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El Gran Otro | Viernes 23 de Junio de 2017

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Al divan con Milena Plebs

Al divan con Milena Plebs

Por Dra. Raquel Tesone
Fotos:Nano Jiménez

Milena Plebs, figura emblemática del tango, inventora de un estilo nuevo que fusiona el tango tradicional con la danza contemporánea, acepta esta entrevista, que tampoco es convencional, y nos despliega su amor por la danza y el tango. Además, nos habla de su evolución personal.

¿Cuál es el motivo de tu consulta?
Yo consulto porque el baile del tango me genera grandes contradicciones: por un lado, un magnetismo fuertísimo; por el otro, cierta inquietud, como si hubiera siempre un peligro latente…
Te cuento que yo no tengo herencia tanguera en mi familia. Mi madre es de Bosnia, mi padre era italiano, y en mi casa cuando era chica se escuchaba música clásica, jazz y rock en la adolescencia, ya que mi hermano tocaba la guitarra eléctrica. Yo no me crie con el tango, empecé a estudiar clásico a los diez.

¿Por elección?
Sí, yo pedí ir a tomar clases de danza. Vivíamos en Temperley y era un poco complicado encontrar con quién estudiar ballet. A mis diez años apareció una maestra de danza que vino a dar clases a mi colegio primario, ahí empecé a tomar una clase semanal. A los trece comencé a ir al centro a tomar clases y después, cuando terminé la secundaria, entré en el taller de danza contemporánea del Teatro San Martín. Al año estaba bailando en el grupo de danza de dicho teatro. ¡Recién a los veintitrés años vi bailar tango por primera vez! Mi maestra y coreógrafa, Ana María Stekelman, me invitó a un ensayo y yo miraba y decía: «¡Guau… qué baile tan romántico!». Me impactó la pareja abrazada y a la vez ese baile tan intrincado técnicamente. Incluso yo, siendo bailarina profesional, no podía entender cómo ellos no se pateaban, no se chocaban. Empecé a estudiar tango como un hobby más, con Miguel Zotto, que era el bailarín con quien Stekelman estaba haciendo ese espectáculo. El tango me fue envolviendo, empezamos a salir con Miguel y a los tres meses estábamos viviendo juntos. Hubo una corriente que me fue llevando…

¿Por el amor al tango y por el amor mismo?
Sí, exactamente, vino todo junto. A los siete meses de estar juntos, a él lo convocan para integrar Tango Argentino de Claudio Segovia y Héctor Orezzoli, la gran compañía que estaba rompiendo todo en Estados Unidos. Ahí estaban Juan Carlos Copes y María Nieves, Gloria y Eduardo, Nélida y Nelson, Virulazo y Elvira, Mayoral y Elsa María, y Los Dinzel. Miguel me puso entre la espada y la pared. Me dijo: «Me llamaron para esto, ¿querés venir conmigo?». Yo estaba muy bien en el grupo del San Martín e iba escalando posiciones de a poquito. Tenía que dejar la danza moderna y partir a una gira de ocho meses, con un hombre con el que tenía un vínculo relativamente nuevo. Y bailar un baile nuevo, bailar sobre tacos, seguir a otro… tenía que aprender mucho tango todavía. Al final decidí que sí, quería ir, porque era una oportunidad fantástica. Me cambió la vida diametralmente. Trabajando al lado de Miguel Zotto y con estos bailarines increíbles, seguí aprendiendo mucho. El baile del tango me trajo todo: los viajes internacionales, un trabajo increíble, ganar dinero, un renombre, el vínculo afectivo… Algo de este baile, esa estructura donde el hombre propone y la mujer responde y recrea, me conecta, históricamente, con lo amoroso y afectivo; pero no siempre uno baila con el compañero y tiene una relación amorosa con él. Hoy sé que no es así.

Viví diez años con Miguel Zotto, me separé en el ‘95 y seguí trabajando con él tres años más. Fueron años muy duros, porque internamente tenía que reubicarme en la vida. Hacer el duelo por un hombre con el que me seguía viendo y que me seguía abrazando, ¡era muy difícil! En ese abrazo se juegan todas las interacciones que al separarse se juegan de lejos. Ahí, en esa interacción, está todo: no solo la fantasía de volver a estar juntos, sino también el hecho de que en ese momento lo odiás, de que no lo querés ver más, las tensiones… Y te tenés que seguir abrazando y mostrar al público que estás enamorada.

Porque bailar tango es como hacer el amor con la pareja.
No necesariamente, pero el contacto corporal es muy íntimo y es fácil confundirse. Después de la separación con Miguel empecé a bailar con otros bailarines, en general más jóvenes, pero ya ningún vínculo fue tan fuerte ni tan largo. Siempre hay mucha intensidad en el encuentro bailado, el tango lo requiere. Cuando bailo con alguien nuevo, hay como una especie de memoria de ese estado de ensoñación y de romanticismo, y si una se deja llevar cree que el tipo le gusta, y por ahí nada que ver. Es algo que está impreso en mi cuerpo. Después de muchos años ‒en estos días estoy cumpliendo 29 años de mi primera clase de tango‒  una adquiere un cierto entrenamiento para estar con un pie adentro y un pie afuera.

¿Y en el amor también?
Para mí la cuestión del amor es más compleja, por mi historia familiar y personal. El baile llenó muchos espacios de carencias emocionales. Recuerdo que había conflictos en casa entre mis padres, que se separaron cuando yo era adolescente, pero ya la cosa venía complicada de antes, el baile era mi escape. Cuando tomaba clases era el momento de felicidad, me olvidaba de todo, me sentía plena, no pensaba en nada, solo me entregaba a ese devenir de movimientos. Eso es una memoria en el cuerpo, descarga mucha libido, muchas energías, es como un refugio.

Por un lado es un refugio y por otro una contradicción. ¿Pensás que se puede resolver esa contradicción a la que estás enfrentada?
Yo uso todos los recursos posibles… (Risas) He hecho veinte años de psicoanálisis bastante ortodoxo, después sentí que el trabajo racional no me alcanzaba y empecé una búsqueda espiritual. Después de la separación afectiva a los treinta y cuatro años, se me hizo un cortocircuito. Sentí que necesitaba ampliar los campos para conocerme a mí misma. Empecé yoga, taichi, meditación, reiki, a tratar de entenderme desde lo energético y lo corporal. Quería buscar respuestas en otros lugares, porque las vivencias de una pareja en conflicto yo las había recontra trabajado en terapia. Y en algún lugar yo me decía: «A pesar de hacer análisis tres veces por semana (¡y gastarme una fortuna!), no logré salvar la pareja».

Tal vez salvaste otra cosa no salvando la pareja…
La vida me llevó para otros lados, pero igual uno piensa: «Qué macana». Ahora tengo una mirada de los vínculos más objetiva. Uno se encuentra con las personas y quizás tiene que compartir un cierto tiempo, vivir una cantidad de experiencias en un determinado momento, ese ciclo cerró y punto. Uno puede intentar ver si eso se recicla o no, pero si cerró es que el ciclo se terminó y vienen otras cosas nuevas. Hoy lo veo con más aceptación. También probé una técnica llamada EMF Balancing Technique, que son sesiones con un facilitador y que apunta a fortalecer tu cuerpo energético, que es un entramado lumínico que tiene ciertas formas en espirales y ochos. Leo filosofía oriental, y hago otras búsquedas que apuntan a que no somos solo mente, con perdón al psicoanálisis (risas).

Sin embargo, para Freud el Yo es ante todo un Yo corporal, no es algo fragmentado; la mente, el cuerpo y el espíritu son parte de lo mismo…
Sí, somos cuerpo físico, mental, etéreo y emocional, y estamos conectados a un todo global. Tener consciencia de esa globalidad, te hace comprender todo desde un lugar más holístico. Yo creo en el más allá, creo en los seres espirituales, creo que tenemos guías…

Y este trabajo con vos se traduce en tu arte, y se expresa en la luz que emanás cuando bailás.
Eso lo tienen que decir los demás (risas). Pero sí, desde la adolescencia leía libros como Siddhartha, tenía afinidad con lo espiritual. Tengo ascendente en Piscis y conecto fácilmente con el mundo etéreo y espiritual. También este camino me llevó a investigar sobre las energías femeninas y revalorizarlas. Leí Mujeres que corren con los lobos de Clarissa Pinkola Estés, un libro durísimo que ayuda a conocer al ser femenino. Otro libro que me marcó es El poder natural de la mujer, que es de una escritora americana, Vicki Noble.

¿Estás buscando a la mujer que está en vos?
Sí, ¡y ya llevo unos cuantos años! Me interesa mucho tratar de dilucidar qué significa ser una mujer, y un hombre, hoy, con los grandes cambios de la sociedad.

Entonces no salvaste a la pareja pero salvaste a la mujer que hay en vos, que ya no es la misma que conoció a Miguel.
Y sí, a partir de la separación empecé a entender por dónde pasa la cosa, el camino es infinito y largo. Gracias a mucho trabajo y el devenir de la vida uno cambia. Veo entrevistas mías viejas y me veo diciendo cosas que hoy las pienso de otra manera. Por ejemplo, trabajaba con Miguel y lo que la gente veía es que él protagonizaba más que yo. Miguel es leonino, es solar, fue mi primer maestro y eso nos marcó. Creamos juntos la compañía Tango X 2, donde sintetizamos los conocimientos de cada uno: él trajo el tango tradicional, y el contacto con ese mundo, y yo mi experiencia con la danza contemporánea, tomada de mis estudios de composición coreográfica y mi trabajo con coreógrafos excelentes de Argentina y del mundo. Cuando estás creando ponés todo sin pensar, pero en el resultado parecía que todo lo había hecho más Miguel que yo. Y no era así.

Cuando decidí abrirme de Tango X 2 le vendí el cincuenta por ciento de la compañía. A mí me costaba mucho seguir, pero él quiso continuar. Para los hombres normalmente es más fácil continuar ya que tienen un mayor enfoque en lo laboral que nosotras. Fue una pena porque nos iba bárbaro, ganábamos un montón de plata, pero llegó un momento en que yo no podía más. Sentí que si seguía, me perdía yo. Me costó dos años tomar la decisión y, con todo el dolor del mundo, vendí mi parte. Él siguió durante un tiempo haciendo los espectáculos que hacíamos juntos, y yo seguí cobrando mis derechos de autor. Luego hizo espectáculos nuevos con sus conceptos y se puede ver la diferencia. Cambió el sello, lo que se quiere decir; ahí noté que en nuestros espectáculos yo tenía más influencia de lo que pensaba, y de lo que los demás veían.

Y no estabas en un segundo plano… El tango te llevó a rescatar a Milena, como tanguera inventora de un estilo nuevo, pero también como mujer.
En este momento siento que ese modelo de la pareja de tango tan idealizado para mí, ese pegote donde es difícil diferenciarse del otro, donde me toca el rol de la que sigue, está cerrando un ciclo. Mi energía ahora está más puesta en dirigir, en coreografiar, y quizás hacer cosas totalmente diferentes. Ya que entendí claramente, dos cosas. Muy burdamente, una buena y una mala, porque no hay nada ni tan bueno ni tan malo (risas). Siempre fui muy independiente y autogestora, de ahí mi naturaleza activa y de gran iniciativa. El tango me puso en el otro rol, la que tiene que dejarse llevar es la mujer.

Y tengo una teoría de por qué se está bailando más tango ahora. En los últimos cincuenta años hubo un notorio cambio en los roles masculino y, sobre todo, femenino. La mujer luchó mucho por la igualdad de derechos en los puestos de trabajo, en la vida social, en la carrera, en ser autónoma, en ganar dinero. Nos pusimos sin querer muy masculinas, por querer igualar al hombre. A mi entender, no se trata de ser iguales a los hombres, porque no lo somos. Las mujeres y los hombres que quieren bailar tango hoy buscan algo más allá del baile. Quizás hay una necesidad de la mujer de refugiarse en ese abrazo contenedor por un rato, reaprender de él. Y del hombre de contener y protegerla. En este baile está la síntesis intrínseca de lo masculino y lo femenino a nivel biológico, psicológico y espiritual más puro. En el tango la cosa es así: el hombre abraza e invita a la mujer a ese juego y la mujer, receptiva, acepta y juega. Y entre los dos seda un diálogo de cuerpos, en el que el hombre tiene la primera palabra.

Entonces, encontrar ese posicionamiento femenino en el tango puede ser bueno como malo, si esto implica un lugar de sometimiento con el hombre. Vos dejaste el lugar de la que sigue al hombre, para armar el espacio de la que puede crear.|
Sí, exactamente, sino son roles muy estereotipados. Cuando yo empecé en el ‘85, ‘86, ‘87, ‘88… primero había que recuperar la tradición que estaba un poco olvidada, escondida. En los ‘90 aparecieron muchos jóvenes y hoy es otra la milonga. Hay pocos mayores, bastantes de edad mediana y jóvenes. Y vino el cambio donde ves a la mujer más activa, y a veces demasiado. Porque aunque una se expanda o intente recrear un baile, la realidad es hay que esperar que el hombre te dé una señal. Y encima que el hombre te otorgue un espacio para que hagas lo tuyo. Hay mucha polémica con este tema de cuánto espacio toma cada uno, hombres y mujeres. Además, si hago el cambio de roles y tomo el lugar del hombre, entonces tomo el lugar masculino, pero no soy una mujer que lleva. No hay confusión en eso. Respecto a lo malo es que si una no se encuentra con hombres gentiles, por ahí no la pasás bien, ya lo sentís desde el primer abrazo. La idea es querer pasar un buen momento juntos, ¿no? En la milonga, gracias a Dios y a la Virgen, la tanda dura cuatro tangos, no llegás al momento del conflicto porque todos queremos agradarnos, entonces no pasamos del estado del enamoramiento tanguero donde todo es maravilloso. (Risas)

¿El amor es un conflicto?
El amor es el amor, es la energía que mueve al universo, es perfecto. En todo caso, los seres humanos somos los que no entendemos esa energía, por historias personales de cada uno, por nuestras carencias. Demandamos, reclamamos, tenemos creencias de cómo debería ser, y el otro tiene otras creencias de cómo debería ser. Y difícilmente nos ponemos de acuerdo.

¿El amor es como el tango?
No, porque no seguimos más de los cuatro tangos que dura la tanda (risas). Por eso lo maravilloso es quedarse en ese estado, no pasar al amor. Imaginate si el código fuera que tengo que bailar toda la noche con el mismo, si yo me ensarté en el primer tango, toda la noche se me arruina. En cambio, pruebo diferentes cosas y eso es lo bueno.

Además a mí el tango me cambió la vida, con Miguel hicimos algo muy transformador a nivel global, y muchos nos tomaron como modelo. Por todo el mundo me encuentro con gente que me dice que empezó a bailar tango porque nos vio bailar a nosotros.
Lo bueno es que el tango te cambió la vida y te llevó por todo este camino que recorrimos hoy juntas. Gracias por esta entrevista.

 

Del otro lado del diván
Mientras escucho a Milena, me resuena la melodía de un renombrado tango que tararearía con otra letra: «Milena baila el tango como ninguna…». Esa consonancia, en la que se funde la danza, la pasión, el amor y la singularidad del ser femenino, me habla de Milena Plebs. Ese ser que se fue construyendo a partir de encontrar en la danza un refugio para olvidar las penas del corazón, y que en el camino se planteó algunas contradicciones al respecto. Desde el trabajo de esa misma contradicción, llega a descubrir a la mujer que quiere ser. Hay en Milena una femineidad lograda que se transmite tanto en su baile como en su forma de vincularse con el otro, y es allí, donde reside su originalidad. Así también, desde ese permanente interpelarse sobre qué es ser mujer y cuál es su posición femenina frente al hombre, se engendra su deseo de saber qué es un hombre y qué tipo de hombre puede ocupar ese lugar, hoy, frente a esa mujer.