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El Gran Otro | Martes 22 de Agosto de 2017

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Cuando la ficción se disfraza de realidad

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De la falsificación radial a la falsificación audiovisual.

Por Carlos Andrés Puerto Vallejo

 

El documental apócrifo es una de las producciones audiovisuales más interesantes de una contemporaneidad caracterizada por el agotamiento de estilos y fórmulas narrativas. ¿Es la reformulación de un género? ¿Es, acaso, un simple engaño o juego al espectador?

La noche del 30 de octubre de 1938, cerca de un millón de norteamericanos corría a las colinas en medio del pánico y la incertidumbre, tratando de escapar del ataque de los marcianos. El motivo fue la emisión radiofónica de La guerra de los mundos, de H. G. Wells, a cargo de Orson Welles y el Mercury Teather on the Air. Lo que suscitó tal comportamiento por parte de la audiencia se debía, más que a la historia en sí, a la forma en que fue contada: el relato de ciencia ficción adoptó la forma de un reportaje periodístico, un medio informativo de no-ficción. Se cuenta que la adopción de este formato se debió a una estrategia para arrebatar audiencia al, por entonces, programa radial más famoso de EE. UU., cuya estrella era un ventrílocuo (¡sí, un ventrílocuo radial!).

74 años después, otras criaturas perturbaron la paz de un buen número de norteamericanos. Se trataba, en esta ocasión, de sirenas, aquellos seres mitológicos mitad humanos, mitad peces. La paranoia llegó a tal punto que el Servicio Nacional Oceánico del gobierno de los Estados Unidos (NOS, por sus siglas en Inglés) recibió cientos de cartas de personas que interrogaban sobre la existencia de las sirenas. Este organismo tuvo que emitir un comunicado que negaba poseer cualquier evidencia sobre la existencia de humanoides acuáticos.

Pero ¿qué llevó a estas personas a creer que ya no podían estar seguras en el agua, debido a que podían encontrarse cara a cara con alguna sirena? La razón, una vez más, fue una narración de ficción que echaba mano de los recursos propios de la no-ficción; se trató, en esa ocasión, de la emisión por el canal Animal Planet del documental apócrifo Sirenas: El cuerpo hallado (Sid Bennett, 2011). A lo largo de dos horas, el programa plantea el hallazgo de sirenas reales, su relación con un experimento naval involucrado en el varamiento de centenares de ballenas alrededor del mundo, y el posterior ocultamiento por parte del gobierno y la marina estadounidense.

Establezcamos que un documental apócrifo (también llamado falso documental o docuficción) es toda aquella pieza audiovisual que construye una ficción que emula el lenguaje del cine documental y de los discursos audiovisuales que tienen que ver con la representación de la realidad. Algunosde los ejemplos más destacables de esta modalidad audiovisual son filmes como Zelig (Woody Allen, 1982), El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) y el documental para la televisión francesa Operation Lune (William Karel, 2004).

Estas hibridaciones ponen de relieve la esencia retórica del lenguaje documental y su carácter de construcción; el documental apócrifo devuelve la atención sobre la forma en que los discursos de la no-ficción son construidos, alejándose de la pretensión que tiene el documental tradicional de hacer referencia a la realidad de manera transparente, sobre todo en sus vertientes más dogmáticas.

Sin embargo, más allá de la apropiación del estilo y la retórica del documental y de la no-ficción, el documental apócrifo debe ofrecer la posibilidad de ser recibido como un relato de ficción, para no constituirse en un simple engaño. Para insertarse en la oferta cultural como una operación estética sobre el lenguaje documental, debe demostrar que no está ligado a la realidad más que de manera metafórica; en suma, que el mundo representado no es el mismo mundo sociohistórico (y real) que compartimos los espectadores, sino un mundo posible sustentado únicamente en las leyes de la verosimilitud.

Algunos audiovisuales destruyen su nexo con lo real al subvertir la sobriedad del lenguaje documental a través de la comedia; es el caso de la serie The Office (Ricky Gervais y Martin Freeman, 2001-2003) y la película This is Spinal Tap (Rob Reiner, 1984): lo risible y absurdo de algunas secuencias contrasta con la supuesta autoridad del experto, de la entrevista, del testimonio y de la voice over del narrador. En Sirenas, el ejemplo citado, esto no sucede. Su nexo con la realidad se rompe en un arranque de honestidad un poco tardío; después de transcurridas dos horas de filme, antes de los créditos, aparece el siguiente intertexto: «Cualquier parecido con personas reales vivas o muertas es pura coincidencia»; lo cual, sin embargo, no acaba de aclarar las dudas de muchos espectadores sobre el estatus de realidad del programa que acaban de presenciar.

Lo anterior hace que surjan las siguientes preguntas: ¿Hasta dónde es válido transgredir los límites de un género como propuesta estética y narrativa? ¿Qué problema ético surge cuando la ficción usurpa el lugar del discurso informativo y los espacios televisivos para la transmisión de la ciencia y la cultura? ¿Qué alternativas tiene el espectador ante estas transgresiones?

Si bien este tipo de hibridaciones tuvo como antecedente principal la transmisión radial de Welles, recordemos que el espectador de esos tiempos no era alguien habituado a las trangresiones de género sino más bien a una industria cultural que etiquetaba sus productos, facilitando su consumo. Si los teóricos Adorno y Horkheimer declaraban, en sus ensayos sobre la industria cultural, que a Welles le eran perdonadas todas sus transgresiones porque confirmaban la regla y la estabilidad del sistema, ahora la transgresión y la inestabilidad parecen convertirse en regla, como lo muestra la proliferación de productos audiovisuales, tales como los documentales apócrifos. No obstante, en la época de Welles, como en la actual, el objetivo principal sigue siendo cautivar a la audiencia, ganar los mejores índices de sintonía sin importar el cómo.

Convengamos, para finalizar, que a Welles le fueron perdonadas esta y otras transgresiones por su carácter genial y revolucionario, y porque, al fin y al cabo, ¿qué tiene de malo alentar la creencia en marcianos (o, incluso, sirenas) cuando tienes en la estación de radio rival a un ventrílocuo que, probablemente, mueve la boca mientras habla?

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