recordando la libertad para jugar. Eso estaba en la representación, jugabas al policía y al ladrón, o te sentabas con un amigo en el umbral de tu casa y ya estabas actuando; te transformabas en quién iba a cambiar la bombita. El primer contacto en la calle con las chicas entre los ocho y diez años, el carnaval, mojar a las chicas o dejarse mojar por las chicas, lo erótico jugaba un papel lúdico, jugoso…

Y acuoso.

(Risas) Volvemos a lo acuoso. Me gusta estar en contacto con el agua, me gusta nadar. Esos espacios son importantes, fijate que a los quince años cuando me tuve que mudar de Barracas a Lanús, entro en otro espacio y fue un cambio que me generó angustia también. El día de la mudanza, despedirme del barrio, de esa cuadra sobre todo, lo sentí mucho, dejar a mis amigos… Íbamos a vivir de una manera más confortable y había mucho espacio, en Barracas alquilábamos y era un espacio reducido, pero lo vincular era complicado. No terminé de hacer amigos, nunca me afinqué, viví diez años y después me casé, después nacieron Camila en el 74 y Federico en el 76. En el inicio de mi oficio de actor en el Cervantes,  seguía trabajando en Gas del Estado, con la idea de irme, pero sabía que era mi forma de sustentarme. Esa dualidad, el peso y la pasión por lo que hacía y por lo que soñaba que podía hacer, me hacía ir despidiendo de a poco de Gas del Estado, y en el 80 me voy. Yo creo que aprendí mucho de los caracteres, en ese laburo vi de todo, observé comportamientos, después tenés el ojo preparado, y después me di cuenta que tuve ese ojo. Al hacer el Director del Banco en «El crédito» compuse algo de todo lo que observé, porque no tengo nada que ver con ese tipo, rozaría algo más con el personaje de «Los elegidos». Tuve un universo muy rico en el conocimiento de los caracteres, soy muy observador y un ratón investigador de los comportamientos. Cuando tengo la necesidad de escribir algo y agudizo la observación de otra manera. Estoy ahora haciendo un curso con Mauricio Kartum que estoy fascinado y estoy descubriendo un gran maestro, un sabio, generoso, que te da herramientas para descubrir donde está en tu imaginario la creación. Eso es lo que admiro de los maestros.

Y vos también sos muy generoso al actuar, siempre das el pie para que el otro se luzca.

Haces bien en decirme que esto se transmite, no por el halago, sino porque esto tiene que ver con jugar, con qué siente uno y porqué elegís ensayas seis meses con el otro en ese espacio, sino llegas al otro participando, no llegas. Y el otro soy yo, y yo soy el otro. En el teatro, si eso no se da, si el ego mal entendido, te come esa posibilidad de compartir con el otro, te quedas solo y la comunicación no es noble. Esa es la esencia, si eso no está, yo no la paso bien. Y eso se transmite al público. Yo he tenido la suerte de haber trabajado con amigos queridos, por ejemplo, cuando hacíamos «Mosqueteros», jugábamos como chicos, y eso fue el éxito de la obra. Era una obra originalmente para chicos, y terminó siendo un éxito para grandes, porque los grandes vieron a los chicos que tenemos adentro nosotros que jugábamos con humor, maravillosa pieza que hicimos entre todos jugando.

Y cuando empezaste a ser tan célebre, ¿habías soñado con semejante éxito?

Soñaba con hacer bien lo que yo sentía, estaba muy ocupado con ser verdadero en la interpretación, estaba muy preocupado en que no tuvieran duda que lo que estaba sucediendo conmigo y con los otros, eso fuera verdad. En ultima instancia, lo que incentivás es el imaginario de los que están ahí sentados, y eso es lo maravilloso. El teatro sigue dando luz sobre mis aspectos conocidos y desconocidos, todo el tiempo. En el cine el director la obra la tiene en la cabeza, en cambio, en el teatro el director la va haciendo con todos.

¿Te ves como director de teatro?

En los inicios lo hice, y después dejé, tengo una deuda pendiente. A veces juego un poco a eso en las clases de teatro, no hay que abusar de eso, porque no sos director. A veces tenés que utilizar una metodología para que el otro se pueda mover, tirar algún concepto para agilizar algo trabado y haces una directriz.

¿Y te consideras un buen docente?

No sé, habría que preguntarle a ellos (risas). Te puedo decir que todo lo que utilizo es lo que yo aprendí, no me pongo en pedagogo, me corro de ese lugar que no es el que más me gusta. Para mí los alumnos ya son actores, no es que van a ser, son, están en una etapa. Me pongo a jugar con ellos y a plantear las cosas en un plano de igualdad, cuando los veo muy angustiados, ya llevamos cuatro pasadas y no sale, les digo, yo tengo que estrenar en un mes y estoy igual o peor que vos, con la ansiedad porque no lo encontré al personaje, estamos todos en lo mismo, no te preocupes. Me gusta que el otro no te vea como el otro ya está hecho, el proceso creativo es constante y pasas por momentos de una gran zozobra, donde te preguntas por qué estoy haciendo esto, para qué, porque  tengo que vivir esta incertidumbre de saber si lo estoy haciendo bien o no, por qué no me pasa lo que yo siento que me debería pasar.

Parece que la angustia de «ser» se traslada en el «ser» de ese personaje.

Por supuesto. Hay que dejar que ingrese esa parte desconocida para ser el personaje, que trabaje esa idea primigenia. Yo le doy mucha pelota a los sueños, hay sueños indicativos, siento que hay momentos que estás ensayando algo y es como un momento bisagra que no llego a abrirse, pero si no pasas esa bisagra no llegas a esa otra instancia superadora del personaje. Hay sueños orientadores. Un sueño recurrente en los actores es la pérdida de la letra, olvidarse de la letra, son pesadillas. Vas a un teatro como espectador mirando la obra, y te das cuenta que llega el primer acto y que tenes que subir, que tenés que continuar vos. Subis feliz, saludas a los compañeros, y te das cuenta que tenés que entrar a escena y no sabes que decir. Los miras a todos que ya están cancheros y están por entrar, y estás por entrar y no sabes. Mirás un libro para leer y empezar a decir algo, pero es un libro enorme lleno, como si fueran todas las obras de Shakespeare, no encontras y te despertas. La primera vez que soñé eso fue cuando hice «El Gran soñador», que lo hicimos con la querida Alicia Zanca, yo hacía de Chaplin y ella de El Pibe, y era la primera vez que estaba en un escenario sin hablar, teníamos que bailar nada más, me faltaba la palabra, como en el sueño. Estaba utilizando algo que no era lo propio que era bailar, tenia que aprender, transportarme, moverme, ensayamos meses.

Y no tenías la letra.

No tenía la letra… (Silencio) O sueño donde yo fumo y dejé de fumar hace unos veinte y tantos años, y me despierto y me doy cuenta que era un sueño que fumaba y me puteaba a mi mismo por volver a fumar (risas). Veo cómo yo me traiciono fumando en el sueño. Es muy importante como indicadores de la angustia de un cambio, no tener letra, seguir fumando, cuando decirle no a algo que pensabas que te iba a acompañar toda la vida con la inconsciencia de la enfermedad. Me puteo por el daño que me daba ese supuesto placer y esa contradicción es muy interesante. Hablo con vos y me acuerdo que este sueño del faso lo habré tenido ayer o antes de ayer.

¿Y qué placer puede hacerte daño?

Por ahí el que todavía no me dí, no sé cual, como un miedo a lo desconocido, seguro en la búsqueda de uno, algo que a uno no le permita vivir más profundamente el placer. Yo puedo decir que a mi viejo le daba placer verme. Tuve viejos bárbaros, mi viejo fue un fanático mío, mi madre murió tempranamente, terminaba un programa y mi papá me llamaba y opinaba, que bien, me alentaba muchísimo y me siguió en todo. Fue muy generoso y quería que yo fuera feliz. Cuando el otro desea que fueras feliz, qué querés ser, querés pintar, pinta; y eso es lo que trato en las clases y con mis hijos: sean, en el ser está el placer, el deseo, nada está marcado para que seas de una manera determinada. Tenés que descubrir en donde estás. Sé lo que tengas que ser. Cuando me angustié, no pensé que querían mis viejos que haga, no les transmití mi angustia por eso. Ellos se darían cuenta que yo era infeliz con eso. Cuando se enteraron todo mi núcleo primario me apoyó en la decisión. Nadie me dijo ¿de qué vas a trabajar? De actor. Y pude hacerlo. Y hoy hasta ni me fijo que le pasa tanto al personaje sino que le pasa a Jorge haciéndolo, descubriendo que me pasa a mi,  intentando ver, aunque no siempre lo ves, pero si te das cuenta de lo que te pasa, los personajes se vuelven más ricos. Lo que te impacta del personaje, tiene que ver con vos. Siempre. El proceso es descubrir donde está uno, y el personaje llega. Es un camino al conocimiento la representación, es un camino a las profundidades de tu ser, y las construcciones salen de las profundidades, nunca de la superficies. Por eso en los ensayos uno pasa por momentos muy crudos.

Momentos donde llegas a sentir que la miel no te cae.

¡Y no te cae! Y a veces te cae con el público. «El crédito» es una obra que terminamos de hacer con la gente, fue creciendo con la gente. Lo que ensayamos fue eso, pero la gente fue encontrando algo. Descubrí dentro del estilo de la obra y en ese juego con Jorge que está el personaje que no tiene dinero pero que está el otro tipo que no tiene algo que es esencial, el amor; y no tiene la forma de recuperar a su mujer.

¿Ser consciente de lo que uno no tiene es, como en tu sueño, como quedarse sin letra para después poder recuperarla y poder encontrarse?

Si, es muy interesante eso del sueño, como el sueño del cigarrillo también. Yo hice un curso para dejar el cigarrillo porque yo pensaba que iba a fumar toda mi vida. El faso era el compañero, no me acostaba sin tener el cigarrillo en la mano. Lo que para mí funcionó para dejarlo fue darme cuenta de esa dependencia. Creo que lo dejé para recuperar mi libertad.

Así como dejaste un trabajo que era estable y que te daba dinero a cambio de una libertad donde te podés quedar sin letra.

¡Si, obvio! Y esto tiene que ver con los orígenes…, porque había que inventar ese otro mundo imaginario.

Y lo pudiste inventar, Jorge.  Gracias por este encuentro.

 

Del otro lado del diván

Del discurso de Jorge se deprenden un cúmulo de ricas imágenes que nos lleva a «visualizar» el universo imaginario que lo habita.  Ese mundo de representaciones que él explora abriendo el camino del auto-conocimiento. Como el gran actor que es, en el principio de la entrevista, hace su papel de Vicepresidente del S.AG.A.I., papel que le da mucho orgullo por lo cual, el relato de los actontecimientos de la fundación de ésta institución, es digno de un historiador. Esta institución le hace descubrir las propiedades intelectuales que posee para asumir ese cargo y honrarlo. Como buen pedagogo –  aunque no esté identificado con la modalidad convencional de enseñanza – Jorge hace un desarrollo de su proceso creativo que dejar no solo a mi, sino a muchos de mis colegas, con la boca abierta para recibir su miel.  Posee además múltiples inteligencias y por eso, es probable que hubiera sido un ingeniero exitoso, aunque como él mismo dice, muy infeliz, ya que sobre todo Jorge está dotado de lo que se denomina inteligencia emocional. Es una persona muy conectada con la puesta en imágenes y en palabras de las emociones que lo trabajan. Jorge sigue siendo ese niño que juega en distintos espacios a que él es el otro, y el otro es él, de allí, se prodría decir que su generosidad es de un narcisismo bien colocado. En esta entrevista también jugó, y se jugó. Se tiró a la pileta  y nadó en aguas profundas, ahondando y dialogando con su parte desconocida, dando lugar a sus sueños en todos los sentidos. El  es un Gran Soñador que sueña para no retornar a la zona de confort, la del placer del acostumbramiento, ya que no se permite traicionarse a si mismo. Por eso, Jorge no dudó en atravesar tormentas, hacer naufragar el «no ser», para sumergirse en su propio ser. Y pudo construir el barco que lo lleva al mundo de la ficción donde se expresa su verdad en cada una de sus palabras y de sus actos, en su libertad de elegir y de seguir jugando a lo que desea jugar. ¡Aún a riesgo de quedarse sin letra!