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El Gran Otro | Mircoles 23 de Agosto de 2017

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John Waters «Lo feo puede ser hermoso, lo bonito jamás»

John Waters  «Lo feo puede ser hermoso, lo bonito jamás»

En el film F de falso (1974), dirigido, escrito y protagonizado por Orson Welles, el autor cita una poema de Rudyard Kipling llamado The Conundrum of the Workshops. En él se repite varias veces la siguiente línea: «Es lindo, ¿pero es arte?». Welles, un vanguardista por definición, cerraba su polémica filmografía con ese interrogante.

 

Por: Santiago García

 

Para el cine, la pregunta acerca del arte surgió a toda velocidad en los comienzos, cuando todavía no se sabía el rumbo que tomarían las películas. Cuando el cine se inclinó hacia el arte industrial, las preguntas se aletargaron durante algunas décadas. Lo lindo pobló las pantallas del mundo; y las excepciones confirmaron la regla. Una frase de Paul Gauguin, muy conocida por cierto, expresa sin embargo una tensión latente: «Lo feo puede ser hermoso, lo bonito jamás». Durante el período del cine industrial hubo muchos matices y corrientes subyacentes que ponían en duda los conceptos generales de belleza, pero no había, como ocurriría abiertamente desde los sesenta, una exposición franca e inequívoca de lo feo.

Las vanguardias que habían querido volcarse al cine en el período silente tuvieron un espacio limitado, pero en los sesenta rompieron las barreras y lograron entrar. John Waters, nacido en Baltimore en 1946, fue uno de esos cineastas que en esa década retomaría aquellos debates vanguardistas acerca del arte y la belleza. Sumáximo aliado en aquellos comienzos cinematográficos fue su amigo de la infancia y vecino, Harris Glenn Milstead, más conocido como Divine, actor travestido —aunque también hizo otros pequeños papeles— que acompañó a Waters en su cruzada a favor del mal gusto y la transgresión. Las primeras películas de John Waters son de una particular brutalidad. Mezclando el cine underground y experimental con la cultura basura, dan por tierra con todos los valores estéticos del cine y la sociedad en la que su obra se desarrolla.

Pero, como queda probado, alteran todos los valores de cualquier sociedad más allá de la propia. Watersse ha tomado muy a pecho aquello de «pinta tu aldea y pintarás el mundo», y desde Baltimore mostró con ferocidad y humor todo aquello que la mayoría de las películas intentaba ocultar. Verdaderas galerías de perversiones sexuales, sus films iniciales todavía hoy son revulsivos y aunque el mundo cambió, Mondo Trasho, Multiple Maniacs y Pink Flamingos siguen conservando su demencial euforia provocadora. Divine puede imitar el estilo glamoroso de las estrellas de Hollywood mientras suena The Girl Cant’Help It, pero cualquier ternura políticamente correcta en defensa del diferente que hoy sería moneda corriente, que da trunca cuando ella se agacha, corre su vestido, defeca en el césped, se limpia de frente a cámara y sigue su paso. En la misma película, Pink Flamingos, Divine llega a la cima del mal gusto. En plano secuencia, sin corte ni truco, un perro defeca, ella toma el excremento y lo come. Luego sonríe y se relame a cámara.

Es una escena compleja y es una escena límite. Divine sabe que es asqueroso y de mal gusto, también lo sabe John Waters. Y la escena tampoco lo oculta. No llega a comer todo el excremento, de hecho, tiene arcadas. Admite en ese instante que lo que hace es asqueroso, lo sabe; pero a la vez disfruta, no del excremento, sino del gesto transgresor. ¿Se puede ser vanguardia para siempre? Cuando las vanguardias artísticas probaron el cine, cuando lo utilizaron como herramienta de sus teorías, su trabajo probó ser interesante en el papel, original en su propuesta, pero finalmente de corta duración en el tiempo. Hacer un film vanguardista se volvió más rápidamente cliché que hacer un film clásico. No se puede romper dos veces el mismo marco. Una vez roto, hay que pasar a otra cosa. André Breton dijo: «Toda idea que triunfa marcha hacia su perdición».

Los surrealistas se lamentaban por haber triunfado en lo superficial, pero fracasado en lo esencial. Breton hablaba de las vanguardias, obviamente. Del surrealismo quedó la cáscara, pero no la revolución.  Tan  solo Luis Buñuel, un iconoclasta que vivió bajo sus reglas el resto de su vida, supo esquivar las trampas de la vanguardia convertida en parte del paradigma que combatía. Incluso sus films industriales fueron prueba de eso. En 1974 realizó una de sus obras maestras: El fantasma de la libertad. Entre las muchas absurdas historias que ahí se contaban, una estaba muy cerca de John Waters. En ella, un profesor planteaba un mundo hipotético donde la gente se reunía en las casas para defecar, como un acto social  e iba a un cuarto aparte, en soledad, para comer. Los comedores eran ahora los baños y viceversa. John Waters quiso plantear el mismo cambio, exponer el mismo absurdo, y lo hizo. ¿Pero cómo hacer posible el escándalo después de eso?

Hace unos años, cuando le entregaron el premio a la trayectoria en el Independent Spirit Awards, Waters dio un discurso memorable. Una de las cosas que dijo fue: «Me acusan de haber dejado de ser cineasta underground, de haberme vendido y haberme convertido en cineasta independiente». Waters dejaba en claro que los cineastas independientes no son vanguardia, son otra cosa; y él mismo ha tenido que replantearse su lugar en la historia. Su primer giro fue en los ochentas, cuando pasó de los primeros Films underground a productos conscientemente naïf como Cry Baby, protagonizada por Johnny Depp. Sus ideas habían triunfado. En España, Pepi, Luci y Bom y otras chicas del montón de Pedro Almodóvar mostraba ecos de las mismas búsquedas, de los mismos conceptos. Waters no se reinventó a sí mismo, tan solo se sentó a disfrutar de cómo había cambiado la historia del cine.

Cuando Hairspray se convirtió en un musical y luego en un film donde John Travolta interpretó a la madre de la protagonista, Divine —cuya muerte había ocurrido años atrás— Waters pudo sentir que habían ganado. Alguna vez, Waters se rió al saber que Pink Flamingos se vendía en las cajas de un supermercado. Sin embargo, al ver algunos de sus últimos films, como Serial Mom o A Dirty Shame, queda claro que la pregunta por el arte y el buen gusto sigue en la primera línea de sus inquietudes como artista.