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El Gran Otro | Martes 22 de Agosto de 2017

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Entre la falta de palabras y las palabras que hacen falta

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La palabra no cotiza en la bolsa de valores y, sin embargo, es objeto de intercambios: se da, se pide… Y a veces también se empeña o se vende al mejor postor…

Por: Stella Maris Cao.

 

Pido la palabra

«Te doy mi palabra». Tal vez esta sea una de las más bellas expresiones de la lengua castellana, Quizá, también, hoy parezca un poco pasada de moda… Cada vez que doy mi palabra, estoy recreando una dimensión simbólica que tiene a cuestas toda una historia.

En efecto: la etimología de la palabra «símbolo» se asocia a «reunir», «poner juntos», y este término históricamente se usaba para designar un objeto, tablita o medalla [tessera hospitalitatis] que se partía en dos, como prenda de un gesto de hospitalidad cumplido. Tanto el responsable como el destinatario del gesto conservaban una de las partes de este objeto.

«Te doy mi palabra», entonces, no quiere decir que estoy renunciando a ella: más bien todo lo contrario. Esa palabra dada y empeñada circula como un «lugar tercero» entre las personas. El interlocutor la recibe, la acoge y la atesora, en la certeza y la confianza de que quien la pronuncia se compromete más allá del derecho, de la ley o de la inminencia de un castigo: ha dado su palabra, que es lo que nos humaniza.

 

Historia de un decir…

En el principio, dice la Biblia, existía la palabra; y pronunciar algo era realizarlo, llevarlo a su cumplimiento.

Por otra parte, para el derecho consuetudinario, por el que se rigieron tantos pueblos de la antigüedad, los acuerdos y los contratos se sellaban a través de la palabra, y faltar a ella era depreciarse, ser un hombre indigno y, quizá, menos que un hombre.

Con el paso del tiempo, la palabra y la acción se fueron distanciando progresivamente, al punto que, siguiendo a Baudrillard, podríamos afirmar que hoy día transitamos la era de los simulacros.

¿Qué es un simulacro? Al entrar a la inasible posmodernidad, se hicieron añicos los grandes relatos explicativos de la realidad, fragmentándose hasta el infinito. Pervivieron, no obstante, pequeños «retazos míticos» en torno a los cuales se fueron construyendo mapas interpretativos, y la yuxtaposición de los mapas termina por hacer desaparecer el territorio.

Los simulacros, entonces, son modelos, mapas hechos con palabras desconectadas de las cosas y de los hechos, mapas destinados a no poder entrar en diálogo jamás los unos con los otros. Mapas que producen aquellos procesos que dicen revelar. Mapas por los cuales la que se vuelve evanescente y esquiva es, ni más ni menos, la realidad misma.

 

«Mal haya quien en promesas de hombre fía»…

La relación entre las palabras y las cosas tiene, en uno de sus extremos, nuestra capacidad para «hacer el verso», que es correlativa de nuestro talento para «vender buzones», pero trae aparejada la pérdida progresiva de la confianza en la palabra.

Contemporáneamente con este triste desengaño, que hace referencia a palabras sin realidad, también nos encontramos con realidades sin palabras.

Y, en este caso, nos referimos a la palabra que pacifica, la que tranquiliza y modera las relaciones. La palabra acariciante, la palabra protectora y apaciguadora. La palabra que calma la tormenta.

Ante la falta de estas palabras, quedamos sumidos en un espacio binario: o yo o el otro. La conjunción del otro y yo parece imposible.

El otro es el eterno extraño y un enemigo en potencia. La respuesta ante cualquier afrenta, grande o pequeña, será la palabra arrojada, la palabra como arma (el insulto, la agresión), o lo que está más acá del lenguaje: la violencia en cualquiera de sus expresiones…

El otro, aquí, es el desconocido que hace una maniobra desafortunada con el auto; es el extranjero que vino a este país en busca de un futuro mejor… Pero es también el docente, el padre, la pareja….

En este tiempo de relaciones líquidas, nadie está exento de pasar a ser «el otro, ese enemigo».

 

Cuánto vale, cuánto cuesta…

Según la información publicada por Word Stream y reproducida en diversos sitios de la red global, las palabras más caras en Adwords (la fuente principal de ingresos de Google, basada en la publicidad), son «seguro» [insurance], «préstamo» [loan] e «hipoteca» [mortgage].

Ya no llama la atención que, en estos tiempos en los que el ser parece definirse sólo por el tener, las palabras más cotizadas estén tan claramente inscriptas en la lógica del mercado.

Por mi parte, también tengo un ránking de «palabras caras»; sólo que no son para mí caras por lo que cuestan, sino por lo que valen. Son, no necesariamente en este orden: «permiso», «por favor», «perdón» y «gracias».

Me gusta considerarlas como las palabras de la falta. Porque nos dejan «en falta» al exhibir aquello que casi todo el tiempo intentamos negar: esto es, que necesitamos del prójimo, de su palabra, de su ayuda, de su conocimiento, de su presencia. Que el vínculo con los otros no responde a la lógica egocéntrica y narcisista de «mis derechos, sus obligaciones».

 

Palabras de la falta.

«Permiso» habla del cuidado y la atención de no violentar el espacio del otro; «por favor» expresa que la presencia del otro nos es necesaria; «perdón» alude al temor de haberlo lastimado o molestado, y «gracias» indica, a la manera de aquel símbolo del que hablamos al comienzo, que la hospitalidad del otro me mantiene, de alguna manera, indisolublemente ligada a él.

Estas palabras, hoy en día, son bienes escasos. Por eso, tengo la convicción de que su empleo honesto, y en dosis adecuadas, podría empezar a transformar la fisonomía de nuestro mundo. Y estoy segura de que no sería en vano…

Ustedes, ahora, tienen la palabra.