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El Gran Otro | Jueves 17 de Agosto de 2017

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Del síntoma en la clínica al síntoma social (parte 2)

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Entrevista con Edgardo Feinsilber

Por: Martín Samartin

Diríamos que hoy en día los nombres del Padre son la conjunción de la relación «ciencia y religión» que cada sujeto recibe y que lo constituye y lo ubica en un mundo social… Y que —como decía Lacan al final de su vida— «nuestra nueva religión es la ciencia»…

(Continúa de la Parte 1…)

–Lo que es propio de un discurso totalitario que ha tenido otras expresiones históricas, pero siempre bajo cierto tipo de fantasía social de «completud» —como las llama Slavoj Zizek, ¿no es cierto?—, donde se presupone un todo social armónico, completo y cerrado, y donde entonces será luego necesario pensar el desbalance, el conflicto social, como causado «desde afuera hacia adentro» por cierto tipo de agente parasitario, corrosivo, que actúa como «tapón» de un agujero en lo simbólico, como sutura —a nivel imaginario— de la brecha social, de la imposibilidad constitutiva de la sociedad, que en tanto ligado a lo Real de la historia se torna insoportable para toda concepción nacionalista. Por lo tanto, a fin de sostener esta fantasía social de completud, este Gran Otro, había que segregar, eliminar —es decir, forcluir—la causa imaginaria de la brecha en la estructura, siendo la forclusión la que garantiza esta sutura. Entonces tenemos todos estos discursos que construyen la figura de un chivo expiatorio, la del judío en Alemania, la del subversivo en Argentina…

—Sí, bueno, con esas ideologías tan estigmatizantes, es decir, el judío tacaño, el gallego bruto… Yo conozco muchas comunidades que se determinan por cierta cuestión de tacañez, ¿y por qué centrarlo, no? O los gallegos brutos, que son uno de los pueblos más cultos del mundo, los gallegos han producido genios de la literatura; entonces estos siguen siendo clichés. Pero sí es cierto que hay un efecto de esa globalización, y que hay una idea de ganancia que tiene que ver con la producción, la renovación constante de la producción, y la producción de objetos cada vez más transitorios; ahora yo no sé si uno podría decir que eso implica que matan el deseo, ¿no? Porque a veces tenemos que discutir qué es el deseo, hay aquí también otra idea sobre aquello que Lacan llamó los gadgets, ¿no? Bueno, que haya mercadería china de segunda calidad no quiere decir que todos los gadgets sean de segunda calidad; y además a la gente le gustan… Es decir, pequeños objetitos de satisfacción, de juegos…; pero eso no es, en sí, el deseo, ni mata el deseo. Ahí tendríamos que plantear ese pasaje donde Lacan planteó que el deseo es el deseo del Otro, con mayúscula, es decir, de alguien que —por supuesto— tiene sus representantes en los semejantes que nos rodean, sobre todo en las figuras con cierto reconocimiento personal, como son las figuras parentales, suponete, ¿no?, las fraternas. Pero bueno, es —por ejemplo— como si pensaras que, cuando pasás de la condición de hijo a padre, dejás de ser hijo…; que la niñez es una etapa exclusiva de los primeros años de vida, como decía Lacan, por ejemplo, «nadie se analizó como padre». ¡Se analizó como hijo! Entonces, bueno, cuando Lacan diferenciaba ese deseo del tener de un deseo del Otro, que desde ya, por otro lado, desde sus primeros tiempos decía que ese Otro no existía —que era una necesidad de cada uno que exista, ¿no?—, el planteo es cómo transformás ese deseo de los otros que te determinan en el deseo propio. Y aquí, bueno, hay un nombre también, el «discurso del capitalista»; es decir, como una repetición o una modificación, variante, de lo que llamó el «discurso del Amo»…

En el psicoanálisis, como en la vida, nada es lo que parece; suponete, el discurso del Amo: uno dice «entonces el discurso capitalista implica que hay un discurso del Amo…»; en francés, el «amo» es el «maître», y el maître no solamente es el amo sino que es el maestro (como se decía: «¿cómo le va, maestro…?»). Entonces, el problema que tenemos es que el discurso del Amo quiere decir que hay un significante que determina, que representa y que conduce a los otros significantes que supuestamente están reprimidos. Pero ese es el Significante Amo, que determina —que es agente en el discurso del Amo—, es la manifestación misma del inconsciente…

—En el lugar del semblante…

-Claro, entonces, ¿qué querés decir, en realidad, cuando decís eso?, si ya la esclavitud no existe como existía en la época antigua. Ahora bien, ¿por qué la esclavitud dejó de existir? ¿Dejó de existir la esclavitud? A mí me parece que se dieron cuenta de que ya no era una ganancia.

—La forma de la mercancía desplazó/condensó las relaciones sociales a otro campo, el de los objetos…

—Pero además, me parece, porque dejó de ser una ganancia; porque al esclavo vos tenías que alimentarlo, tenías que darle vivienda…, y entonces por eso dejó de ser productivo. El proletario tenía que arreglárselas como podía… Entonces, uno decía «la esclavitud antigua», y está claro que ahí hay una diferencia con la esclavitud —si es que existe— como podría ser entendida hoy en día. Suponete, vos la encontrás todo el tiempo en la calle. Vas caminando y encontrás papelitos de oferta sexual. ¡Esa es mano de obra sexual que en realidad es producto de la trata de blancas! Bueno, entonces, ¿no hay esclavitud pero hay trata de blancas? ¿No hay más esclavitud? ¿Y esos prostíbulos que encuentran, con esas mujeres que traen de países pobres y que las retienen…? Bueno, son ciertas formas también de esclavitud antigua, no sé, hay que pensar cómo son estos fenómenos… La esencia de la idea del dominio del Otro sigue subsistiendo. Pero vos me podés decir que antes las mujeres —como decía Lévi Strauss— eran producto de intercambio y ahora hay todo un lugar de la mujer donde la mujer tiene que trabajar, se han multiplicado los hogares donde hay un solo padre —que habitualmente es una mujer—; ahora la ciencia nos lleva a que pueda haber reproducción sin acto sexual; es decir, si con la producción en serie también podés reproducir a una persona, con el clon ya no sé prácticamente qué va a suceder con la idea misma de la vida y del fin de la vida…

¿Te acordás, en esa película de Woody Allen, de ese personaje que se podía reproducir en las personas? O –suponete— una de las últimas que él trajo, Que la cosa funcione… Entre otras cosas, como él lo plantea, esa madre sureña, primitiva, norteamericana, con cierta ideología consumista, y supuestamente más allá de toda concepción cultural artística, en la búsqueda de la hija que decide liberarse y se casa con ese científico… La encuentra y —¿te acordás?— como que termina presentando lo que uno se pregunta: ¿no será ésta una de las modalidades de lo que será la familia del futuro? ¿Una mujer con dos hombres? ¿Te acordás esa parte de la película, donde se ven durmiendo juntos los tres, donde los dos la aman, y ella ama a los dos…? Vos decís: «Bueno, ya parece que no hay más esa supuesta familia del siglo XX, o siglo XIX». Lo mismo ahora, con el problema de cómo considerar toda la cuestión del travestismo, el transexualismo, el cambio de sexo… Bueno, vos podés decir, evidentemente, antes el transexualismo era un delirio; la ciencia ahora lo ha convertido en un hecho posible. Hay una cierta idea de modificación. Vos podrías decir que de alguna manera es el delirio, si bien es cierto que no es propio de la psicosis —como fue demostrado también, los delirios y las alucinaciones formaban parte de lo que se llamaba la histeria y de la obsesividad—; claro, en aquella época una insistencia podría ser valorada como una manifestación psicótica, hoy en día se resuelve con una cierta cantidad de dinero —¿no es cierto?—, te cambian el sexo, te dan un documento, y asunto resuelto…

[showtime]

—Sí, te dan otra identidad. Hoy hay posibilidades de un cambio sobre lo biológico a través de los avances científicos, avances tecnológicos me refiero. Pero también hay un cambio de discurso… ¿Cómo impacta esto en la función del Nombre del Padre y en la estructura del sujeto?

—Ah, porque vos habías dicho que había una declinación en el Nombre del Padre. Mirá, lo que Lacan decía al respecto… No es tan del todo así… Lacan lo dijo en su momento, que Freud inventó el psicoanálisis para darle un lugar determinante a la función Padre que estaba declinando a partir de las experiencias de las guerras, y de la consideración misma de lo que era el hombre. En principio, cuando Lacan empieza a pensar lo que era el Nombre del Padre, lo articula a su teoría metafórica, y entonces el Nombre del Padre es un significante que pone límite en la significación, a la determinación del deseo primero sobre el sujeto, que es el deseo de la madre. Pero esa es la primera formulación de Lacan, estamos en el año ’57. ¿Él mantuvo siempre lo mismo? Él se dio cuenta de que, en realidad, si el Nombre del Padre era un significante, esa función que cumple un significante no está necesariamente circunscrita a la relación a una persona. La función Padre no es el papá. Y vos podés leer las modificaciones sociales actuales y pensar cómo en el matrimonio, a veces, se juega la función madre o la función padre. Hasta quizás las cuestiones laborales hacen que un padre, a veces, tenga que hacer la comida, y a veces, la mujer sale a trabajar. Es función padre y función madre. En realidad, Lacan termina dándose cuenta de que eso que se llamaba el Nombre del Padre, en la medida en que nosotros no nacemos de un repollito sino que tenemos una herencia que tenemos que adquirir —que era la teoría de Freud, del lado de Lamarck, y no del lado de Darwin—, es decir, en el sentido de que «lo que has heredado deberás adquirirlo para que sea tuyo»… Entonces, él se da cuenta de que eso que en principio se llama «lo inconsciente» es el producto de la incidencia de esos significantes que provienen de una lengua que se llamó «lengua materna», no se sabe bien por qué, puesto que a veces se confunde el cuerpo anatómico de la madre —cuando ni siquiera es el cuerpo—, cuando en realidad la debemos llamar «lengua paterna», pero no porque sea la lengua del papá sino porque, como decía Freud, el superyó del niño es la intersección del superyó de los padres; porque, en realidad, padres es un conjunto de papá y mamá. Entonces, cuando Lacan se dio cuenta de que el inconsciente era en realidad algo que se constituía desde esos nombres del Padre —y como él se manejaba con lo que llamó las categorías o lo registros de la experiencia: real-simbólico-imaginario—, entonces el siguiente paso fue decir que, en realidad, los nombres del Padre eran lo real, lo simbólico y lo imaginario. ¿Te das cuenta? Entonces ahí decís «¿Cómo? ¿Entonces ya no declina más?». Es como decir: «¿No hay más real-simbólico-imaginario»…? No, de lo que se trata es que no es lo mismo la creación, la producción que la invención. La creación –Fiat lux— es, al estilo divino, que la Luz se haga, y la Luz se hizo: de la nada Dios creó. La producción —como enseñaba Marx— tiene un efecto de plusvalía y tiene que ver con que vos tenías la materia prima y a partir de ahí producís en serie. La invención —a diferencia de las otras— es hacer con eso otra cosa. Hacer con lo que ya existía otra cosa que hasta ese momento no existía. Eso es la invención. Entonces, bueno, Lacan se dio cuenta de que, si había alguna posibilidad de existencia, en la medida en que hubiese necesariamente un cambio —que es lo que Freud había estudiado al nivel de la biología, ese biólogo que había descubierto que, si no introducías organismos en una especie en desarrollo. se irían muriendo todos…—, tomando esa idea genérica, entonces, Lacan decía que para que hubiera una continuidad de lo que se llama la especie humana —no se sabe por qué se la llama humana, no sé si por la mano o por el humus, que es lo que se degrada de la tierra, pero bueno: se llama humano, no se sabe bien por qué, como muchas cosas—, entonces era necesario que hubiese una dimensión de invención, para lo cual había que, no liquidar ni reventar, porque eso no es posible, sino hacer caer de un lugar de determinación principal esos nombres del Padre. Si como, para él, lo que caía era —en el análisis, por ejemplo, ¿no?— el analista de un lugar —cuando vos llamaste el semblante… no es que cae el semblante, sino que lo que cae es el analista del lugar del semblante—, esa es la característica del objeto a, ¿no?…, ser cayente, porque —en tanto que existe otro— el Otro nos demanda y tenemos que cederle algo… Lacan definió la angustia como la sensación del deseo del Otro. Por lo tanto, la angustia, a pesar de ser «lo que no miente», luego Lacan decía —porque él a veces tomaba palabras del lunfardo, ¿no?— que la angustia era algo totalmente «cagueta»…

—¿Ah, sí?

—Que era algo totalmente «cagueta», porque la angustia es la sensación del deseo del Otro, entonces el Otro me va a pedir algo, «bueno, dame tu linda caquita», ¿no? Lo que voy a hacer es darte algo de mí…, ¿no es cierto? Entonces, lo que hizo Lacan fue juntar los significantes con el objeto a y dijo: Es necesario hacer caer los nombres del Padre (estamos ya a nivel del Seminario 22); entonces eran los «a-nombres-del-Padre». Ahora bien, cuando vos hacés caer los nombres del Padre, y hacés los a-nombres-del-Padre, ¿qué queda? Bueno, entonces ahí viene el sinthome, ya no más ese llamado sujeto, que no se sabe por qué está tan en boga. Y dice Lacan: «¿Por qué tanto sujeto si es un sujetado, no?». ¿Por qué tanta idealización del sujeto? ¡El sujeto es un sujetado! El sujeto está sujeto, entonces tendremos que inventar otra palabra. Es decir, eso que se llama sujeto, individuo, persona, ser hablante, parlêtre, entonces —supongamos—, respecto de ese supuesto parlêtre, ¿no?, tan generalizado e indefinido, Lacan lo fue como puliendo y dijo: «¡No! En realidad el parlêtre es un ser de balbuceo…». Eso somos nosotros, y si tenemos un yo es porque el yo chamuya, es decir, habla y no sabe lo que dice. Eso es lo que somos. Freud, cuando tenía que dar un nombre genérico, ¿no?, lo decía en latín. Entonces, por ejemplo, te encontrás con que —creo que es la única vez que lo enuncia—, en vez de decirle «el individuo», es el «individuum»… Bueno, entonces Lacan, cuando descubrió que una cierta concepción científica que él tenía le hacía dejar de lado ciertos elementos determinantes para la significación, terminó de hablar ya no de…, como vos sabés, que el problema de las llamadas ciencias humanas, de cualquiera de ellas en realidad, es el sentido, ¿no? ¿Y qué quiere decir el sentido? Que es el Uno… Entonces, vos fijate a dónde vamos… ¿Qué es el Uno? ¿No? Ahora bien, si algo tiene sentido, vos lo tenés que recortar, y para recortarlo tenés que definir qué es Uno… ¿Y qué es un Uno? Bueno, Freud decía algo que Lacan termina por definir, que es que el significante tipo es lo mismo y lo otro. ¿Ves que es como una paradoja? Entonces terminó por decir que, en realidad, lo propio de ese ser de balbuceo era la obra, por lo que cada uno se responsabilizaba, lo que llamó sinthome, ¿no? Y a ese individuum responsable del sinthome lo llamó l’homme; por fonética, «el hombre». Lo que pasa es que ahí ya empezaba —digamos— a aprender de ciertas cosas de la culturas orientales —esto está en relación con tu primera pregunta—, sobre todo de la china y la japonesa, ¿no?, donde, en la medida en que no hay alfabeto sino que hay jeroglíficos, o ideogramas, y esos ideogramas tienen una sonoridad —ellos tienen siete sonoridades distintas—, el problema de los chinos es que, como la significación se produce por la sonoridad, vos te vas a mil kilómetros y entonces ya nadie te entiende… Entonces, vos entendés a un santiagueño, a un catamarqueño, a un tucumano, por cierta tonalidad, o el cordobés…, pero todos hablan castellano. Bueno, en vez de ser así, cada palabra significa, por ejemplo, cada ideograma se significa por lo que lo antecede y lo que lo procede, ¿no?, y en función de cómo está dicho, de la tonalidad de cómo está dicho, eso mismo por una pequeña modulación… Porque, por ejemplo, ¿viste que te parece como que los japoneses gritan…? En realidad, son las distintas modalidades del tono, pero tenés 56 lenguas de China —creo que 52 son dialectos y 4 son del mandarín—, ¡pero no se entienden porque tienen otra tonalidad! Bueno, vamos a concluir con eso entonces. Que los nombres del Padre, podríamos decir —sobre todo, yo no tengo nada en contra porque de otro modo no podríamos vivir sin eso, porque no nacimos de la nada, ¿no?—, son la conjunción de la relación «ciencia y religión» que cada sujeto recibe y que lo constituye y lo ubica en un mundo social… Y que —como decía Lacan al final de su vida—, bueno, «nuestra nueva religión es la ciencia»… Con eso tenemos que ver los lazos… Ahora bien, que vos me preguntes si eso implica una nueva dimensión de fenómenos… Bueno, todo depende de cómo definas el síntoma —ya sabés, ¿no?—, de cómo definas el Nombre del Padre… ¿Declinación de la función paterna…? ¿Y en una mafia… hay o no hay función paterna? Entonces, ¿han terminado las mafias en el siglo XXI? Bueno, ya ves, tal vez ahí han cambiado ciertas modalidades, ¿no?

-Edgardo, muchísimas gracias.

* Edgardo Feinsilber es licenciado y doctor en Psicología. Miembro Analista (MA) y presidente de Mayéutica Institución Psicoanalítica 1984/86, 1986/88, 2004/06, 2006/08 y 2008/10. Coordinador general del Centro de Extensión Psicoanalítica (CEP) del Centro Cultural Gral. San Martín, 1984; y del CEP del Centro Cultural Recoleta, 1989/91. Profesor adjunto de Psicología Psicoanalítica, Psicología, UBA, 1983/85. Profesor de la Maestría Fundamentos Teóricos de la Clínica Psicoanalítica Lacaniana, Universidad Nacional de San Luis, y extensión en Neuquén por el Colegio de Psicólogos, 1996/98. Publicó artículos sobre psicoanálisis en Argentina (Buenos Aires, Mar del Plata, Rosario y Tucumán), Brasil (Porto Alegre, Florianópolis, Río de Janeiro, Recife y Bahía), Francia (París), México (DF), Uruguay (Montevideo), China (Chengdu), Irlanda (Dublín) y España (Barcelona). Coautor de varios libros. Publicó en revistas, cuadernos y periódicos de nuestro medio y del exterior. Participante de la Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis desde su fundación, en 1985, y de Convergencia, Movimiento Lacaniano por el Psicoanálisis Freudiano desde su fundación, en 1998.