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El Gran Otro | Sabado 21 de Octubre de 2017

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Constelación Bolaño

Constelación Bolaño

Francisco Giarcovich

Roberto Bolaño es desde hace cerca de una década el reciente autor fallecido que ha disparado en ventas y del que el cine comenzó a nutrirse. Lo leen personajes de películas de Almodóvar y hasta ya se hizo una adaptación de su nouvelle Una novelita lumpen.

Hay, por lo menos, dos novelas indispensables para conocerlo: Los detectives salvajes y 2666. Sin contar su obra poética. O la recopilación de sus críticas y reseñas. Pero solo una de sus obras es considerada una de las grandes obras literarias de estos últimos tiempos con sus mil ciento veinticinco páginas, 2666, del más admirado de su generación.

En cada una de sus novelas se encuentran personajes que viven bajo la sombra de una estrella que jamás podrán alcanzar. Poetas viscerales o beatniks malditos, críticos apasionados, fans de juegos de estrategia, todos están obsesionados con su disciplina al punto de arriesgar su propia vida en saber más acerca de ella. Se trata una búsqueda por los caminos del realismo donde la emotividad es retratada con gran nitidez.

Bolaño abre los ojos en la oscuridad y ve algo, una senda entre la maleza para abrir camino en lo latinoamericano contemporáneo, Los detectives Salvajes, estructuralmente, es una conjunción entre dos géneros no literarios: el diario íntimo y el testimonio policial. Un caso de realismo extremo. Y con un importante contenido de un valor intertextual, poético y teórico. Como si Bolaño nos propusiera recordar algo paradójico, que la literatura, mayormente, no necesita nada literario para ser literatura. O que la ficción, pudiera ser acaso simplemente uno o varios “puntos de vista”.

Hay una cita interesante acerca de esto en la novela Dublinesca del escritor Vila Matas (parte de esa constelación que Bolaño integra): “… Los cinco elementos esenciales de la novela del futuro: la intertextualidad, conexiones con la alta poesía, conciencia de un paisaje moral en ruinas, ligera superioridad del estilo sobre la trama, la escritura vista como reloj que avanza…”.

Bolaño es intertextualidad. Leer a Bolaño es recibir un torrente de autores y libros como para años de lectura. Hay un rumor de constelaciones de escritores que el nombra y ordena como  demiurgo de un firmamento. Ahí brillarían más las  estrellas de Faulkner, Borges, Poe, Stendhal, Chandler, pero la lista es muy extensa.

Una de las características más fuertes y místicas de Bolaño es su método y disciplina.

“La espada del destino le corta una vez más la cabeza a la hiedra del azar”  (R. Bolaño 2666)

Aquí, el destino ocuparía el lugar de la encarnación del método, y el azar el del caos, o la nebulosa. El método es lo que hace posible la realización. Podría ser un juramento de fidelidad acerca de un apartamiento, de una reclusión meditativa y metódica autoimpuesta. Peso que en la inmersión como artista le permite alcanzar esa profundidad hasta lo recóndito.

Ese peso debe ser una fe ciega y una esperanza terrible que obligara al encierro en uno mismo. Algo de ese gusto escéptico de cierta renuncia intelectual contra la vulgaridad que lleva aparejada la idea de lo lujoso, (si se me permite parafrasear a Bioy Casares) que es aquello que separa a personas que se dedican con seriedad y constancia de quienes están perdidos en una tormenta de banalidad. Se trataría de alguna especie de desinterés por las ofertas fatuas de la vida en pos del trabajo, una prosa inyectada de poesía y de ideas contundentes: “La vida es demanda y oferta, u oferta y demanda, todo se limita a eso, pero así no se puede vivir. Es necesaria una tercera pata para que la mesa no se desplome en los basurales de la historia, que a su vez se está desplomando permanentemente en los basurales del vacío. Así que toma nota. Ésta es la ecuación: oferta + demanda + magia. ¿Y qué es magia? Magia es épica y también es sexo y bruma dionisíaca y juego.”