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El Gran Otro | Viernes 26 de Mayo de 2017

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Damián Szifron: Todo bajo control

Damián Szifron: Todo bajo control
Por: Luis Pescara

Ficciones que juegan con los géneros cinematográficos y disparan lecturas sobre la realidad caracterizan al joven director. Gracias a Relatos Salvajes logró ocupar un lugar central dentro del cine argentino y ahora apunta su mirada hacia Hollywood.

A partir del retorno de la democracia en 1983, una tendencia frecuente de la crítica al hablar de cine argentino es medir el grado de «argentinidad» de las películas. Desde La Historia Oficial hasta Nueve Reinas, muchos filmes populares fueron sometidos a un test que evalúa en qué medida representan al ser nacional. Relatos Salvajes no escapó a esta manía y luego de su estreno mucho se escribió sobre su validez como retrato del estado actual de la Argentina. Esto se hizo evidente incluso durante la conferencia de prensa ofrecida en Cannes luego de la proyección del filme, donde durante varios minutos Damián Szifron debió explicar que las historias que desarrolló eran universales y que no buscaban retratar un contexto concreto.

Relatos Salvajes es lo que suele denominarse un «ataque a los sentidos»: un artefacto meticulosamente planeado para apabullar al espectador y sorprender a los críticos. Su elenco irreprochable, virtuosismo técnico y soundtrack poderoso la transforman en una de las experiencias más intensas del cine reciente, aun con sus fallas. Por otro lado, muchos se centran en el aspecto ideológico del filme: en su afán de retratar ciertos arquetipos discursivos del argentino medio, busca quedar bien con Dios y con el Diablo. Hasta su nombre no parece casual, ya que «relato» es un término utilizado para reafirmar cierto imaginario en la actual coyuntura; mientras que la referencia al «salvajismo» parece actualizar la vieja polémica entre civilización y barbarie, que tanto desveló a los intelectuales del siglo XIX. Es necesario acercarse a la obra del realizador desde lo estrictamente cinematográfico.

Como muchos cineastas de su generación –Adrián Caetano, Lucrecia Martel, Pablo Trapero, Mariano Llinás y Daniel Burman, entre otros–, Szifron buscó diferenciarse de cierta tradición del cine nacional, estancada en los discursos retóricos y la desprolijidad técnica. El llamado Nuevo Cine Argentino apostó durante el cambio de siglo a una estética minimalista y a una predilección por los personajes marginales, los cuales no lograban encajar en el mundo que los rodeaba. Sin embargo, en tempranas entrevistas, el realizador dejó en claro sus gustos particulares citando a la literatura clásica de aventuras, las series de televisión y al cine industrial de los años ‘70 y ‘80 como influencias. El Fondo del Mar, su desigual primer largometraje del año 2003, estaba protagonizado por Daniel Hendler interpretando a uno de los típicos jóvenes atribulados del cine de la época, pero buscaba diferenciarse de sus colegas introduciendo elementos de suspenso y comedia absurda.

Será en la televisión donde las influencias de Szifron se harán más evidentes, gracias a un programa creado al calor de la historia reciente del país. Emitida durante los años 2002 y 2003, cuando el recuerdo de la mayor crisis de la historia argentina aún estaba fresco, Los Simuladores supuso un paso adelante para las series locales. Alejándose del habitual costumbrismo de la pantalla nacional, el programa apostó a una realización cercana al cine de género, mezclando con éxito suspenso, acción y humor con una factura impecable. Los protagonistas de la serie llevaban a cabo elaborados planes de engaño para ayudar a personas comunes que enfrentaban algún problema, generalmente relacionado con conductas abusivas por parte de alguien poderoso o autoritario. Sin buscarlo, Los Simuladores se transformó en la ficción representativa de la primera década del siglo, logrando tanto el éxito popular como el reconocimiento crítico. Lo mismo ocurriría en menor medida con Hermanos y Detectives, otro programa ingenioso.

El segundo filme del director ahondó en las ideas estéticas exhibidas en televisión, ahora apropiándose de la tradición de las «buddy movies», es decir, aquellas películas en las que una pareja dispareja se ve forzada a resolver un conflicto en forma conjunta superando sus diferencias. Tiempo de Valientes, estrenada en el año 2005, demostró que se puede hacer un cine de espectáculo con un guión sólido y personajes carismáticos ‒fundamentales Luis Luque y Diego Peretti para esto último‒. Pero detrás de las peripecias de un psicólogo en apuros y un policía deprimido colaborando en un caso complejo, el filme jugaba con una sospecha enraizada en el ciudadano medio: oscuras conspiraciones se orquestan desde los servicios de inteligencia a espaldas de la gente. Esta línea paranoica –tantas veces explotada por Hollywood– no opacaba el carácter de entretenimiento burbujeante de la historia.

Casi una década después llegó Relatos Salvajes, un filme ambicioso desde su concepción, para la cual contó con el apoyo de la productora de Pedro Almodóvar, Telefé y el INCAA. Aquí Damián Szifron volvió a mostrar su manejo de la tensión y los toques de humor negro en medio de situaciones dramáticas, solo que ahora parece intuirse algo detrás del virtuosismo narrativo. A diferencia de su obra precedente, hay una idea ‒no necesariamente un «mensaje», palabra peligrosa como pocas‒ agrupando a las seis historias del filme. Con el tagline publicitario advirtiendo que «todos podemos perder el control», cada segmento muestra a los personajes enfrentándose a situaciones extremas que los empujan a tomar decisiones que implican dilemas éticos. Inteligentemente el director y guionista situó las historias en diferentes contextos sociales y geográficos, dejando en claro que las explosiones emocionales pueden producirse en cualquier entorno. Esto es lo que empujó a muchos a buscar en el filme una suerte de reflejo del presente argentino. Pero ya no hay un grupo informal de «especialistas» ayudando a los ciudadanos en problemas, sino que son estos últimos los que deciden entrar en acción.

Todo indica que el futuro de Damián Szifron está en Hollywood. El mismo estilo mainstream que lo dejó sin el Oscar a mejor película extranjera ‒la Academia prefiere el compromiso político y las estéticas minimalistas a la hora de reconocer al cine de otros países‒ lo favorece a la hora de trabajar en la gran industria. El dinámico manipulador de géneros cinematográficos se enfrenta a una situación soñada por muchos, pero que también significa trabajar bajo mucha presión. Será una buena oportunidad para demostrar si, a diferencia de sus personajes, el director puede mantener todo bajo control.