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El Gran Otro | Jueves 17 de Agosto de 2017

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Edgard Varèse: esto no es ruido

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por Arturo Lunis

El compositor Edgard Varèse nació en París en 1883 y murió en Nueva York en 1965. Aunque falleció hace ya cuarenta y seis años, su obra sigue siendo etiquetada como «música contemporánea».

 

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Desde su formación, Varèse se sintió más cercano a los antiguos (Perotinus, Machaut, Schütz o Charpentier) que a la tradición clásica y romántica de la música europea. Impulsor de las obras de Debussy, Stravinsky y Schönberg, presenta influencias de los tres, a la vez que desarrolla un estilo único y particular. Él mismo recuerda: «Me volví una especie de Parsifal diabólico, no en busca del Santo Grial, sino de la bomba que haría explotar al mundo musical y por tanto permitiría entrar a todos los sonidos, incluso aquellos que hasta hoy son llamados ruidos».

En su producción, es clave el trabajo con el sonido y con las «masas sonoras», que lo emparenta con el «arte del ruido» de los futuristas italianos. Una vez instalado en Nueva York en 1914, Varèse se conectó con artistas visuales como Duchamp o Picabia. Compuso su famoso Poème electronique para el pabellón de Le Corbusier en la Exposición Universal de Bruselas, utilizó poemas surrealistas enOffrandes, proyectó una colaboración con Antonin Artaud, compuso una banda de sonido electrónica para una película sobre Joan Miró y su obra póstuma, inconclusa, cuenta con textos de Anaïs Nin. La diferencia entre la obra de estos artistas a través del tiempo es notable: tanto los artistas visuales como los escritores gozan de un amplio reconocimiento y son aceptados como maestros indiscutibles; en contraste, la música de Varèse parece seguir siendo un territorio inexplorado al que solo se atreven los eruditos, los audaces y los snobs.

Tal vez pueda parecer que el arte de Marinetti, Crali o Depero está reconocido, pero ¿realmente lo hemos asimilado? ¿Existe una entendimiento cabal de la obra de Duchamp, o es simplemente una pose elitista frente a algo que todavía no se llega a comprender? ¿Cuánto hay de lectura real
y conocimiento de la obra al mencionar a los dadaístas, a Artaud o a Nin? Más allá de la posible afectación, está lo concreto: un cuadro es un objeto pasible de ser adquirido, el paso del tiempo aumenta el valor monetario de la obra de arte y el prestigio social que implica poseerla. El libro conserva su aura de transmisor de linaje cultural —aun en los casos en que se convierte en una exhibición de títulos y nombres célebres en una biblioteca personal—. Por el contrario, la ejecución de una pieza musical es efímera y gracias a su reproducción en forma de disco, cd o archivo de audio descargable, cada vez es más accesible, lo que la torna, en esencia, más abstracta.

La obra de Varèse, además, presenta dificultades para quienes se enfrentan a ella acostumbrados a las convenciones de la música clásica occidental: los timbres familiares de los instrumentos y las estructuras rítmicas son brutalmente reemplazados por nuevos sonidos y ritmos complejos. El compositor definía a la música como «sonido organizado»; lo consideraba un arte-ciencia. Si bien trabajó con textos literarios y los títulos de sus obras muchas veces remiten a la ciencia, su poética se centra en el sonido, la referencialidad desaparece. Algunas composiciones presentan formas tradicionales con timbres nuevos (otra dificultad para el oyente promedio de sala de conciertos que tiene dificultad para reconocer una forma sonata con temas, motivos y timbres sencillos; menos puede reconocer esos elementos si son realizados con ruidos, afinación, intervalos, acordes, ritmos y cambios inusuales), pero sus innovaciones también se extienden a lo formal. Para el oyente despreocupado de la comprensión de la estructura, el sonido tiene un impacto inmediato: el público neoyorkino que asistió al estreno de Amériques en 1926 —con la Orquesta de Filadelfia, dirigida por Stokowski— quedó fascinado ante la violencia y la novedad de una obra que evoca la vida urbana, los ruidos de los autos, las bocinas y la sirena de los bomberos, con más de un centenar de músicos (otra dificultad, reunir una orquesta de más de veinte maderas, más de veinte metales, dos arpas, más de treinta violines, catorce violas, diez cellos, diez contrabajos y ¡quince percusionistas!).

Tal vez, estos factores determinaron que la música de Varèse —en rigor, solo sobreviven una docena de composiciones; ya que otras fueron perdidas o destruidas por el autor— no sea muy programada en las salas de concierto argentinas. Las obras de cámara, especialmente las de percusión, tuvieron mejor suerte, gracias al esfuerzo de grupos entusiastas que las incluyeron en sus conciertos en los últimos años, sobre todo Ionisation, que ya se ha convertido en un clásico. En cambio, su producción sinfónica no ha sido muy frecuente en los conciertos de nuestras orquestas; los memoriosos recuerdan que el maestro Antonio Tauriello (paladín de la «nueva música» del siglo pasado) estrenó Deserts con la Orquesta Sinfónica Nacional en los años setenta. Por ello, la reciente interpretación de Amériques Arcana en el Ciclo de Música Contemporánea del Teatro San Martín (organizado por Martín Bauer), por la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires y el Ensemble Perceum dirigidos por Alejo Pérez en el Teatro Colón fue uno de los acontecimientos más importantes del año musical porteño (aunque el programa de mano no lo aclara, es muy probable que haya sido la primera audición de ambas). La primera parte del concierto dedicado a la obra integral
de Varèse fue camarística, con HiperprismIonisationOctandre e Intégrales.

A principios del siglo veinte, Varèse fue uno de los soñadores que creían en el futuro, la ciencia y las máquinas; para él, la creación de nuevos instrumentos para crear nuevos sonidos era una necesidad primordial: lo entusiasmaban el theremin, las ondas martenot y la posibilidad de usar sonidos grabados en cinta magnética, solos o combinados con instrumentos tradicionales. La necesidad de romper con el pasado y crear un futuro diferente fue el inicio de la avant-garde, que desarrolló una nueva estética y una nueva forma de vivir el arte. Tal vez porque nos gustaría que siguieran existiendo, tal vez porque no hemos empezado a internalizarlas, tal vez porque no tenemos otra alternativa, las vanguardias —que han muerto— siguen siendo contemporáneas.

 

Grabaciones recomendadas:

Varèse: The Complete Works. Riccardo Chailly, Royal Concertgebouw Orchestra, Asko Ensemble (London / Decca)

Varèse: Arcana, Amériques, Ionisation, Offrandes, Density 21.5, Octandre, Intégrales. Pierre Boulez, Ensemble InterContemporain, New York Philharmonic (Sony)