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El Gran Otro | Sabado 21 de Octubre de 2017

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“El viento en un violín” de Claudio Tolcachir

“El viento en un violín” de Claudio Tolcachir

AL DIVAN CON EL TEATRO

HOY EN EL DIVAN:

 

“El viento en un violín” de Claudio Tolcachir

 

Por Raquel Tesone | Fotografía por Giampaolo Samá

 

El alma, que da vida a los personajes, se condensa en el título de esta obra. Como en el funcionamiento del violín, Tolcachir hace reverberar dentro de la sala, el alma de esta obra: el amor.

En el violín, el alma es una barrita de madera situada entre las tapas que permite soportar la gran tensión de sus cuerdas y comunica las vibraciones a la caja de resonancia para que se amplifique el sonido. El amor en esta pieza, se “respira”, y une los lazos familiares. Por esto, aunque sus cuerdas se tensen, sin embargo, no se cortan. Un amor que a veces no deja el paso del aire y sofoca, como el de la familia de clase acomodada, cuya madre es sobreprotectora y castradora. Su amor por su hijo Darío, lo ahoga, y por momentos lo destruye. Y el amor de otra familia de clase baja, la empleada doméstica que trabaja en la casa de Darío, que permite que el aire fluya hasta convertirse en viento y canción de madre que envuelve y acompaña a su hija Celeste. Dos tipos de madres, dos mujeres criando a sus hijos solas, alimentando, apoyando y sosteniendo a sus respectivos hijos, cada una a su manera y desde esta soledad, se arreglan como pueden.

Como en todas las familias, los personajes dicen tanto a partir del texto como del subtexto, aquello que no se dicen. Lo que calla la madre de Darío, develando su secreto de manera casi ingenua y naturalizada al psicólogo de su hijo, es la muerte por estrangulamiento de cordón del gemelo de Darío. Más tarde, cuando su hijo se perfila no deseando ser más el objeto de su pertenencia, se lo revela y lo culpabiliza de la muerte de su hermano. En esa revelación, la madre le proyecta a Darío su sentimiento de culpabilidad, quizás por eso de los amores que matan. Acá el aire juega un papel importante, porque marca la impronta de la relación entre esa madre que llama igualmente Darío al hijo muerto que al hijo vivo. Estigmatiza desde el nacimiento a Darío, confundiéndolo y ubicándolo en el lugar del muerto, con lo cual, lo mata simbólicamente en vida.

El rol del psicólogo aquí sirve para cuestionar a aquellos que no saben que los que saben son los que nos consultan y que ellos, son merecedores de nuestro reconocimiento como analistas. Tal como lo hizo Winnicott en la dedicatoria de su libro “Realidad y Juego”: “a mis pacientes que me pagaron por enseñarme”; ya que los analistas contamos además de nuestra formación, con el privilegio que nos da la experiencia de poder aprender en cada una de las sesiones con nuestros analizandos. Quizás por quedar fijado al lugar de supuesto saber, el psicólogo no supo escuchar la demanda de Darío, cuando le propone trabajar para él y ser él quién supervise a sus pacientes como trueque para seguir analizándose. Esta demanda es una demanda de amor. Es demanda de un padre que le posibilite la separación con su madre, la verdadera separación, la del corte del cordón invisible (¿invencible?) que lo une a su madre. Es la ley del padre que permite el acceso al campo social, y el trabajo es una puerta al mundo. El psicólogo representa, en este caso, la función paterna desfalleciente en las familias actuales al estar ubicado en el lugar de un padre que la madre ni nombra. Es un padre ausente o fagocitado por una madre que hace sola todo lo que puede y lo que no puede. Una madre que por amor hace todo por y en lugar de su hijo, hasta pactar con el psicólogo, manipulándolo y dejándolo impotente. ¡Impecable crítica al posicionamiento ético del analista y a la vez, a la problemática de la función paterna a nivel social!

Una vez que el psicólogo queda fuera de escena, y que Darío se rehúsa a quedar atrapado en el deseo incestuoso y mortífero de su madre, la madre lo mata doblemente. Ella le anuncia que su vida no tiene sentido, y el mensaje subliminal es que Darío no cumplió con el mandato de “ser feliz” para hacerla feliz. La misión de Darío consistía en dar sentido a la muerte de su hermano y a la vida de su madre (como si esto fuera posible…), en lugar de buscar él mismo, el sentido de su propia vida. Además, la madre re-mata su discurso, diciéndole “te quise”, y éste conjugar el verbo querer en tiempo pasado, es una renuncia a su amor de madre incondicional. Esta suerte de desmadre, pese y por el dolor, provoca finalmente el corte del cordón que mantenía sin oxígeno a Darío.

La familia de clase social baja se va a enlazar con la historia de la familia de Darío. Aquí tenemos a una madre, la empleada doméstica y su hija. Tampoco hay padre. En esta familia el aire es parte de un juego amoroso entre la hija y su novia. Ambas retienen el aire y juegan a esperar quién lo aguanta más. Metáfora de lo que se guarda dentro y de lo que se quiere largar en el afuera. Ellas logran exhalar y transformar el aire en el viento necesario para hacer funcionar y construir otro tipo de familia. La aceptación de la madre de la homosexualidad de su hija Celeste, es fundante. Una madre, que por un lado se deja denigrar como si fuera la esclava de la madre de Darío, y que por otro lado, sabe que su sacrificio tiene como finalidad alimentar y sostener a su hija para que ocupe un lugar valorizado. Y es esta familia que permite a Darío encontrarse y hacerse cargo de sí mismo, pudiendo dar su amor a otros.

Así como el alma del violín se encuentra en el interior de la caja, los actores expresan magistralmente en sus interpretaciones, lo que se genera en el mundo interno de los personajes. Un gran desafío actoral y de dirección para el mismo elenco de “La omisión de la familia Coleman”; algunos de los actores en los mismos papeles, pero con caracterizaciones muy distintas. La familia parece ser para Tolcachir una metáfora de lo social, es la célula donde se engendran los síntomas, las ambigüedades y las paradojas de un sistema disfuncional que nos pone en riesgo de alienación sino logramos trascenderlo. El “Viento en un violín”, nos abre a este cuestionamiento, nos hace reflexionar y nos reconforta. El lugar del amor aparece como la verdadera salvación del sufrimiento humano y como aquello que puede quebrar la connivencia con lo disfuncional de nuestra sociedad.  Y es por este amor que esta familia puede reinventarse al margen de lo establecido, permitiendo que las diversas voces de sus integrantes, formen una nueva melodía.

Por todo esto, y por la modalidad de dirección de los actores, el alma de Tolcachir marca vanguardia en el arte teatral.