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El Gran Otro | Sabado 29 de Abril de 2017

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James Joyce «Y supo que…»

James Joyce  «Y supo que…»

David Jacobson

Sobre una glosa al Retrato del artista adolescente

Los últimos dos capítulos de Retrato del artista adolescente de Joyce son el más corto y el más largo de la novela, respectivamente, reflejando dos etapas: un destello de deseo y su repercusión. En la mitad del capítulo IV, «[a]lgún instinto… contra el consentimiento» (en original, acquiescence) [voy a citar de la excelente traducción nueva de Pablo Ingberg, Editorial Losada, 2012; acá, pág. 191] frena a Stephen Dedalus de iniciarse como sacerdote, y lo dirige rapidamente «cerca del corazón salvaje de la vida» [202], en «un estallido de gozo profano» provocado, especificamente, por la visión de una joven —audaz, «sin vergüenza ni lascivia»— que vadea en el mar como «alguien que por magia se hubiera transformado en la apariencia de un ave marina extraña y bella» [203].

 

En el capítulo V, Stephen asume su vocación literaria y, en consecuencia, ante la consternación de su madre devota, reemplaza el seminario teológico por el universitario (aún jesuita); apenas terminado un poema, una villanella que erotiza a la Virgen como musa, aparece una bandada de pájaros, con su gran carga simbólica. En un atardecer de primavera en los escalones de la biblioteca, mira a los pájaros «dando vueltas alrededor de un templo de aire» [se encuentran entre las páginas 264 y 266 todas las citas que siguen]. Suponiendo que «debían de ser golondrinas que venían de vuelta del sur», los recibe, textualmente, como un augurio: «Entonces él tenía que irse…».  El «templo de aire» en que Stephen los observa recuerda escrupulosamente que templum fue en su origen un término de la adivinación romana, que remitía al espacio, en el aire o en la tierra, que marcaba el augur (con su lituus, o bastón curvado, acá replicado por el fresno de Stephen) para recoger los presagio. Al comparar la columnata de la biblioteca con «un templo antiguo», Stephen hace una contra-consagración más del espacio profano.  El grito de las golondrinas alivia a Stephen, desalojando de su mente «los sollozos y reproches de la madre»”, vaciamiento que colma enseguida con alusiones a pensadores heréticos. Su postura, apoyándose en el bastón bajo los porches, lo asimila a Tot [en inglés, Thoth], dios egipcio de los escritores, y el «ancestro» de Stephen, ese Daedalus mítico «que se elevó de su cautividad con alas de mimbre entretejido», a su vez, se asocia con ese dios «que escribía con una caña». (La cabeza de Tot representa a un ibis, pájaro que vadea, así que recuerda además a la muchacha en la orilla, comparada a una «grulla».)

 

Stephen viste este grito en una brillantez sinestésica, como «estridente y claro y fino y en bajada como hilos de luz sedosa desenrollados de carretes zumbadores». Haciendo un augurio que, por primera vez, revela al lector, y a él mismo, la necesidad de autoexilio, cita versos de una nueva obra teatral de Yeats que habla de una golondrina mirando «Sobre el nido bajo el alero antes / De vagar por sonoras aguas». La aptitud del cuarteto habría inspirado la misma escena previa de las golondrinas, y la belleza de los versos genera dos párrafos que celebran el gozo del lenguaje poético; pero también permite a Joyce, después de tal efusión lirica, representar la revuelta que provocó esta obra, así justificando a Stephen su convicción de que un escritor avanzado debiera dejar Irlanda (como hizo Yeats mismo, instalándose en Londres).

 

A través de otra imaginería sinestésica que vincula el «suave gozo líquido» del agua y del aire con los pájaros y las palabras poéticas, se enfatiza que el augurio de Stephen era un «augurio que había buscado» y que «provenía de su corazón como un pájaro de una terrecilla, queda y velozmente». En cambio, en la única oración corta entre tanta prosa elaboradamente «desenrollada», Dedalus ha opinado acerca de esta rebeldía de su corazón: «Era una sandez» [folly], y se preguntaba: «Pero ¿era por esa sandez que él estaba por dejar para siempre la casa de oración y prudencia en la que había nacido y el orden de vida del que él venía?» La imputación de «sandez» sigue a la irrupción de una comicidad curiosa entre tanta solemnidad: la imagen de Tot, dios de la sabiduría, justicia, escritura y ciencias hace sonreír a Dedalus porque «le hacía pensar en un juez con nariz de botella y peluca, que pusiera comas en un documento sostenido a la distancia del brazo alargado».

 

El viraje hacia la caricatura conduce a otra afirmación sorpresiva: «y supo que no habría recordado el nombre del dios de no haber sido que era semajante a un juramento irlandés» [an Irish oath]. Unas glosas en las últimas ediciones críticas de la novela identifican este juramento, o intentan hacerlo. La edición Oxford remite al tat gaélico (llamado a ovejas que equivocan su dirección) y tot (bullicio), pero pronto admite que «ningúno es exactamente un juramento…», y propone como alternativa thauss, «the dear (o: deer) knows», que, por escrúpulo religioso, convierte thauss ag Dhee («sabe Dios»), por eufemismo, en Thauss ag fee («sabe el ciervo»). Indudablemente, Thoth y thauss (pronunciada, nos asegura el traductor, como el Thoth inglés) aluden ambos a un dios; pero ¿la mente joven de Stephen, tan fértil en citas eruditas, no recordaría el nombre del dios de la escritura?

 

La consagrada edición crítica de Viking no glosó este «juramento irlandés», y probablemente no hacía falta hacerlo. Joyce, típicamente, ha puesto una trampa al lector y, como siempre, al declarado alter ego Stephen: porque, ¿qúe sonido gaélico podría evocar a Tot/Thoth mejor que la misma palabra inglesa oath? Con lucidez, Stephen reconocía las dos «sandeces» de la movida gaélica y la diferencia ineludible del habla irlandés frente al inglés británico. Contra la «sandez» del deseo costoso que incita su corazón, su deuda repentina a un «juramento irlandés» lo muestra sitiado en una última tentación por la nostalgia, el «consentimiento», justo a punto de levantar el vuelo.