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El Gran Otro | Jueves 14 de Diciembre de 2017

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Juana la Loca, de Pepe Cibrián Campoy

Juana la Loca, de Pepe Cibrián Campoy

Por Raquel Tesone

A Juana la llaman la Loca. A esta Juana la enloquece que no sepan amarla. A esta Juana el amor le duele como le duele su verdad. A esta Juana el tiempo se le escurre de las manos ya que le robaron su tiempo, por no ser una mujer de aquellos tiempos. A esta Juana la carcome por dentro la traición de su amado Felipe, pero también la perfidia de su padre y de su hijo, quienes la condenan al encierro. La recluyen alegando como argumento que es una loca. La intentan hacer callar, enclaustrándola. Y ni aun así la pueden silenciar. ¡Porque esta Juana es la Juana de Pepe Cibrián! Transforma la reclusión en liberación, al punto de darse placer a sí misma sin juzgarse y sin importarle el juicio de los demás. Y a esta Juana la interroga su feminidad y su sexualidad. Sus personajes la trabajan desde dentro, porque esta Juana no es Juana: es todos. Juana es todos a los que Cibrián hace hablar: Juana, la mujer; su madre, la reina Isabel La Católica; su esposo, Felipe el Hermoso; su criada y su nieto Felipe II. Es la portavoz de todos ellos, y es así como Cibrián deja testimonio de la deslealtad que le profieren cada uno de ellos.

Juana se pregunta por qué los deseos sexuales femeninos deberían esconderse y ser vergonzosos, a diferencia de los deseos sexuales masculinos. ¿Por qué Felipe el Hermoso puede entregarse a cuanta mujer desee y lo desee?, y ella, que también esta dotada de belleza, ¿estaría privada de ceder ante los apetitos que despierten en ella todos los hombres que le plazcan?

Juana es loca porque se interroga sobre los mandatos religiosos y sobre los pactos espurios que sostienen el poder monárquico. Tal parece que Juana, reina de Navarra, de Aragón, de Mallorca, de Nápoles, de Sicilia y de Valencia, es una loca peligrosa que pone en jaque la tradición de una sociedad hipócrita. Juana se da el lujo de denunciar y ¡lo hace posicionada desde la mismísima monarquía! Por eso, la condenan al aislamiento. Por atreverse a poner en tela de juicio ese lugar de mujer que le asignan y que se rehúsa a aceptar. No acepta que la reduzcan a ser objeto de los hombres, prefiere pagar el alto costo de más de cuarenta años de reclusión antes que claudicar a que le extirpen su libertad. ¡Vaya paradoja la de Juana! Sentenciar a prisión a Juana es un intento de enclaustrar, vigilar y castigar (al decir de Foucault) a quien no se traga la locura de una sociedad y la vomita. Una sociedad que trata de cercenar a una mujer que desea ser libre. Y por eso, a Juana la llaman la Loca, según la singular visión de Pepe Cibrián.

¿Es loca una mujer que tiene el coraje de interpelar e interpelarse, y de no someterse a los mandatos e imposiciones sociales? ¿Es loca una mujer que no consiente en resignarse a que su sexualidad deba estar vedada como si el placer solo sea exclusivo de los hombres? ¿Es loca una mujer que se rebela frente a la mentira y a la farsa de quien dice amarla, y a la crueldad de los hombres de su entorno?

¿O es que ser mujer es ser loca? ¿Qué es ser loca? ¿Y qué es ser mujer? Esta cuestión, que a Freud lo aquejó hasta su muerte por el misterio que

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la envuelve, sigue haciendo eco en el discurso de Juana. El coraje que esta Juana tiene para poder formularla es su mejor respuesta.

 

Es una mujer, antes que actriz, Patricia Palmer, quien en un reportaje manifiesta identificarse con Juana, y que, quizá por eso mismo, logra hacer impecablemente su papel. Esta mujer puede apropiarse del espacio del escenario como si fuera un claustro sin salida y hacernos creer que Juana está allí, cual librepensadora, entregándonos cada uno de los personajes que se instalan en ella. Es una mujer, Patricia Palmer, quien, a mi gusto y el de otros espectadores, es una de la pocas actrices capaz de recitar poesía y encarnar con su cuerpo el sufrimiento de Juana. Es Patricia Palmer quien logra personificar con una fuerza escénica inigualable a esta Juana, la Loca de Cibrián, la que pena por amor y a la que le punza la traición.

 

Y es un hombre, antes que autor, actor y director, quien

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hace decir a Juana con la melodía de su rima poética, bella y descarnada a la vez, por las crudas verdades que sabe gritar, lo que singulariza a una mujer.

 

Por suerte, es un hombre el que, a través de sus versos y su extraordinaria dirección, reivindica, por medio de Juana, un lugar merecido para las mujeres en el mundo actual.

 

En nombre de todas las mujeres y de todas las locas que luchamos por sostenernos en ese lugar: ¡Gracias, Pepe Cibrián Campoy!