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El Gran Otro | Mircoles 18 de Octubre de 2017

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El espíritu recoleto del Pasaje de la Piedad

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Arquitectura con estilo europeo

 

La prosperidad de la Argentina de finales del siglo XIX y principios del XX ha dejado como legado un gran patrimonio arquitectónico que se refleja en palacios, residencias y avenidas. Calles y pasajes dan cuenta de la arquitectura como reflejo de esa compleja sociedad.

 

Por Tatiana Souza Korolkov

 

 

El gran desarrollo alcanzado por la sociedad de Buenos Aires hacia 1880 y principios del siglo XX, gracias al aumento del comercio, la exportación de carnes y granos, las inversiones venidas de todo el mundo y la gran inmigración, la convirtieron en una ciudad rica y poderosa para la época.

Eso se vio reflejado en la arquitectura y el desarrollo urbano de una ciudad y su gente, que miraba a Europa como modelo y que se afianzaba como metrópolis cosmopolita, elegante y sofisticada. Palacios, residencias, petits hotels, grandes avenidas, tiendas, teatros y cafés expresaban el furor cultural de aquellas décadas donde todos los sueños parecían posibles.

Las hermosas calles recoletas de «la París de América Latina» lucían su imagen palaciega, herencia de esa mirada de intelectuales y políticos que deseaban para Buenos Aires el mismo destino que el de las grandes capitales europeas y que fueran entonces las delicias de las clases altas.

Según la evolución del concepto, la arquitectura es el reflejo del modo de vida de una sociedad, de sus ideales, de sus posibilidades económicas y su capacidad de desarrollo, que manifiesta en obras y construcciones una estética particular del momento histórico.

Así también la arquitectura y el trazado de una ciudad conjugan valores que pueden estimular una manera de vivir y no otra, estar impulsados por un sentido social, y no puramente estético, responder a políticas de Estado o a intereses privados, o ser impulsados por contenidos ideológicos. Así de complejas son las construcciones y el desarrollo urbanístico que los movimientos artísticos y estéticos dejan como huella en todas las ciudades del mundo, y que muestran de dónde venimos y cómo permanecemos en el tiempo y el espacio.

El estilo Beaux Arts fue el que trajo a Buenos Aires la oligarquía local, con decidida fascinación. La zona del Retiro, la avenida Alvear y la avenida Del Libertador son ejemplos de ese eclecticismo reinante, esa mezcla de estilos de gusto francés e italianizante, pero que en su evolución fue tomando un espíritu con sello rioplatense, que se conserva hasta hoy.

¿Cómo surgen esas pequeñas calles, estrechas, en forma de L o de U, privadas, públicas o de acceso restringido, llamadas pasajes, de las cuales la ciudad tiene cerca de cien? Esos pasajes responden, a su modo, a tantas preguntas que sabemos la arquitectura pronuncia.

Las fuertes corrientes inmigratorias dieron lugar a gran cantidad de edificios de renta, que no alcanzaban a dar respuestas satisfactorias ni a mitigar la falta de viviendas, producto de la densidad habitacional de una Buenos Aires en pujante crecimiento.

Como producto de la especulación financiera, comienza hacia 1880 la subdivisión de terrenos destinados a la renta, dando lugar a la aparición de nuevas unidades habitacionales que optimizaran el espacio, y así se planificaron.

Convertidos casi en pequeños barrios, los pasajes se llenaron de encanto y una cuota de misterio que aún hoy conservan, gracias a la elección de una arquitectura que, en combinación con las artes decorativas, dejan como legado la inspiración europea de la época. El pasaje tiene ese eclecticismo del Beaux Arts, de inspiración francesa e italiana, que no solo se debe a las distintas etapas de construcción que tuvo, sino también a la franca emulación de modelos foráneos, que llegaron a convertir a la Argentina de entonces en una usina de construcciones, donde arquitectos, escultores, artesanos, traídos de Europa, pasaban largas temporadas en la ciudad al frente de sus obras.

El Pasaje de la Piedad se encuentra sobre la calle Bartolomé Mitre, entre Montevideo y Paraná. Fue construido entre los años 1880 y 1900 por Arturo Gramajo, en tierras heredadas por María Adela Saraza de Atucha, que habían sido adquiridas por su padre, Jorge Atucha, entre los años 1853 y 1857, pleno período de la expansión habitacional de Buenos Aires. La autoría total de la obra, que llevó un largo proceso de construcción, se desconoce por no encontrarse los planos originales.

Consta de una planta en forma de U, de herradura, y funciona como calle interior, con lotes profundos de50 metros. Tiene cuatro bloques de departamentos y acceso vehicular de restringidas dimensiones. Hay 49 viviendas que tienen su frente al pasaje, y el resto, 65 viviendas, da sobre las tres calles que lo circundan.

Hoy perduran departamentos de inquilinatos con más de seis habitaciones, construidos para familias numerosas y para las «loggias» italianas que supieron afincarse allí.

La fachada más singular comienza a descubrirse al internarse en la callecita, y así, de a poco, se ven los frentes italianizantes, con sus arcadas, que lucen orgullosos las artes decorativas, con su ornamentación de herrería, sus balcones, faroles, letreros.

Es un «escenario» de la ciudad donde se han filmado históricas películas y series, como Un guapo del 900, La orquídea, Fiebre amarilla y Vientos de agua, y donde han vivido personalidades como Jorge Donn, Alberto Olmedo, Enrique Carreras.

Un reflejo del pensamiento aristocrático de la generación del 80, que se evidencia en sus frentes de aire europeo, que surgió como demanda económica en una sociedad en expansión, y que da cuenta de la íntima relación entre la arquitectura, las necesidades de una sociedad, el pensamiento político y las corrientes estéticas de una época.

Digno de ser visitado como un remanso en la urbe, de clima bucólico y nostálgico, que deja sentir la creatividad de su origen y la bohemia de su presente.

 

 

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