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El Gran Otro | Jueves 17 de Agosto de 2017

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Bizzio & Borgestein «Leer, beber, fumar y dormir»

<!--:es-->Bizzio & Borgestein «Leer, beber, fumar y dormir»<!--:-->

«Leer, beber, fumar y dormir», repite el protagonista de Borgestein, la undécima novela del escritor Sergio Bizzio, publicada recientemente por Mondadori. 

Por: Damián Huergo

Luego de ser víctima de un segundo intento homicida –a manos de un paciente, Borgestein– y de soportar un matrimonio en estado vegetativo, decide recluirse en un pueblo de montañas para concretar los cuatro verbos que dicta su mantra; en palabras del autor, un proyecto que «no es es gran cosa pero suena delicioso». La relación de Bizzio, también poeta, cineasta, músico, pintor y guionista de TV, con el aislamiento y el encierro fue acentuándose en el último tramo de su obra: en Gravedad, tres astronautas están encerrados en una nave espacial; en Rabia, un albañil se mueve como un fantasma por una mansión sin que su dueño lo perciba, y en realidad, unos chicos son tomados como rehenes en un estudio de televisión por un grupo terrorista. En Borgestein, cargada de inusualesacciones realistas, pero narrada con una prosa.

CÓCTEL
por Sergio Bizzio

Nada justifica que yo corte esta línea en dos, pero
fui a sentarme y se me vino encima el sillón.
«¿Pensarán que soy surrealista?», me dije.

En ese momento decenas de poetas
intercambiaban sus muertes, sus cisnes, sus mercados
(¿qué más se puede hacer
cuando se escribe mal?).

Resbalé todavía
unas cuantas veces más
tratando de levantarme, siempre sin gracia,
mientras unos relámpagos
firmaban el cielo en el jardín.

¡Qué vergüenza!
«Salir y que haya afuera, salir y que haya afuera»,
no pensaba en otra cosa.

Una mujer (con los ojos ilustrados por la tormenta)
lanzó un brazo sobre mis hombros como un boomerang
y me preguntó si estaba bien.

Me dejé llevar. La lluvia, fina,
nos cubrió en el primer escalón.

A mitad de trayecto un grillo saltó sobre mi cara:
«¡Tenés que creerme, yo también soy de allá!».

Chocamos —al pasar— con el dedo extendido
de una estatua, rompiéndolo.

Ya en su auto, un auto pálido, impecable,
los seguros se activaron.

«Discutamos, mi amor,
ahora que ya no somos libres,
ahora que ya no hay nada que decir».
Entonces (recién entonces) reaccioné.

Seguía en el suelo.

(¡Ah, qué modo este, qué maneras
las del presente sin el ruido de lo actual!)
«El piso de esta sala debió ser locamente lustrado
para que un sillón se comporte así».

Ingenuamente delirante que la hermana con su estilo, Bizzio le da una vuelta de tuerca al tema:
plantea el encierro sin límites; como si el pueblo y la casa acordonada en la montaña fuesen
jaulas de puertas abiertas.

¿Qué posibilidades te interesaron de esa locación para la construcción de la historia?

 En principio, ninguna. La verdad es que no creo ser un escritor al que «le interesan» determinadas cosas y trabaja con ellas, o en esa única dirección. Yo procedo de una forma bastante aleatoria. No programo nada, me dejo llevar. Mis «intereses» suelen cambiar a medida que escribo. En cuanto a la construcción de la historia, la verdad es que si hubo de entrada una intención fue la de escribir una novela de climas, de observación, en la que no pasara nada. No lo conseguí, porque pasan muchas cosas, quizá demasiadas, pero ese fue el propósito inicial. Y enseguida dejó de importarme. 

El psiquiatra que protagoniza Borgestein se escapa de la ciudad después del ataque homicida de un paciente; lo hace, también, para no presenciar la agonía de su matrimonio. ¿Hay un instinto vital en sus acciones o huye por miedo a la pérdida, tanto física como sentimental?

Me parece que hay un encadenamiento de relaciones defectuosas. Está casado desde hace un año y medio con una actriz a la que nunca vio despierta. Cuando ella llega a casa, hace rato ya que él duerme; y cuando él se levanta a la mañana, la que duerme es ella. Diría que ahí no hay mucho que perder. Así que cuando un paciente suyo, psicótico, lo ataca por segunda vez —la primera vez a golpes, y la segunda, con un cuchillo—, deja todo y se va a una casita en la montaña, donde queda atrapado por un defecto del paisaje: una cascada hermosa pero ensordecedora, que se propone silenciar. 

¿Cuál fue el disparador de la novela? 

Al principio lo único que tuve fue el nombre del personaje, Borgestein. Después apareció la idea de un psiquiatra que lucha contra el sonido de una cascada. Yo empiezo a escribir siempre con tan pocas cosas… En esa época estaba leyendo a Mishima, a Kawabata, a Tanizaki, a un montón de escritores japoneses, y tengo la impresión de que hay algo cristalino y diáfano en Borgestein que viene de esas lecturas. También había escrito un poema  titulado «Cóctel», que empieza diciendo: «Nada justifica que yo corte esta línea en dos, pero / fui a sentarme y se me vino encima el sillón». Se lo mandé a Fogwill cuando estuvo internado, pensando que cuando se mejorara lo iba a leer y se iba a divertir. Fogwill fue siempre el primero en leer lo que escribía, desde mis 25 años hasta que murió. No hay nada que yo haya escrito que no haya sido leído antes que nadie por él, pero no llegó a leer «Cóctel», y el poema pasó a manos de Borgestein. Ahí empieza la novela.

 

¿Cómo es el proceso de escritura? 

Tengo que confesar que soy bastante haragán. Sé, porque me lo dicen, que hay gente que cree que me paso el día escribiendo, pero no es cierto. Eso es verdad solo cuando tengo algo entre manos, lo que no siempre ocurre. Funciono de esa manera, alternando largos períodos de inactividad con períodos de concentración absoluta. El problema es empezar. Una vez que el texto se apodera de mí, escribo todo el día, de la mañana a la noche, y no pienso en nada más. Desaparezco de todo. Ese estado se prolonga sin fisuras hasta que llego al final. El resto del año me lo paso mirando el techo; en determinado momento algo cuaja y vuelvo a empezar. La escritura de Borgestein fue así, aunque bastante más lenta que en mis novelas anteriores, en parte afectado por la muerte de Fogwill, y en parte porque me detuve muchas veces en la construcción de una serie de microscopías y de minucias que, sin embargo, lo sostenían todo y sin las que no podía avanzar.

 

El psiquiatra emprende una lucha contra la naturaleza, al proponerse apaciguar el sonido de la cascada. ¿Ves en esa actitud una metáfora de tu trabajo como múltiple artista? 

No. El protagonista de la novela es un obsesivo que durante meses junta piedras en los alrededores de la casa y las tira en la hoya donde golpea el agua para silenciarla (y para amortiguar con su trabajo los ecos del shock que le produjo Borgestein apuñalándolo). Yo soy apenas un neurótico ordinario con la suerte de poder saltar de una actividad a otra, de una piedra a otra, sobre una cascada horizontal. 

¿Cuales son tus próximos planes, tanto en cine como en literatura? 

Ahora mismo estoy editando una película que filmé unos meses atrás, Bomba, y que espero estrenar a comienzos del año que viene. Empieza cuando un adolescente se sube en un embotellamiento al primer taxi libre que ve, y que resulta ser un taxi cargado de explosivos. El conductor es Jorge Marrale y el pasajero es Alan Daicz. Hay participaciones de Pablo Cedrón, Romina Gaetani, Andrea Garrote, Guadalupe Docampo y César Aira, que presenta un libro recién publicado por el pasajero del taxi. En cuanto a la literatura, lo último que escribí fue Borgestein, hace ya más de un año. No escribí nada desde entonces. Tengo muchos gastos, y esto no es una metáfora. Necesito concentrarme en cosas que me den un poco de dinero, trabajar de verdad. Así que ese es mi plan: no escribir más.

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