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El Gran Otro | Viernes 15 de Diciembre de 2017

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En la piel de los asesinos

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Literatura

 

Por Graciela Ullán

«…de la novela negra a Quincey, o del Castillo de Otranto a Baudelaire, hay toda una reescritura estética del crimen, que es también la apropiación de la criminalidad bajo formas admisibles». Michel Foucault.

El periodista y escritor Rodolfo Palacios aguarda para participar como panelista en las Jornadas de Periodismo Policial Gráfico en el Centro Cultural Rojas. Aprovecha para mostrar a quienes se le acercan su nuevo libro, Adorables criaturas. Crónicas grotescas de asesinos y ladrones. Recién salido de la imprenta, por sus páginas desfilan el Gordo Valor, Yiya Murano, Arquímedes Puccio, Ricardo Barreda. Sin embargo, el libro que sigue concitando atención a dos años de su edición y por el cual ha sido convocado para exponer es El Ángel negro. Vida de Carlos Robledo Puch, asesino serial. En el medio hubo otra publicación, Pasiones que matan. Trece crímenes argentinos. La materia son crímenes u otros delitos y un periodista que se gana la confianza y se inmiscuye en la intimidad de sus protagonistas, conoce su entorno familiar, se hace «amigo», como quien dice, para tratar de sonsacar algo. A veces logra una confesión, pero lo que cuenta es el rodeo que le da a las historias.

Pactamos un encuentro con el actual secretario de redacción de la revista El guardián, para que el mismo Rodolfo Palacios cuente hasta dónde se involucra en las historias y cómo sale indemne.

 

¿Por qué seleccionaste los casos de Pasiones que matan?

Pasiones que matan cuenta trece crímenes aberrantes, la mayoría cometidos por hombres; esta inspirado en Mujeres asesinas, la serie televisiva que ponía en escenas mujeres que pudieron llegar a matar. Aquí aparece el maltrato doméstico y la violencia de género; la mayoría de las víctimas son mujeres. Traté de hacer una escritura con imágenes y lo que desencadena en el crimen. No es casual cómo una persona llega a cometer un acto del que no se vuelve. Siempre digo que después del crimen el asesino cambia su cara, el crimen se apodera de él, no solo por dentro, sino que muestra una máscara rígida. Esas personas de Pasiones… podrían ser vecinos, amigos, conocidos, hasta podemos ser nosotros mismos en alguna situación extrema.

 

¿Escribís sobre casos reales ficcionalizados?

Si bien Pasiones… tiene algunas escenas ficcionalizadas, en El Ángel negro y Adorables criaturas está la realidad, narrada con elementos de ficción. Narré desde la no-ficción, desde el nuevo periodismo, contando escena por escena, con diálogos, descripciones, sonidos, aromas, un contexto social, un retrato psicológico de los personajes. Traté que la historia fluyera, aunque uno se pregunte si ocurrió.

 

El escritor Carlos Fuentes dijo: «El periodismo es la conversación para la literatura». ¿Sentís que hacés periodismo o literatura?

Juan Villoro dice que la crónica o el periodismo de no-ficción es «literatura bajo presión». Trato de contar una historia a través de sus personajes, con una escritura sin floreos o sin pretensión de gran literatura, pero utilizando recursos literarios, como es el objetivo de la non-fiction novel desde Truman Capote con A sangre fría, o de Rodolfo Walsh con Operación masacre. Quiero mostrarle algo al lector, pero quiero que venga conmigo, que lo esté leyendo y se sienta en ese lugar. Me parece bien que se pueda contar de manera atractiva. Obviamente, los datos tienen que estar, pero no es lo mismo si uno lo dice con elementos que entretienen que si son puestos como si fuera una noticia fría, desapasionada.

 

¿Cambiás los nombres de los personajes reales?

Pasiones… son historias basadas en hechos reales, pero cambio los nombres por cuestiones legales o de otro tipo. En El Ángel… y Adorables… los nombres son reales.

 

¿Sobreviven por mucho tiempo este tipo de historias o pronto son reemplazadas por otras?

Pasiones… lo hice por pedido y no lo volvería a escribir. No es algo que me atraiga, escribir sobre trece casos. Los otros dos libros tienen casos históricos. De Robledo Puch se va a hablar siempre, el Gordo Valor marcó un antes y un después en el delito, Puccio empieza con la industria del secuestro post-dictadura. Considero que la mejor manera de que la televisión no devore los relatos policiales es contando historias con esos recursos literarios que decía antes. Antes de ponerme a escribir acumulo la mayor información posible; por más que no la ponga, trato de estar mucho tiempo con el personaje, necesito saber el perfilado, observar los gestos, escucharlo, acompañarlo, verlo en relación con la sociedad, saber qué le dice la gente, leer los expedientes, todo eso que no profundiza la televisión, porque pasa montones de casos diarios y la rapidez les exige seguir con otros casos. A mí me gusta el periodismo que sale a cazar historias, que interpela, hace preguntas, entra por todas las aristas. Con Yiya tuve siete encuentros, con Arquímides dos, con Barreda siete, con Robledo ocho, aunque quizás pase cuatro horas con ellos y lo más importante sea un gesto cuando se desestructuran.

 

¿Conseguiste alguna revelación?

No me interesa que se sienten y me cuenten cómo mataron, me interesa más que Barreda me confiese que tiene devoción por las cotorras: una persona que mató a sus hijas ahora cría dos cotorras con pasión, con ternura. Al quinto encuentro estaba comiendo con él, empiezo a levantar la picada de la mesa y me dice: «No hagas eso, porque me molesta mucho, lo hacía una de mis hijas». Si yo le pedía que me hablara de las hijas, tal vez no me contestaba. Me gusta verlos al natural, en acción, trato de coleccionar imágenes. Obviamente, los entrevisto y leo los expedientes, pero cuando estoy con ellos quiero observarlos, salvando las distancias, como el terapeuta que está frente al paciente.

 

¿Este tipo de entrevistas te generó una especie de adicción?

Hablar de Robledo es hablar del asesino civil más importante de la historia criminal; digo asesino civil para diferenciarlo de Videla y compañía. Robledo es una leyenda fuerte, estar con él, recibir cartas en mi casa, entramar el proceso de escritura con mi vida personal, hizo que me desgastara. Terminé extenuado, porque un libro así es como llevar una mochila de acero. Entonces me dije basta, es la última vez que me meto con esto. A los pocos meses estaba escribiendo Pasiones…, aunque era más a partir de expedientes, la reconstrucción de testimonios y testigos. Después terminé metiéndome con Murano, Puccio, Barreda, no con uno, sino con varios. Apagaba el grabador y seguíamos hablando, por ahí iba a tomar un café o a comer con ellos. Eso fue lo más rico del asunto, más que la entrevista en sí, porque en la entrevista a lo mejor dicen: «soy inocente, no maté a nadie». Ahora, ¿qué pasa cuando se apaga el grabador? Ellos no saben qué voy a captar para escribir, salvo que me pidan que no se publique y respeto la decisión. Se puede ser asesino, ladrón, pero hay una vida cotidiana con afectos.

 

¿Todos tenemos algo de esos personajes?

Justamente, hasta la persona más oscura tiene un costado luminoso y la persona más luminosa un costado oscuro. Uno cree que los asesinos son seres ajenos a la sociedad, sin embargo forman parte.

 

Cuando el caso de Robledo Puch resonó en la prensa, no habías nacido. ¿Qué te movilizó a indagar sobre su vida, a entrevistarlo en la cárcel en varias oportunidades?

Me apasionó el relato de Osvaldo Soriano sobre Robledo Puch, que publicó en 1972 en La Opinión. Después conocí a Osvaldo Raffo, psiquiatra forense que examinó a Robledo varias veces. Me empezó a interesar la historia, se me ocurrió mandarle una carta, la sorpresa fue que me contestó, y empezó el vínculo.

 

¿Cuánto tiempo transcurrió en todo ese proceso?

Desde que leí la crónica y me empezó a apasionar el caso, siete u ocho años. Tomé contacto con él hará tres años y al cabo de un año lo visité en Sierra Chica, con todo lo que significa esa cárcel.

 

¿Sabías qué ibas a buscar?

No hay un método. Cuando uno habla con personas con tanta carga psicológica no es fácil, no es decir: «bueno, hoy voy a preguntarle a Robledo sobre su infancia», porque nos encontrábamos y él contaba lo que quería. Estamos hablando de un psicópata por excelencia, de un perverso. Obviamente tenía un plan, pero me sacaba de esa estructura.

 

¿Encontraste en Robledo tanto la inmoralidad como los buenos sentimientos?

Sí, eso para mí fue lo más revelador del libro. Varias personas me dijeron que lloraron al leerlo, por cómo él termina aniquilándose a sí mismo. Como decía Soriano, cuando Robledo mata al primer hombre termina matándose a sí mismo. Decían que Robledo era un ser inhumano, insensible, incapaz de derramar una lágrima. Sin embargo, cuando en el cuarto encuentro me dijo que extrañaba a su padre, pude ver que lloraba. Lo estigmatizaron como el demonio, la construcción social del monstruo, el criminal social nato y, aunque suene polémico, es un ser humano.

 

¿Te diste un abrazo con Robledo?

Sí, lo abracé y me pareció que si hacía fuerza podía lastimarlo porque parecía muy frágil. Lo que hizo Robledo fue terrible. Está claro que es un asesino, pero es inhumana la manera en que vive desde hace cuarenta años, cuando hay dictadores que ocupan celdas pudientes o están libres.

 

¿Tenés pensado otro libro?

Después de Adorables criaturas me dije basta de policiales. Pero me gustaría meterme en el mundo de los ladrones de bancos, en delitos de guante blanco; dependerá del interés editorial.

 

Finalmente, ¿qué autores policiales disfrutás leyendo?

Cristian Alarcón, que habla del periodismo delincuencial. Me interesa el periodista policial que se mete en el barro, que habla con los delincuentes, eso que hacía Roberto Arlt o Soiza Reilly, luego Peicovich, Sdrech, Ragendorfer. Son referentes que me guiaron y trato de emular o seguir el camino que trazaron, de contar una historia sin prejuicios, sin juzgar, sin mentir, lo más bellamente que se pueda, y que el lector saque sus conclusiones.

A Rodolfo Palacios no le resulta fácil desprenderse de sus personajes reales y del clima de pesadilla que los envuelve. Quizás empiece una historia nueva para acallar hasta el último párrafo de la anterior. No faltará quién lo regrese al pasado ante la pregunta inevitable: ¿Por qué Robledo?

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