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El Gran Otro | Lunes 21 de Agosto de 2017

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BAFICI 2015

BAFICI 2015
Por: Francisco Giarcovich

En el marco del festival de cine repasamos el encuentro, tanto los films ganadores como el despliegue de toda la experiencia. Pero no todo es color de rosas, al final, en contra del instaurado periodismo beneplácito, queda la fría lascivia analítica.

Terminó la decimoséptima edición del BAFICI, el festival de cine independiente de Buenos Aires, con proyecciones en la calle, en plazas, en parques, en el Planetario, o en los cines mayormente del Shopping Caballito o Recoleta. Además con un cierre a lo grande: teatro Colon, concierto, proyección y entrega de premios en el salón dorado. Por una semana, la ciudad recibe a cineastas de todo el mundo, a estudiantes de las provincias, o de países vecinos, y a directores y productores de muchas de las películas que se presentan, porque uno de los atractivos de este festival de cine independiente es la posibilidad, luego de la proyección, de una charla con quienes hicieron la película, de un pequeño intercambio de ideas o hasta de un debate, como también la posibilidad de votar ya sea por la competencia internacional, o nacional, al film preferido.

El BAFICI es una experiencia interesante, que no deja de tener fallas a nivel organizativo, grandes decepciones de personas que ya con todas sus entradas, por demoras en el cierre de una sala, se pierden el principio de algún film, y después, claro,  son lejanos los sueños de protesta, devoluciones, de reintegros, y las autoridades con poder para aceptar responsabilidades se evaporan en una bruma burocrática que podría resultar letal para un alma inocente y soñadora, pero la experiencia no se mancha al final porque mejor o peor organizado, el movimiento primordial cultural es tan grande, son tantos los films independientes que el festival ofrece, es tan fino y místico el barniz que recubre a Buenos Aires durante esta semana de cine, que no pueden haber mayores reclamos. Pero lo cierto es que los hubo, los hay y los habrá siempre.

BAFICI es una ventana a un costado oculto del cine: ese que no llega a las salas de exhibición comercial. Se trata de ver lo que se filma en países a los que normalmente no tenemos acceso y además, al cine documental, que en muchos países de la región, si no es mediante internet, no existiría, y aquí, en el BAFICI, este género se encuentra completamente instaurado, y claro, además se trata de un festival que cuenta con secciones de retrospectivas, clásicos, diálogos, encuentros con diferentes figuras que se acercan a Buenos Aires para participar de este evento.

Con multitud de personas, películas, salas, la cartilla, la grilla es solo una cucharita de helado para defenderse de un monstruo enorme: la imposibilidad de saber qué película queremos ver, las entradas se agotan rápido, pocos saben lo que sacan en boleterías, algunos ni siquiera compran entradas a sabiendas de si verán una ficción o un film documental, las recomendaciones no abundan, comprar un boleto de cine o de lotería, frotar la entrada para cargarla de suerte, tal es la fiebre, el deambular de un rincón a otro de la ciudad para cazar otra película, y siempre, más que nunca, arriesgarse casi a ciegas, preguntar a desconocidos, observar las miradas o expresiones de quienes salen de diferentes salas para calcular el potencial de una película, cosas que no podrían suceder en otro momento, pasan entonces: la fiebre del cine desatada. Una energía de pasión cinéfila. Es cierto, el BAFICI puede ser terrible y extenuante, pero el saldo es positivo, se extiende hasta el siguiente año en conversaciones de galerías, inauguraciones, fui al BAFICI, vi una que me encantó, y recién al año siguiente esto se renueva, y cada vez son más los que ven aquello que los hermanos Lumiere descubrieron que al final es nada más y nada menos que la suficiente luz como para representar al mundo sobre una pantalla.

El film ganador de la competencia internacional

La ganadora de la competencia internacional fue Court, la ópera prima del director Chaitanya Tamhane. Es una ficción proveniente de la India, y trata de un hombre que es acusado de haber incitado a otro hombre al suicidio. Lo que construye además es una lectura contemporánea de la estructura social india.

En la competencia internacional hubo otros premios, entre ellos, uno al cineasta israelí Nadav Lapid. La maestra jardinera, un niño de cinco años que declama poesía y la recita como si no tuviera la edad que evidencia. Ambos son films novedosos, técnicamente inspiradores, con muchas ideas y resulta esperanzador que hayan sido galardonados.

El ganador de la competencia argentina

El galardón de la competencia argentina fue para La princesa de Francia, de Matías Piñeiro. En esta ocasión, el director vuelve sobre Shakespeare. La escena inicial es notable: un plano secuencia de un personaje desde una terraza hasta llegar a una cancha de fútbol. Se trata de una comedia de enredos sentimentales con textos de Shakespeare.

El ganador al mejor director

El galardón de mejor director fue entregado al mítico José Celestino Campusano. Para aquel amante del cine que no lo conoce, este director viene de ganar varios premios, entre ellos, el de mejor director en el festival de Mar del Plata con su film Fango. Es también conocido por Vikingo, un documental con tintes de ficción acerca de una banda de motoqueros, o también lo conocen por su serie Fantasmas de la ruta, acerca de la trata de personas. Desde siempre su temática abarca lo marginal alineado con el arrabal, escenarios lejanos al centro, historias del conurbano bonaerense, de raptos, de droga y prostitución, y en estas aguas se sabe mover como pocos otros.

Su nueva película Pasión y martirio es diferente a lo que veníamos viendo de él. Campusano viene de la escuela de Perrone, de Leonardo Favio, escuela de un cine intuitivo que refleja un costado de la sociedad, pero en este film abandona a sus personajes habituales y se adentra en un universo social de clase media alta. Una mirada como la de Campusano sobre este medio social despertaba altísimas expectativas, pero lo que podría haber sido una lectura novedosa sobre la opulencia de una clase, se diluye en una preocupación menor acerca de un punto de vista sobre la pérdida del norte y el deseo femenino. Pero, ante todo, un llamado a la paciencia nos obliga a esperar. De este director vamos a escuchar, a ver, a leer grandes reseñas y si hay algo seguro y esperanzador es que su gran obra maestra todavía no está filmada.

 

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