Image Image Image Image Image Image Image Image Image Image

El Gran Otro | Lunes 23 de Octubre de 2017

Arriba

Top

2 Comments

Espejos circulares: El arte nos engaña con la verdad

Espejos circulares: El arte nos engaña con la verdad

Por: Ludmila Barbero

Una historia sobre el deseo, la soledad y la búsqueda de la propia identidad.

Con dirección de Javier Daulte, en el Paseo La Plaza se presenta una obra de Annie Baker (Circle mirror transformation) sobre las relaciones entre los participantes de un seminario de teatro para principiantes en un pueblito del interior del país.

 

[showtime]

 

“¿Alguna vez te preguntaste cuántas veces tu vida se va a terminar? ¿Cuántas veces tu vida va a cambiar por completo para después empezar todo de vuelta?” Estos interrogantes, planteados en escena por el personaje de Laura (Victoria Almeida), dan cuenta de uno de los planteos principales de esta pieza: ¿En qué medida lo finito y lo descartable están presentes en nuestra concepción contemporánea de la existencia? Y, por otra parte, aun cuando desconocidas e incontrolables compulsiones nos empujen a transitar una y otra vez senderos similares, ¿se trata de recorridos circulares? ¿No es acaso la experiencia algo imposible de reproducir en la medida en que, aun si el camino se repite, nosotros no somos ya los mismos?

La circularidad es parte del dispositivo pedagógico de Susi (Soledad Silveyra), pero sería más preciso pensar en una espiral didáctica: se trata de ejercicios repetidos, en los que los estudiantes participan de un modo diferente en cada oportunidad. A la práctica de taller se van sobreimprimiendo elementos de la vida privada de los participantes y de los vínculos que se establecen entre ellos en el transcurso de las seis semanas que dura el curso. Lo interesante es que el empezar todo de vuelta es una parte esencial de la praxis concreta de los artistas en este trabajo: cinco actores profesionales que juegan a ser principiantes. Practican formas de moverse en el espacio, de percibir la realidad circundante con sus cuerpos, aprenden a prever el comportamiento de los otros en escena, a construir una foto fija familiar con retazos de sus recuerdos infantiles más angustiantes. La convicción de Susi acerca de la función terapéutica del arte es clara: nos permite sublimar, re-construir el pasado para hacer de él algo maravilloso.

Lo especular se vincula con la práctica del psicodrama que propone tomar, por un breve lapso, el lugar del otro: hacer que se vea en mí o, más precisamente, que vea los rasgos salientes a partir de los cuales lo reconozco desde mi individualidad. De esta manera, parece que hubiera una especularidad deformante en la medida en que reflejar a alguien tal cual es resulta imposible. Los espejos circulares de las fotografías del Estudio Sisso Chouela nos remiten también a esta irregularidad: cerca de los márgenes se achican o agrandan las frentes, las narices, las orejas. Podríamos decir que aquellos elementos de la práctica proto-teatral que remiten a la experiencia vital de los participantes se sitúan también en esta liminaridad desviada; cargan a los ejercicios de un exacerbado apasionamiento, pero se resisten al control consciente de los personajes.

La pregunta que surge a partir de esta representación de los inicios de una labor teatral o pseudo-teatral (según la incisiva mirada de Laurita) es si el actor profesional en algún momento se desprende de esa conexión visceral entre las particularidades del personaje y ciertos elementos de su propia experiencia o si es justamente de ese lugar de donde se obtienen los materiales más valiosos. Soledad Silveyra, en una nota en Clarín con Silvina Lamazares, señala el modo en que la frase “Ellas discutían todo el día” la retrotrae a aquellos tiempos de su infancia en los que debía encerrarse en su habitación con una canción a todo volumen para evitar escuchar los gritos de las discusiones entre su abuela y su madre. Victoria Almeida reconoce, por su parte, que el personaje de Laura le recuerda su propia adolescencia, sus primeros acercamientos al teatro en grupos en los que ella era menor que los demás y se relacionaba con sus compañeros desde un lugar distante. El desafío parece estar precisamente en el grado de verdad con que el actor puede sostener la mentira de ser otro. Precisamente en la conexión con aquello en lo que el performer se siente interpelado radica el valor de una representación y la posibilidad de que nos interpele como espectadores. En este sentido, es posible afirmar que el arte nos engaña con la verdad.

Cabe destacar la propuesta escenográfica minimalista de Alicia Leloutre y la iluminación de Eli Sirlin que plantea cortes temporales entre cada uno de los encuentros del grupo. La oscuridad se cierne sobre la vida que llevan fuera de las prácticas del taller. Esto determina una circunscripción del espacio de la diégesis y se vincula también con la importancia que ese lugar va adquiriendo en la existencia de los personajes. Annie Baker compone la historia a partir de viñetas, de instantáneas precedidas o seguidas por apagones. Lo interesante es que los personajes surgen de esa oscuridad en la primera escena, no tienen hecho ningún recorrido actoral y, de alguna manera, las prácticas que realizan en ese ámbito de exposición e intimidad con desconocidos los determinan como sujetos. El curso mismo se inscribe, de este modo, como uno de los momentos en que la vida de una persona puede terminar y volver a comenzar, pero la circularidad de los espejos está marcada por un desvío. Es imposible volver a tener frente a nuestros ojos el cuarto que habitábamos en la infancia, volver a ser los que fuimos, de la misma manera que resulta inviable la idea de ubicarnos exactamente en la posición de otro sujeto. No obstante, precisamente allí, en la propia desviación del espejo y del círculo, en este límite entre el deseo y la posibilidad en el que las más acabadas manifestaciones artísticas fracasan, es donde no podemos evitar reconocernos.

 

Ficha artística

 

Autoría: Annie Baker

Versión: Federico González Del Pino, Fernando Masllorens

Actúan: Viki Almeida, Boy Olmi, Andrea Pietra, Soledad Silveyra, Jorge Suárez

Diseño de escenografía: Alicia Leloutre

Diseño sonoro: Eli Sirlin

Sonido: Pablo Abal

Diseño gráfico: Romina Juejati, Gabriela Kogan

Supervisión de vestuario: Mariana Polski

Asistencia de dirección: Laura Brangeri

Producción general: Pablo Kompel

Supervisión técnica: Jorge Pérez H. Mascali

Dirección: Javier Daulte

 

Sala: Paseo La Plaza (Corrientes 1660)

Funciones:

Domingo, Miércoles y Jueves, a las 20.30

Viernes, a las 21.00

Sábado, a las 20.00 y 22.00

Precio: Desde $ 100Por: Ludmila Barbero

Una historia sobre el deseo, la soledad y la búsqueda de la propia identidad.

Con dirección de Javier Daulte, en el Paseo La Plaza se presenta una obra de Annie Baker (Circle mirror transformation) sobre las relaciones entre los participantes de un seminario de teatro para principiantes en un pueblito del interior del país.

[showtime]

“¿Alguna vez te preguntaste cuántas veces tu vida se va a terminar? ¿Cuántas veces tu vida va a cambiar por completo para después empezar todo de vuelta?” Estos interrogantes, planteados en escena por el personaje de Laura (Victoria Almeida), dan cuenta de uno de los planteos principales de esta pieza: ¿En qué medida lo finito y lo descartable están presentes en nuestra concepción contemporánea de la existencia? Y, por otra parte, aun cuando desconocidas e incontrolables compulsiones nos empujen a transitar una y otra vez senderos similares, ¿se trata de recorridos circulares? ¿No es acaso la experiencia algo imposible de reproducir en la medida en que, aun si el camino se repite, nosotros no somos ya los mismos?
La circularidad es parte del dispositivo pedagógico de Susi (Soledad Silveyra), pero sería más preciso pensar en una espiral didáctica: se trata de ejercicios repetidos, en los que los estudiantes participan de un modo diferente en cada oportunidad. A la práctica de taller se van sobreimprimiendo elementos de la vida privada de los participantes y de los vínculos que se establecen entre ellos en el transcurso de las seis semanas que dura el curso. Lo interesante es que el empezar todo de vuelta es una parte esencial de la praxis concreta de los artistas en este trabajo: cinco actores profesionales que juegan a ser principiantes. Practican formas de moverse en el espacio, de percibir la realidad circundante con sus cuerpos, aprenden a prever el comportamiento de los otros en escena, a construir una foto fija familiar con retazos de sus recuerdos infantiles más angustiantes. La convicción de Susi acerca de la función terapéutica del arte es clara: nos permite sublimar, re-construir el pasado para hacer de él algo maravilloso.
Lo especular se vincula con la práctica del psicodrama que propone tomar, por un breve lapso, el lugar del otro: hacer que se vea en mí o, más precisamente, que vea los rasgos salientes a partir de los cuales lo reconozco desde mi individualidad. De esta manera, parece que hubiera una especularidad deformante en la medida en que reflejar a alguien tal cual es resulta imposible. Los espejos circulares de las fotografías del Estudio Sisso Chouela nos remiten también a esta irregularidad: cerca de los márgenes se achican o agrandan las frentes, las narices, las orejas. Podríamos decir que aquellos elementos de la práctica proto-teatral que remiten a la experiencia vital de los participantes se sitúan también en esta liminaridad desviada; cargan a los ejercicios de un exacerbado apasionamiento, pero se resisten al control consciente de los personajes. La pregunta que surge a partir de esta representación de los inicios de una labor teatral o pseudo-teatral (según la incisiva mirada de Laurita) es si el actor profesional en algún momento se desprende de esa conexión visceral entre las particularidades del personaje y ciertos elementos de su propia experiencia o si es justamente de ese lugar de donde se obtienen los materiales más valiosos. Soledad Silveyra, en una nota en Clarín con Silvina Lamazares, señala el modo en que la frase “Ellas discutían todo el día” la retrotrae a aquellos tiempos de su infancia en los que debía encerrarse en su habitación con una canción a todo volumen para evitar escuchar los gritos de las discusiones entre su abuela y su madre. Victoria Almeida reconoce, por su parte, que el personaje de Laura le recuerda su propia adolescencia, sus primeros acercamientos al teatro en grupos en los que ella era menor que los demás y se relacionaba con sus compañeros desde un lugar distante. El desafío parece estar precisamente en el grado de verdad con que el actor puede sostener la mentira de ser otro. Precisamente en la conexión con aquello en lo que el performer se siente interpelado radica el valor de una representación y la posibilidad de que nos interpele como espectadores. En este sentido, es posible afirmar que el arte nos engaña con la verdad.
Cabe destacar la propuesta escenográfica minimalista de Alicia Leloutre y la iluminación de Eli Sirlin que plantea cortes temporales entre cada uno de los encuentros del grupo. La oscuridad se cierne sobre la vida que llevan fuera de las prácticas del taller. Esto determina una circunscripción del espacio de la diégesis y se vincula también con la importancia que ese lugar va adquiriendo en la existencia de los personajes. Annie Baker compone la historia a partir de viñetas, de instantáneas precedidas o seguidas por apagones. Lo interesante es que los personajes surgen de esa oscuridad en la primera escena, no tienen hecho ningún recorrido actoral y, de alguna manera, las prácticas que realizan en ese ámbito de exposición e intimidad con desconocidos los determinan como sujetos. El curso mismo se inscribe, de este modo, como uno de los momentos en que la vida de una persona puede terminar y volver a comenzar, pero la circularidad de los espejos está marcada por un desvío. Es imposible volver a tener frente a nuestros ojos el cuarto que habitábamos en la infancia, volver a ser los que fuimos, de la misma manera que resulta inviable la idea de ubicarnos exactamente en la posición de otro sujeto. No obstante, precisamente allí, en la propia desviación del espejo y del círculo, en este límite entre el deseo y la posibilidad en el que las más acabadas manifestaciones artísticas fracasan, es donde no podemos evitar reconocernos.

Por: Ludmila Barbero

Ficha artística

Autoría: Annie Baker
Versión: Federico González Del Pino, Fernando Masllorens
Actúan: Viki Almeida, Boy Olmi, Andrea Pietra, Soledad Silveyra, Jorge Suárez
Diseño de escenografía: Alicia Leloutre
Diseño sonoro: Eli Sirlin
Sonido: Pablo Abal
Diseño gráfico: Romina Juejati, Gabriela Kogan
Supervisión de vestuario: Mariana Polski
Asistencia de dirección: Laura Brangeri
Producción general: Pablo Kompel
Supervisión técnica: Jorge Pérez H. Mascali
Dirección: Javier Daulte
Sala: Paseo La Plaza (Corrientes 1660)
Funciones:
Domingo, Miércoles y Jueves, a las 20.30
Viernes, a las 21.00
Sábado, a las 20.00 y 22.00
Precio: Desde $ 100Por: Ludmila Barbero

Una historia sobre el deseo, la soledad y la búsqueda de la propia identidad.

Con dirección de Javier Daulte, en el Paseo La Plaza se presenta una obra de Annie Baker (Circle mirror transformation) sobre las relaciones entre los participantes de un seminario de teatro para principiantes en un pueblito del interior del país.

[showtime]

“¿Alguna vez te preguntaste cuántas veces tu vida se va a terminar? ¿Cuántas veces tu vida va a cambiar por completo para después empezar todo de vuelta?” Estos interrogantes, planteados en escena por el personaje de Laura (Victoria Almeida), dan cuenta de uno de los planteos principales de esta pieza: ¿En qué medida lo finito y lo descartable están presentes en nuestra concepción contemporánea de la existencia? Y, por otra parte, aun cuando desconocidas e incontrolables compulsiones nos empujen a transitar una y otra vez senderos similares, ¿se trata de recorridos circulares? ¿No es acaso la experiencia algo imposible de reproducir en la medida en que, aun si el camino se repite, nosotros no somos ya los mismos?
La circularidad es parte del dispositivo pedagógico de Susi (Soledad Silveyra), pero sería más preciso pensar en una espiral didáctica: se trata de ejercicios repetidos, en los que los estudiantes participan de un modo diferente en cada oportunidad. A la práctica de taller se van sobreimprimiendo elementos de la vida privada de los participantes y de los vínculos que se establecen entre ellos en el transcurso de las seis semanas que dura el curso. Lo interesante es que el empezar todo de vuelta es una parte esencial de la praxis concreta de los artistas en este trabajo: cinco actores profesionales que juegan a ser principiantes. Practican formas de moverse en el espacio, de percibir la realidad circundante con sus cuerpos, aprenden a prever el comportamiento de los otros en escena, a construir una foto fija familiar con retazos de sus recuerdos infantiles más angustiantes. La convicción de Susi acerca de la función terapéutica del arte es clara: nos permite sublimar, re-construir el pasado para hacer de él algo maravilloso.
Lo especular se vincula con la práctica del psicodrama que propone tomar, por un breve lapso, el lugar del otro: hacer que se vea en mí o, más precisamente, que vea los rasgos salientes a partir de los cuales lo reconozco desde mi individualidad. De esta manera, parece que hubiera una especularidad deformante en la medida en que reflejar a alguien tal cual es resulta imposible. Los espejos circulares de las fotografías del Estudio Sisso Chouela nos remiten también a esta irregularidad: cerca de los márgenes se achican o agrandan las frentes, las narices, las orejas. Podríamos decir que aquellos elementos de la práctica proto-teatral que remiten a la experiencia vital de los participantes se sitúan también en esta liminaridad desviada; cargan a los ejercicios de un exacerbado apasionamiento, pero se resisten al control consciente de los personajes. La pregunta que surge a partir de esta representación de los inicios de una labor teatral o pseudo-teatral (según la incisiva mirada de Laurita) es si el actor profesional en algún momento se desprende de esa conexión visceral entre las particularidades del personaje y ciertos elementos de su propia experiencia o si es justamente de ese lugar de donde se obtienen los materiales más valiosos. Soledad Silveyra, en una nota en Clarín con Silvina Lamazares, señala el modo en que la frase “Ellas discutían todo el día” la retrotrae a aquellos tiempos de su infancia en los que debía encerrarse en su habitación con una canción a todo volumen para evitar escuchar los gritos de las discusiones entre su abuela y su madre. Victoria Almeida reconoce, por su parte, que el personaje de Laura le recuerda su propia adolescencia, sus primeros acercamientos al teatro en grupos en los que ella era menor que los demás y se relacionaba con sus compañeros desde un lugar distante. El desafío parece estar precisamente en el grado de verdad con que el actor puede sostener la mentira de ser otro. Precisamente en la conexión con aquello en lo que el performer se siente interpelado radica el valor de una representación y la posibilidad de que nos interpele como espectadores. En este sentido, es posible afirmar que el arte nos engaña con la verdad.
Cabe destacar la propuesta escenográfica minimalista de Alicia Leloutre y la iluminación de Eli Sirlin que plantea cortes temporales entre cada uno de los encuentros del grupo. La oscuridad se cierne sobre la vida que llevan fuera de las prácticas del taller. Esto determina una circunscripción del espacio de la diégesis y se vincula también con la importancia que ese lugar va adquiriendo en la existencia de los personajes. Annie Baker compone la historia a partir de viñetas, de instantáneas precedidas o seguidas por apagones. Lo interesante es que los personajes surgen de esa oscuridad en la primera escena, no tienen hecho ningún recorrido actoral y, de alguna manera, las prácticas que realizan en ese ámbito de exposición e intimidad con desconocidos los determinan como sujetos. El curso mismo se inscribe, de este modo, como uno de los momentos en que la vida de una persona puede terminar y volver a comenzar, pero la circularidad de los espejos está marcada por un desvío. Es imposible volver a tener frente a nuestros ojos el cuarto que habitábamos en la infancia, volver a ser los que fuimos, de la misma manera que resulta inviable la idea de ubicarnos exactamente en la posición de otro sujeto. No obstante, precisamente allí, en la propia desviación del espejo y del círculo, en este límite entre el deseo y la posibilidad en el que las más acabadas manifestaciones artísticas fracasan, es donde no podemos evitar reconocernos.

Por: Ludmila Barbero

Ficha artística

Autoría: Annie Baker
Versión: Federico González Del Pino, Fernando Masllorens
Actúan: Viki Almeida, Boy Olmi, Andrea Pietra, Soledad Silveyra, Jorge Suárez
Diseño de escenografía: Alicia Leloutre
Diseño sonoro: Eli Sirlin
Sonido: Pablo Abal
Diseño gráfico: Romina Juejati, Gabriela Kogan
Supervisión de vestuario: Mariana Polski
Asistencia de dirección: Laura Brangeri
Producción general: Pablo Kompel
Supervisión técnica: Jorge Pérez H. Mascali
Dirección: Javier Daulte
Sala: Paseo La Plaza (Corrientes 1660)
Funciones:
Domingo, Miércoles y Jueves, a las 20.30
Viernes, a las 21.00
Sábado, a las 20.00 y 22.00
Precio: Desde $ 100