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El Gran Otro | Lunes 26 de Junio de 2017

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Comer, rezar, amar y salir corriendo

Comer, rezar, amar y salir corriendo

La fugacidad de las relaciones actuales

 

[showtime]

 

Solas y solos que se acompañan poco y se necesitan mucho. ¿Qué sucede en un “hoy” que desea más de lo que tiene? Expectativas inalcanzables, relaciones frustradas y la soledad de estar acompañado.

Resulta interesante escucharlas a ellas, mujeres que se desviven por caricias que duren más que una cita, que ansían palabras que duren más que el silencio que aparece en reiteradas ocasiones, luego de alguna frase intimidante, posterior a una noche apasionada. “Ya no quedan de los buenos”, repiten una y otra vez, como si encontrar la pareja indicada tuviese alguna similitud con la compra de un par de jeans.

Resulta extraño escucharlos también a ellos hablar casi matemáticamente de la baja tasa de probabilidades de enamorarse de una mujer de carne, hueso y dignidad, haciendo mención a la falta de cordura en el mercado, a la desesperación del sexo opuesto por tenerlo todo en un segundo, a la presión generada por el reloj biológico, que les hace poner nombres a cada uno de sus hijos antes de haber dormido con los padres.

Por un lado, ellas hablan del fracaso en la búsqueda, desesperanzadas luego de varias relaciones frustradas que duraron menos que un estornudo. Por el otro, ellos, también desilusionados, un poco más prácticos, pero no menos decepcionados a la hora de encontrarse con esa soledad jamás buscada. De uno u otro lado, aparece el miedo al compromiso mezclado con el deseo de tenerlo, la falta de tiempo sumada a la fugacidad que lo hace menos valioso, la cantidad de citas que le ganan a la calidad de encuentros y miles de excusas estereotipadas que poco tienen que ver con la continuidad de nuestra especie.

De uno u otro lado se impermeabilizan las almas, se endurecen los cuerpos y se entrega el todo a la nada, por miedo a que algo no sea. El temor aleja lo que al amor acerca.

Así, ese todo exige ser resuelto con la misma simplicidad de un capitalismo que nos ha enseñado ridículamente que tener es poder, que poder es comprar, que comprar es ser y que, de alguna extraña manera, nada de eso puede asegurarnos la felicidad amorosa. Claro está que las necesidades más intrínsecas no se cubren con dinero, que el todo es relativo y que la exigencia de la inmediatez genera demasiada frustración.

Aquí me cuestiono qué nos sucede como sociedad: hemos llegado a desvestirnos felizmente de prejuicios, hemos logrado liberarnos de las culpas antes lapidarias hasta para sentir deseo, pero fracasamos en un alto número de parejas no concretadas, de amores no consumados, de temores que impiden que algo tan natural para el ser humano no pueda suceder con naturalidad.

Vivimos demasiado apurados. Comemos, rezamos, amamos, pero nos escapamos del otro cuando ese otro puede formar parte de nuestras vidas de una manera más intensa. Preferimos infinitas conversaciones apasionadas en el ciberespacio, pero salimos corriendo cuando una pizca de realidad puede anclar el deseo. Exigimos demasiado y damos tan poco, que es muy probable que nos estemos perdiendo de algo.

Lo dijo alguna vez Gabriel García Márquez y hoy quiero recordarlo para sembrar una pizca de esperanza: “Si supiera que esta fuera la última vez que te vea salir por la puerta, te daría un abrazo, un beso y te llamaría de nuevo para darte más”.

Un beso, un abrazo y más. Simplemente más. Como si fuera el último día, comamos, recemos y llamemos de nuevo, sin miedo, para poder amar hoy y siempre, un poquito más…

 La fugacidad de las relaciones actuales

[showtime]

Solas y solos que se acompañan poco y se necesitan mucho. ¿Qué sucede en un “hoy” que desea más de lo que tiene? Expectativas inalcanzables, relaciones frustradas y la soledad de estar acompañado.
Resulta interesante escucharlas a ellas, mujeres que se desviven por caricias que duren más que una cita, que ansían palabras que duren más que el silencio que aparece en reiteradas ocasiones, luego de alguna frase intimidante, posterior a una noche apasionada. “Ya no quedan de los buenos”, repiten una y otra vez, como si encontrar la pareja indicada tuviese alguna similitud con la compra de un par de jeans.
Resulta extraño escucharlos también a ellos hablar casi matemáticamente de la baja tasa de probabilidades de enamorarse de una mujer de carne, hueso y dignidad, haciendo mención a la falta de cordura en el mercado, a la desesperación del sexo opuesto por tenerlo todo en un segundo, a la presión generada por el reloj biológico, que les hace poner nombres a cada uno de sus hijos antes de haber dormido con los padres.
Por un lado, ellas hablan del fracaso en la búsqueda, desesperanzadas luego de varias relaciones frustradas que duraron menos que un estornudo. Por el otro, ellos, también desilusionados, un poco más prácticos, pero no menos decepcionados a la hora de encontrarse con esa soledad jamás buscada. De uno u otro lado, aparece el miedo al compromiso mezclado con el deseo de tenerlo, la falta de tiempo sumada a la fugacidad que lo hace menos valioso, la cantidad de citas que le ganan a la calidad de encuentros y miles de excusas estereotipadas que poco tienen que ver con la continuidad de nuestra especie.
De uno u otro lado se impermeabilizan las almas, se endurecen los cuerpos y se entrega el todo a la nada, por miedo a que algo no sea. El temor aleja lo que al amor acerca.
Así, ese todo exige ser resuelto con la misma simplicidad de un capitalismo que nos ha enseñado ridículamente que tener es poder, que poder es comprar, que comprar es ser y que, de alguna extraña manera, nada de eso puede asegurarnos la felicidad amorosa. Claro está que las necesidades más intrínsecas no se cubren con dinero, que el todo es relativo y que la exigencia de la inmediatez genera demasiada frustración.
Aquí me cuestiono qué nos sucede como sociedad: hemos llegado a desvestirnos felizmente de prejuicios, hemos logrado liberarnos de las culpas antes lapidarias hasta para sentir deseo, pero fracasamos en un alto número de parejas no concretadas, de amores no consumados, de temores que impiden que algo tan natural para el ser humano no pueda suceder con naturalidad.
Vivimos demasiado apurados. Comemos, rezamos, amamos, pero nos escapamos del otro cuando ese otro puede formar parte de nuestras vidas de una manera más intensa. Preferimos infinitas conversaciones apasionadas en el ciberespacio, pero salimos corriendo cuando una pizca de realidad puede anclar el deseo. Exigimos demasiado y damos tan poco, que es muy probable que nos estemos perdiendo de algo.
Lo dijo alguna vez Gabriel García Márquez y hoy quiero recordarlo para sembrar una pizca de esperanza: “Si supiera que esta fuera la última vez que te vea salir por la puerta, te daría un abrazo, un beso y te llamaría de nuevo para darte más”.
Un beso, un abrazo y más. Simplemente más. Como si fuera el último día, comamos, recemos y llamemos de nuevo, sin miedo, para poder amar hoy y siempre, un poquito más…La fugacidad de las relaciones actuales

[showtime]

Solas y solos que se acompañan poco y se necesitan mucho. ¿Qué sucede en un “hoy” que desea más de lo que tiene? Expectativas inalcanzables, relaciones frustradas y la soledad de estar acompañado.
Resulta interesante escucharlas a ellas, mujeres que se desviven por caricias que duren más que una cita, que ansían palabras que duren más que el silencio que aparece en reiteradas ocasiones, luego de alguna frase intimidante, posterior a una noche apasionada. “Ya no quedan de los buenos”, repiten una y otra vez, como si encontrar la pareja indicada tuviese alguna similitud con la compra de un par de jeans.
Resulta extraño escucharlos también a ellos hablar casi matemáticamente de la baja tasa de probabilidades de enamorarse de una mujer de carne, hueso y dignidad, haciendo mención a la falta de cordura en el mercado, a la desesperación del sexo opuesto por tenerlo todo en un segundo, a la presión generada por el reloj biológico, que les hace poner nombres a cada uno de sus hijos antes de haber dormido con los padres.
Por un lado, ellas hablan del fracaso en la búsqueda, desesperanzadas luego de varias relaciones frustradas que duraron menos que un estornudo. Por el otro, ellos, también desilusionados, un poco más prácticos, pero no menos decepcionados a la hora de encontrarse con esa soledad jamás buscada. De uno u otro lado, aparece el miedo al compromiso mezclado con el deseo de tenerlo, la falta de tiempo sumada a la fugacidad que lo hace menos valioso, la cantidad de citas que le ganan a la calidad de encuentros y miles de excusas estereotipadas que poco tienen que ver con la continuidad de nuestra especie.
De uno u otro lado se impermeabilizan las almas, se endurecen los cuerpos y se entrega el todo a la nada, por miedo a que algo no sea. El temor aleja lo que al amor acerca.
Así, ese todo exige ser resuelto con la misma simplicidad de un capitalismo que nos ha enseñado ridículamente que tener es poder, que poder es comprar, que comprar es ser y que, de alguna extraña manera, nada de eso puede asegurarnos la felicidad amorosa. Claro está que las necesidades más intrínsecas no se cubren con dinero, que el todo es relativo y que la exigencia de la inmediatez genera demasiada frustración.
Aquí me cuestiono qué nos sucede como sociedad: hemos llegado a desvestirnos felizmente de prejuicios, hemos logrado liberarnos de las culpas antes lapidarias hasta para sentir deseo, pero fracasamos en un alto número de parejas no concretadas, de amores no consumados, de temores que impiden que algo tan natural para el ser humano no pueda suceder con naturalidad.
Vivimos demasiado apurados. Comemos, rezamos, amamos, pero nos escapamos del otro cuando ese otro puede formar parte de nuestras vidas de una manera más intensa. Preferimos infinitas conversaciones apasionadas en el ciberespacio, pero salimos corriendo cuando una pizca de realidad puede anclar el deseo. Exigimos demasiado y damos tan poco, que es muy probable que nos estemos perdiendo de algo.
Lo dijo alguna vez Gabriel García Márquez y hoy quiero recordarlo para sembrar una pizca de esperanza: “Si supiera que esta fuera la última vez que te vea salir por la puerta, te daría un abrazo, un beso y te llamaría de nuevo para darte más”.
Un beso, un abrazo y más. Simplemente más. Como si fuera el último día, comamos, recemos y llamemos de nuevo, sin miedo, para poder amar hoy y siempre, un poquito más…