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El Gran Otro | Sabado 19 de Agosto de 2017

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La cultura, sus márgenes y el caos: historias de artistas marginales

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El misterio de originales artistas que no han querido ser ni siquiera artistas.

Por: Nicolás Romano

Existen, en la historia y en el presente del arte, las más variadas expresiones artísticas. Expresiones que corresponden a diversas culturas, moldeadas por distintos climas, accidentes, decisiones, alimentos, etc. Llevan en su forma la génesis de su adaptación, las marcas del camino recorrido, el resultado de una serie de mutaciones naturales. La cultura tiene un pasado concreto y busca subsistir hacia el futuro, aunque en determinado momento llega a su fin, no sin antes haber dejado una semilla, que se amalgamará con otro sistema similar.

Lo destacable en este caso es una situación en la cual el arte sucede «por fuera» de la cultura, desarrollando un sistema propio. Existen algunos creadores en el campo de las artes visuales que no han ingresado a una cultura determinada. Estos artistas sin época ni territorio pertenecen a la cultura universal del ser humano, y sus imágenes están en contacto con el origen mismo de la creación humana, más que con alguna etapa transitoria, como son una escuela, un movimiento o una tendencia. Muchos han tenido que vivir con la carga de no pertenecer a la sociedad que les tocó, o han vivido extremadamente dentro de sus límites, como fantasmas silenciosos. Se movieron y se siguen moviendo por el margen para mostrarnos que existe un orden distinto allá afuera, un orden de exótica belleza e inimaginable equilibrio que algunos denominan caos.

El arte creado por los artistas marginales ha sido denominado por Jean Dubuffett «Art Brut», y previamente «Outsider Art». Estas etiquetas, como todas, simplifican y agrupan para una rápida comprensión, sin tomar en cuenta las particularidades de cada uno de los artistas que no han podido o querido insertarse en una sociedad que exige comportamientos predecibles y ordenados.

Algunos de estos artistas, pobres y solitarios, han estado encerrados en sanatorios mentales o en prisiones; otros han llevado una vida completamente ensombrecida y rutinaria; ninguno ha tenido formación artística. Pero el arte terminó surgiendo también desde estos lugares poco propicios, e incluso algunos artistas marginales han trascendido el anonimato, con el paso de los años, con la ayuda de ojos consagrados que vieron valor en ellos. Aunque son solo una pequeña parte de tantos otros artistas que se han separado de la sociedad establecida.

Es notable, por ejemplo, el caso de Henry Darger. Lavaplatos en un hospital de Chicago hasta su jubilación en 1963, el descubrimiento de su obra ocurre en 1973, cuando muere, y el dueño de la habitación que alquilaba entra en ella. Encontró allí una novela de 15.145 páginas, ilustrada en tres tomos, una autobiografía (que luego de las primeras páginas se desvía a la historia de un huracán que arrasó una ciudad) y otra novela sin terminar. Todo, junto a un cuaderno con anotaciones tomadas durante 10 años sobre pronósticos del clima desacertados, con un tono de profundo odio hacia el pronosticador.

La novela narra la rebelión iniciada por siete princesas-niñas de la nación cristiana de Abbiennia contra unos esclavizadores de niños llamados Glandelinianos. Las imágenes que ilustran la novela son de estilo acuarelado y naif, aunque intensas y hasta perturbadoras; algunas podrían ser catalogadas como surrealistas por algún observador incauto. Los colores estallan en matices extremos, la concepción y el diseño son extraordinarios, plagados de personajes y paisajes extraídos (por copia, calco o collage) de dibujos de libros para niños y revistas populares. Las composiciones son extremadamente complejas, aunque resueltas con una maestría inédita, llenas de estos personajes, en una situación generalizada (sangrientas batallas, exploraciones al bosque y hasta escenas de tortura masivas). Muchas situaciones, muchos planos, y el ojo recorre toda la obra como lo haría frente a una pintura de Brueghel o El Bosco.

Pueden hacerse diversos análisis en base al comportamiento de Darger, que incluía juntar y acaparar elementos inservibles de la basura, ser extremamente introvertido, ir a la iglesia todos los días durante toda su vida; aparte, claro, de generar una obra de contenido temático inclasificable y personal. Se cree que el sufrimiento que experimentó de pequeño en el orfanato, sumado a un posible autismo o trastorno obsesivo compulsivo, haya generado la particularidad en el carácter y en el arte de Darger; él mismo escribe sobre su pasado doloroso e incluso reflexiona sobre sentirse resentido con el mundo y sobre el suicidio. Darger creaba por las noches, en su pequeño cuarto, un mundo que le resultaba valioso, vital y en el que podía ser tal cual era, en contraposición con las horas de pesadez rutinaria del resto del día.

Otro caso particular es el de Adolf  Wölfli que, a diferencia de Darger, era violento y vivió confinado en un hospital psiquiátrico en Bernal los últimos 35 de sus 66 años de vida. Las obras de Wölfli lucen verdaderamente musicales y laberínticas, y transmiten un genuino horror vacui, vértigo y encierro a la vez. Al dibujar, entraba en un estado concentración que lo mantenía apaciguado, sin ánimo de golpear a los empleados del hospital, como acostumbraba.

Exactamente lo mismo sucedía con el célebre preso inglés Michael Gordon Peterson, más conocido como «Charles Bronson», portador de una violencia extrema que encontraba su alivio en los momentos de crear dibujos caricaturescos y aniñados en su forma pero de temática visceral.

Según escribe el psiquiatra de Wolfli, cuando le pedían que explicara alguna obra, él comenzaba a hacer sonar su trompeta hecha de papel. No es del todo incomprensible esta relación entre música e imagen: Wölfli sufría una aguda sinestesia (aparte de alucinaciones vivaces y psicosis) y realmente podía oír sus dibujos: cuando dibujaba, era la música en su cabeza lo que intentaba mostrar. Hay incluso obras de Wölfli con anotaciones abstractas de aspecto similar a la notación musical, con pentagrama, figuras y notas, aunque con un código propio, sin posibilidad de interpretación académica clara y precisa (a pesar de que varios compositores intentaron «traducir» la particular notación).

Aunque se diferencia del resto de los casos citados, por poseer formación artística, el caso de Richard Dadd es relevante para mostrar un lado más del art brut. Poseía una técnica pictórica sublime, que le permitió ejercer el oficio. De hecho, en un viaje realizado por un pedido de ilustraciones, en Medio Oriente, enfermó, y al regresar a Londres padeció trastornos esquizofrénicos y de grave bipolaridad que lo llevaron, unos años después, al extremo de asesinar a su padre. Estuvo confinado los últimos 20 años de su vida, hasta su muerte en 1886. El motivo de sus trabajos está relacionado con lo fantástico y la mitología. Pero, sobre todo, resulta inquietante observar la pintura que realizó durante los últimos 10 años de su vida «The Fairy Feller’s Master-Stroke» (El golpe maestro del duende leñador). Esta pintura de obsesivo detalle y definición muestra una escena, situada en el claro de un bosque, con miles de seres extraordinarios y una tupida vegetación.

El miedo al vacío (horro vacui) puede percibirse en muchas obras. En la pintura de Dadd, el elemento obsesivo se suma a una calidad artística alcanzada en épocas en que no era necesaria su internación ni sufría brotes violentos o impulsos asesinos. El artista psicótico necesita utilizar cada milímetro del soporte con un método o sistema creado desde lo más profundo de su ser; incluso, como Wölfli, prescindiendo de una explicación, sea plástica o temática. Se dice que la naturaleza detesta el vacío, y en esa misma sintonía el artista se ve obligado a llevar su expresión a todos los espacios del soporte.

Es interesante, si se observan las obras de manera cronológica, notar la evolución del sistema intrínseco de cada artista marginal. Darger escribía incluso sobre su técnica. Con su método, en esencia naif, pero que llevó hasta los límites, generó composiciones caóticas pero funcionales y naturales. El rigor y la persistencia de un adulto se mezclan, en el arte brut, con la soltura y la inspiración propia de los niños, a diferencia del resto de las personas, en las cuales este lazo interno se va desgastando con el aprendizaje de los componentes culturales.

En los casos de Wölfli y Darger, el resultado es asombroso, ya que recorrieron un camino plástico absolutamente solos, no fueron continuadores de una tradición, más allá de la humana, la arquetípica: el arte de los niños, el arte folclórico decorativo, el arte rupestre.

Otros artistas de características similares, aunque lejos del plano bidimensional, han sido Ferdinand Cheval, Nek Chand y James Hampton. Los tres han llevado una labor de años para construir un único conjunto de obras de arte. Cheval realizó un palacio de piedra en un terreno junto a su casa, con distintas rocas que juntaba en su día rutinario, trabajando como cartero. Luego de verse impedido, por las leyes de Francia, de concretar su deseo de ser enterrado bajo su obra, Ferdinand construyó, con similar método, un mausoleo en el cementerio de Hauterives.

Algo parecido realizó el artista indio Nek Chand: sus obras, realizadas con material de desecho, son un conjunto de esculturas realizadas en las afueras de Chandigarh (casualmente comenzadas a construir mientras Le Corbusier planeaba la ciudad propiamente dicha). Actualmente el parque es conocido como Rock Garden.

Hempton, por su parte, usó materiales de desecho para construir un conjunto de piezas de arte religioso. Un total de 180 reliquias, todas de aspecto dorado o plateado, a causa del recubrimiento de papel de aluminio y papel dorado de las golosinas.

El arte marginal ha sido, en cierta medida, incorporado al arte oficial, aunque otorgándole el rol de elemento exótico e inspirador. Como sucedió, por ejemplo, con el arte africano durante la época de las vanguardias, en donde se lo admiró pero luego de un tiempo se lo relegó a un lugar disecado, frío. No se lo incorporó como a una cultura paralela, realmente viva y en pleno crecimiento. Valorar el arte marginal desde esta perspectiva solo alimenta un concepto tipo anti-arte, asimilado y explorado por los creadores del arte oficial.

El logro del arte marginal (no reconocido masivamente desde el arte oficial) es haber logrado fundir la vida misma con la creación artística, incluso desde la posición de extrema fragilidad, y funcionando, de hecho, como una misteriosa curación para sus creadores.

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