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El Gran Otro | Viernes 26 de Mayo de 2017

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La Guerra Fría continúa

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Estados Unidos se enfrenta a Rusia como en la Guerra Fría contra la Unión Soviética.

Se ha instalado como verdad evidente que la implosión de la Unión Soviética determinó el fin del sistema de la Guerra Fría. Sin embargo, la política de Estados Unidos y sus aliados frente a la Federación Rusa (heredera de la URSS) parece desmentir esa aseveración

Por Norberto R. Méndez

Es cierto que la economía capitalista hoy comprende a casi la totalidad de los países del mundo, incluso la Federación Rusa, por lo cual no existirían razones para la persistencia de un enfrentamiento entre Rusia y Estados Unidos. En el campo de la seguridad mundial, las políticas globales frente al terrorismo impulsadas por Estados Unidos también son practicadas por Rusia, especialmente en su combate contra el llamado terrorismo islámico en lugares como Chechnya o Daghestan. La cooperación entre los dos países en este tema se expresa asimismo en el intercambio de información acerca de movimientos islamistas.

Pero Estados Unidos no ha abandonado sus designios de ser la única potencia mundial y por ello considera a Rusia como un competidor, e incluso una amenaza, por ser este país el de mayor superficie en el mundo, reservorio de inmensas riquezas naturales. Por eso no trata a Rusia como al Reino Unido, Alemania o Francia, que también supieron ser grandes potencias. Ocurre que Estados Unidos sigue viendo a Rusia como a la URSS, como un Estado que simplemente ha cambiado su régimen político pero no sus ambiciones de gran potencia. Washington está convencido de que estamos viviendo la era de la Pax Americana y no tolera ningún país al que suponga opositor a su destino manifiesto.

Es importante recordar los elementos principales que constituyeron el sistema de la Guerra Fría y luego utilizar la variable continuidad-cambio para verificar si se cumple la hipótesis de la permanencia del peligro ruso según la visión de Estados Unidos.

El sistema de la Guerra Fría estaba físicamente vertebrado por la frontera de la «cortina de hierro», expresión popularizada por Winston Churchill en 1946; Churchill afirmó que una cortina de hierro había caído sobre Europa desde Stettin (Polonia), en el mar Báltico, hasta Trieste (Italia), en el Adriático. Al oeste de ese límite, se alineaban los países aliados de Estados Unidos, y al este, la URSS y sus asociados. En realidad, la división no sólo era europea, sino que se extendía por todo el mundo y, de ser una denominación geográfica, pasó a constituir un concepto ideológico cultural.

Para la caracterización de pertenencia a uno u otro bloque, no importaba demasiado si Checoslovaquia o Hungría se encontraran geográficamente en Europa central, porque eran considerados países orientales por su orientación y alineamiento con la URSS, y de igual manera se veía como pertenecientes a Occidente a países cuyas capitales se encontraran al este de la Cortina, como el caso de Viena, capital de Austria, situada al este de Praga, capital de la Checoslovaquia comunista. Estos conglomerados occidentales y orientales se configuraron como antagonismos totales, con diferentes sistemas de vida, expresados asimismo como lucha de clases enteras, contradicciones irreductibles que se forjaron en torno de dos polos que rivalizaban en el campo ideológico, militar y económico-social.

Ideológicamente, la URSS, los países de Europa oriental, Cuba, China y otros asiáticos estaban encuadrados por un régimen político socialista, mientras que su contendiente occidental hacía gala de congregar a países democráticos liberales de los cinco continentes.

A nivel económico-social, los países occidentales se regían por el capitalismo de mercado, y los orientales, por la economía socialista estatal planificada. Ambos formaron uniones económicas, como el Mercado Común Europeo en Occidente y el COMECON o CAEM (Consejo de Asistencia Económica Mutua) en el sector socialista. Pero en el campo militar se formarán los agrupamientos donde se pondrá en juego el riesgo de convertir la guerra fría en caliente.

Estados Unidos y Europa occidental se unirán en la alianza militar OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), y frente a ésta la URSS y los Estados socialistas europeos constituirán el llamado Pacto de Varsovia (formalmente se denominó Tratado de Amistad, Colaboración y Asistencia Mutua). Pero, además de la OTAN, Estados Unidos establecería un verdadero cerco a la URSS y China, con un cinturón de alianzas militares con países asiáticos. Así se crearán la CENTO (sigla en inglés del Organización del Tratado Central Oriental), integradas por Estados Unidos, Gran Bretaña, Irak, Irán, Pakistán y Turquía, y la SEATO (más conocida por esta sigla en inglés de la Organización del Tratado del Sudeste Asiático), que comprendía a Australia, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Gran Bretaña, Nueva Zelanda, Pakistán y Tailandia, países que contribuyeron en mayor o menor grado en la guerra de Vietnam, que encendió a toda Indochina por ganar las mentes y los corazones (en la jerga norteamericana) de los débiles países que pudieran caer en las garras del comunismo internacional fogoneado por China y la Unión Soviética.

Si bien la propaganda norteamericana de la época más «caliente» de la Guerra Fría consideraba a la URSS como una potencia expansionista que buscaba imponer el comunismo por la fuerza en todo el mundo, la realidad verificable mostraba al mundo socialista a la defensiva, rodeado por un complejo cordón de bases militares occidentales. Mientras Estados Unidos encaraba la disputa desde un punto de vista fundamentalmente militar, con la intención directa del aniquilamiento del otro, la URSS contestaba principalmente desde lo ideológico, fomentando fuerzas políticas afines, con el objetivo de subvertir las bases mismas de la legitimidad del orden capitalista-imperialista, según el léxico del ideario marxista presentado como camino inexorable del desarrollo histórico. Paradójicamente, la capacidad nuclear de ambas grandes potencias implicaba la mutua autodestrucción, y por ello su inaplicabilidad logrará un resultado impensado, que fue la estabilidad y la paz de Europa durante casi cincuenta años. Esto fue posible gracias al cumplimiento de ciertas reglas no escritas, que descartaron al continente europeo como campo de batalla.

Pero, actualmente, a pesar de la desaparición de la URSS y de la intimidación comunista, Estados Unidos, triunfador indubitable de la pelea «por abandono» del adversario, ha aprovechado su ventaja ejerciendo una presión aun mayor sobre la Federación Rusa, la nación supérstite del imperio soviético. Esta Rusia no sólo ha perdido su estatus de enemigo número uno de Occidente, sino que incluso ha quedado reducido su espacio territorial con respecto al que se incluía en la ex-URSS. Pero la postura anti-rusa de Estados Unidos nos permite afirmar que la Guerra Fría continúa.

Vemos entonces que existe una continuidad en cuanto a la oposición Estados Unidos-Rusia, pero con diversos cambios en las formas en que se manifiesta. La Guerra Fría continúa principalmente en el campo militar: la OTAN, creada para defender a Europa de una posible invasión soviética, no fue disuelta al desaparecer el motivo de su creación, sino que ha crecido en su alcance de actuación, y en la cantidad de miembros, ya que ha incorporado prácticamente a toda Europa, incluyendo no sólo a los países ex-socialistas, anteriormente ligados a la URSS, sino a países que antes eran repúblicas de la Unión Soviética. Por otro lado, el Pacto de Varsovia ya no existe, y su anulación es una admisión de su extemporaneidad, cuestión que desconoce una OTAN reforzada que no sólo subsiste sino que crece. Tanto que la nueva OTAN ha creado nuevos organismos de asociación para miembros no-plenos, que incluyen a la misma Rusia, aunque con ello desnuda sus intenciones, ya que Rusia no es miembro pleno, con lo cual también queda al descubierto que la ampliación del radio de acción de la primigenia Alianza Atlántica a todo el mundo, en defensa de la seguridad de la democracia de sus miembros, está restringida por intereses ideológicos y geopolíticos inconfesables.

Cómo explicar el escudo misilístico que rodea a la Federación Rusa que Estados Unidos ha instalado en Europa oriental con la excusa de prevenir ataques de Irán…, país al cual puede golpear Estados Unidos desde cualquiera de las bases que mantiene cerca del territorio iraní, y también desde sus flotas esparcidas por todo el mundo, entre ellas las que patrullan el Golfo Pérsico.

¿Por qué necesita Estados Unidos instalar bases militares de gran envergadura en países cercanos a la Federación Rusa, como Polonia, Rumania y Bulgaria? Estados Unidos también ha implantado bases militares o utiliza instalaciones militares en países otrora pertenecientes a la URSS, como Azerbaiyán, Georgia, Kirguizistán, Turkmenistán, Uzbekistán. O sea, el anillo militar que envuelve a la Federación Rusa y a los países que Estados Unidos considera dañinos, como Afganistán, China, Corea del Norte, Irak, Irán, ha crecido como nunca en los años posteriores a la desaparición del mundo de la Guerra Fría. Estados Unidos mantiene hoy bases militares en cuarenta países, y centros «secretos» de tortura en una decena. La superioridad militar norteamericana se ha decuplicado desde el fin (sic) de la Guerra Fría.

Hoy la Guerra Fría continúa contra Rusia y toda entidad del planeta que Estados Unidos considera potencial enemiga o contraria a sus intereses, con el argumento de la defensa de la democracia y el derecho humanitario. Pero el teatro de operaciones ha pasado a ser el mundo entero, y las guerras preventivas, como han sufrido Afganistán, Irak o Libia, son prueba fehaciente de lo fácil que resulta pasar de guerra fría a caliente. Es ésta la nueva amenaza que se cierne sobre todo el globo.

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