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El Gran Otro | Lunes 26 de Junio de 2017

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Colombia: «El riesgo… es que te quieras quedar»

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Por Tatiana Souza Korolkov

El gobierno colombiano viene desarrollando una fuerte campaña publicitaria internacional a fin de tratar de desterrar el estigma de país peligroso como ninguno, lleno de riesgos por doquier, que aleja el turismo y las inversiones. Los cambios reales en la economía y la política, los bellos paisajes, la gente más feliz del continente se van abriendo camino frente a esta larga condena a punto de expirar.

Colombia, un país con 46 millones de habitantes, con una historia plagada de desencuentros, con un conflicto armado interno desde los años 60 y con los narcotraficantes más famosos del mundo, ha podido ir saliendo de a poco de todo eso y abriéndose al mundo, que todavía le teme, aunque cada vez menos, gracias a la realidad que se ha ido modificando y a las campañas para incentivar el turismo.

«El riesgo… es que te quieras quedar» reemplazó al anterior «Colombia es pasión» y ha sido sin duda un acierto, que identifica a los mismos colombianos y los alivia de ese estigma de país al cual no es conveniente ir, salvo a la zona costeña de Cartagena de Indias y San Andrés, que, por estar a más de 1.000 kilómetros del continente, es como un mundo aparte, el Caribe más turquesa, el mar de los siete colores, donde no hay peligros.

Lo cierto es que conocer Bogotá, Medellín, Villa de Leyva, los pueblos que circundan a la cordillera de los Andes en su parte central, es una experiencia inimaginable si se la piensa desde el prejuicio existente. A pesar de la fuerza de ese imaginario colectivo que se ha instalado y que aún persiste, para un visitante de mente abierta esos estigmas de peligro, incertidumbre, gente deshonesta van cayendo uno a uno a medida que se va conociendo una realidad de progreso, de economía emergente, de un multiculturalismo que lo hacen un país muy rico, intenso y bello en todos sus exquisitos paisajes.

Datos ciertos, como cuatro millones de desplazados internos, producto del conflicto armado, hicieron que las ciudades no costeñas quedaran alejadas de los beneficios de la globalización, hasta el comienzo de la década de Alvaro Uribe, que de a poco desmilitarizó las carreteras y fue cambiando el escenario local. Las guerrillas de las FARC fueron reducidas a las zonas fronterizas de la selva, y a un enjambre vinculante de intereses con el narcotráfico y los paramilitares, cuyo análisis político profundo excede los límites de este artículo.

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Nada huele a este tipo de peligro en las ciudades, si bien tiene «inseguridad», como todos los países latinos —ya que la distribución equitativa de las riquezas sigue siendo una utopía—, y la pobreza no escapa a una sociedad que se divide en estratos que van del uno al seis. Al mismo tiempo, cuenta con una enorme clase media, bien preparada, muy trabajadora, siempre de buen ánimo, que hace la diferencia. Acostumbrados a enfrentar dificultades y a superarlas, nada les cambia la pasión que llevan dentro por su país, y una profunda religiosidad que los mueve a todo.

Para Valeria Esteban, famosa y prestigiosa periodista y empresaria de los medios de comunicación, nacida en Cali, pero con residencia en Bogotá, «cuando tienes la experiencia de pasar una temporada aquí, te das cuenta de que es más la satanización de lo que es Colombia, que lo que realmente pasa. Tengo muchos amigos extranjeros que cuando llegan me dicen “no imaginaba que tu país era tan lindo, tan tranquilo”. Actualmente, Colombia es tierra de oportunidades. Españoles, italianos, argentinos, venezolanos, asiáticos se quedan a vivir, a armar sus familias y a progresar en sus negocios y empleos, ya que la economía se encuentra en franca expansión».

Bogotá es una ciudad en la cordillera de los Andes central, a 2.600 metros de altura sobre el nivel del mar, con 8 millones de habitantes, con urbanizaciones extendidas a lo largo de los valles y en las colinas de sur a norte. La vista desde el cerro Monserrate, de 3.100 metros de altura, ubicado en el centro de la ciudad, deja en asombro a todo visitante, por la belleza de esas casas y edificios enclavados en las montañas. Una urbe moderna, plena de actividades comerciales, artísticas, de redes de negocios, que convive con lo mejor del patrimonio de la humanidad: La Candelaria, sitio de la fundación formal de la ciudad, es el corazón histórico y cultural de Bogotá, y uno de los mejores preservados del continente. Callecitas con casas coloniales albergan bibliotecas, universidades, teatros que respiran historia y lucen sus ventanas enrejadas, techos de tejas rojas, balcones fabulosos que se inclinan al visitante. En la Plaza de Bolívar, se alzan majestuosos palacios y residencias, como el Capitolio Nacional —sede del Congreso—, el Palacio Mayor de Justicia, la Catedral primada, obras maestras de la arquitectura clásica y barroca que se imponen por sí solas.

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Mucho para conocer en un país que se abre al mundo a pasos agigantados, desterrando esos fantasmas que lo asociaban al peligro. Conversando con Laura Guerrero Moreno, reconocida publicista y orgullosa de ser «rola», como se les dice a los nacidos en Bogotá, reflexiona: «Creo que el mundo poco a poco nos ha quitado los ojos de encima como el patito feo de América Latina y reconoce que en los últimos 10 años se ha ido reduciendo esa mala fama, que hacía que a muchos colombianos les tocara hacer la fila a un lado en las migraciones de los aeropuertos, solo por portación de pasaporte». También nos cuenta sobre la nueva campaña de social media, cuyo eslogan es «It’s Colombia not Columbia», que apunta con esa frase a desterrar una de las tantas confusiones que se tiene en el mundo, producto del desconocimiento: que el país no es la productora de cine Columbia…; «a pesar de que tenemos un muy buen cine», agrega con orgullo esta joven y bella bogotana.

¿Qué tiene Colombia que hace que el riesgo es que te quieras quedar? Entre otras tantas cosas, nos cuenta Elsa Victoria Aguilera Orozco —diseñadora de interiores y productora de televisión—, que se define a sí misma como una eterna y loca enamorada de su país: «Yo soy de los ciudadanos que cree que está en nuestras manos cambiar esa imagen y mostrarle al mundo nuestra cultura, nuestras raíces como potencial de una raza especial por su ubicación en el globo terráqueo, con un imponente sistema montañoso, los dos océanos que nos dan sabor, y la musicalidad de nuestros negros y nativos junto a las extensas llanuras al oriente. Somos gente apasionada, alegre, emotiva, educada y fuerte». Y con ternura también reconoce que «debemos fortalecernos para erradicar la corrupción que aún existe y que atenta contra el crecimiento que falta y que depende del interés de los gobiernos, no solo de la población que lucha por salir adelante creando oportunidades».

Colombia tiene —además del mejor café del mundo, de las esmeraldas, de escritores y músicos famosos— una arquitectura colonial en muchas ciudades, y en su capital, Bogotá, una expresión de la modernidad distinta de todo, que se expresa en sus construcciones de ladrillo. Para el arquitecto español radicado en Colombia William Talero, «el ladrillo sobresale en la ciudad como material, el rojo resalta con el verde de sus cerros y avenidas. No existe otra ciudad en Latinoamérica que utilice tanto este material y donde esté tan bien ejecutado».

El uso del ladrillo se hizo más frecuente a partir de la construcción, hacia los años 30, de iglesias en ese material, lo que logró que se arraigara fuertemente en las clases más populares, tan creyentes que lo hicieron propio. A partir de allí, la historia se hizo cargo de darle cada vez más identidad.

En el año 1948, se produce la rebelión popular llamada «el Bogotazo», generada por el asesinato de Gaitán, líder popular destinado a ganar la presidencia de entonces, y que provocara destrozos que dejaron el 80 por ciento de Bogotá totalmente destruida, arrasando con edificios y casas coloniales y de estilo europeizante.

Como toda arquitectura, en tanto construcción de una sociedad, está sujeta a los sucesos políticos y económicos que marcan las propuestas y la proyección urbanística. El desplazamiento campo-ciudad y la creciente población migrante hacia Bogotá hicieron que se formaran los primeros cinturones de pobreza en las laderas sur-oriente, produciendo una expansión urbana. ¿De qué vivían estos desplazados? Entre otras cosas, de lo que se llama «los chircales», que son fábricas ladrilleras primitivas, producto de la creatividad de los campesinos necesitados de ganarse el pan, que lograron métodos de elaboración del ladrillo, económico y a puro pulmón. Así, la historia cursa su dialéctica, y estos chircales fueron los que comenzaron a producir el ladrillo necesario para la reconstrucción de la ciudad.

Para el arquitecto colombiano Felipe Cuevas, «el ladrillo comenzó a utilizarse masivamente en ese entonces por la conveniencia que implicaba un material que se pudiera producir localmente, en grandes cantidades, fácil de transportar hacia y dentro de las obras, un material que fuese noble, de bajo mantenimiento y con una buena vejez». Felipe también nos explica que «el arquitecto finlandés Alvar Aalto, uno de los diseñadores más importantes del movimiento moderno, propulsó trabajar con materiales regionales y tuvo una gran influencia en la arquitectura bogotana de los años 50».

Así es como hoy Bogotá es una capital con barrios de casas, condominios, edificios, modernas torres, barrios enteros construidos en ladrillo, lo que le da una identidad urbanística muy definida, moderna; pero no es el modernismo del acero de Nueva York o el concreto de Chicago: es el ladrillo hoy producido en grandes y tecnologizadas fábricas. Ese ladrillo sabe también a familia en Bogotá y en otras ciudades de Colombia, por ser un material cálido, acogedor, que da intimidad. Colocarle adjetivos parece una licencia de quien escribe, pero lo cierto es que cada material tiene su correlato sensitivo, y eso es pensado y asociado a la hora de elegir de qué será una casa que, sin dudas, definirá a quien la habita.

Colombia es un país cálido, de tierras calientes y frías, y con contrastes que incluyen hasta el clima. Se puede amanecer en Bogotá con un frío de 10 grados, y en una hora estar en las afueras, como Anapoima, de tierra caliente, con 30 grados.

La convicción de todo lo que se tiene para ofrecer al mundo como país es proporcional también al esmero y a la inversión que los gobiernos destinan a la publicidad y al márketing de su país, en aras de desterrar una mala imagen y acercarse al mundo para que conozca la variedad de sus riquezas. Que el turismo y las oportunidades de negocios no solo vayan a la Cartagena de García Márquez, sino que incursionen tierra adentro, a la innovadora y vanguardista Medellín, a la moderna y pujante Bogotá, a la apasionada Cali, a la Guajira fabulosa, a los cafetales y a los cientos de poblados montañosos coloniales.

«Colombia: el riesgo… es que te quieras quedar» es mucho más que una frase hecha y bien pensada. Los pueblos y las naciones evolucionan constantemente, y el caso colombiano es una demostración de que la constancia en la lucha contra toda adversidad tiene sus frutos a lo largo del tiempo, y que no hay que dejar de persistir.

Para quien visita y conoce, como esta corresponsal de El Gran Otro, es un pensamiento que en cada estadía se hace sentir con fuerza y que suma un «Me gusta» a la página de Colombia: «Soy fan».

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