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El Gran Otro | Sabado 29 de Abril de 2017

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Juegos Olímpicos: el deporte como reflejo de tensiones políticas, económicas, sociales y culturales

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Más allá de los intentos por separarlos de otras esferas de la actividad humana y mostrarlos como un espacio idealizado de consenso y armonía entre atletas (y) de diferentes naciones, cada edición de los Juegos Olímpicos se ve marcada por la época política, social, cultural y económica en la que sucede. Detrás de la maqueta de concordancia y alianza de civilizaciones, como el establishment político y económico internacional se esmera en presentarlos, surgen todo tipo de tensiones.

 

Por Maximiliano López

 

Una lectura histórico-política podría aproximarnos más a esta visión de los JJ. OO. como un evento que va más allá del espectáculo deportivo. Como un espacio donde se desarrollan tensiones en las que se ven enfrentados diferentes sistemas y concepciones de vida, a partir de lo cual podemos ver la influencia de la carrera armamentística y el elitismo social liberal en Europa, y conservador en Estados Unidos, a principios del siglo XX, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la supremacía estadounidense en los noventa y el posterior ascenso chino al mainstream mundial en los albores del siglo XXI. Tomando como eje asuntos geopolíticos y de política interior que han logrado repercusión mundial ante la concentración (vía una difusión mediática cada vez más grande) de la opinión pública en los juegos.

 

 

Los JJ. OO. como hecho político en la Antigüedad

Las primeras olimpíadas griegas surgieron de la guerra y los conflictos políticos. Los juegos tenían un carácter elitista, excluyendo mujeres, no-ciudadanos, extranjeros, sirvientes y esclavos. Sólo los atletas varones griegos, dirigentes de la elite política, y espectadores acaudalados asistían a los juegos y tenían acceso a los rituales sagrados al ofrecer sacrificios a los dioses nacionales. De modo muy similar a la actual estructura y orientación, familias y ciudades-Estado griegas con más poder y recursos que el resto tenían mayores ventajas para ganar y declarar su superioridad sobre Estados más pequeños y pobres. Podían permitirse espléndidas estructuras para entrenamiento, mejores instructores, viajes seguros, excelentes equipos, y mejores alimentos y medicinas.

Las ciudades-Estado griegas seleccionaban y entrenaban a los individuos más fuertes, usualmente soldados, para que compitieran en la arena olímpica. Las Olimpíadas originales modelaron habilidades utilizadas en la batalla, como boxeo, lucha y carreras. Los vencedores recibían tremendos honores y premios refinados, mientras los perdedores eran avergonzados y volvían a casa en secreto. Las ciudades-Estado utilizaban a sus atletas para recrear y difundir mitos de sus propios dioses griegos heroicos, su relato.

Las Olimpíadas también expandían la cultura de los Estados y sus vínculos reforzados con la patria.

Roma imperial incorporó muchos elementos de las Olimpíadas helénicas. Marcando la diferencia, los emperadores romanos aumentaron el nivel de exigencia y violencia, hasta el punto de realizar batallas terrestres y navales simuladas. Miles de gladiadores y esclavos luchaban hasta la muerte. Ya que los Juegos Romanos estaban asociados con César, el culto imperial, y reflejaban las depravadas jerarquías políticas y sociales romanas, ya en decadencia, los cristianos —organizados como una comunidad participativa y orientada a la horizontalidad durante la clandestinidad— se negaron a asistir y participar. Los JJ. OO. helénicos/romanos fueron posteriormente proscriptos, categorizados como la caracterización decadente de lo peor del régimen anterior, con el acenso de la Iglesia católica como máxima autoridad política y religiosa.

 

 

Restauración olímpica: las buenas intenciones chocan con las contradicciones de la modernidad (1896-1936)

Hacía 1896, año en que las principales gobiernos europeos acordaron revitalizar la tradición olímpica clásica por medio de la celebración de unos nuevos JJ. OO. en Atenas, Occidente los «resucitó» y estableció un Comité Olímpico Internacional (COI), prooccidental. Aunque el barón Pierre de Coubertin (fundador de los JJ. OO. modernos) esperaba que los juegos fueran un paso adelante en la conquista del sueño de la razón moderna, promoviendo la paz y el sano consenso entre las naciones en un contexto de beligerancia, elitismo liberal-conservador burgués y racismo en ascenso, en cambio reforzaron y transmitieron muchos valores e ideas de naciones altamente complejas e industriales. También sirvieron para reforzar las posiciones de estatus de imperios capitalistas y tecnológicamente avanzados.

Los JJ. OO. de 1904, en St. Louis, reforzaron por antonomasia los ideales prevalecientes del mundo occidental; presentando a los Estados Unidos y su visión civilizatoria expansionista en el mapa de poder mundial y, a la vez, renovando los alicaídos estándares de Occidente, con vistas a encabezarlo en un futuro. Aunque los deportes pueden servir, a veces, de sustituto para la guerra, los ricos monopolistas utilizaron los JJ. OO. y algunas otras competencias atléticas para culturizar a la juventud para la guerra, manteniendo valores que apoyan generalmente el conflicto bélico, como lo son el racismo, el etnocentrismo y la superioridad. No sería la primera vez que sucedería.

Los JJ. OO. realizados durante el principio del siglo XX y el periodo de entreguerras estuvieron caracterizados por un alto grado de tensiones geopolíticas latentes entre países europeos (los JJ. OO. precedentes a la Primera Guerra Mundial), segregación racial (con el paradigmático caso de Berlín 1936) y, para cerrar, la Gran Depresión (Los Ángeles 1932 fue similar a la Atenas 2004 en algunos aspectos, pero sin la bonanza económica que gozaba la capital helénica hace unos años). Conflictos políticos y económicos internacionales, opresión racial institucionalizada en el interior de los países, que serían caldo de cultivo para la Segunda Guerra Mundial y los posteriores cambios geopolíticos.

Las ediciones desarrolladas durante la posguerra no quedarían exentas de la nueva configuración de fuerzas geopolíticas ni de las composiciones sociales y dinámicas culturales generadoras de una nueva estética.

 

 

Las Olimpiadas como extensión de la Guerra Fría (1948-1988)

A través del desarrollo vertiginoso de los medios de comunicación de masas, la competición deportiva multidisciplinaria vio expandir vertiginosamente su popularidad y su recepción alrededor del globo. Las Olimpiadas como evento deportivo mundial comenzaron a ser aceptadas tanto en Oriente como en Occidente.

En la posguerra, dados el transcurso y el resultado de la segunda gran contienda, se comenzaron a producir muchos cambios políticos, económicos y sociales que dieron por sentada una transformación de las relaciones de fuerza mundiales, en la que dos bloques hegemónicos (con los países «no-alineados» en el medio), liderados por Estados Unidos y la URSS, confrontaron «secretamente» en todos los campos de la acción humana. Los JJ. OO. se transforman en un lugar común más de la llamada Guerra Fría (como la carrera espacial y la armamentística)

La pugna entre Estados Unidos y la URSS, incluyendo a sus respectivos aliados, polarizó aun más los JJ. OO., que se convirtieron en una extensión de los conflictos de la Guerra Fría entre el capitalismo y el comunismo. Ambos relatos, amplificados por medios y estructuras propagandísticas afines, anexaron la competencia como otra esfera de acción donde calibrar fuerzas; a ver quién es mejor en el deporte, quién consigue más medallas como contundente símbolo a priori del bienestar social y humano. Cuál de las dos grandes esferas ideológicas estaba a la vanguardia del desarrollo humano según ese espejo de la realidad que es el deporte.

La bipolaridad soviético-estadounidense se extendió entre la década de los cincuenta y la de los ochenta. Las Olimpiadas en esos años discurrieron entre tensiones geopolíticas de gran magnitud que enfrentaban Estados-nación clientes que adherían a un bando u otro. O, en otros casos, los Estados Unidos y la URSS se involucraban directamente (por lobby de sus respectivos complejos militares-industriales) con algún país menor, hostil a sus intereses estratégicos, como el caso de la invasión estadounidense a Vietnam (1965-1975) y la intervención soviética en Afganistán (1978-1992).

En casos como el de la matanza de atletas israelíes en Múnich 1972 o los boicots de Estados Unidos en Moscú 1980 y de la URSS en Los Ángeles 1984, hubo claras extrapolaciones del contexto político, en ese momento, por sobre lo deportivo. La solapada confrontación, intercalada por momentos de alta tensión acompañados de otros caracterizados por una relativa estabilización, se dejó traslucir en una marcada hegemonía bipartita en cuanto al reparto de medallas e influencia alrededor de los distintos enfoques adoptados por los restantes Estados-nación (tanto dentro del mundo capitalista como del «socialismo real», pasando por los países no-alineados: todos con sus contraposiciones subsistémicas internas), en el momento de planificar e implementar, puntualmente, una política del deporte.

 

 

Las Olimpiadas de la posmodernidad (1992-2012)

Los cambios sistémicos sucedidos entre la década de los setenta y principios de los noventa, en el interior de las economías capitalistas y del socialismo real, se tradujeron en transformaciones dentro de las políticas hacia el deporte. Por una parte, la reconfiguración del sistema capitalista provocó un retroceso de la influencia del Estado en la planificación deportiva.

En Estados Unidos, por ejemplo, la principal fuente de financiamiento pasó a ser un ya por entonces gigantesco conglomerado de corporaciones (conformado principalmente como compañías farmacéuticas, deportivas y universidades privadas). A la vez, también se erigieron en planificadores.

Por otro lado, los regímenes del otro lado de la cortina de hierro, sin voluntad ni recursos para diversificar sus economías, se vinieron abajo. La violenta transición hacia el capitalismo neoliberal en esas sociedades se corporizó en una reducción brutal de facultades estatales en la constitución de políticas para el deporte. No obstante, allende el ajuste que provocó el cambio de un sistema al otro, naciones como Rusia y otras del Este europeo, si bien bajaron sensiblemente sus estándares, siguen formando atletas de gran nivel en varias disciplinas. Especialmente, en las que detentan un gran historial.

El llamado fin de la Historia, alimentado por la revolución tecnológica y el ascenso neoconservador en Occidente, así como por la falta de alternativas y una modernización fallida en el bloque socialista, mostró su cara en los JJ. OO. a lo largo de los noventa y parte de la pasada década, con los Estados Unidos como única potencia deportiva. Esta hegemonía estadounidense (que también es la de una forma de concebir el deporte como una esfera dominada por lo privado) recién se vio amenazada en Beijing 2008, donde la poderosa y estrictamente entrenada delegación china, resultado de años de planificación estatal, se ubicó a la cabeza del medallero.

Los JJ. OO. de Londres 2012 parecen repetir el mismo panorama que los anteriores. La tendencia indica una suerte de nueva bipolaridad en un marco de desarrollo capitalista del deporte, aunque con sus respectivas formas de capitalismo. Esta vez, teniendo a China como el principal contendiente de Estados Unidos. Con solo ver el medallero, otra vez se encuentran coincidencias con el estado de las relaciones político-económicas de fuerza nivel mundial, con China ejerciendo una sombra amenazante sobre el poderío estadounidense, luego de dos décadas que, al parecer, fueron tan solo un simple recreo posmoderno.

 

 

Del deporte y el hambre

La política, como elemento intrínseco a los JJ. OO., representa un factor dual para su desarrollo. Es positiva en el sentido de que, gracias a la acción política, existen instituciones nacionales e internacionales que tienen potencial para elevar —generando políticas, infraestructura y proveyendo recursos para el surgimiento de atletas de alto nivel— el grado de competición y calidad deportiva; como generador de oportunidades económicas y culturales y como espacio para las reivindicaciones políticas y sociales (por ejemplo, el reclamo argentino por la soberanía de las islas Malvinas en estos Juegos o los atletas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos que, tras ganar sus respectivas medallas de oro y de plata en México 68, en el momento del himno levantaron sus puños solidariamente con las Panteras Negras, en un contexto de lucha interna contra la represión racial en Estados Unidos).

También tiene una faceta oscura; permite, a menudo, que los medios del poder y el dinero se eleven por sobre la sana competencia o que los gobiernos (sean estos de países organizadores o participantes) utilicen las Olimpiadas como un elemento que solapa realidades sociales y económicas precarias, en crisis del interior de las sociedades que conducen. Ejemplos hay muchos: Los Ángeles 1932 y 1984 (una realizada en plena Gran Depresión y la otra durante los duros años —para la clase trabajadora— de Reagan; ambas, bajo el signo de la segregación racial y económica a través de diferentes rostros); Berlín 1936 (como punta de lanza de la propaganda nazi); México 1968 (llevada a cabo con el trasfondo ineludible de la masacre de Tlatelolco); Atenas 2004 (la organización de los JJ. OO. fue un gran disparador de la trágica recesión griega); Y, bueno, no hay que ir tan lejos: Londres 2012. Unas Olimpiadas que representan la oportunidad dorada de relegitimización para el alicaído gobierno conservador de David Cameron, a poco de las elecciones generales que se realizarán en aquella nación, así como también para la familia real. Que se están llevando a cabo con dinero proveniente de múltiples recortes a la inversión pública en salud, educación, trabajo y desarrollo social.

Más de un think tank neocon habrá visto en estos Juegos la oportunidad de impostar la pax romana sobre una sociedad británica cuyos tejidos y redes comunitarias de protección están destruidos luego de tres décadas de políticas económicas privatizadoras que dejaron entre un 20 y un 30 por ciento de pobreza infantil, y una gran masa de desempleados y empleados precarizados (muchos de ellos, mano de obra temporal en los Juegos, quizás), que conforman un clima social tumultuoso. Los disturbios ocurridos en los barrios de la clase trabajadora londinense y de otras ciudades británicas parece que fueron hace mucho, pero no, fueron hace un año.

A esta altura de la historia, no vamos a caer en una posición maniqueísta, alegando que, por la permanente intromisión del interés político en el trasfondo, las Olimpiadas están sesgadas y desvirtuadas. La política en los JJ. OO, siempre fue una constante. De hecho, la política siempre aparecerá como un elemento omnipresente en los Juegos y las competencias deportivas, ya que son un reflejo de la época. Se pueden apreciar muchos elementos que hacen a la realidad; desde la configuración sistémica de las relaciones internacionales de poder, con sus diferentes hegemonías, hasta la evolución cultural-estética de Occidente y el mundo.

Las Olimpiadas: un extracto de cómo las naciones gobiernan, y los individuos se conducen tanto en la esfera pública como privada. Un espacio en donde se ve la resignificación permanente de cómo la gente, los grupos, organizaciones y las instituciones se articulan y construyen, con los recursos disponibles, diferentes tipos de poder para interrelacionarse e interactuar, incluir y excluir. Se muestra lo mejor y lo peor de los principios económicos y sociales ligados a diferentes sistemas, aplicados en el mundo deportivo. Es un momento simbólico en donde cada sistema —o subsistema— de ideas, aun dentro del capitalismo tardío, y cada cultura filosófica se relacionan, compiten y tensionan con las otras.

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