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El Gran Otro | Martes 22 de Agosto de 2017

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Félix Bruzzone – Narrar la ausencia

Félix Bruzzone – Narrar la ausencia

Por Martín Jali

Autor del libro de cuentos 76, y de las novelas Los topos y Barrefondo, Félix Bruzzone es una de las figuras centrales de la generación literaria posdictadura. En esta oportunidad, charla con El Gran Otro sobre su obra, el realismo literario y la búsqueda de la identidad en clave narrativa. 76 (Tamarisco, 2007) abordaba el tema de los desaparecidos por la última dictadura militar argentina de una manera novedosa y original, nada moralista ni previsible. El texto —una excepcional operación literaria que cruzaba la autobiografía y el testimonio con elementos de género, como
la ciencia ficción o el policial— no solo renovó el panorama, sino que posicionó a Félix Bruzzone como uno de los autores esenciales de su generación y lo llevó a obtener el prestigioso premio Anna Seghers 2010, otorgado por la Academia de las Artes de Berlín.

Tanto en tu libro de cuentos 76 como en Los topos, el tema de la búsqueda de la identidad y la memoria están muy presentes. ¿De qué manera ser hijo de desaparecidos marcó tu producción literaria?
En realidad, se trata de relatos sobre la ausencia de los padres, más que experiencias pasadas junto a ellos, porque no hay esas experiencias, no existieron. Entonces, más que memoria, es sobre la ausencia con lo que se trabaja. Y quizá por eso hay ciertas libertades en esa búsqueda, porque no se va a buscar nada en concreto. Especialmente en Los topos, donde se ve esa deriva incongruente. Lo único que hay de diferente con alguien que produce una ficción más alejada de su vida es que yo trabajo con cosas muy próximas, muchas de ellas que pasaron realmente. Lo demás es igual para cualquier tipo de producción. Incluso si uno escribe sus memorias, creo que también está un poco inventando, porque ¿cómo se determinan lo que va primero, lo que va después, qué ocupa más lugar, qué ocupa menos, las adjetivaciones? Mientras escribía, sí percibía que se trataba de un momento oportuno para narrar ese tipo de experiencias, de narrar la ausencia. Me parecía bastante fértil, bastante vinculado a lo que puede ser una producción literaria, entre comillas, porque la literatura que a mí me interesa es la que indaga en esos enigmas imposibles de resolver pero necesarios.

El final de uno de los cuentos de 76, «El orden de todas las cosas», deja abierta la idea de un rastreo incesante. ¿Pensás que se trata de una búsqueda sin final?
Sí, efectivamente está esa idea, porque lo que el personaje puede llegar a averiguar ya no depende de las cosas concretas que tiene a mano. Creo que esto tiene que ver, por un lado, con el registro y con los indicios sobre lo que pasó o lo que el personaje puede llegar a averiguar. Y, por otro lado, con otro tipo de materialidad: el pasado ya se borró y se transformó en otra cosa. Lo que hay son personajes que están con la idea del rastro en la cabeza o la sensación de que van a encontrar un indicio, pero eso no es más que una idea: simplemente todos los rastros, incluso los que ellos mismos registraron, se borran, desaparecen, y cabe la posibilidad de que no existan o hayan existido. En estos cuentos, puede que los personajes estén un poco alejados de esa búsqueda obsesiva y meticulosa, delicada, que es un poco la búsqueda que uno ve desde los organismos de Derechos Humanos, en contrapunto con otras víctimas que obviamente tienen un
problema con eso, pero que no necesitan o quieren hacerlo de ese modo. Ese es el impulso que, más allá de lo que uno piensa, siempre vuelve y es recurrente, no solo para mí o para la gente que haya tenido algún tipo de angustia por esto, sino para casi todos. Siempre está ahí, quizá hoy está muy en el tapete, pero creo que nunca dejó de ser un problema.

Tu literatura aborda el tema de los desaparecidos y la dictadura militar de una manera novedosa. Lo abordás en clave policial o fantástica, o tomando elementos de la ciencia ficción. ¿Lo ves de esta manera? ¿Cómo se fue dando este trabajo?
Yo ya venía escribiendo sobre esto: llevaba un diario, anotaciones sobre lo que iba averiguando, pero en algún momento me di cuenta de que podía ser material literario. Después, las cosas se dieron de una manera un poco azarosa. El realismo es algo muy difícil de manejar. Yo entiendo que no existe eso. Existe, sí, una voluntad de representar cosas que más o menos compartimos y creemos que son la realidad. Después, las interpretaciones son profundamente subjetivas, más en el arte. Yo nunca quise hacer relato realista. Lo que quise hacer son relatos bien explícitos desde el inicio; eso no creo que sea un relato realista. Es la voluntad de explicitar algo y ver hasta dónde se puede llegar. Arrancar diciendo: «Yo soy fulano de tal, hijo de desaparecidos, a mi mamá la torturaron y la violaron», y a partir de eso estirar la cuerda y ver hasta dónde llega. Entonces sí aparecen otras dimensiones e intervienen los géneros, en la medida en que nuestra propia subjetividad está atravesada por los géneros literarios.