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El Gran Otro | Mircoles 18 de Octubre de 2017

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Antonio Seguí: el creador imparable

Antonio Seguí: el creador imparable


Por: Victoria Márquez.

Más de un centenar de grabados del artista se presentan en el MAMBA.

El artista argentino residente en París donó 120 obras de su producción gráfica al Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.

Actualmente puede verse en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires la muestra Antonio Seguí. Grabados 1996-2010, una serie de trabajos donados por el artista que en 2001 ya había donado la impresionante cantidad de 330 obras.

Esta nueva donación a la colección del Museo está integrada por 122 obras que comprenden serigrafías, litografías, aguafuertes, aguatintas y grabados al carborundrum, interesante técnica que aporta mucha textura a las obras y destaca fuertemente los contornos de las figuras. Se trata de una técnica inventada a fines de los años 50 en la que se dibuja con un material específico —una laca o adhesivo mezclado con el polvo de un metal (el carborundum)— sobre una superficie. Luego se entinta, se pone un papel encima y se pasa por la prensa, con un resultado final simple, pero contundente, que puede apreciarse en una gran cantidad de las obras expuestas, la mayoría de ellas elaboradas utilizando este método.

Nacido en Córdoba y residente en París desde 1963, Antonio Seguí es uno de los más emblemáticos artistas argentinos que aún se encuentran produciendo y montando muestras constantemente en diversos lugares del mundo. Sus temáticas son inconfundiblemente argentinas, con una gran cuota de humor que nunca deja de estar presente.

 

[showtime]

 

Los hombrecillos-hormiga —su marca registrada— están siempre vestidos a la manera del compadrito tanguero de los años 20, como si vivieran en una Buenos Aires imaginaria. Sobre esto, el artista ha dicho que los hombres con sombrero son una imagen que viene de su infancia, cuando todo el mundo usaba sombrero y no se podía salir a la calle sin él. Quizás estos hombrecitos formen parte de ese constante regreso a la infancia y al placer de dibujar y pintar, de experimentar texturas, de ensuciarse las manos con el pastoso color de los crayones.

La exhibición está acompañada de un muy recomendable documental dirigido por Emilie Berteau donde vemos al artista en su vida diaria en el taller, realizando con pasteles al óleo pequeños dibujos que regalará a sus nietos; incluso le ofrece a la entrevistadora que le pida un dibujo. «Dibujame un barco», dirá ella en off, pedido que Seguí cumple contento: ama dibujar y se le nota. No puede parar de hacerlo. El boceto que realiza casualmente en un menos de un minuto evidencia un manejo del color y una vivacidad sorprendentes. Hacer el dibujo le llevó un minuto, pero años de práctica para lograr pulir su técnica hasta llegar a esa síntesis que es, al mismo tiempo, espectacular y sumamente sencilla. Lo infantil es omnipresente en la obra de este maestro, que ya lleva más de cinco décadas dedicándose al arte. La famosa frase de Picasso: «Desde niño pintaba como Rafael, pero me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño», puede sin duda aplicarse en este caso.

Seguí nunca quiere ver «madurar» a su obras, dejar que se tornen aburridas o que pierdan la frescura. Lo importante será mantener en su mirada un toque ingenuo, casi naif, a la vez que no deja de ser profundamente crítico, mediante el recurso de la sátira y la parodia.Lejos del estereotipo del pintor distante y pretencioso, Seguí es un señor de 77 años con alma de niño. Un poco parecido a sus personajes fisonómicamente, tiene los rasgos de una caricatura: anteojos, gran bigote y nariz levemente pronunciada. Las marcas de la gestualidad surcan su cara: se nota que es un hombre que ríe.

En el documental revela que siempre le ha interesado la escultura y que incluso ha realizado obras que forman parte de su colección privada (su «jardín secreto», lo llama) pero que por falta de tiempo nunca ha podido dedicarse plenamente a ella: «Me gustaría hacer más, no sé, algún día, cuando sea grande», dice, con una sonrisa. El chiste tiene algo de real, ya que su actitud es la de un joven frenético: no puede parar de proyectar y producir.

En muchas de las obras exhibidas vemos a los hombres-hormiga apurados, casi flotando en el aire del clásico plano rebatido de Seguí, caminando absurdamente hacia ningún lado, de un modo entre torpe y gracioso. El humor absurdo del artista sirve para mitigar la angustia en el mundo moderno, para poder distanciarse por un momento de la vida acelerada, el ritmo frenético de la ciudad, y para encontrar un momento de reflexión y descanso.

Nuestro artista se burla de la locura de la vida moderna y de las actitudes solemnes adoptadas por los hombres. Una de las obras (En laisse, 2003) nos muestra a un pequeño ser con cabeza de hombre (que porta su correspondiente sombrero) y cuerpo de paloma, que a su vez tiene una correa al cuello y está siendo llevado por otro hombre como si fuera una mascota. Estos hombres son también esclavos de sí mismos. La libertad con la que se mueven es solo aparente.

El humor negro y lo siniestro no quedan tampoco fuera de esta exhibición montada en el MAMBA: obras como Pajarote (2003) demuestran el gran impacto plástico que puede lograrse con la técnica del carborundrum, que dota de un aire oscuro a las cabezas de perro y las calaveras que se observan en otros de los muchos grabados que cubren las paredes de la sala; aunque esta sensación se ve inmediatamente subvertida al observar los títulos de las obras: Perrito, Tendresse (Ternura) y Muertito, una obra de 2010 donde Seguí se toma en broma incluso a la muerte, y le aplica un diminutivo cariñoso.

Dotado de una energía imparable, dirá en el documental, frente a una pregunta de su doctor, que se encuentra «trabajando, como siempre, esclavo de la cultura». La cultura será un modo de combatir el fatalismo, como en su obra Rayo de sol: allí, una multitud de hombres grises es atravesada por un haz que tiñe sus trajes de brillantes colores. La esperanza está presente en el color, recurso que este artista maneja a la perfección.

La obra de Antonio Seguí sigue siendo hasta el día de hoy un rayo de sol, un destello brillante en el mundo del arte; con esta valiosa donación, contribuye a iluminar la colección de uno de los museos más importantes de la ciudad de Buenos Aires. Bienvenida sea su luz.

 

Por: Victoria Márquez
Por: Victoria Márquez.

Más de un centenar de grabados del artista se presentan en el MAMBA.

El artista argentino residente en París donó 120 obras de su producción gráfica al Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.

Actualmente puede verse en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires la muestra Antonio Seguí. Grabados 1996-2010, una serie de trabajos donados por el artista que en 2001 ya había donado la impresionante cantidad de 330 obras.
Esta nueva donación a la colección del Museo está integrada por 122 obras que comprenden serigrafías, litografías, aguafuertes, aguatintas y grabados al carborundrum, interesante técnica que aporta mucha textura a las obras y destaca fuertemente los contornos de las figuras. Se trata de una técnica inventada a fines de los años 50 en la que se dibuja con un material específico —una laca o adhesivo mezclado con el polvo de un metal (el carborundum)— sobre una superficie. Luego se entinta, se pone un papel encima y se pasa por la prensa, con un resultado final simple, pero contundente, que puede apreciarse en una gran cantidad de las obras expuestas, la mayoría de ellas elaboradas utilizando este método.
Nacido en Córdoba y residente en París desde 1963, Antonio Seguí es uno de los más emblemáticos artistas argentinos que aún se encuentran produciendo y montando muestras constantemente en diversos lugares del mundo. Sus temáticas son inconfundiblemente argentinas, con una gran cuota de humor que nunca deja de estar presente.

 

[showtime]

 

Los hombrecillos-hormiga —su marca registrada— están siempre vestidos a la manera del compadrito tanguero de los años 20, como si vivieran en una Buenos Aires imaginaria. Sobre esto, el artista ha dicho que los hombres con sombrero son una imagen que viene de su infancia, cuando todo el mundo usaba sombrero y no se podía salir a la calle sin él. Quizás estos hombrecitos formen parte de ese constante regreso a la infancia y al placer de dibujar y pintar, de experimentar texturas, de ensuciarse las manos con el pastoso color de los crayones.
La exhibición está acompañada de un muy recomendable documental dirigido por Emilie Berteau donde vemos al artista en su vida diaria en el taller, realizando con pasteles al óleo pequeños dibujos que regalará a sus nietos; incluso le ofrece a la entrevistadora que le pida un dibujo. «Dibujame un barco», dirá ella en off, pedido que Seguí cumple contento: ama dibujar y se le nota. No puede parar de hacerlo. El boceto que realiza casualmente en un menos de un minuto evidencia un manejo del color y una vivacidad sorprendentes. Hacer el dibujo le llevó un minuto, pero años de práctica para lograr pulir su técnica hasta llegar a esa síntesis que es, al mismo tiempo, espectacular y sumamente sencilla. Lo infantil es omnipresente en la obra de este maestro, que ya lleva más de cinco décadas dedicándose al arte. La famosa frase de Picasso: «Desde niño pintaba como Rafael, pero me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño», puede sin duda aplicarse en este caso. Seguí nunca quiere ver «madurar» a su obras, dejar que se tornen aburridas o que pierdan la frescura. Lo importante será mantener en su mirada un toque ingenuo, casi naif, a la vez que no deja de ser profundamente crítico, mediante el recurso de la sátira y la parodia.Lejos del estereotipo del pintor distante y pretencioso, Seguí es un señor de 77 años con alma de niño. Un poco parecido a sus personajes fisonómicamente, tiene los rasgos de una caricatura: anteojos, gran bigote y nariz levemente pronunciada. Las marcas de la gestualidad surcan su cara: se nota que es un hombre que ríe.
En el documental revela que siempre le ha interesado la escultura y que incluso ha realizado obras que forman parte de su colección privada (su «jardín secreto», lo llama) pero que por falta de tiempo nunca ha podido dedicarse plenamente a ella: «Me gustaría hacer más, no sé, algún día, cuando sea grande», dice, con una sonrisa. El chiste tiene algo de real, ya que su actitud es la de un joven frenético: no puede parar de proyectar y producir.
En muchas de las obras exhibidas vemos a los hombres-hormiga apurados, casi flotando en el aire del clásico plano rebatido de Seguí, caminando absurdamente hacia ningún lado, de un modo entre torpe y gracioso. El humor absurdo del artista sirve para mitigar la angustia en el mundo moderno, para poder distanciarse por un momento de la vida acelerada, el ritmo frenético de la ciudad, y para encontrar un momento de reflexión y descanso.
Nuestro artista se burla de la locura de la vida moderna y de las actitudes solemnes adoptadas por los hombres. Una de las obras (En laisse, 2003) nos muestra a un pequeño ser con cabeza de hombre (que porta su correspondiente sombrero) y cuerpo de paloma, que a su vez tiene una correa al cuello y está siendo llevado por otro hombre como si fuera una mascota. Estos hombres son también esclavos de sí mismos. La libertad con la que se mueven es solo aparente.
El humor negro y lo siniestro no quedan tampoco fuera de esta exhibición montada en el MAMBA: obras como Pajarote (2003) demuestran el gran impacto plástico que puede lograrse con la técnica del carborundrum, que dota de un aire oscuro a las cabezas de perro y las calaveras que se observan en otros de los muchos grabados que cubren las paredes de la sala; aunque esta sensación se ve inmediatamente subvertida al observar los títulos de las obras: Perrito, Tendresse (Ternura) y Muertito, una obra de 2010 donde Seguí se toma en broma incluso a la muerte, y le aplica un diminutivo cariñoso.
Dotado de una energía imparable, dirá en el documental, frente a una pregunta de su doctor, que se encuentra «trabajando, como siempre, esclavo de la cultura». La cultura será un modo de combatir el fatalismo, como en su obra Rayo de sol: allí, una multitud de hombres grises es atravesada por un haz que tiñe sus trajes de brillantes colores. La esperanza está presente en el color, recurso que este artista maneja a la perfección.
La obra de Antonio Seguí sigue siendo hasta el día de hoy un rayo de sol, un destello brillante en el mundo del arte; con esta valiosa donación, contribuye a iluminar la colección de uno de los museos más importantes de la ciudad de Buenos Aires. Bienvenida sea su luz.

 

Por: Victoria Márquez
Por: Victoria Márquez.

Más de un centenar de grabados del artista se presentan en el MAMBA.

El artista argentino residente en París donó 120 obras de su producción gráfica al Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.

Actualmente puede verse en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires la muestra Antonio Seguí. Grabados 1996-2010, una serie de trabajos donados por el artista que en 2001 ya había donado la impresionante cantidad de 330 obras.
Esta nueva donación a la colección del Museo está integrada por 122 obras que comprenden serigrafías, litografías, aguafuertes, aguatintas y grabados al carborundrum, interesante técnica que aporta mucha textura a las obras y destaca fuertemente los contornos de las figuras. Se trata de una técnica inventada a fines de los años 50 en la que se dibuja con un material específico —una laca o adhesivo mezclado con el polvo de un metal (el carborundum)— sobre una superficie. Luego se entinta, se pone un papel encima y se pasa por la prensa, con un resultado final simple, pero contundente, que puede apreciarse en una gran cantidad de las obras expuestas, la mayoría de ellas elaboradas utilizando este método.
Nacido en Córdoba y residente en París desde 1963, Antonio Seguí es uno de los más emblemáticos artistas argentinos que aún se encuentran produciendo y montando muestras constantemente en diversos lugares del mundo. Sus temáticas son inconfundiblemente argentinas, con una gran cuota de humor que nunca deja de estar presente.

 

[showtime]

 

Los hombrecillos-hormiga —su marca registrada— están siempre vestidos a la manera del compadrito tanguero de los años 20, como si vivieran en una Buenos Aires imaginaria. Sobre esto, el artista ha dicho que los hombres con sombrero son una imagen que viene de su infancia, cuando todo el mundo usaba sombrero y no se podía salir a la calle sin él. Quizás estos hombrecitos formen parte de ese constante regreso a la infancia y al placer de dibujar y pintar, de experimentar texturas, de ensuciarse las manos con el pastoso color de los crayones.
La exhibición está acompañada de un muy recomendable documental dirigido por Emilie Berteau donde vemos al artista en su vida diaria en el taller, realizando con pasteles al óleo pequeños dibujos que regalará a sus nietos; incluso le ofrece a la entrevistadora que le pida un dibujo. «Dibujame un barco», dirá ella en off, pedido que Seguí cumple contento: ama dibujar y se le nota. No puede parar de hacerlo. El boceto que realiza casualmente en un menos de un minuto evidencia un manejo del color y una vivacidad sorprendentes. Hacer el dibujo le llevó un minuto, pero años de práctica para lograr pulir su técnica hasta llegar a esa síntesis que es, al mismo tiempo, espectacular y sumamente sencilla. Lo infantil es omnipresente en la obra de este maestro, que ya lleva más de cinco décadas dedicándose al arte. La famosa frase de Picasso: «Desde niño pintaba como Rafael, pero me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño», puede sin duda aplicarse en este caso. Seguí nunca quiere ver «madurar» a su obras, dejar que se tornen aburridas o que pierdan la frescura. Lo importante será mantener en su mirada un toque ingenuo, casi naif, a la vez que no deja de ser profundamente crítico, mediante el recurso de la sátira y la parodia.Lejos del estereotipo del pintor distante y pretencioso, Seguí es un señor de 77 años con alma de niño. Un poco parecido a sus personajes fisonómicamente, tiene los rasgos de una caricatura: anteojos, gran bigote y nariz levemente pronunciada. Las marcas de la gestualidad surcan su cara: se nota que es un hombre que ríe.
En el documental revela que siempre le ha interesado la escultura y que incluso ha realizado obras que forman parte de su colección privada (su «jardín secreto», lo llama) pero que por falta de tiempo nunca ha podido dedicarse plenamente a ella: «Me gustaría hacer más, no sé, algún día, cuando sea grande», dice, con una sonrisa. El chiste tiene algo de real, ya que su actitud es la de un joven frenético: no puede parar de proyectar y producir.
En muchas de las obras exhibidas vemos a los hombres-hormiga apurados, casi flotando en el aire del clásico plano rebatido de Seguí, caminando absurdamente hacia ningún lado, de un modo entre torpe y gracioso. El humor absurdo del artista sirve para mitigar la angustia en el mundo moderno, para poder distanciarse por un momento de la vida acelerada, el ritmo frenético de la ciudad, y para encontrar un momento de reflexión y descanso.
Nuestro artista se burla de la locura de la vida moderna y de las actitudes solemnes adoptadas por los hombres. Una de las obras (En laisse, 2003) nos muestra a un pequeño ser con cabeza de hombre (que porta su correspondiente sombrero) y cuerpo de paloma, que a su vez tiene una correa al cuello y está siendo llevado por otro hombre como si fuera una mascota. Estos hombres son también esclavos de sí mismos. La libertad con la que se mueven es solo aparente.
El humor negro y lo siniestro no quedan tampoco fuera de esta exhibición montada en el MAMBA: obras como Pajarote (2003) demuestran el gran impacto plástico que puede lograrse con la técnica del carborundrum, que dota de un aire oscuro a las cabezas de perro y las calaveras que se observan en otros de los muchos grabados que cubren las paredes de la sala; aunque esta sensación se ve inmediatamente subvertida al observar los títulos de las obras: Perrito, Tendresse (Ternura) y Muertito, una obra de 2010 donde Seguí se toma en broma incluso a la muerte, y le aplica un diminutivo cariñoso.
Dotado de una energía imparable, dirá en el documental, frente a una pregunta de su doctor, que se encuentra «trabajando, como siempre, esclavo de la cultura». La cultura será un modo de combatir el fatalismo, como en su obra Rayo de sol: allí, una multitud de hombres grises es atravesada por un haz que tiñe sus trajes de brillantes colores. La esperanza está presente en el color, recurso que este artista maneja a la perfección.
La obra de Antonio Seguí sigue siendo hasta el día de hoy un rayo de sol, un destello brillante en el mundo del arte; con esta valiosa donación, contribuye a iluminar la colección de uno de los museos más importantes de la ciudad de Buenos Aires. Bienvenida sea su luz.

 

Por: Victoria Márquez