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El Gran Otro | Viernes 22 de Setiembre de 2017

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Cortázar-Perec: Más allá de los límites de la imaginación

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LITERATURA

 

¿Cortázar-Perec? ¿Perec-Cortázar? Influenciados por el jazz, la efervescencia cultural de los años sesenta y la itinerancia lúdica, sus obras renovaron el panorama narrativo de la segunda mitad del siglo XX.

 

Por Martín Jali

 

¿Por qué una bienal Cortázar-Perec? ¿Qué es lo que une a un escritor argentino autoexiliado en París a principios de la década del 50 y a Georges Perec, uno de los novelistas franceses más importantes de su tiempo, hijo de refugiados polacos, un judio parisino que edificó sus obras a partir de ciertas limitaciones formales? Más allá de una perspectiva creativa que, en ambos casos, sintonizaba con lo lúdico, un mismo espacio de referencia y una geografía particular (París) que, de diversas maneras, marcó sus obras y, finalmente, el entroncamiento de ambos, por parte de la crítica literaria, dentro de la posvanguardia de los años 60 y 70, la bienal Cortázar-Perec constituye una oportunidad única para repensar a uno de los escritores latinoamericanos más importantes del siglo pasado y, al mismo tiempo, acercar a los lectores argentinos a una figura poco conocida en este hemisferio: Georges Perec.

Esta aparente dificultad para entrelazar las obras de Cortázar y Perec tomó cuerpo en la fotogalería del primer piso del Teatro San Martín. Las respectivas series de cada escritor coinciden en su centro, a pesar de que los vaivenes temporales y la progresión de sus imágenes avanzan por vías contrapuestas. La procedencia de cada uno de los respectivos archivos —las imágenes de Cortázar, tomadas por Sara Facio cuando Cortázar ya era Cortázar; las de Perec, cedidas por el archivo del autor que se encuentra en la Bibliothéque de l’Arsenal de Paris— permite que, en una zona fronteriza, se tensione la mirada de un pequeño bebe francés de tres años y la de un cuarentón fijado desde una de sus fotos más famosas: aquella en la que Cortázar aparece mirando a la cámara, con gesto apretado y un cigarrillo colgando de sus labios. De derecha a izquierda, Perec envejece: desde su rostro infantil apoyado en el cuerpo de Cyrla Szulewicz, más tarde perseguida por la maquinaria nazi y muerta en 1943 en Auschwitz, hasta su juventud, más diversos retratos de comidas y reuniones con el grupo Oulipo (Ouvroir de littérature potentielle, que podría traducirse como «Taller de literatura potencial»). La serie de Cortázar es más constante; en ella puede percibirse la transición entre el aspecto formal y la particular coquetería de los primeros años de su adultez (se sabe que siempre aparentó menos años de los que en realidad tenía) en contraposición con aquel sobretodo raído y la barba tupida de sus últimos años.

 

Georges Perec

Georges Perec, nacido en marzo de 1936 en París, es uno de los escritores franceses más importantes de la segunda mitad del siglo XX. A pesar de ser poco conocido en nuestro país, su obra ha influenciado a toda una generación posterior y ha sido recuperada por autores como Roberto Bolaño y Enrique Vila-Matas. Sin ir más lejos, La vida, instrucciones de uso fue elegida por el diario Le Monde como la mejor novela mundial de la década 1975-1985. Perec integraba el grupo Oulipo, que profundizó nuevas formas y estructuras a partir de la música, la matemática, la geometría y la arquitectura. Cortázar nunca fue miembro, pero compartía con ellos la búsqueda estilística y ciertas connotaciones lúdicas. Su estética siempre estuvo más cerca del surrealismo, la improvisación y el azar, mientras que Oulipo trabajaba con ciertas restricciones de índole formal y racionalista para conceptualizar sus textos. Ahora bien, tanto Cortázar como Perec formaron parte de la corriente de la posvanguardia de los años 70 y en sus respectivos textos juguetearon con prosa intercalada con versos líricos, usos diversos de la fotografía, texturas de fuentes abiertas, metalepsis y recursos como el extrañamiento temporal o el desdoblamiento interior. Compartieron la geografía parisina, que desdobló los textos y activó sus imaginarios. Además, el exilio atravesó sus vidas: Cortázar regresó al país recién en 1983, con la vuelta de la democracia; Perec, por su particular genealogía familiar, la persecución prodigada por el nazismo y sus inquietudes migratorias, puestas en foco en su notable Ellis Island.

 

Julio Cortázar

Julio Cortázar nació en 1914 en Bruselas pero muy pronto, a los 4 años, se mudó con su familia al barrio de Banfield. Se formó como maestro y comenzó a estudiar filosofía en la Universidad de Buenos Aires, estudios que abandonó después de un año. Dictó cursos de literatura francesa en la Universidad de Cuyo. Luego de alcanzar cierto renombre con su primer libro de cuentos, Bestiario, abandonó su puesto en la cátedra de literatura francesa de la Universidad por su disconformidad con el gobierno peronista. En aquellos años, dijo: «Preferí renunciar a mis cátedras, antes de verme obligado a sacarme el saco, como les pasó a tantos colegas que optaron por seguir en sus puestos». Cortázar ya había participado en marchas antiperonistas; este fue uno de los principales motivos de su autoexilio en París. Hacia el final de su vida revisaría el individualismo político de su juventud. Antes, en 1946, Cortázar publicó su cuento «Casa tomada» en la revista Anales de Buenos Aires, dirigida por Jorge Luís Borges. En 1949 editó su poema dramático Los reyes. Ya en París, trabajando como traductor, daría forma a una de las obras más ricas e innovadoras de su tiempo. Con la escritura de «El perseguidor», extraordinario cuento largo o nouvelle inspirada en el saxofonista de bepop Charlie Parker, Cortázar comenzaría a sentar las bases de su novela capital: Rayuela. Con episodios absurdos, situaciones incongruentes, estrambóticos personajes intelectuales, permanentes desafíos humorísticos y lúdicos, Rayuela representó una inmensa novedad, no solo al romper con estructuras narrativas anquilosadas, sino también al restituir la noción de juego o el status de lo inútil, al quebrar el orden burgués y las estructuras sociales, al concebir una nueva mecánica de la itinerancia o al diagramar nuevos imaginarios para el amor. Rayuela es una novela total que bien puede definirse como un catálogo vital, novela metafísica o existencial, amorosa o superadora de cualquier dicotomía: el lado de acá, el lado de allá, La Maga o Talita. El propio Cortázar la definió como «… una tentativa para ir al fondo de un largo camino de negación de la realidad cotidiana y de admisión de otras posibles realidades».

A Rayuela —que lo ubicó dentro del boom latinoamericano, junto a escritores como Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez o Vargas Llosa— le siguieron libros como Todos los fuegos el fuego, que lo consagraron como un maestro del relato corto. Tanto en Final del juego, Las armas secretas o Todos los fuegos el fuego Cortázar daría forma a cuentos de gran poderío lúdico, cruzados por desdoblamientos («La isla al mediodía»), experiencias autobiográficas («Señorita Cora») conversiones («Axolotl») ocultismo y pasajes («El otro cielo») donde la felicidad muchas veces funciona a partir de la extracción temporal, donde el juego representa un imperativo ético y vital que atraviesa la escritura para trasladarse a la vida misma. Cortázar, en el fondo, es un surrealista que rechaza enérgicamente toda corriente positivista, el realismo esquemático, la ideología burguesa y la lógica aristotélica. En las décadas siguientes, Cortázar redoblaría su compromiso político, y apoyó gran cantidad de causas a lo largo del mundo —la revolución sandinista en Nicaragua, entre ellas—, viajó y puso, por momentos, su arte al servicio de sus inquietudes. Escribiría otros libros memorables. Después de la muerte de Carol Dunlop en 1982, Cortazar sufrió una profunda depresión. Con ella había escrito Los autonautas de las cosmopista, texto conjunto de un itinerario a través dela autopista Marsella-Paris. En 1983, con el regreso de la democracia, Cortázar volvió al país. Un año después moriría en París de leucemia.

 

Un desenlace posible: el cine y el jazz

En la década del 60 y del 70, los cuerpos de Perec y de Cortázar atravesaron las mismas vitrolas y cafés parisinos; además, diagramaron libros-artefactos donde los procedimientos resaltaban más que sus temáticas. Sus voces, desde cierta procedencia vanguardista, mechan rupturas, collages, juegos e ironías. A ambos los unía su pasión por el cine y, además, el jazz. A Cortázar el bepop le aportó swing, una ola rítmica que late por debajo del fraseo narrativo. Sobre el jazz, dice Perec: «El free jazz se hace preguntas que yo, novelista, me hago; mejor todavía: el free jazz constituye tal vez una respuesta que la escritura aún busca».

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