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El Gran Otro | Sabado 16 de Diciembre de 2017

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Carlos Cruz Diez y el color soberano

Carlos Cruz Diez y el color soberano

El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires invita a visitar la muestra retrospectiva del artista venezolano que liberó al color de la tiranía de la forma.

En el marco del festejo de sus diez años de mecenazgo cultural, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires ofrece una muestra retrospectiva del maestro venezolano que recorre sus trabajos artísticos desde el año 1940 hasta la actualidad. El color en el espacio y en el tiempo se presentó por primera vez en el Museum of Fine Arts de Houston a principios de este año, con un éxito rotundo de visitas. Ahora comienza su itinerancia por el resto de América Latina, partirá desde Buenos Aires hacia Lima y San Pablo. Probablemente, tener a la capital porteña como inicio del recorrido artístico no sólo sea una curiosa coincidencia —el International Center for the Arts of the Americas del Museum of Fine Arts de Houston también celebra su décimo aniversario—, sino porque Buenos Aires se ha convertido en un espacio estratégico dentro del circuito del arte latinoamericano desde el cual los artistas se vuelven visibles.

La curadora, Mari Carmen Ramírez, sostiene que la participación del artista fue clave a la hora de investigar sesenta años de trabajo para generar esta muestra. Esta, organizada en diez secciones, busca posicionar a Cruz-Diez como un pintor revolucionario a partir del planteo que hace del color y sus efectos. Con un guión curatorial claro, las obras se exponen de acuerdo a los distintos años de producción. En su primera etapa como pintor, vemos algunas naturalezas muertas y paisajes de pinceladas tímidas y colores cálidos. En este sector, un texto en la pared —la mayoría son fragmentos de entrevistas con el autor— expresa la intención del artista de narrar la época en la que vive por medio de la pintura. Tal y como lo hicieron en su momento dos de sus inspiraciones, Peter Brueghel y Hieronymus Bosch, quiere dejar registrado su contexto sociocultural. Sin embargo, se plantea la necesidad de usar nuevas herramientas, técnicas y soportes; allí empieza  a desarrollar una estética propia. Cruz-Diez encara un estudio serio de la luz y su incidencia en los colores. Las obras que crea en este período son casi instalaciones, objetos amorfos pintados de colores fuertes que rompen con la bidimensionalidad de las obras tradicionales. Su investigación va mutando hasta el nacimiento de las Fisicromías (1959), una serie de estructuras hechas con distintos materiales que logran juegos ópticos realmente sugestivos. En un principio utilizaba cartones verticales pintados, luego fue incorporando de manera gradual más tonalidades y elementos, como filtros, a modo de espejos. El resultado más logrado de su trabajo, que podríamos catalogar como una actividad impecablemente metódica, son las fisicromías de los años 70: obras de grandes dimensiones compuestas por PVC, caseína, aluminio e inserciones de acrílico, en los que los motivos geométricos aparecen y desaparecen de acuerdo a cómo uno se mueve. Cruz-Diez cumple con una condición típica del arte contemporáneo: sitúa al público como coautor de la obra. Resulta sorprendente cómo se vinculan ciertos conceptos antagónicos: son obras estáticas en cuanto a los materiales y se inscriben en un cuadrado o rectángulo, propio de las creaciones artísticas  convencionales, pero, a su vez, son obras dinámicas y cambiantes.  La Fisicromía 2235 es la que mejor refleja este fenómeno: cuando caminamos hacia la derecha vemos la aparición de uno, dos, tres cuadrados y, si volvemos hacia la izquierda, esas figuras desaparecen delante de nosotros como una simple ilusión óptica.

Siguiendo con la propuesta del espectador activo, Cruz-Diez crea un espacio de paneles íntegramente blancos, iluminado en su interior por tubos de colores. Para poder ingresar hay que ponerse cofias de tela en los pies. La idea es transitar el sector para poder observar la atmósfera brumosa que crean las luces dispuestas por el artista sin dañar el blanco inmaculado del piso.

Por último, un video nos muestra sus intervenciones en espacios urbanos y  arquitectónicos: silos y cruces peatonales pintados en países como los Estados Unidos e Inglaterra. Recomendamos prestar atención a los bocetos ubicados en las mesas: allí el artista expone ideas sobre la creación de tapas para interruptores, perillas para las puertas y fuentes para jardín de formas poco usuales.

Carlos Cruz-Diez  pretende entender el color como algo autónomo, emancipado de cualquier forma para poder ser. Creo que el color es capaz de transmitir mayor impacto emocional que cualquier otra herramienta al alcance del pintor. Su retrospectiva nos invita a participar de esta experiencia como agentes protagonistas: nuestra percepción visual es lo que termina la obra.

 

Hasta el 5 de marzo de 2012.

Por: Guillermina Flores.

 El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires invita a visitar la muestra retrospectiva del artista venezolano que liberó al color de la tiranía de la forma.

En el marco del festejo de sus diez años de mecenazgo cultural, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires ofrece una muestra retrospectiva del maestro venezolano que recorre sus trabajos artísticos desde el año 1940 hasta la actualidad. El color en el espacio y en el tiempo se presentó por primera vez en el Museum of Fine Arts de Houston a principios de este año, con un éxito rotundo de visitas. Ahora comienza su itinerancia por el resto de América Latina, partirá desde Buenos Aires hacia Lima y San Pablo. Probablemente, tener a la capital porteña como inicio del recorrido artístico no sólo sea una curiosa coincidencia —el International Center for the Arts of the Americas del Museum of Fine Arts de Houston también celebra su décimo aniversario—, sino porque Buenos Aires se ha convertido en un espacio estratégico dentro del circuito del arte latinoamericano desde el cual los artistas se vuelven visibles.

La curadora, Mari Carmen Ramírez, sostiene que la participación del artista fue clave a la hora de investigar sesenta años de trabajo para generar esta muestra. Esta, organizada en diez secciones, busca posicionar a Cruz-Diez como un pintor revolucionario a partir del planteo que hace del color y sus efectos. Con un guión curatorial claro, las obras se exponen de acuerdo a los distintos años de producción. En su primera etapa como pintor, vemos algunas naturalezas muertas y paisajes de pinceladas tímidas y colores cálidos. En este sector, un texto en la pared —la mayoría son fragmentos de entrevistas con el autor— expresa la intención del artista de narrar la época en la que vive por medio de la pintura. Tal y como lo hicieron en su momento dos de sus inspiraciones, Peter Brueghel y Hieronymus Bosch, quiere dejar registrado su contexto sociocultural. Sin embargo, se plantea la necesidad de usar nuevas herramientas, técnicas y soportes; allí empieza  a desarrollar una estética propia. Cruz-Diez encara un estudio serio de la luz y su incidencia en los colores. Las obras que crea en este período son casi instalaciones, objetos amorfos pintados de colores fuertes que rompen con la bidimensionalidad de las obras tradicionales. Su investigación va mutando hasta el nacimiento de las Fisicromías (1959), una serie de estructuras hechas con distintos materiales que logran juegos ópticos realmente sugestivos. En un principio utilizaba cartones verticales pintados, luego fue incorporando de manera gradual más tonalidades y elementos, como filtros, a modo de espejos. El resultado más logrado de su trabajo, que podríamos catalogar como una actividad impecablemente metódica, son las fisicromías de los años 70: obras de grandes dimensiones compuestas por PVC, caseína, aluminio e inserciones de acrílico, en los que los motivos geométricos aparecen y desaparecen de acuerdo a cómo uno se mueve. Cruz-Diez cumple con una condición típica del arte contemporáneo: sitúa al público como coautor de la obra. Resulta sorprendente cómo se vinculan ciertos conceptos antagónicos: son obras estáticas en cuanto a los materiales y se inscriben en un cuadrado o rectángulo, propio de las creaciones artísticas  convencionales, pero, a su vez, son obras dinámicas y cambiantes.  La Fisicromía 2235 es la que mejor refleja este fenómeno: cuando caminamos hacia la derecha vemos la aparición de uno, dos, tres cuadrados y, si volvemos hacia la izquierda, esas figuras desaparecen delante de nosotros como una simple ilusión óptica.

Siguiendo con la propuesta del espectador activo, Cruz-Diez crea un espacio de paneles íntegramente blancos, iluminado en su interior por tubos de colores. Para poder ingresar hay que ponerse cofias de tela en los pies. La idea es transitar el sector para poder observar la atmósfera brumosa que crean las luces dispuestas por el artista sin dañar el blanco inmaculado del piso.

Por último, un video nos muestra sus intervenciones en espacios urbanos y  arquitectónicos: silos y cruces peatonales pintados en países como los Estados Unidos e Inglaterra. Recomendamos prestar atención a los bocetos ubicados en las mesas: allí el artista expone ideas sobre la creación de tapas para interruptores, perillas para las puertas y fuentes para jardín de formas poco usuales.

Carlos Cruz-Diez  pretende entender el color como algo autónomo, emancipado de cualquier forma para poder ser. Creo que el color es capaz de transmitir mayor impacto emocional que cualquier otra herramienta al alcance del pintor. Su retrospectiva nos invita a participar de esta experiencia como agentes protagonistas: nuestra percepción visual es lo que termina la obra.

Hasta el 5 de marzo de 2012.

Por: Guillermina Flores.

 El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires invita a visitar la muestra retrospectiva del artista venezolano que liberó al color de la tiranía de la forma.

En el marco del festejo de sus diez años de mecenazgo cultural, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires ofrece una muestra retrospectiva del maestro venezolano que recorre sus trabajos artísticos desde el año 1940 hasta la actualidad. El color en el espacio y en el tiempo se presentó por primera vez en el Museum of Fine Arts de Houston a principios de este año, con un éxito rotundo de visitas. Ahora comienza su itinerancia por el resto de América Latina, partirá desde Buenos Aires hacia Lima y San Pablo. Probablemente, tener a la capital porteña como inicio del recorrido artístico no sólo sea una curiosa coincidencia —el International Center for the Arts of the Americas del Museum of Fine Arts de Houston también celebra su décimo aniversario—, sino porque Buenos Aires se ha convertido en un espacio estratégico dentro del circuito del arte latinoamericano desde el cual los artistas se vuelven visibles.

La curadora, Mari Carmen Ramírez, sostiene que la participación del artista fue clave a la hora de investigar sesenta años de trabajo para generar esta muestra. Esta, organizada en diez secciones, busca posicionar a Cruz-Diez como un pintor revolucionario a partir del planteo que hace del color y sus efectos. Con un guión curatorial claro, las obras se exponen de acuerdo a los distintos años de producción. En su primera etapa como pintor, vemos algunas naturalezas muertas y paisajes de pinceladas tímidas y colores cálidos. En este sector, un texto en la pared —la mayoría son fragmentos de entrevistas con el autor— expresa la intención del artista de narrar la época en la que vive por medio de la pintura. Tal y como lo hicieron en su momento dos de sus inspiraciones, Peter Brueghel y Hieronymus Bosch, quiere dejar registrado su contexto sociocultural. Sin embargo, se plantea la necesidad de usar nuevas herramientas, técnicas y soportes; allí empieza  a desarrollar una estética propia. Cruz-Diez encara un estudio serio de la luz y su incidencia en los colores. Las obras que crea en este período son casi instalaciones, objetos amorfos pintados de colores fuertes que rompen con la bidimensionalidad de las obras tradicionales. Su investigación va mutando hasta el nacimiento de las Fisicromías (1959), una serie de estructuras hechas con distintos materiales que logran juegos ópticos realmente sugestivos. En un principio utilizaba cartones verticales pintados, luego fue incorporando de manera gradual más tonalidades y elementos, como filtros, a modo de espejos. El resultado más logrado de su trabajo, que podríamos catalogar como una actividad impecablemente metódica, son las fisicromías de los años 70: obras de grandes dimensiones compuestas por PVC, caseína, aluminio e inserciones de acrílico, en los que los motivos geométricos aparecen y desaparecen de acuerdo a cómo uno se mueve. Cruz-Diez cumple con una condición típica del arte contemporáneo: sitúa al público como coautor de la obra. Resulta sorprendente cómo se vinculan ciertos conceptos antagónicos: son obras estáticas en cuanto a los materiales y se inscriben en un cuadrado o rectángulo, propio de las creaciones artísticas  convencionales, pero, a su vez, son obras dinámicas y cambiantes.  La Fisicromía 2235 es la que mejor refleja este fenómeno: cuando caminamos hacia la derecha vemos la aparición de uno, dos, tres cuadrados y, si volvemos hacia la izquierda, esas figuras desaparecen delante de nosotros como una simple ilusión óptica.

Siguiendo con la propuesta del espectador activo, Cruz-Diez crea un espacio de paneles íntegramente blancos, iluminado en su interior por tubos de colores. Para poder ingresar hay que ponerse cofias de tela en los pies. La idea es transitar el sector para poder observar la atmósfera brumosa que crean las luces dispuestas por el artista sin dañar el blanco inmaculado del piso.

Por último, un video nos muestra sus intervenciones en espacios urbanos y  arquitectónicos: silos y cruces peatonales pintados en países como los Estados Unidos e Inglaterra. Recomendamos prestar atención a los bocetos ubicados en las mesas: allí el artista expone ideas sobre la creación de tapas para interruptores, perillas para las puertas y fuentes para jardín de formas poco usuales.

Carlos Cruz-Diez  pretende entender el color como algo autónomo, emancipado de cualquier forma para poder ser. Creo que el color es capaz de transmitir mayor impacto emocional que cualquier otra herramienta al alcance del pintor. Su retrospectiva nos invita a participar de esta experiencia como agentes protagonistas: nuestra percepción visual es lo que termina la obra.

Hasta el 5 de marzo de 2012.

Por: Guillermina Flores.