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El Gran Otro | Sabado 21 de Octubre de 2017

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Confiar en las imágenes

Confiar en las imágenes

Algunas consideraciones sobre la muestra El círculo caminaba tranquilo, la colección del Deutsche Bank en diálogo con obras del MAMBA.

Por Hernán D. Ruiz

El círculo caminaba tranquilo ‒la nueva gran exhibición que el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires tiene el honor de albergar entre sus salas‒ reúne más de ciento cuarenta obras de la impecable colección del Deutsche Bank de Alemania puestas en diálogo con obras pertenecientes al propio acervo del MAMBA. La muestrapropone un ambicioso proyecto curatorial en el que se combinan la experiencia física con la dimensión intelectual, estableciendo un poético diálogo entre artistas de distintas épocas y remotas latitudes del mundo.

La propuesta de constituir una sala en la cual los límites y las referencias espaciales se han desvanecido, para ofrecerles a las imágenes la posibilidad de expresar la propia fuerza vital con que han sido concebidas, resulta imponente y, al mismo tiempo, una suerte de desafío a los sentidos y ala percepción. Aquí, las imágenes serán los eslabones imprescindibles para la construcción de un relato aleatorio entre obras que se nos presentarán suspendidas en el aire a través de una estructura colgante. Esta estructura fue diseñada especialmente para la exhibición por la artista y escenógrafa brasileña Daniela Thomas, quien también colaboró con la curadora Victoria Noorthoorn en otros proyectos, incluido el montaje original de esta misma exhibición en Berlín.

¿Qué nos dicen estas imágenes sobre nuestra propia existencia? y¿por qué necesitamos confiar en ellas? son algunos de los interrogantes que se plantearon desde la curaduría. Ya sean imágenes que remitan a mundos reales o posibles, a cuerpos y rostros desencantados por la mera existencia; imágenes abstractas despojadas de cualquier gesto descriptivo, en las que se percibe menos el esbozo de una idea formal que la manifestación de un pulso vital del propio artista; la necesidad de un grafismo que funcione más como indicio de un paso por el mundo, que como signo de referencia con respecto a él, las imágenes siempre nos afectan de algún modo. En este sentido, no existe imagen inocente. Cada imagen evoca a su manera la posibilidad de una nueva utopía, la chance de pensar el mundo desde diversas e infinitas perspectivas.

Podría pensarse, entonces, en una línea ‒como propone el texto de Felisberto Hernández que utilizó como referencia Victoria Noorthoorn al momento de concebir la exhibición. Una línea como principal y única protagonista, ya sea por la despojada concepción espacial de la sala o por la falta de una coherencia cronológica que guíe el recorrido. Lo que nos queda, en definitiva, son las imágenes siempre atravesadas por una línea que aparecerá con toda su contundencia, como paradigma del dibujo, como huella o rastro de un pulso, como campo de acción que delimita la creación de universos posibles.

En El círculo caminaba tranquilo el recorrido será delimitado, entonces, por una circunferencia imaginaria que proporcionará un itinerario de imágenes, a través de las cuales se construirá un relato de dimensiones universales. La presencia de las sucesivas imágenes irá construyendo una serie de diálogos y conexiones, que en muchos casos excederán lo estrictamente formal o temático para aproximarse a un tipo de vínculo más ligado a lo emotivo. Se crea, de este modo, un relato cíclico que podría responder a cierto criterio filosófico emparentado a la propia condición humana. Condición que puede estar determinada por momentos de profunda tristeza y melancolía, y también verse extasiada por los síntomas del amor y la felicidad, siempre en un eterno retorno, constante e ilimitado.

Siguiendo la línea, un recorrido entre imágenes

Respetando la cadencia cíclica que propone el orden aleatorio de las obras, en relación a las variadas características que podrá adquirir la línea, se observará al comienzo del recorrido la particular sensación introspectiva que ofrece el arte del dibujo. A través de una mirada íntima y melancólica de la figura femenina en soledad, los trabajos de la gran artista alemana Käthe Kollwitz, de Lucian Freud, Héctor Giuffre, David Koloane, darán cuenta de estos rasgos.

A continuación, la línea se dramatizará, se tornará caótica, trágica e intempestiva, en una suerte de protesta contra la representación. La línea adquiere de pronto el aspecto del garabato, gesto que tal vez esboce más un estado anímico que una referencia formal o compositiva. Esto puede advertirse en los trabajos del neoexpresionista alemán Georg Baselitz, como también en los dibujos de Max Uhlig, de Joseph Beuys e incluso en las composiciones del gran artista argentino Alberto Greco.

Luego, la línea adoptará nuevamente el contorno de la figura humana. Pero esta vez, los cuerpos se verán degradados, se mostrarán inertes, habrá cuerpos erotizados, algunos cayéndose o levantándose, cuerpos desnudos, cuerpos que se atraen y que ponen en juego toda su anatomía. Quizá sea el momento de mayor sensualidad del recorrido. Esto queda reflejado de manera inigualable en los trabajos de Marlene Dumas, Marina De Caro, Kara Walker, Silvia Bächli y también en el imponente trabajo realizado por la artista francesa Louise Bourgeois.

También podrá devenir en escritura, una línea que se vuelve signo del lenguaje o incluso caricatura. Apela con gran lucidez al humor, a la ironía y al sarcasmo, para revelar con estos mecanismos otras variables posibles en la producción de sentido de artistas como Raymond Pettibon, Alejandro Cesarco, Ben Vautier o Bernardo Ortiz.

A partir del trabajo del gran artista argentino Roberto Aizenberg, la línea se geometrizará, se transformará  en rectas o diagonales, que procurarán resaltar otros aspectos compositivos. Ligadas a la corriente de la abstracción geométrica, se evidenciarán particularmente en los trabajos de Yente, de Piet Mondrian y Josef Albers. La línea podrá adoptar aun el carácter de una caligrafía obsesiva propia del cálculo científico, como se observa en el trabajo de la artista conceptual alemana Hanne Darboven.

De pronto, el recorrido de la línea se tornará sinuoso y hasta por momentos disparatado. Atravesará estilos y realizará saltos cronológicos, que responderán precisamente a una atracción entre las imágenes ‒que si se quiere podría resultar arbitraria‒ que determinará el diálogo y logrará establecer así una particular poética. Como, por ejemplo, en el caso de los trabajos de John Cage, en los cuales la línea adopta los rasgos de un pulso consiguiendo una abstracción que resulta huella, vestigio de un movimiento. Y también, de algún modo, establece una correspondencia con los trabajos del artista argentino Ernesto Deira ‒aunque este último tienda más hacia lo figurativo.

Luego la línea retornará a la figura humana, una vez más, pero atravesada por nuevas ópticas y diversos tratamientos. Ya sea por la parodia de tono sugerente de los artistas alemanes Otto Dix y Jörg Immendorff, o los rostros deformes y agresivamente expresivos del artista polaco Jakub Ziółkowski, en diálogo con los extraños retratos del argentino Juan Del Prete. Para después volver a revelarse y sorprender en su carácter de cartografía; se volverá detalle, entramado, secuencia. También podrá adoptar las características de un paisaje onírico o futurista en manos de artistas como Vik Muniz, Erick Beltrán, Richard Fuller, León Ferrari y Salvador Dalí.

Y finalmente, desembocará en una tranquila y mansa corriente. La línea como un horizonte, donde apenas estará indicada por un trazo o una mancha. Un breve rastro de la armonía meditativa que denotan los sutiles trabajos de Linda Matalon, en un delicado y encantador diálogo con Anna Maria Maiolino, Eva Hesse y, una vez más, Marina De Caro. Momento en el cual la línea se detiene solo por un instante, para luego volver a comenzar. Así, en un movimiento cíclico en este círculo infinito, como lo indica la propia naturaleza, la utopía renace y se vuelve imprescindible, no solo para la existencia, sino también para la persistencia del arte.