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El Gran Otro | Lunes 18 de Diciembre de 2017

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Al diván con el teatro: Emilia

Al diván con el teatro: Emilia

Al diván con el teatro: Emilia, de Claudio Tolcachir

Por Raquel Tesone

Al mejor estilo Tolcachir, autor y director de Emilia, los espectadores, apenas entran a la sala, se instalan dentro de la escena. Mientras van tomando asiento en su butaca, se incorporan en el mundo de Emilia, quien convoca al público con su mirada cómplice. En el momento que Emilia empieza a hablar(nos), como a quienes conoce desde hace mucho tiempo, habita en nosotros un sentimiento de familiaridad recíproca con su personaje. Al no existir desniveles entre los actores y los espectadores, ya que no hay escenario, en esa horizontalidad casi sin distancia física, tan característica de las puestas de Tolcachir, el efecto inmediato es sentirse parte integrante de ese universo. En este sentido, va desdibujándose de a poco el borde entre ficción y realidad. Podríamos decir que el Gran Otro son los espectadores que, sin darse cuenta, están dentro de la escena y, por lo tanto, están implicados desde el comienzo. El único límite entre actores y espectadores es un cuadrado marcado con almohadones que no logra romper ni delimitar el ingreso en la escena. Entonces aquí, el espectador es activo, se siente dentro de esa casa que puede más que imaginar, hasta palpar, esa casa en que los personajes de la obra están presos y, así como ellos, el espectador logra sentirse arrebatado emocionalmente. En esa casa el afuera es tan amenazador que podría llegar a desestabilizar los frágiles lazos familiares. Por eso, de esta casa no se puede salir, y Walter, quien ha sido criado por Emilia, es su guardián. Él se defiende del abandono recurriendo a todas las estratagemas posibles, como no dejar que se compre nada afuera porque en casa hay de todo.

Emilia es la encargada de ir desplegando, poco a poco, el drama, así como también de detonarlo, para luego contenerlo. Emilia hereda su nombre de la mujer que la amamantaba, porque su madre no tenía leche. Gracias a esa otra Emilia que la marca con el nombre, Emilia afirma estar viva. Lo que no dice en palabras, pero lo transmite con actos, es cómo queda capturada por esa impronta que la destina a alimentar y a amar también a un hijo que no es suyo: Walter. Su propio hijo no la quiere porque siente celos de su relación con Walter. Es una historia de adopciones. Es el drama de aquellos que intentan, equivocadamente, reemplazar un amor por otro, negando el duelo de la pérdida, rellenando ese agujero de dolor con un nuevo amor. Emilia que cría a Walter pero que no es amada por su propio hijo. Alejandra que se une a Walter tratando de olvidar al padre de su hijo, sumida en la tristeza y la desconexión emocional. El hijo de Alejandra que se somete a Walter para ser adoptado por él, y Walter que retiene a todos fagocitándolos dentro de esa casa que los apresa y asfixia. Con este recurso, intenta no volver a ser nuevamente abandonado. El único que acepta la pérdida es aquel a quien aún le queda la esperanza de recuperar el amor de Alejandra y de su hijo.

Esta obra también habla del poder de la humillación. El poder del que humilla y del poder del humillado, dos roles que están inscriptos, como dos caras de una misma moneda, en cada uno de los personajes. Hasta la idiotez y la insatisfacción cobran poder de manipulación en los vínculos de esta familia. Esta obra refleja a la perfección la densidad de la dialéctica hegeliana, en que el amo necesita del esclavo tanto como el esclavo del amo para constituir su existencia. Las palabras tienen un valor diferente al convencional. Emilia trata a Walter de porquería y se lo dice con un tono por completo amoroso. La denigración parece estar encubierta de un afecto intenso y lo que se escucha es un significante que no se enlaza al significado ni a la connotación despectiva de la palabra en sí. Walter se identifica con la porquería y, a su vez, la proyecta en su familia, a la que trata como una porquería. Walter es humillador y, al mismo tiempo, es humillado por esa familia prestada. Sin embargo, la humillación es disimulada como amor. Cada uno miente al otro sobre este amor, y cuando esto se descubre, surge la violencia velada.

La cuestión que nos interroga en este particular revelamiento es si es posible la construcción de un vínculo de amor sobre la base de la mentira.