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El Gran Otro | Domingo 30 de Abril de 2017

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La incapacidad de disfrutar de la naturaleza

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Por Walter Raymond

 

Los turistas odian las playas. Sin embargo, concurren a ellas con la excusa de gozar del mar y las dunas. Pero al llegar se atrincheran detrás de los objetos de su vida moderna. ¿Para qué van?

El suave oleaje es apenas un murmullo. El mar se desliza sobre la fina arena de la orilla. Se esfuerza vanamente una y otra vez, como si intentara mojar los pies de los veraneantes sentados en cómodas reposeras bajo coloridas sombrillas. Estos hablan, comparten mate, juegos, sándwiches y bebidas frescas provenientes de heladeras portátiles.

Algunos turistas, recostados sobre lonas, leen libros o revistas sin mirar el mar. Otros prefieren cerrar sus ojos y subir el volumen de sus auriculares. Los mayores optan por la letanía de una radio que nadie entiende ni escucha. A veces, el estrepitoso y cercano paso de vehículos todo terreno los inquieta, pero nada dicen. Poco a poco, la playa se va cubriendo de sombrillas, lonas, camionetas, gritos y pelotas perdidas. El murmullo crece, se pierde el horizonte, y ya nadie recuerda por qué ha venido a la incomodidad del mar. Bienvenidos a una playa argentina.

 

Te amo, te odio, dame más

Las promociones de agencias de viajes y operadores turísticos muestran atractivas imágenes de playas desiertas, dunas doradas y ambientes naturales. La mayoría de los turistas elige su lugar de vacaciones por estos atributos, pero su decisión responde más a la fantasía que a una convicción.

Asumen que, en realidad, no pueden disfrutar de la simpleza de la naturaleza y perciben los ambientes naturales como agresivos e incómodos. Procuran entonces crear un entorno mínimo de comodidad con elementos provenientes de su vida cotidiana. Apenas ponen un pie en la playa, su objetivo pasa a ser sobrellevar de la mejor manera posible la incomodidad de estar allí. De aquellas intenciones de disfrutar de un entorno natural, nadie se acuerda. Las playas y las dunas soñadas pasan a ser meros elementos decorativos de camionetas, parlantes y barcitos que expenden bebidas frescas.

Hasta aquí, solo la descripción de un estilo de turismo. Muy respetable, por cierto, y con todos los derechos para disfrutarlo o sufrirlo a su manera. Lo que importa al conjunto de la sociedad son sus consecuencias negativas.

Ese turismo que recela de la naturaleza impone la necesidad de modificar severamente el entorno natural para adecuarlo a sus requerimientos. Se construyen escolleras, ramblas y caminos donde ayer había una costa sana. Para asegurar habitabilidad a los turistas, se destruyen médanos y se siembran especies exóticas. Resulta paradójico que, dentro de un entorno natural, se pretenda evitar el contacto con la naturaleza.

La infraestructura inicial alienta la concurrencia de nuevos y mayores contingentes que, a su vez, imponen nuevas obras, mayor ocupación de espacios naturales y la consiguiente degradación ambiental. La consecuencia de esta espiral descendente es desastrosa para el ambiente y la economía del lugar. La brutal transformación del paisaje hace que el mismo turismo, que ayer exigía la «humanización» del entorno, ahora, agobiado por la artificialidad de ese mismo entorno, busque nuevas playas abiertas, naturales y solitarias para colonizar. Detrás de su partida, queda un lugar decadente, inserto en una naturaleza muerta.

El doctor José Roberto Dadón, junto con destacados investigadores argentinos, ha señalado en su trabajo «El impacto del turismo sobre los recursos naturales de la costa bonaerense argentina«: «El cambio de playas naturales a playas urbanas ha afectado fuertemente al patrimonio físico y paisajístico del noreste bonaerense debido al deterioro, la fragmentación y la pérdida de hábitats, y a la introducción intencional de especies foráneas. La forestación de grandes áreas para consolidar el terreno y la urbanización han reducido los hábitats naturales y fragmentado fuertemente el paisaje».

 

No todo es (ni fue) dorado bajo el sol

La historia del turismo costero argentino demuestra que se ha actuado de manera espasmódica e irreflexiva. Creció al influjo de los cambios económicos y sociales del país, y también de modas y estilos europeos. Nadie se ocupó de estudiar a fondo las características de la costa argentina. En consecuencia, las modificaciones que se realizaron al ambiente fueron mal instrumentadas y con la exclusiva finalidad de lograr objetivos económicos a corto y mediano plazo. Consideraciones de equilibrio ambiental y proyección futura nunca fueron «detalles» a tener en cuenta por los inversores.

La conquista y la modificación de la costa bonaerense comenzaron a fines del siglo XIX, a manos de una pequeña elite de familias acomodadas. Entonces el número de veraneantes era escaso pero con un gran poder económico, como para transformar el paisaje a su voluntad. Las primeras poblaciones, incluyendo Mar del Plata, provienen de aquella época. A partir de 1930, la presencia humana se incrementó, y los daños también, a impulsos del llamado «turismo populista», que exigía más infraestructura. La gente iba a la arena pero no quería pisarla.

A partir de 1940, con el surgimiento del turismo de masas, la situación ambiental se fue volviendo cada vez más dramática. La industrialización del país y la movilidad social, junto con la falta de criterios ecológicos, ambientales y urbanísticos, generaron una sucesión de errores y crímenes contra la naturaleza que hoy estamos pagando.

Se han construido ramblas y escolleras al estilo europeo, sin considerar que la costa argentina tiene una conformación diferente y necesita sustentarse en amplios arenales y médanos para mantenerse sana. Las consecuencias, en pocos años, han sido la degradación acelerada y acortamiento de las playas. Hoy varios balnearios, famosos en aquella época, ya hace años que ingresaron en la decadencia y el abandono. Casi nadie se acuerda de ellos; menos, los turistas que lo modificaron a su imagen y semejanza.

Se forestaron enormes extensiones de dunas para favorecer la habitabilidad que exigía el nuevo turismo, limitando de esta manera la normal regulación de arena entre la tierra y el mar. Hoy la arena ha sido fijada, y las playas simplemente se mueren. Las construcciones han avanzado sobre la orilla, en muchos casos de manera grotesca, acelerando la degradación costera y arrojando sombra sobre la playa. Todo se ha hecho y se sigue haciendo en nombre de un progreso que nadie percibe y mucho menos disfruta. ¿Acaso más cemento, ruido y áreas privadas son sinónimo de progreso y desarrollo?

En ningún caso se estudió y consideró la costa como una entidad en constante movimiento. No se la respetó, y el resultado es que hoy ya casi no queda nada de aquella costa original. El volumen de fondos públicos que deben destinar anualmente los distintos municipios de la costa, solo para intentar morigerar apenas la erosión, es enorme. De la naturaleza ya casi ni se habla. Se prefiere promocionar lo único que florece: casinos, hoteles, condominios, calles peatonales iluminadas, ramblas y espectáculos.

 

Eco-errores

Bajo la premisa del turismo sustentable y el eco-turismo, también se cometen crímenes contra los espacios naturales. Se disfrazan de emprendimientos ecológicos o «verdes» crímenes similares a los que estimulaba el turismo de masas. Condominios, hoteles y otros emprendimientos turísticos intentan justificar la feroz nivelación de dunas, tala y remoción del bosques nativos, y hasta la modificación de cursos de arroyos o el desecado de lagunas, como proyecto ecoturístico o sustentable.

La apropiación del espacio público también forma parte de esas malas prácticas. Este tipo de emprendimientos necesita de espacios verdes amplios y de buen paisaje. Ya casi no quedan en la costa, por lo que los espacios fiscales se han transformado en objetivos a conquistar. Diversas maniobras legales, o de las otras, son llevadas a cabo para apropiarse de los espacios públicos para emprendimientos privados. Una estrategia que se reitera en la costa es la política del hecho consumado. Un día aparecen máquinas, nivelan, alambran y construyen. Después, buenos abogados saben dilatar u obturar la acción del Estado.

 

Al rescate de las playas argentinas

Como en todo naufragio, siempre es posible intentar el rescate de lo que queda y se pueda. Es la situación de las actuales playas bonaerenses. Ya casi ha desaparecido aquella asombrosa geografía de arenales desde Punta Rasa hasta las cercanías de Bahía Blanca. Quedan pequeños relictos en Coronel Dorrego: las dunas del sudeste. Se impone proteger la totalidad de ese paisaje desde el balneario Marisol hasta Sauce Grande. Pero el Estado provincial aún duda. El resto de las áreas bajo protección necesita de una urgente y clara política de recuperación, eficaz y a largo plazo. En las áreas deterioradas, se imponen una planificación urbana y un control costero.

 

Conclusión

Los ecosistemas y los paisajes costeros brindan interesantes y beneficiosos servicios a la sociedad. El turismo de playa es una práctica social y una actividad económica que requiere paisajes naturales a modo de materia prima, para poder satisfacer las necesidades humanas de ocio y recreación. Como toda actividad humana, genera una serie de impactos negativos sobre el paisaje y la naturaleza costera, que deben ser considerados y minimizados. Todos los estilos de turismo pueden convivir, siempre que respeten la naturaleza costera. De lo contrario, habrá que conformarse con mirar las antiguas fotografías.