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El Gran Otro | Mircoles 20 de Setiembre de 2017

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La trascendencia asegurada

La trascendencia asegurada

Por Marifé Marcó

Fotografía: Matías Saldaña

En su recorrido artístico, se advierte la búsqueda de Cristina Freydier: por un lado, sostiene la pintura abstracta; por otro, crea esculturas geométricas e interviene objetos con luces de neón, experimentando con diversos materiales. La artista se reinventa e interroga con ahínco. Ese rasgo, puesto en lo creativo, trae la frase de Heidegger: «Funda lo que perdura: lo que dura, lo fundan los poetas».

En un diálogo con la artista ‒al poco tiempo de haber inaugurado una exhibición en la Galería Mercedes Giachetti‒, le pregunto sobre un cuadro inquietante construido con retazos, como si fuera un collage enigmático, compuesto por pedazos de pieles remendadas. La artista me cuenta que son trozos de otras obras que salvó de una inundación en su taller. Esa acción de rescatar, reciclar, resignificar, es constante en casi toda su producción.

En las esculturas se observan formas geométricas; al consultarle sobre los triángulos, dice: «En los dos triángulos, uno va para arriba y el otro hacia abajo: es la vida. Respecto a los tres ángulos, uno se mete debajo del otro, pero casi todos por arriba». Sin embargo, se pueden pensar como la intersección de cuerpos que luchan por conservar su individualidad, o, siguiendo a Lacan, que refiriéndose a la imposibilidad de la sexualidad dice: «la relación sexual no existe», estos triángulos también podrían representar el concepto alegórico de la Trinidad, teñido de simbología. Cristina también nos cuenta que con sus esculturas forma instalaciones y ella se imagina que, detrás de las pirámides que se elevan y que datan de siglos y milenios atrás, nos elevamos nosotros. Sobre los cubos encastrados dice que estos no pueden independizarse aún; respecto a las esculturas con forma esférica nos cuenta: «Son mundos que muestran la destrucción. Están llenos de dolor porque en ellos reina el caos, no existen países ni mares, pero sí tienen luz, como una posibilidad para que puedan elevarse con el tiempo y tener vida». También podríamos leerlos como metáforas de cuerpos femeninos por donde circula la pulsión, monedas con dos caras ‒Tánatos y Eros‒ en las que se juega la posibilidad de la creación y la muerte.

La artista pone énfasis cuando dice que su cabeza es joven y siempre lo será. «Estoy preparando obras para la feria ARDI, muestra que se realizará en el hipódromo de Palermo; no paro. Esta inquietud es herencia de mis abuelos de Lyon, que vivieron en un château del sigo XVII, aunque ese dato no me gustaría incluir en mi biografía». Al preguntarle sobre la articulación entre el arte y su primera profesión de psicóloga, nos cuenta que aún trabaja con grupos en psicodrama, que es un dispositivo muy fuerte que hay que saber manejar, «en mi arte hay sublimación de sufrimiento, dolor, representación… La veta artística viene de generaciones anteriores».

Antes de finalizar la charla, Cristina me entrega un escrito de su autoría del cual trascribiré algunos párrafos: «Hay muchas maneras de decir cosas, de expresarlas… Lo angustioso “informe” tendrá su “forma”, su manera de decir. Nuestro hombre profundo echará a andar. Necesitamos materiales, elementos o instrumentos. Necesitados nos hallaremos de nuestras manos, pulmones, garganta, según sea el mensaje hemos de gritar, denunciar, desgarrar. ¿Podríamos de otra forma expresar, representar, las cosas de nuestro mundo herido?… Buscaremos metáforas… Gozar de la libertad… me inventa. Me calma con su sed. Me desafía desde el origen. Me abruma. Me vuelve del revés. Me invade. Me ilumina. Me da paz».

Cristina Freydier es una artista multifacética: pinta, esculpe, interviene, escribe poesía, desnuda el momento, lo muestra, y esas acciones la inscriben en el arte contemporáneo. Su magnífica obra nos transporta por escabrosos caminos, bordeando la realidad innombrable. La artista por momentos habla del ser humano y lo caótico de la actualidad, pero también deja abierta la posibilidad de soñar mundos y hombres nuevos. La artista y su arte se reconstruyen como el ave fénix, asegurándose la trascendencia en ese acto.