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El Gran Otro | Martes 27 de Junio de 2017

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John Banville: «Trabajo cultivando las frases»

John Banville: «Trabajo cultivando las frases»

El prestigioso escritor irlandés, autor de excelentes novelas como El mar o la reciente Antigua luz, sostiene que, para la tarea literaria, «es necesario tener valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear». La génesis de sus obras, su desdoblamiento autoral como Benjamín Black para escribir novelas negras y su fina ironía realzan el perfil de un personaje para el que muchos reclaman el premio Nobel.

 

Por: Carlos Algeri

 

«En mis libros hay bastante luz, pero también mucha oscuridad. Quizás tenga que ver con mis deseos de juventud de ser pintor, algo con lo que fracasé estrepitosamente. Haber intentado ser pintor me enseñó a ver el mundo con ojos distintos, ver la luz y la realidad de forma diferente».

John Banville (Wexford, Irlanda, 8 de diciembre de 1945) lo afirma con la naturalidad con la que define cada uno de los actos de su vida y de su obra, que podría confundirse con frialdad o cierto tono de desidia, si este irlandés de prodigiosa producción literaria no hubiese entregado algunas de las novelas más luminosas de los últimos tiempos. Por caso, la más reciente, Antigua luz (Alfaguara, 2012, 304 páginas), obligó nuevamente a los críticos literarios a repasar su glosario de elogios. «El jurado de Estocolmo debería descolgar el teléfono ya mismo», escribió el Financial Times. Si ocurriera, no sería una sorpresa: el nombre Banville circuló en sordina en las últimas ediciones del premio Nobel como candidato para alzarse con él.

Lo que impresiona en este escritor metódico, trabajador e inspirado, es su notable capacidad para mantener la calidad literaria de sus textos, cuando se espera que su próxima novela no alcance la altura de la anterior, que luce como insuperable. Para Banville, la cuestión es mucho más sencilla y menos intrincada que las relaciones entre los protagonistas de sus historias: «Es necesario tener valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura», explica con la tranquilidad de quien se peina sin prisa frente al espejo.

Autor de obras capitales como Copérnico, Kepler, La carta de Newton, Mefisto, El libro de la pruebas, Eclipse, El mar y Los infinitos, entre muchas otras, en Antigua luz el foco está puesto en otro de los temas espinosos que lo atraen, y que el autor sortea con maestría gracias a su sutileza y decoro literario: «Billy Gray era mi mejor amigo y me enamoré de su madre. Puede que amor sea una palabra demasiado fuerte, pero no conozco ninguna más suave que pueda aplicarse», comienza relatando la novela.

«La memoria es un personaje importante de esta novela, y tiene gran presencia en ella —explica Banville—. Esta memoria no es la memoria de Alex, sino una invención mía como autor; y tampoco es una autobiografía, sino una novela, pura ficción. Para Alex, el pasado parece ser más importante que el presente. Le damos mucha importancia al pasado, pero eso les sucede no solo a mis personajes, sino a muchas personas reales que están obsesionadas por el pasado y la memoria. Además habría que aclarar que nadie puede recordar como en una novela, con tantos detalles como narra un escritor. La ficción permite hacer parecer que uno recuerda, pero en realidad uno está inventando».

El erotismo tiene una fuerte presencia en Antigua luz. Pero no es el tema predominante: «La relación de Alex joven con la señora Gray está basada en el sexo, pero también está marcada por un principio de padre/hijo o hijo/adulto. Hay veces en que él se comporta como un niño que busca la protección de ella, y otras en que ella se comporta directamente como una madre. No es algo buscado intencionadamente, porque no hago las cosas de manera intencionada», asegura Banville, quien, sin embargo, no se priva de hacer una lectura crítica de su novela en busca de pistas sobre sus orígenes. «Cuando terminé de escribir el libro, me paré a repasar de dónde venía la señora Gray, y me di cuenta de que buena parte de esta persona viene de mi madre —revela—. No es que yo tuviese intenciones eróticas con mi madre, pero todo ese aspecto maternal la representa a ella. De hecho, todos los personajes más importantes son mujeres. A lo mejor es el intento primitivo de Alex, como el mío propio, de intentar comprender el misterio de la mujer».

No es la primera vez que una novela de Banville sobrevuela el incesto. Su reconocido y aceptado álter ego, Benjamin Black, lo tomó como telón de fondo para En busca de April (Alfaguara, 2011, 336 páginas), una de las impactantes novelas negras que suele escribir el irlandés cuando se metamorfosea. Esta ambivalencia autoral, que desvela a ciertos sectores de la prensa literaria, tampoco altera la calma del autor a la hora de ensayar una explicación: «El arte es una cosa extraña. Bajo el sombrero de Banville puedo escribir 200 palabras por día. Un día decidí que podía convertirme en otro y bajo ese segundo sombrero, en esa segunda piel, puedo irme a comer tras haber escrito un millar de palabras, tal vez 2.000, y disfrutar con ello. Es increíble descubrir cómo otro tipo puede vivir tu vida y usar tus manos y deleitarse con eso».

Tan atractivas como ingeniosas, sus definiciones equilibran la sencillez y la profundidad. Ganador de algunos de los premios literarios más prestigiosos del mundo (el Booker, el Kafka), John Banville supo muy pronto que sería escritor. Tenía 12 años cuando decidió que ese sería el camino por seguir. Terminada la escuela secundaria, en lugar de ingresar a la universidad prefirió trabajar en una empresa aérea que le permitió viajar por el mundo. Considera «un gran error» haber prescindido de los claustros académicos, aunque en su fundamento aparece una dosis de ironía que invita a poner en duda su aseveración: «Debería haber ido a la universidad. Lamento no haber tomado esos cuatro años de emborracharse y enamorarse. Pero quería irme de mi familia. Quería ser libre», admite.

Como otros grandes escritores, su primera relación formal con las letras fue a través del periodismo. En 1968, después de haber vivido en los Estados Unidos, regresó a Irlanda y entró a trabajar en el diario The Irish Press, donde, con los años, llegó a ser subeditor jefe. Dos años después de comenzar su trabajo como periodista, publicó Long Lankin (1970), una recopilación de relatos, a la que seguirían una serie de novelas. En 1995, cuando el periódico desapareció, pasó al The Irish Times, y—por supuesto— continuó con su carrera literaria. En la actualidad cubre su veta periodística colaborando habitualmente con The New York Review of Books. Una vez más, se cumplió la sentencia enunciada por Mario Vargas Llosa: «Un buen periodista puede llegar a ser un buen escritor, pero difícilmente un buen escritor pueda llegar a ser un buen periodista».

El juego lúdico de la literatura se da en Banville por partida doble: «Antes de ponerme a escribir una novela, suelo tener una idea general de lo que voy a hacer. Trabajo cultivando las frases: siento que, si consigo que una frase (que nos hace humanos, que es lo que usamos para comunicarnos con los demás, para expresar ideas) salga como quiero, lo demás solo tiene que fluir. Es entonces cuando Benjamín Black piensa que John Banville es un pretencioso, que pasa demasiado tiempo trabajando las frases. Pero luego John Banville piensa que Benjamin Black es muy superficial y que escribe demasiado rápido. Benjamin Black es el que trabaja más la trama, los personajes y los diálogos, mientras que John Banville se dedica a escribir frases y a hacerlas lo más perfectas posible. Verdaderamente es un privilegio el poder dedicar mi vida a hacer esto».

Reconoce que «Irlanda es un país de contadores historias». También, que «los escritores irlandeses escribimos en inglés, una lengua extranjera. No nos sentimos cómodos, miramos el lenguaje desde fuera. Cuando leo a Nabokov (de origen ruso), lo entiendo perfectamente, porque también escribe inglés desde fuera. Un autor inglés intenta que su prosa sea fácil y transparente, siguiendo el consejo de George Orwell: el texto debe ser como una hoja de cristal. Para mí, para los irlandeses, no debe ser un cristal, sino una lente capaz de aproximar, alejar o distorsionar».

Luego, combinando certeza con un toque irónico, remarca: «Imagine que uno de nuestros políticos o uno de nuestros obispos comete algo terrible. Bien. A usted le interesaría saber exactamente cómo han sucedido las cosas. Para nosotros, eso es secundario. Lo que nos importa es cómo van a explicarse. Si el político o el obispo son capaces de justificarse con gracia, es decir, con un relato humano y apasionante, pueden salir del apuro sin grandes problemas».

¿Paralelismo sutil con la literatura? En apariencia, sí. Aunque solo en apariencia. Leyendo o escuchando a John Banville, nos invade la seguridad de que este hombre circunspecto y elegante, amante de los ambos y las corbatas, sería capaz de engañar con las palabras a su propia sombra sin que ella lo advirtiera.

Es más: puede que hasta el engaño le resultara agradable y atractivo.

[showtime]

El prestigioso escritor irlandés, autor de excelentes novelas como El mar o la reciente Antigua luz, sostiene que, para la tarea literaria, «es necesario tener valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear». La génesis de sus obras, su desdoblamiento autoral como Benjamín Black para escribir novelas negras y su fina ironía realzan el perfil de un personaje para el que muchos reclaman el premio Nobel.

Por: Carlos Algeri

«En mis libros hay bastante luz, pero también mucha oscuridad. Quizás tenga que ver con mis deseos de juventud de ser pintor, algo con lo que fracasé estrepitosamente. Haber intentado ser pintor me enseñó a ver el mundo con ojos distintos, ver la luz y la realidad de forma diferente».

John Banville (Wexford, Irlanda, 8 de diciembre de 1945) lo afirma con la naturalidad con la que define cada uno de los actos de su vida y de su obra, que podría confundirse con frialdad o cierto tono de desidia, si este irlandés de prodigiosa producción literaria no hubiese entregado algunas de las novelas más luminosas de los últimos tiempos. Por caso, la más reciente, Antigua luz (Alfaguara, 2012, 304 páginas), obligó nuevamente a los críticos literarios a repasar su glosario de elogios. «El jurado de Estocolmo debería descolgar el teléfono ya mismo», escribió el Financial Times. Si ocurriera, no sería una sorpresa: el nombre Banville circuló en sordina en las últimas ediciones del premio Nobel como candidato para alzarse con él.

Lo que impresiona en este escritor metódico, trabajador e inspirado, es su notable capacidad para mantener la calidad literaria de sus textos, cuando se espera que su próxima novela no alcance la altura de la anterior, que luce como insuperable. Para Banville, la cuestión es mucho más sencilla y menos intrincada que las relaciones entre los protagonistas de sus historias: «Es necesario tener valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura», explica con la tranquilidad de quien se peina sin prisa frente al espejo.

Autor de obras capitales como Copérnico, Kepler, La carta de Newton, Mefisto, El libro de la pruebas, Eclipse, El mar y Los infinitos, entre muchas otras, en Antigua luz el foco está puesto en otro de los temas espinosos que lo atraen, y que el autor sortea con maestría gracias a su sutileza y decoro literario: «Billy Gray era mi mejor amigo y me enamoré de su madre. Puede que amor sea una palabra demasiado fuerte, pero no conozco ninguna más suave que pueda aplicarse», comienza relatando la novela.

«La memoria es un personaje importante de esta novela, y tiene gran presencia en ella —explica Banville—. Esta memoria no es la memoria de Alex, sino una invención mía como autor; y tampoco es una autobiografía, sino una novela, pura ficción. Para Alex, el pasado parece ser más importante que el presente. Le damos mucha importancia al pasado, pero eso les sucede no solo a mis personajes, sino a muchas personas reales que están obsesionadas por el pasado y la memoria. Además habría que aclarar que nadie puede recordar como en una novela, con tantos detalles como narra un escritor. La ficción permite hacer parecer que uno recuerda, pero en realidad uno está inventando».

El erotismo tiene una fuerte presencia en Antigua luz. Pero no es el tema predominante: «La relación de Alex joven con la señora Gray está basada en el sexo, pero también está marcada por un principio de padre/hijo o hijo/adulto. Hay veces en que él se comporta como un niño que busca la protección de ella, y otras en que ella se comporta directamente como una madre. No es algo buscado intencionadamente, porque no hago las cosas de manera intencionada», asegura Banville, quien, sin embargo, no se priva de hacer una lectura crítica de su novela en busca de pistas sobre sus orígenes. «Cuando terminé de escribir el libro, me paré a repasar de dónde venía la señora Gray, y me di cuenta de que buena parte de esta persona viene de mi madre —revela—. No es que yo tuviese intenciones eróticas con mi madre, pero todo ese aspecto maternal la representa a ella. De hecho, todos los personajes más importantes son mujeres. A lo mejor es el intento primitivo de Alex, como el mío propio, de intentar comprender el misterio de la mujer».

No es la primera vez que una novela de Banville sobrevuela el incesto. Su reconocido y aceptado álter ego, Benjamin Black, lo tomó como telón de fondo para En busca de April (Alfaguara, 2011, 336 páginas), una de las impactantes novelas negras que suele escribir el irlandés cuando se metamorfosea. Esta ambivalencia autoral, que desvela a ciertos sectores de la prensa literaria, tampoco altera la calma del autor a la hora de ensayar una explicación: «El arte es una cosa extraña. Bajo el sombrero de Banville puedo escribir 200 palabras por día. Un día decidí que podía convertirme en otro y bajo ese segundo sombrero, en esa segunda piel, puedo irme a comer tras haber escrito un millar de palabras, tal vez 2.000, y disfrutar con ello. Es increíble descubrir cómo otro tipo puede vivir tu vida y usar tus manos y deleitarse con eso».

Tan atractivas como ingeniosas, sus definiciones equilibran la sencillez y la profundidad. Ganador de algunos de los premios literarios más prestigiosos del mundo (el Booker, el Kafka), John Banville supo muy pronto que sería escritor. Tenía 12 años cuando decidió que ese sería el camino por seguir. Terminada la escuela secundaria, en lugar de ingresar a la universidad prefirió trabajar en una empresa aérea que le permitió viajar por el mundo. Considera «un gran error» haber prescindido de los claustros académicos, aunque en su fundamento aparece una dosis de ironía que invita a poner en duda su aseveración: «Debería haber ido a la universidad. Lamento no haber tomado esos cuatro años de emborracharse y enamorarse. Pero quería irme de mi familia. Quería ser libre», admite.

Como otros grandes escritores, su primera relación formal con las letras fue a través del periodismo. En 1968, después de haber vivido en los Estados Unidos, regresó a Irlanda y entró a trabajar en el diario The Irish Press, donde, con los años, llegó a ser subeditor jefe. Dos años después de comenzar su trabajo como periodista, publicó Long Lankin (1970), una recopilación de relatos, a la que seguirían una serie de novelas. En 1995, cuando el periódico desapareció, pasó al The Irish Times, y—por supuesto— continuó con su carrera literaria. En la actualidad cubre su veta periodística colaborando habitualmente con The New York Review of Books. Una vez más, se cumplió la sentencia enunciada por Mario Vargas Llosa: «Un buen periodista puede llegar a ser un buen escritor, pero difícilmente un buen escritor pueda llegar a ser un buen periodista».

El juego lúdico de la literatura se da en Banville por partida doble: «Antes de ponerme a escribir una novela, suelo tener una idea general de lo que voy a hacer. Trabajo cultivando las frases: siento que, si consigo que una frase (que nos hace humanos, que es lo que usamos para comunicarnos con los demás, para expresar ideas) salga como quiero, lo demás solo tiene que fluir. Es entonces cuando Benjamín Black piensa que John Banville es un pretencioso, que pasa demasiado tiempo trabajando las frases. Pero luego John Banville piensa que Benjamin Black es muy superficial y que escribe demasiado rápido. Benjamin Black es el que trabaja más la trama, los personajes y los diálogos, mientras que John Banville se dedica a escribir frases y a hacerlas lo más perfectas posible. Verdaderamente es un privilegio el poder dedicar mi vida a hacer esto».

Reconoce que «Irlanda es un país de contadores historias». También, que «los escritores irlandeses escribimos en inglés, una lengua extranjera. No nos sentimos cómodos, miramos el lenguaje desde fuera. Cuando leo a Nabokov (de origen ruso), lo entiendo perfectamente, porque también escribe inglés desde fuera. Un autor inglés intenta que su prosa sea fácil y transparente, siguiendo el consejo de George Orwell: el texto debe ser como una hoja de cristal. Para mí, para los irlandeses, no debe ser un cristal, sino una lente capaz de aproximar, alejar o distorsionar».

Luego, combinando certeza con un toque irónico, remarca: «Imagine que uno de nuestros políticos o uno de nuestros obispos comete algo terrible. Bien. A usted le interesaría saber exactamente cómo han sucedido las cosas. Para nosotros, eso es secundario. Lo que nos importa es cómo van a explicarse. Si el político o el obispo son capaces de justificarse con gracia, es decir, con un relato humano y apasionante, pueden salir del apuro sin grandes problemas».

¿Paralelismo sutil con la literatura? En apariencia, sí. Aunque solo en apariencia. Leyendo o escuchando a John Banville, nos invade la seguridad de que este hombre circunspecto y elegante, amante de los ambos y las corbatas, sería capaz de engañar con las palabras a su propia sombra sin que ella lo advirtiera.

Es más: puede que hasta el engaño le resultara agradable y atractivo.

[showtime]

El prestigioso escritor irlandés, autor de excelentes novelas como El mar o la reciente Antigua luz, sostiene que, para la tarea literaria, «es necesario tener valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear». La génesis de sus obras, su desdoblamiento autoral como Benjamín Black para escribir novelas negras y su fina ironía realzan el perfil de un personaje para el que muchos reclaman el premio Nobel.

Por: Carlos Algeri

«En mis libros hay bastante luz, pero también mucha oscuridad. Quizás tenga que ver con mis deseos de juventud de ser pintor, algo con lo que fracasé estrepitosamente. Haber intentado ser pintor me enseñó a ver el mundo con ojos distintos, ver la luz y la realidad de forma diferente».

John Banville (Wexford, Irlanda, 8 de diciembre de 1945) lo afirma con la naturalidad con la que define cada uno de los actos de su vida y de su obra, que podría confundirse con frialdad o cierto tono de desidia, si este irlandés de prodigiosa producción literaria no hubiese entregado algunas de las novelas más luminosas de los últimos tiempos. Por caso, la más reciente, Antigua luz (Alfaguara, 2012, 304 páginas), obligó nuevamente a los críticos literarios a repasar su glosario de elogios. «El jurado de Estocolmo debería descolgar el teléfono ya mismo», escribió el Financial Times. Si ocurriera, no sería una sorpresa: el nombre Banville circuló en sordina en las últimas ediciones del premio Nobel como candidato para alzarse con él.

Lo que impresiona en este escritor metódico, trabajador e inspirado, es su notable capacidad para mantener la calidad literaria de sus textos, cuando se espera que su próxima novela no alcance la altura de la anterior, que luce como insuperable. Para Banville, la cuestión es mucho más sencilla y menos intrincada que las relaciones entre los protagonistas de sus historias: «Es necesario tener valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura», explica con la tranquilidad de quien se peina sin prisa frente al espejo.

Autor de obras capitales como Copérnico, Kepler, La carta de Newton, Mefisto, El libro de la pruebas, Eclipse, El mar y Los infinitos, entre muchas otras, en Antigua luz el foco está puesto en otro de los temas espinosos que lo atraen, y que el autor sortea con maestría gracias a su sutileza y decoro literario: «Billy Gray era mi mejor amigo y me enamoré de su madre. Puede que amor sea una palabra demasiado fuerte, pero no conozco ninguna más suave que pueda aplicarse», comienza relatando la novela.

«La memoria es un personaje importante de esta novela, y tiene gran presencia en ella —explica Banville—. Esta memoria no es la memoria de Alex, sino una invención mía como autor; y tampoco es una autobiografía, sino una novela, pura ficción. Para Alex, el pasado parece ser más importante que el presente. Le damos mucha importancia al pasado, pero eso les sucede no solo a mis personajes, sino a muchas personas reales que están obsesionadas por el pasado y la memoria. Además habría que aclarar que nadie puede recordar como en una novela, con tantos detalles como narra un escritor. La ficción permite hacer parecer que uno recuerda, pero en realidad uno está inventando».

El erotismo tiene una fuerte presencia en Antigua luz. Pero no es el tema predominante: «La relación de Alex joven con la señora Gray está basada en el sexo, pero también está marcada por un principio de padre/hijo o hijo/adulto. Hay veces en que él se comporta como un niño que busca la protección de ella, y otras en que ella se comporta directamente como una madre. No es algo buscado intencionadamente, porque no hago las cosas de manera intencionada», asegura Banville, quien, sin embargo, no se priva de hacer una lectura crítica de su novela en busca de pistas sobre sus orígenes. «Cuando terminé de escribir el libro, me paré a repasar de dónde venía la señora Gray, y me di cuenta de que buena parte de esta persona viene de mi madre —revela—. No es que yo tuviese intenciones eróticas con mi madre, pero todo ese aspecto maternal la representa a ella. De hecho, todos los personajes más importantes son mujeres. A lo mejor es el intento primitivo de Alex, como el mío propio, de intentar comprender el misterio de la mujer».

No es la primera vez que una novela de Banville sobrevuela el incesto. Su reconocido y aceptado álter ego, Benjamin Black, lo tomó como telón de fondo para En busca de April (Alfaguara, 2011, 336 páginas), una de las impactantes novelas negras que suele escribir el irlandés cuando se metamorfosea. Esta ambivalencia autoral, que desvela a ciertos sectores de la prensa literaria, tampoco altera la calma del autor a la hora de ensayar una explicación: «El arte es una cosa extraña. Bajo el sombrero de Banville puedo escribir 200 palabras por día. Un día decidí que podía convertirme en otro y bajo ese segundo sombrero, en esa segunda piel, puedo irme a comer tras haber escrito un millar de palabras, tal vez 2.000, y disfrutar con ello. Es increíble descubrir cómo otro tipo puede vivir tu vida y usar tus manos y deleitarse con eso».

Tan atractivas como ingeniosas, sus definiciones equilibran la sencillez y la profundidad. Ganador de algunos de los premios literarios más prestigiosos del mundo (el Booker, el Kafka), John Banville supo muy pronto que sería escritor. Tenía 12 años cuando decidió que ese sería el camino por seguir. Terminada la escuela secundaria, en lugar de ingresar a la universidad prefirió trabajar en una empresa aérea que le permitió viajar por el mundo. Considera «un gran error» haber prescindido de los claustros académicos, aunque en su fundamento aparece una dosis de ironía que invita a poner en duda su aseveración: «Debería haber ido a la universidad. Lamento no haber tomado esos cuatro años de emborracharse y enamorarse. Pero quería irme de mi familia. Quería ser libre», admite.

Como otros grandes escritores, su primera relación formal con las letras fue a través del periodismo. En 1968, después de haber vivido en los Estados Unidos, regresó a Irlanda y entró a trabajar en el diario The Irish Press, donde, con los años, llegó a ser subeditor jefe. Dos años después de comenzar su trabajo como periodista, publicó Long Lankin (1970), una recopilación de relatos, a la que seguirían una serie de novelas. En 1995, cuando el periódico desapareció, pasó al The Irish Times, y—por supuesto— continuó con su carrera literaria. En la actualidad cubre su veta periodística colaborando habitualmente con The New York Review of Books. Una vez más, se cumplió la sentencia enunciada por Mario Vargas Llosa: «Un buen periodista puede llegar a ser un buen escritor, pero difícilmente un buen escritor pueda llegar a ser un buen periodista».

El juego lúdico de la literatura se da en Banville por partida doble: «Antes de ponerme a escribir una novela, suelo tener una idea general de lo que voy a hacer. Trabajo cultivando las frases: siento que, si consigo que una frase (que nos hace humanos, que es lo que usamos para comunicarnos con los demás, para expresar ideas) salga como quiero, lo demás solo tiene que fluir. Es entonces cuando Benjamín Black piensa que John Banville es un pretencioso, que pasa demasiado tiempo trabajando las frases. Pero luego John Banville piensa que Benjamin Black es muy superficial y que escribe demasiado rápido. Benjamin Black es el que trabaja más la trama, los personajes y los diálogos, mientras que John Banville se dedica a escribir frases y a hacerlas lo más perfectas posible. Verdaderamente es un privilegio el poder dedicar mi vida a hacer esto».

Reconoce que «Irlanda es un país de contadores historias». También, que «los escritores irlandeses escribimos en inglés, una lengua extranjera. No nos sentimos cómodos, miramos el lenguaje desde fuera. Cuando leo a Nabokov (de origen ruso), lo entiendo perfectamente, porque también escribe inglés desde fuera. Un autor inglés intenta que su prosa sea fácil y transparente, siguiendo el consejo de George Orwell: el texto debe ser como una hoja de cristal. Para mí, para los irlandeses, no debe ser un cristal, sino una lente capaz de aproximar, alejar o distorsionar».

Luego, combinando certeza con un toque irónico, remarca: «Imagine que uno de nuestros políticos o uno de nuestros obispos comete algo terrible. Bien. A usted le interesaría saber exactamente cómo han sucedido las cosas. Para nosotros, eso es secundario. Lo que nos importa es cómo van a explicarse. Si el político o el obispo son capaces de justificarse con gracia, es decir, con un relato humano y apasionante, pueden salir del apuro sin grandes problemas».

¿Paralelismo sutil con la literatura? En apariencia, sí. Aunque solo en apariencia. Leyendo o escuchando a John Banville, nos invade la seguridad de que este hombre circunspecto y elegante, amante de los ambos y las corbatas, sería capaz de engañar con las palabras a su propia sombra sin que ella lo advirtiera.

Es más: puede que hasta el engaño le resultara agradable y atractivo.

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