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El Gran Otro | Jueves 19 de Octubre de 2017

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Ese viejo loco militante del amor

<!--:es-->Ese viejo loco militante del amor<!--:-->

 

“Polo” Lofeudo. Historia de un incansable caminante.

 

Por Nacho Babino

 

 

Si usted hace caso omiso

de nuestra sonrisa desdentada, de las contracturas

de las babas/encontrará, le juro, un ser humano.

Si mira mas profundo todavía

verá una historia interrumpida

que hasta por ahí, es parecida

Si no puede avanzar, si acaso le da náuseas

o mareos, no se vaya.

Antes por los menos, deje los cigarrillos

“Consejos para visitantes”,  Marisa Wagner.

 

 

El aire que sobrevuela las cercanías a los portones de entrada es raro. Cuesta definirlo. Un bullicio constante se cuela entre conversación y conversación. Entre palabra y palabra. Entre un gesto y otro. Una ambulancia se acerca. Otra se aleja. Las motos pasan dejando una estela de humo. Humito. El Oeste, rojo, de a poco se llena de pasajeros y arranca.

Sobre un costado del boulevard de la 520, un puesto de diarios con libros de saldo sobre una mesa desvencijada. Detrás, un quiosco donde apenas se alcanza a ver, entre tanta golosina y chupetín, a la mujer que lo atiende. Cerca, sobre un cartel se lee: “no hay monedas”. A lo lejos, una pizarra anuncia el menú de un puestito de comidas: “Superpanchos, Chori y Empanada”. Del otro lado de la avenida, mesas llenas de  bijouterie desbordan colores estridentes. “Biyu, biyu…” grita una de las vendedoras. Al lado, prendas de todos los modelos y tamaños.

El aire que sobrevuela, se dijo, es raro. Claro, estamos en la entrada del Hospital Neuropsiquiátrico Alejandro Korn de Romero, en los bordes de la ciudad de La Plata.Y por aquí, dicen, todo es raro. O casi.

O casi todo, o casi raro.

“Si está la bici, está Polo” avisa un guardia de seguridad.

El sol que anuncia el día que vendrá se cuela entre los árboles que bordean el callejón de entrada. A pocos metros de allí un cartel blanco, oxidado, con letras negras: Teatro. Ya el bullicio es menor. Entre la arboleda ubicada a la derecha del callejón, asoma un pabellón con letras en el frente: TEATRO DE REHABILITACIÓN se lee. Un poco mas abajo y a la izquierda, una puerta verde, añeja. Bien cerca, una bicicleta roja apoyada contra la descascarada pared. Polo está, entonces. Un par de golpes a la puerta. Tal como lo dijo el guardia,  sin que le sobrara palabra o gracia alguna: “Si está la bici, está Polo”. La bicicleta está. Polo también. Apenas se asoma -esa cara, esas arrugas- desde la puerta invita a pasar.

Leopoldo Lofeudo, “Polo”, nació en La Plata cuando la década del 30 era todavía virgen. Hijo es de María y Cayetano. A mediados de los años 60 –después de un fugaz trío de tango y después de probar suerte en el sur del país, hacia donde viajó de “colado”, y después de trabajar en radioteatros y de tomar mate con el padre de Néstor Kichner y después de ser padre, después de todo eso- volvió a La Plata y empezó a trabajar como administrativo en el Hospital de “los locos”, como gusta llamarlo el, un tanto en gracia, otro tanto tan seriamente. A principios de los ´90 se jubiló. Y ya jubilado, pidió que lo dejaran seguir con sus “queridos locos” del Melchor Romero, en el Taller de Teatro que se venía dictando allí desde el regreso de la democracia.

Se quedó. Y siguió ensayando y dirigiendo el Taller de Teatro. Y llegó junto son los suyos al Teatro Municipal Coliseo Podestá a presentar varias obras. De pie lo ovacionaban cada vez. Todas las obras eran y son escritas y dirigidas por él. Sus obras hablan de los inmigrantes, del tango, del ferrocarril, de la Argentina, de las dictaduras. De su gente, de su país, de su tiempo. Habla de tantos. De todos.

 

-Si me hubieras preguntado cuando tenía 20 años te hubiera dicho: Leopoldo Luis Lofeudo. A los 40 te contestaba Leopoldo Lofeudo. A los 60, veinte años después: Polo Lofeudo.  Ahora ya a los 76 años necesito solamente llamarme Polo.

 

Polo tiene un caminar lento, pausado, como tímido. Es simpático, charlatán. Se muestra ajeno a la vorágine urbana del trajinar cotidiano. La pava y el mate, que dan señales de la poca vida que le quedan, bien cerca siempre. El salón que hace las veces de cocina-vestuario-comedor y lugar de reunión está abarrotado de carteles, papeles, ropa, varias mesas por todo el lugar. Ese es el lugar desde donde Polo cranea, piensa, escribe, anota, tacha, vuelve a escribir, fuma, se ríe, llora, putea, piensa, se enoja, dirige, ensaya juntos los actores.

Todo en una armoniosa anarquía organizada.

Contra una pared, bien alto, como ojeando que es lo que pasa allí dentro, tres fotos: Gardel, Evita y el Che. Cerca de esas fotos, un viejísimo banderín de Chacarita Juniors se resiste a caer.

 

-Allí había otro pero se rompió, porque todo cumple un ciclo. ¿Ves ese Cristo en lo alto? Llegará un día que se caerá. Todo tiende a desaparecer.

 

Ahora señala, entre chupadas de mate, un paredón de goma espuma y un cartel donde se lee: “Hospital Melchor Romero de La Plata presenta: Estación de Campaña… era un pueblito tranquilo, hasta que llegaron los mentirosos con sus dádivas y promesas de costumbre”.  Sobre otra mesa, entre diarios y trapos viejos, hay una máquina de escribir. Hay todavía sobre la máquina, una hoja en blanco, amarillenta, esperando quizás que “Polo” descargue sobre ella toda la bronca por la insensatez de este mundo. Una radio antigua, cerca de una ventana, sostiene una foto de Chaplin.  Sobre la cocina, la pava chilla. Polo se levanta, lento, se saca el sombrero y los anteojos.  Se acomoda un poco la ropa, esa ropa que guarda ese cuerpo, esos huesos. Prepara el mate. Ahora se vuelve a poner los anteojos, el sombrero. Lo acomoda. El perfil de Polo, parado allí –viendo acaso qué cosas- le descubre cierto porte elegante. Se sienta. Prende un Marlboro que luego de sufrir una primera pitada, tardará en ser consumido hasta el final.

Cigarros y mates son, muchas veces, la más sincera y fiel compañía que encuentran los pacientes en el hospital.

Muchas otras, la única.

 

-A los desgraciados y a los desamparados los banco.

Dice. Y calla. Y piensa.

El silencio infinito de la sala se interrumpe por Pedro. Flaco, sarnoso, camina largo rato por la sala y se siente contra un rincón, solo. Pedro es el galgo marrón té con leche que pasa sus días divagando por el hospital. Polo sigue.

 

-Esto comenzó con la vuelta de la democracia. Te imaginarás que hacerlo antes equivalía a ir al degüello, por no decir al matadero. Estaba prohibido pensar. Hoy el Taller de Teatro del Melchor Romero en la Ciudad de La Plata es bien conocido, aunque te parezca mentira. Yo te aviso que no soy psiquiatra ni psicólogo ni enfermero, pero me di cuenta que prendía, que el paciente se soltaba. Ese deterioro que da el hospitalismo en la sala, desaparecía cuando entraban acá.

Calla, mira, dice.

-Yo te puedo decir que uno de los pocos lugares donde el paciente una vez que traspasa el umbral de la puerta y se siente un ser humano, es acá. Acá es lo que nunca dejó de ser. Y eso lo perciben.

 

Mientras habla, sus ojos grandes, marrones, buscan. Buscan otro par de ojos donde anclar su mirada. Camina hacia fuera, donde hay un pequeño patio, mate en mano.  Se queda un rato allí, de cara al sol que da directamente sobre el corazón del patio.  Al momento que vuelve a entrar a la sala, el sol que se escurre por una de las ventanas, da justo sobre su cabeza y le descubre las arrugas.  El mismo reflejo de luz, hace visible la estela de vapor que se desprende del mate. Eses en el aire. Ese mismo vapor forma una especie de aureola alrededor de la cabeza de Polo y de golpe es una postal de un santo.

San Polo quizás.

Dura sólo un instante, pequeño, finito. Dura poco, queda inmoralizada la imagen. San Polo.

 

Aparece Carlos, amigo y colaborador de Polo y del Taller. Hablan. Se comentan algo al oído, como dos nenes de colegio que guardan algún secreto amoroso en común. Viene y se va, Carlos. Entre ese ir y venir y volver a irse dejará una frase simple, certera: Identidad, un espacio de a dos, Polo y el teatro.

Detrás de una heladera vieja, que todavía funciona, contra la pared, al lado de una –otra- foto del Che en blanco y negro, hay un pequeño cartel que es toda una manifestación de vida. “Comprender, tolerar, respetar son virtudes que hacen al hombre un ser íntegro”.

 

-Mirá… si algún día venís y no está la bici ahí al lado de la puerta, no estoy. Yo vengo haga calor, llueva, haga frío. Yo vengo. Me siento útil acá. Cuando vos tenés una vida plena, ya no podés pedir nada más. Me siento útil acá, ocupo un lugar. Sino está la bici y no estoy, ¿sabés dónde estoy? ¿Sabés donde estoy? Ese día me están velando…

 

Si está la bici, está Polo; había avisado sin gracia, sin que sobrara palabra alguna, el guardia.

Polo saca un viejo cuaderno Gloria,  naranja, arrugado, donde lleva anotadas las ideas que se le van ocurriendo. Se acomoda nuevamente el sombrero primero, los anteojos después.

Y también se acomoda un poco esa ropa, que guarda esos huesos.

Pierde la mirada buscando, en un horizonte sin fin, una patria amable que le abrigue los ojos. Repasa unas palabras que están escritas sobre las rayadas hojas del cuaderno. Trata de memorizar. Y pausado, armonioso, seguro de cada una de las palabras, dice, recita:

 

-No vayas a creer que porque estamos acá adentro en un neuropsiquiátrico, estamos ajenos a lo que pasa allá afuera, que es una selva. Nosotros estamos viviendo en una sociedad despiadada, perversa, caníbal, cruel. Donde no hay lugar para los soñadores, sí para los duros. Y a pesar de lo que estoy diciendo, si volviera a nacer sería el mismo Quijote de ahora. Seguiría soñando, porque solamente aquellos que se atreven a soñar están vivos, el resto simplemente dura.

Sonríe y se va.

Sube a la bicicleta y pedaleando despacio se aleja por el mismo camino que vino.

En uno de  los últimos encuentros que tuvimos –en ese entonces íbamos una o dos veces por semana junto con otros compañeros de la facultad a filmar una especie de corto documental con unas durísimas cámaras de VHS- nos dijo: “A veces trato de no claudicar, pero me parece que el ciclo se está cumpliendo…” Era el invierno de 2007. Veía muy poco. Casi ciego estoy, repetía.

Polo murió a principios de 2009.

Su amigo Beppo Andreoli, colaborador, titiritero y soñador de profesión le dedicó algunos poemas. “Nadie lo vio. Tuvimos ahí, frente a nosotros al último alquimista, al último hereje de visión concreta…” dice uno de ellos.

 

 

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