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El Gran Otro | Jueves 17 de Agosto de 2017

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Isidoro Vegh – El goce Isidoro Vegh – Enjoyment

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El goce parasitario es el que aparta al sujeto de su propio deseo

Como agua fresca de manantial, las palabras vierten de la boca del reconocido maestro. Cuando habla de psicoanálisis, se expresa con naturalidad, como si hubiera nacido destinado para transmitir esa compleja disciplina. Isidoro tuvo la generosidad de conceder un reportaje paraEl Gran Otro, en el cual se refirió a su último libro.

 

 

-¿Qué lo llevó a escribir El abanico de los goces?

-A veces hay gente que cree que el psicoanálisis, especialmente el que está inspirado en los desarrollos, tiene que ver con el lenguaje, la palabra, lo que los psicoanalistas llamamos «el significante». Y si bien es verdad, en parte, no es lo esencial; lo que se especifica de nuestra práctica es que se espera del psicoanálisis una reformulación de cómo se habrá de distribuir el goce. Es decir, cuando alguien puede avanzar en un análisis, generalmente, si el análisis avanza bien, al poco tiempo ¿qué nos dice? «Bueno, me destrabé, pude empezar a crear de nuevo, pude empezar a sacar el dique que me detenía el goce y ponerlo en movimiento por cauces adecuados». Es decir, que hay distintos tipos de goce. Cuando digo ‘goces’ estoy hablando de eso que produce disfrute, que da gusto, cuando como una manzana, gozo. No estoy deseando la manzana, estoy gozando.

-¿Cuál es la diferencia entre goce y placer?

Solemos hablar de placer cuando se trata de mantener una homeostasis, de mantener un equilibrio, cuando nos animamos a ir un poquito mas allá de ese equilibrio, ahí hablamos de goce. Pero las cosas no son tan simples, tan blanco o negro, porque a veces un goce puede estar al servicio del placer. Por ejemplo, tengo que escribir un texto, me pone nervioso, entonces fumo… es un goce. Es un goce al servicio de la homeostasis, o tengo que hacer algo, soy un artista, un cuadro, pero estoy nervioso, bueno en ese momento se me ocurre hablar con mi amiga, es un goce, el goce de la voz, de la pulsión invocante, pero está puesto al servicio de la homeostasis. ¿Por qué? Porque crear implica un movimiento que puede incluso por momentos provocar angustia, es decir, que relacionamos la distinción entre goce y placer, en principio, con la homeostasis o con ir más allá de la homeostasis. Por eso, hay un texto clásico de Freud que se llama Más allá del principio del placer…más allá del placer, ¿qué es? Es el goce, pero a veces un goce puede estar al servicio del placer.

-Usted dice en su libro que el goce de la mujer es un enigma. ¿Por qué?

-Cuando escribí ese libro, justamente lo escribí porque hasta donde nos enseña nuestra disciplina, el psicoanálisis, y también la vida… uno descubre que hay distintos tipos de goces. Está el goce de la creación, lo que llamamos la sublimación, el goce de lo oral. Una buena comida puede implicar goces, y goces variados ¿no es cierto? Fíjese dentro de lo que se llama el «lazo social»: como decía el Gato Dumas, un gran cocinero argentino, comer no es sólo para satisfacer el hambre, sino también para satisfacer la vista, como un cuadro. Hay aromas, perfumes, ese es otro tipo de goce. Está el goce de la relación que habitualmente se llama sexual, es otro tipo de goce.
Están los goces parasitarios, por ejemplo «quiero mantener la línea, pero no puedo dejar de comer», «quiero dejar de fumar, pero sé que no puedo dejar de hacerlo», «sé que no tengo que perder el tiempo mirando tantas horas la computadora, pero no puedo frenar», es decir, un goce que llamo parasitario, pero no desde una instancia moral, sino desde una definición que me parece que nos puede servir, que sería el goce que aparta al sujeto de su propio deseo. Si este goce me aparta de mi deseo, quiere decir que se ha convertido en parasitario. Entre esos tantos goces, descubrimos que hay un goce que, habitualmente, se solía describir de un modo muy aproximado, pero también erróneo, como esa distinción en el goce sexual de la mujer entre goce clitoridiano y goce vaginal; pero cualquier mujer, si uno entra en confianza le puede decir que no es la vagina la que goza, goza con todo su ser. Es decir, es una manera muy aproximada de mencionarlo.
Lacan, intentando avanzar sobre esa cuestión, descubre que hay un cierto goce que es propio de la mujer cuando se ubica como mujer —que en el varón está impedido, porque le hace cortocircuito el goce del órgano—, un goce que está mas allá del lenguaje, muy bien descrito por algunos místicos, pero que también tiene sus dificultades.
En el psicoanálisis, tenemos que tener mucho cuidado de no hacer infantilismos; por ejemplo, un infantilismo sería creer que placer y goce son absolutamente disjuntos. No es tan así, son diferenciables, pero a veces el goce está al servicio del placer. El goce de la mujer, sí, es un goce como decimos los psicoanalistas «mas allá del falo», pero no sin el falo. Por eso Lacan lo llama «extra» o «suplementario». Si uno quiere tener el suplemento del diario, ¿qué tiene que comprar? El diario. Entonces, no es un goce que una mujer puede lograr adhiriéndose a un movimiento feminista, con carteles que digan «abajo el falo», sino que es, justamente, recurriendo a lo que se puede obtener con el falo, lograr un plus. Y que es un goce interesante, porque también es posible de ser logrado en otra dimensión —ya más ligada a una cierta sublimación, a lo que Lacan va a llamar después el sinthome— en ciertos campos de la creación, con algunas posiciones subjetivas que existen en algunas culturas, como la enseñanza zen. Es un momento en el que el sujeto consigue, algo así como por un tiempito, liberarse de ese empuje constante del vacío que siempre lleva a hacer algo más. Es un momento en el que puede aceptar, por un tiempito, vuelvo a insistir, que se trata de un no-todo. Mientras que en caso del goce, cuando domina lo que llamamos el falo, lo llamamos «lógica de incompletud», porque esa incompletud tiene su lado positivo y su lado negativo: el lado positivo es que estimula al próximo paso, pero el lado negativo es que no da descanso.
Ésta es la lógica de —Lacan lo llama— el pas tout, el no-todo; pero aceptando que lo real es no-todo, que uno tiene un límite, que hace lo que puede… es decir, reconociendo lo imposible, uno se pacifica con lo posible. Entonces, por un tiempito, es como si ofreciera una cierta sensación de una buena pacificación de uno en el encuentro con el mundo.
Bueno, eso también está en el libro El abanico de los goces.  Este goce en la mujer —no todas las mujeres lo logran, sólo algunas— sirve como paradigma de algo que se puede encontrar también fuera de la relación sexual.

-Usted también lo relaciona con la sublimación.
Claro, es una variante de la sublimación. Cuando se trata de la creación, el sinthome, el tiempo en que el artista logra su obra, y bueno, por un tiempito descansa… y al tiempo ya va a querer hacer la próxima.

-¿Qué relación hay entre el goce y la castración?

-La castración —y el complejo de Edipo también— significa que el ser humano, a diferencia de todos los seres vivientes del mundo animal, constituye su sexualidad en el encuentro con los otros, en principio su padre, su madre o los que cumplan esa función. Es decir, hay un proceso de identificación que guía el apetito sexual, no es natural. Hacia dónde se orienta el objeto elegido para la satisfacción, es algo que no está determinado por el instinto. El hecho de que el ser humano esté habitado por el lenguaje arruina la relación con el instinto, al mismo tiempo que le otorga libertad, en el sentido de que puede elegir, pierde la fijeza, que es también un ordenamiento propio del instinto.
En las abejas, la que es zángano es zángano, la que es reina es reina, la que es obrera es obrera y no hay elección posible, no hay asamblea, no hay votación. La que está marcada por el instinto de ese modo, así queda.
Pues bien, esa castración significa que hay un goce que está, desde el inicio, perdido; que todo ser humano, para constituirse formalmente pasa por esa prohibición del incesto, que no es sólo la relación sexual, sino también sus formas menores, sus derivados, por ejemplo, para un hijo, una hijita, forma parte de la prohibición del incesto tocar el cuerpo de la madre en términos eróticos, todas las variantes que pueden significar distintos modos de acercamiento erótico; algunas quizás sorprendan, porque es una mezcla de agresión y erotismo, porque bueno, funciona ese límite. Ese límite es necesario, pero al mismo tiempo deja una marca, porque gracias a esa pérdida de goce se constituye la sensación, la vivencia y la realidad de algo perdido, que incita a su reencuentro. Es la condición que hará que un bebe que pasó por el destete, toda su vida busque, desee reencontrar ese pecho en la mujer. Es decir, esa pérdida primera es la que nos constituye, como decía antes: ya no es el instinto lo que nos mueve, sino que está en juego el deseo.
Pero tiene su contracara, y es que nos deja a los seres humanos siempre con una sensación de vacío que nos acompaña. El modo en que se responde a ese vacío es cómo se determinan, de un modo quizás un poco esquemático, las distintas estructuras que desde el psicoanálisis podemos nombrar como neurosis, psicosis o perversión. Son distintos modos de responder a ese vacío.

 

Margarita Gómez Carrasco
Psicoanalista – Lic. en Periodismo y Comunicaciones 
mgomezcarrasco@elgranotro.com.arParasitic enjoyment is what keeps a subject from his desire

The words flow from this renowned maestro like water from a spring; hearing him talk so effortlessly about psychoanalysis gives one the impression he was fated to transmit this complex discipline.  My purpose for this interview Isidoro generously granted me was to ask him about his latest book.

 

 

What led you to write El Abanico de los Goces [The Range of Enjoyments (Jouissances)]?

There are people who think that psychoanalysis, especially the psychoanalysis based on development, has to do with language, and more specifically, the word, what we psychoanalysts call the signifier.  And though that’s partially true, it’s not the essential part.  What’s specific to our practice is the aim or expectation of a redistribution of jouissance. That is, when someone can move forward in an analysis, generally, if the analysis goes well, after a short while, what do people usually say? “Great, I’m unstuck now, I’ve been able to start to create something new, I’ve been able to remove the dam that’s been blocking my enjoyment, and put it in motion in positive ways.  So, this means that there are different types of jouissance.  There’s more than one jouissance…when I say ‘jouissances,’ I’m talking about what produces enjoyment: when I eat an apple, Im enjoying, having jouissance.  I’m not wishing for the apple, I possess it and I’m enjoying it.

What’s the difference between pleasure and jouissance?

We usually talk about pleasure when it’s a question of maintaining homeostasis, keeping a balance, keeping things as they are. When we’re willing to go a little beyond that balance, that’s when we can talk about jouissance. Though things aren’t so simple, so black and white, because sometimes a jouissance is at the service of pleasure.  For example, I have to write a paper, it makes me nervous, so I smoke…that’s also a jouissance.  It’s a jouissance that’s working for homeostasis.  Let’s say I have to do something…I’m an artist, and I have to turn out a painting, but I’m tense, and so, just at that moment it occurs to me to call up my friend to chat…that’s a jouissance, a jouissance of the voice, of the vocative drive, but put to use for homeostasis. Why?  Because the act of creating implies a process that at moments provokes anxiety because it means producing something new.  So, we can think of the distinction between pleasure and jouissance in terms of the difference between maintaining homeostasis and going beyond homeostasis.  That’s why, in Freud’s classic text,Beyond the Pleasure Principle… What’s beyond pleasure?  Jouissance, though sometimes a jouissance can be at the service of pleasure.

You say in your book that women’s jouissance is an enigma.  Why?

When I wrote that book, I wrote it precisely because our discipline, psychoanalysis, teaches us – as life teaches us and we discover -, that there are different types of jouissance. There’s the jouissance of creating, what we call sublimation; oral jouissance… A good meal can involve jouissances, and varied jouissances at that, right?  Just think of what we call the “social bond”: As Gato Dumas, a great Argentine chef, said, eating isn’t just to satisfy hunger, it’s also to satisfy the sense of sight, like a painting.  There are aromas, fragrances – that’s another type of jouissance.  There’s the jouissance of the relations that we usually call sexual – that’s another type of jouissance.
And there are parasitic forms of jouissance, for example, “I want to watch my figure, but I can’t stop eating,” or, “I want to quit smoking, but I know I just can’t,” or, “I know I shouldn’t be wasting so much time in front of the computer, but I just can’t stop.”  These are all examples of what I call parasitic jouissance, but not in the moral sense or from a moral position.  The definition that I think is useful is that it’s a way of taking pleasure that separates a subject from his or her desire, that ends up being an obstacle to what someone wants. If a jouissance keeps me from my desire, then it has turned into a parasitic jouissance.

Among a whole variety of jouissances, we discover that there is a jouissance that has usually been described quite approximately but erroneously, like the distinction between the clitoral or vaginal jouisance in the woman.  Whereas any woman will tell you in confidence, it’s not the vagina that experiences the jouissance, it’s she herself in her whole being. […] Lacan, in his attempt to advance in the issue of the woman’s jouissance, discovered that there is a certain jouissance peculiar to a woman when she situates herself as a woman – a jouissance blocked in the man because the jouissance of his organ short-circuits it – a jouissance that goes beyond language, well described by certain mystics, but that also has its difficulties.
Now, in psychoanalysis, we have to be very careful not to oversimplify.  For example, it would be childish of us to believe that pleasure and jouisance are completely disconnected.  That’s not exactly how it is.  They’re distinguishable, but, as I said, sometimes the jouissance is at the service of pleasure. But women’s jouissance is one that we psychoanalysts say is “beyond the phallus.”  That’s why Lacan called it “extra” or “supplementary.”  If someone wants the supplement to the newspaper, what does he have to do?  Buy the newspaper.  So, it’s not a jouissance that a woman can attain by joining a feminist movement and marching with signs that say “down with the phallus.”  It’s actually by way of  what can be experienced through the phallus that there can be a plus.
And it’s an interesting jouissance because it can also be reached in another dimension – closer to a kind of sublimation, which Lacan would later call sinthome – in certain fields of creativity or through certain subjective positions that exist in some cultures, as in the teachings of Zen.  It’s a moment when a subject manages, even if it’s just for an instant, to free him/herself from that constant push that always insists on something more.  It’s a moment when he or she can accept, I repeat even if it’s just for a moment, that there’s no totality. In the case of the jouissance we call phallic, we refer to the “logic of incompleteness,” which has a positive and a negative side.  The positive side is that it spurs us on to take a next step, but the negative side is that it never lets up.
This is the logic of what Lacan calls le pastout, the not-all; but accepting that the Real is not-all, that one has limits, that we do what we can…that is, by recognizing the impossible, one can be at peace with what’s possible.  So, for a moment, it’s like a certain sensation of peace with the world.
Well, that’s also in El Abanico de los Goces…This jouissance in the woman- which not all women experience, only some –  serves as a paradigm for something that can be found beyond the sexual relation.

You also relate it to sublimation.

Of course, it’s a variation of sublimation.  When it has to do with creativity, the sinthome…the moment in which the artist realizes the piece is finished…and, well, for a little while he can rest…and after a while he’ll want to start the next one.

What relationship is there between jouissance and castration?

Castration – and also the Oedipal complex – means that the human being, unlike all other living creatures in the animal world, constitutes his or her sexuality in the encounter with others, at first with his father and mother, or whoever fulfills those roles.  That is, there is a process of identification that guides sexual appetite, it’s not just something natural.  How an object is chosen for satisfaction is not something that’s determined by instinct.  The fact that the human being is inhabited by language wrecks the dependence on instinct, though at the same time it gives one a certain liberty because one can choose – there’s no predetermined or fixed object as there is with pure instinct.
With bees, the drone is the drone, the queen bee is the queen bee, the worker bee is the worker bee, and there’s no way to choose, there’s no referendum, no vote.  They’re marked by instinct in one way, and that’s that.
So then, castration means that there’s a jouissance that’s lost from the outset; that every human being, to formally constitute his or her being, has to go through the prohibition of incest, which doesn’t just refer to the prohibition of the actual sexual relation, but also more minor forms, its derivatives. For example, for a little son or a little daughter, the prohibition also includes touching the private parts of the mother’s body…and all interactions that could have an erotic overtone.  Some interactions are surprising because they are a mix of eroticism and aggression. But there is a limit, and that limit is necessary and leaves a mark, the mark of the loss of a type of jouissance. And thanks to the sensation, the experience, and the reality of having lost something, one goes out into the world and looks for it.  It’s the condition that sends someone who was weaned as a baby to go looking later in life for the breast of another woman.  That is, that first loss is what constitutes us, as I said before:  it’s no longer that instinct drives us but rather that desire comes into play.  But there is another side of the coin, and that is that it leaves us with a sense of emptiness that always accompanies us.  How someone responds to this emptiness is what will determine – speaking a bit schematically now- the different structures that in psychoanalysis we call neurosis, psychosis, or perversion.  Those are the different ways of responding to that emptiness.

 

Margarita Gómez Carrasco
Psychoanalyst – Master’s in Journalism and Communications
mgomezcarrasco@elgranotro.com.ar