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El Gran Otro | Sabado 19 de Agosto de 2017

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La trágica comicidad del fracaso

La trágica comicidad del fracaso

Por: Ludmila Barbero.

Antes del estreno de Mateo, Roberto Carnaghi nos habla de su trabajo en la pieza.

La obra, escrita en 1923 por Armando Discépolo, se presenta a partir del 23 de octubre en el Teatro Nacional Cervantes, con la dirección de Guillermo Cacace y un elenco encabezado por Roberto Carnaghi, Rita Cortese y Mario Alarcón.

El entrevistado representa a Miguel, un cochero italiano que vive con su familia al borde de la miseria en el momento en que aparece el automóvil y, para sobrevivir, ingresa en la criminalidad.

 

[showtime]

 

¿Cómo construiste el personaje de Miguel?

Lo voy construyendo en los ensayos. Leo la obra varias veces; no me quiero hacer tampoco una idea muy clara, sino ver cómo resuena en mí la música, la letra de la obra. Luego trabajo con mis compañeros y con el director. Yo puedo tener una idea de determinadas escenas, el director tiene otras y lo vamos modificando. Por supuesto, sí tengo una idea de quién es: un tano que ha venido acá con su familia, una familia desunida. Armando habla de los fracasados, los que no han podido concretar estos pequeños sueños: no el de hacerse millonario, sino el de tener el pan. Lo que hago es preguntarme de qué manera veo esto en esta sociedad, que margina a la gente que no tiene trabajo.

Trato de sentirme parte de esa situación, y en la medida en que lo consiga voy a conseguir el personaje.

¿Te parece que la tragedia de Miguel y de su familia es similar a la que vivieron tus antepasados?

Claro, cuando Armando escribió Mateo, la familia tenía una connotación totalmente distinta a la que tiene hoy, donde hay un 60-70 % de divorciados. En la obra, el trabajo del padre es muy importante. Miguel continúa con el trabajo de su padre y un día se encuentra con que ya no hay más; pero está la familia. Eso es algo que yo viví cuando era chico. Era una familia obrera, mi padre era carpintero. El tema de las ilusiones, de tantas cosas que no se concretaron y cosas que yo no cumplí, como los sueños de mi papá.

Pero cumpliste los tuyos…

Exactamente. [Risas]

También aparece el personaje de Chichilo, que tiene la ilusión de salir de la miseria a través del boxeo…

Sí, Chichilo es un hijo con problemas… Esta obra tiene una connotación totalmente actual: una sociedad que descalifica a determinada gente y que no entiende que no es que sean vagos, sino que no se es feliz haciendo determinado trabajo —como el de cartonero, por ejemplo—. En definitiva, la miseria y la desunión de la familia generan una violencia interna y, por supuesto, externa.

En la obra, esto pone a los personajes en una situación en la que parece que la única alternativa es la ilegalidad…
Claro, Miguel es un hombre que no se permite eso para nada. Pero llega un momento en que se ve empujado a eso. Hay un tango, que fue prohibido por los militares, que dice: «Salió a robar, un vidrio roto, tal cosa, tal otra, la cárcel, por un cacho más de pan» [se refiere al tango Pan (1932) con letra de Celedonio Flores y música de Eduardo Pereyra]. Es de la década del 30. Ya en el 23 existía esto.

Con respecto a las diferencias generacionales que aparecen en la obra, ¿no podemos encontrar algo bastante similar en la actualidad?
Por supuesto. Hoy creo que más que nunca, aunque con una gran diferencia: en esa época el padre era el pilar y el hijo no se atrevía a contestarle. Yo creo que hoy hay más diálogo. Además, ya no es la misma familia de antes. Actualmente existe un porcentaje muy grande de separados, en la Argentina y en el mundo. Esos hijos están perdidos: los cuidan las abuelas, las empleadas, no están ni con el padre ni con la madre. La separación soluciona el problema de la pareja, pero no el de los hijos. Estamos construyendo un mundo de chicos muy desamparados.

Hay una ética del trabajo muy fuerte en la obra, pero al mismo tiempo es un trabajo que parece que genera solamente desilusión, ¿no?
Exacto. Desilusión, amargura. Y él tampoco se adecua. Ya está constituido de una manera y no se permite el cambio. El automóvil le «comió» el trabajo, lo echó a la calle. Él ya no puede manejar. Es similar a lo que le ocurre hoy a un tipo grande con una computadora: ¿cómo la maneja?, si para poder tener trabajo, tiene que manejar una computadora, la odia. [Sonríe] El mundo cambia cada vez más rápido. Pasaron cinco años, no hablemos de diez, y ya es otra generación.

Bueno, a mí me pasa eso con mis primos, que son de una generación posterior, y para mí son alienígenas casi…
[Risas] No ocurría eso antes. Había diferencias, pero no tantas. Yo una vez enfrenté a mi padre, por ejemplo, para fumar. No se podía fumar delante del padre: «¿Cómo fumás? Tengo dieciocho años, papá». Ponerse los pantalones largos también era un tema: había que usar pantalones cortos. Vos eras adolescente a partir de los pantalones. Hasta ese momento eras chico y tenías unos pelos terribles. La vergüenza que uno pasaba… Pero bueno, esto no ocurre hoy. Es otro mundo.

 

Mateo, Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815. Jueves, viernes y sábados a las 21, domingos a las 20.30. Entrada $40.

Por: Ludmila BarberoPor: Ludmila Barbero.

Antes del estreno de Mateo, Roberto Carnaghi nos habla de su trabajo en la pieza.

La obra, escrita en 1923 por Armando Discépolo, se presenta a partir del 23 de octubre en el Teatro Nacional Cervantes, con la dirección de Guillermo Cacace y un elenco encabezado por Roberto Carnaghi, Rita Cortese y Mario Alarcón.
El entrevistado representa a Miguel, un cochero italiano que vive con su familia al borde de la miseria en el momento en que aparece el automóvil y, para sobrevivir, ingresa en la criminalidad.

[showtime]

¿Cómo construiste el personaje de Miguel?
Lo voy construyendo en los ensayos. Leo la obra varias veces; no me quiero hacer tampoco una idea muy clara, sino ver cómo resuena en mí la música, la letra de la obra. Luego trabajo con mis compañeros y con el director. Yo puedo tener una idea de determinadas escenas, el director tiene otras y lo vamos modificando. Por supuesto, sí tengo una idea de quién es: un tano que ha venido acá con su familia, una familia desunida. Armando habla de los fracasados, los que no han podido concretar estos pequeños sueños: no el de hacerse millonario, sino el de tener el pan. Lo que hago es preguntarme de qué manera veo esto en esta sociedad, que margina a la gente que no tiene trabajo. Trato de sentirme parte de esa situación, y en la medida en que lo consiga voy a conseguir el personaje.

¿Te parece que la tragedia de Miguel y de su familia es similar a la que vivieron tus antepasados?
Claro, cuando Armando escribió Mateo, la familia tenía una connotación totalmente distinta a la que tiene hoy, donde hay un 60-70 % de divorciados. En la obra, el trabajo del padre es muy importante. Miguel continúa con el trabajo de su padre y un día se encuentra con que ya no hay más; pero está la familia. Eso es algo que yo viví cuando era chico. Era una familia obrera, mi padre era carpintero. El tema de las ilusiones, de tantas cosas que no se concretaron y cosas que yo no cumplí, como los sueños de mi papá.

Pero cumpliste los tuyos…
Exactamente. [Risas] También aparece el personaje de Chichilo, que tiene la ilusión de salir de la miseria a través del boxeo…
Sí, Chichilo es un hijo con problemas… Esta obra tiene una connotación totalmente actual: una sociedad que descalifica a determinada gente y que no entiende que no es que sean vagos, sino que no se es feliz haciendo determinado trabajo —como el de cartonero, por ejemplo—. En definitiva, la miseria y la desunión de la familia generan una violencia interna y, por supuesto, externa.

En la obra, esto pone a los personajes en una situación en la que parece que la única alternativa es la ilegalidad…
Claro, Miguel es un hombre que no se permite eso para nada. Pero llega un momento en que se ve empujado a eso. Hay un tango, que fue prohibido por los militares, que dice: «Salió a robar, un vidrio roto, tal cosa, tal otra, la cárcel, por un cacho más de pan» [se refiere al tango Pan (1932) con letra de Celedonio Flores y música de Eduardo Pereyra]. Es de la década del 30. Ya en el 23 existía esto.

Con respecto a las diferencias generacionales que aparecen en la obra, ¿no podemos encontrar algo bastante similar en la actualidad?
Por supuesto. Hoy creo que más que nunca, aunque con una gran diferencia: en esa época el padre era el pilar y el hijo no se atrevía a contestarle. Yo creo que hoy hay más diálogo. Además, ya no es la misma familia de antes. Actualmente existe un porcentaje muy grande de separados, en la Argentina y en el mundo. Esos hijos están perdidos: los cuidan las abuelas, las empleadas, no están ni con el padre ni con la madre. La separación soluciona el problema de la pareja, pero no el de los hijos. Estamos construyendo un mundo de chicos muy desamparados.

Hay una ética del trabajo muy fuerte en la obra, pero al mismo tiempo es un trabajo que parece que genera solamente desilusión, ¿no?
Exacto. Desilusión, amargura. Y él tampoco se adecua. Ya está constituido de una manera y no se permite el cambio. El automóvil le «comió» el trabajo, lo echó a la calle. Él ya no puede manejar. Es similar a lo que le ocurre hoy a un tipo grande con una computadora: ¿cómo la maneja?, si para poder tener trabajo, tiene que manejar una computadora, la odia. [Sonríe] El mundo cambia cada vez más rápido. Pasaron cinco años, no hablemos de diez, y ya es otra generación.

Bueno, a mí me pasa eso con mis primos, que son de una generación posterior, y para mí son alienígenas casi…
[Risas] No ocurría eso antes. Había diferencias, pero no tantas. Yo una vez enfrenté a mi padre, por ejemplo, para fumar. No se podía fumar delante del padre: «¿Cómo fumás? Tengo dieciocho años, papá». Ponerse los pantalones largos también era un tema: había que usar pantalones cortos. Vos eras adolescente a partir de los pantalones. Hasta ese momento eras chico y tenías unos pelos terribles. La vergüenza que uno pasaba… Pero bueno, esto no ocurre hoy. Es otro mundo.

Mateo, Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815. Jueves, viernes y sábados a las 21, domingos a las 20.30. Entrada $40.

Por: Ludmila BarberoPor: Ludmila Barbero.

Antes del estreno de Mateo, Roberto Carnaghi nos habla de su trabajo en la pieza.

La obra, escrita en 1923 por Armando Discépolo, se presenta a partir del 23 de octubre en el Teatro Nacional Cervantes, con la dirección de Guillermo Cacace y un elenco encabezado por Roberto Carnaghi, Rita Cortese y Mario Alarcón.
El entrevistado representa a Miguel, un cochero italiano que vive con su familia al borde de la miseria en el momento en que aparece el automóvil y, para sobrevivir, ingresa en la criminalidad.

[showtime]

¿Cómo construiste el personaje de Miguel?
Lo voy construyendo en los ensayos. Leo la obra varias veces; no me quiero hacer tampoco una idea muy clara, sino ver cómo resuena en mí la música, la letra de la obra. Luego trabajo con mis compañeros y con el director. Yo puedo tener una idea de determinadas escenas, el director tiene otras y lo vamos modificando. Por supuesto, sí tengo una idea de quién es: un tano que ha venido acá con su familia, una familia desunida. Armando habla de los fracasados, los que no han podido concretar estos pequeños sueños: no el de hacerse millonario, sino el de tener el pan. Lo que hago es preguntarme de qué manera veo esto en esta sociedad, que margina a la gente que no tiene trabajo. Trato de sentirme parte de esa situación, y en la medida en que lo consiga voy a conseguir el personaje.

¿Te parece que la tragedia de Miguel y de su familia es similar a la que vivieron tus antepasados?
Claro, cuando Armando escribió Mateo, la familia tenía una connotación totalmente distinta a la que tiene hoy, donde hay un 60-70 % de divorciados. En la obra, el trabajo del padre es muy importante. Miguel continúa con el trabajo de su padre y un día se encuentra con que ya no hay más; pero está la familia. Eso es algo que yo viví cuando era chico. Era una familia obrera, mi padre era carpintero. El tema de las ilusiones, de tantas cosas que no se concretaron y cosas que yo no cumplí, como los sueños de mi papá.

Pero cumpliste los tuyos…
Exactamente. [Risas] También aparece el personaje de Chichilo, que tiene la ilusión de salir de la miseria a través del boxeo…
Sí, Chichilo es un hijo con problemas… Esta obra tiene una connotación totalmente actual: una sociedad que descalifica a determinada gente y que no entiende que no es que sean vagos, sino que no se es feliz haciendo determinado trabajo —como el de cartonero, por ejemplo—. En definitiva, la miseria y la desunión de la familia generan una violencia interna y, por supuesto, externa.

En la obra, esto pone a los personajes en una situación en la que parece que la única alternativa es la ilegalidad…
Claro, Miguel es un hombre que no se permite eso para nada. Pero llega un momento en que se ve empujado a eso. Hay un tango, que fue prohibido por los militares, que dice: «Salió a robar, un vidrio roto, tal cosa, tal otra, la cárcel, por un cacho más de pan» [se refiere al tango Pan (1932) con letra de Celedonio Flores y música de Eduardo Pereyra]. Es de la década del 30. Ya en el 23 existía esto.

Con respecto a las diferencias generacionales que aparecen en la obra, ¿no podemos encontrar algo bastante similar en la actualidad?
Por supuesto. Hoy creo que más que nunca, aunque con una gran diferencia: en esa época el padre era el pilar y el hijo no se atrevía a contestarle. Yo creo que hoy hay más diálogo. Además, ya no es la misma familia de antes. Actualmente existe un porcentaje muy grande de separados, en la Argentina y en el mundo. Esos hijos están perdidos: los cuidan las abuelas, las empleadas, no están ni con el padre ni con la madre. La separación soluciona el problema de la pareja, pero no el de los hijos. Estamos construyendo un mundo de chicos muy desamparados.

Hay una ética del trabajo muy fuerte en la obra, pero al mismo tiempo es un trabajo que parece que genera solamente desilusión, ¿no?
Exacto. Desilusión, amargura. Y él tampoco se adecua. Ya está constituido de una manera y no se permite el cambio. El automóvil le «comió» el trabajo, lo echó a la calle. Él ya no puede manejar. Es similar a lo que le ocurre hoy a un tipo grande con una computadora: ¿cómo la maneja?, si para poder tener trabajo, tiene que manejar una computadora, la odia. [Sonríe] El mundo cambia cada vez más rápido. Pasaron cinco años, no hablemos de diez, y ya es otra generación.

Bueno, a mí me pasa eso con mis primos, que son de una generación posterior, y para mí son alienígenas casi…
[Risas] No ocurría eso antes. Había diferencias, pero no tantas. Yo una vez enfrenté a mi padre, por ejemplo, para fumar. No se podía fumar delante del padre: «¿Cómo fumás? Tengo dieciocho años, papá». Ponerse los pantalones largos también era un tema: había que usar pantalones cortos. Vos eras adolescente a partir de los pantalones. Hasta ese momento eras chico y tenías unos pelos terribles. La vergüenza que uno pasaba… Pero bueno, esto no ocurre hoy. Es otro mundo.

Mateo, Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815. Jueves, viernes y sábados a las 21, domingos a las 20.30. Entrada $40.

Por: Ludmila Barbero