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El Gran Otro | Mircoles 18 de Octubre de 2017

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El nuevo arte de hacer comedias

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TEATRO  COMEDIA MUSICAL

 

Por Larisa Rivarola

 

Un género con cambios sustanciales que superan el hecho artístico. A raíz del reciente estreno del último espectáculo producido por la sociedad Pepe Cibrián-Ángel Mahler, Excalibur, una reflexión sobre el cambios de modelo en la comedia musical en Buenos Aires.

 

La comedia musical en la Argentina es heredera del teatro musical español, la zarzuela. Luego, la unión entre el teatro y el tango desarrolló el incipiente género a la par de nuestra identidad nacional, ya que reconocidos autores y compositores procuraban letra y música a las primeras producciones. Caracterizada por un fino entramado de teatro, música y danza, entre la década del 30 y la del 60 brilló teñida de un color local. A partir de allí comienzan a entreverse dos caminos: el primero mantendrá los rasgos identitarios criollos —un claro ejemplo fue el estreno en 1968 en el circuito alternativo de la espectacular pieza creada por Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, María de Buenos Aires, ubicada bajo el género ópera-tango—; el segundo camino se constituyó a través de la influencia del circuito de Broadway. Así comenzaron a llegar las grandes producciones estadounidenses, que lograron que el género se transformara a través de una estética foránea en un mercado cada vez más grande en cuanto lo referido a producción local.

La asociación de autores y compositores data de los inicios del género, una de sus primeras figuras fue Ivo Pelay; tras él se ubicarían los exitosos Enrique Santos Discépolo, Sixto Pondal Ríos, Carlos Olivari, Enrique Telémaco Susini, Francisco Canaro y Luis César Amadori, entre otros. En 1961 la influencia se hace evidente en la cantidad de producciones del género; de un total de 33 estrenos extranjeros, la mitad corresponde a títulos provenientes de Broadway. En la década del 70, el período más oscuro de nuestra historia, el género musical fue protagonista de diversos hechos de censura: entre ellos el acoso a los intérpretes de Hair (por su pelo largo), las bombas que malograron el estreno de Jesucristo Superstar, los atentados a Las Mil y una Noches, etc. Sin embargo, el decenio culmina con el ingreso al campo teatral de una de las figuras que introducirían importantes cambios en la escena contemporánea del musical en nuestro país, tanto en aspectos relativos a la formación de sus intérpretes y la creciente demanda de espacios para ello, como al aumento de un público fiel e interesado, la proyección internacional de sus espectáculos y la introducción de nuevas temáticas que aunque se encontraban lejos de la realidad nacional también se habían independizado del paradigma norteamericano. La figura en cuestión es la de Pepe Cibrián Campoy.

Si bien su primer éxito nacional se llamó Aquí no podemos hacerlo, un musical estrenado en 1978 en el que ya se vislumbran los rasgos que lo caracterizarían, en el año 1983 comenzó el gran boom del género, al asociarse al compositor Ángel Mahler. La primer obra del dúo fue Calígula, un éxito no bien fue presentada.

A través de este trabajo conjunto comenzó la época de oro para las comedias musicales en nuestro país y a la vez se instaló una nueva manera de producir estos espectáculos. Al respecto, dice Ángel Mahler en amable charla con El Gran Otro:

 

En el año 1982 el musical que hoy conocemos no existía. Estaba Cats, que se había estrenado hacía un año, Jesucristo Superstar con solo algunas buenas canciones y luego los musicales antiguos como My Fair Lady, Hello Dolly, Calle 42. Desde el inicio, nosotros priorizamos el crear una obra potente desde el contenido. Excalibur, si bien tiene una gran propuesta visual, podría ser representada con un fondo negro y los actores, y se sostendría perfectamente. La elección del tema en sí tiene que ver con la necesidad de decir algo a través de la obra y de la música; en el caso de esta puesta, la espada simboliza la meta. Entonces, tomando esa idea, la conquista de Arturo es cumplir sus sueños, en eso está basada la obra, en ser fiel a uno mismo para cumplir las metas.

 

El punto de quiebre se da con Drácula en el año 1991. Quienes participaron de ese espectáculo se han convertido en grandes actrices y cantantes; entre ellos es inevitable pensar en Juan Rodó, quien luego del papel del Conde Drácula se transformarí­a en la pieza fundamental de todos los musicales de Cibrián-Mahler. Es interesante reparar, en este punto, en los más de dos millones de personas que asistieron al show en todo el paí­s; así como también en el hecho de que también fue representado en Chile y España.

En la actualidad, la oferta de teatro musical en la Ciudad de Buenos Aires ha crecido sustancialmente. Si bien las obras de Pepe Cibrián Campoy y Ángel Mahler mantienen la estructura clásica del musical internacional y sus temas siguen desvinculados de la realidad nacional, han creado un estilo propio a través de la incorporación de un componente fantasioso de gran originalidad, y han instalado a sus intérpretes como verdaderas estrellas locales. Retomando el ejemplo de Juan Rodó antes mencionado, quien suscribe, estuvo presente en el evento preestreno de Excalibur realizado semanas atrás en un conocido centro comercial porteño y pudo ser testigo de las pasiones que el artista despierta ante un público entusiasta y heterogéneo.
Si bien entre los más renombrados productores no podemos dejar de nombrar a Alejandro Romay, con una amplia trayectoria en las últimas décadas, la dupla Cibrián-Mahler ha realizado un cambio estructural en el género local a través de la modificación de dos variables. La primera corresponde a los espacios de formación y difusión, pues con la creación del Taller de Comedia Musical (en el que «todos son bienvenidos», según su slogan) se plantea la posibilidad de acercarse al género desde una perspectiva de realización y búsqueda de expresión personal que puede resultar o no en una elección profesional, a lo que se suman la incursión en televisión a través de un reality show, las audiciones abiertas, las giras. La segunda variable es resultado de la primera y, a juicio de quien escribe, es la contribución más importante que el autor ha realizado al género. La diversidad de intereses que motivan el acercamiento a la escuela resulta en una diversidad de sujetos y, por lo tanto, de cuerpos. Lo que esta cronista puedo ver en la reciente estrenada Excalibur fue una ruptura en la hegemonía del cuerpo ideal que habitualmente suele monopolizar una disciplina que, entre otras herramientas, se sirve de la danza como forma de expresión. En el escenario del teatro Astral y en cuidadas coreografías trabajan artistas que escapan al lugar común del bailarín; son cuerpos desiguales, dúctiles, bien formados y alimentados, bellos en su diversidad, que lejos de toda la tiranía del paradigma clásico ejecutan con gracia cada movimiento y logran una comunicación con la platea no solo visual, sino corporal. Este es uno de los mayores logros de la sociedad Cibrián-Mahler que merece valorarse en tanto demuestra que es posible construir una forma de arte que, lejos de toda visión elitista, propone la inclusión como fundamento principal.

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