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El Gran Otro | Sabado 18 de Noviembre de 2017

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La trascendencia asegurada

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Entrevista a Ernesto Bertani

«El miedo a la muerte, a la decadencia, tiene que ver con la insatisfacción, con todo lo que no hiciste. Yo hice todo lo que quise hacer, a nivel artístico y personal».

Por: Marcos Brugiati

Entrevistamos a Ernesto Bertani, uno de los artistas pictóricos vivos más importantes de nuestro país. Visitamos su galería, donde nos regaló historias y experiencias que desnudan sus primeros pasos, su vida y su obra.

Bertani es un hombre humilde, sencillo y artísticamente brillante. Es una de esas personas que describe su pasado y su presente con risas, anécdotas y lágrimas que corren por dentro. Conocer de cerca su historia y su ambivalente camino profesional testifica que hizo todo por amor al arte. Pinta la actualidad y la identidad de nuestro país. Reflexiona a través del color, de las formas, de los distintos soportes, de la trama y de la innovación. Realismo mágico es el estilo que lo define. Habló de la represión, de la censura, del hombre, de la mujer contemporánea, de la vorágine del subte cargado de oficinistas trajeados camino a la velocidad y a la moda de estos tiempos, del amor, de la sensualidad, de los abrazos, de banderas arrugadas que representan el deterioro de la soberanía, y de las cirugías. Creemos que se destacó, en aquellas épocas donde todos se parecían, por proponer otro tipo de soporte: el casimir. También hizo historia por aplicar la técnica del aerógrafo en sus lienzos, trabajar sobre telas de tapicería, con gasas, y por plantear figuras humanas sin rostro. Sus obras jamás mirarán a un costado de lo que sucede, de lo que somos.

Nació en 1949, en Buenos Aires, Argentina. Cuando era niño, dibujaba y pintaba todo el día en un pequeño altillo ubicado en su casa de infancia, en el barrio porteño de Villa Devoto, donde vivía con su hermano y sus padres. Conoció los pasillos del Instituto Di Tella y el aura del mundo artístico gracias a una tía (galerista y pintora) y a unas primas que lo llevaban a museos y les mostraban libros de los grandes maestros del arte. Después de trabajar de otras cosas y de transitar varias crisis personales, se decidió y empezó a desarrollarse como un artista autodidacta, hasta los 24. Asombró con un talento impecable en el dibujo. Más tarde aprendió técnica de escultura (su pasión) y pintura. Recibió importantísimos premios aquí y en el exterior, como dibujante y pintor. Hoy, pinta y vive en Ituzaingó (oeste de la provincia de Buenos Aires), con su mujer y uno de sus dos hijos, alejado de cócteles culturales y activismos sociales superfluos. Gracias al exquisito trabajo que brinda la galería Zurbarán (donde Ernesto es artista exclusivo hace más de 20 años), puede dedicar todas sus energías únicamente al arte. Podemos afirmar que tuvo el don y la suerte de ser quien es gracias al trabajo, a los desafíos, a no tener miedo al qué dirán y a su familia.

¿Cómo surgió la innovadora idea de trabajar sobre casimir?

En los 80, empecé a trabajar sobre casimir porque no tenía plata. Siempre guardaba ropa en desuso que pedía a familiares y amigos para hacer collage. Proyecto que después nunca hice. Me acuerdo que no tenía lienzo, y buscando en esa ropa encontré un pantalón de casimir. Abrí una de las piernas, lo corté y lo monté sobre un bastidor chico, por el tamaño de la prenda. Después lo pinté de blanco para utilizarlo literalmente como un lienzo común, pero el óleo se corría, quedaban los pelos del casimir pegados, se empastaba todo. Un desastre. Me di cuenta de que el color y la textura del pantalón podrían ser una parte visible de la obra. Probé dibujando y experimentando sobre el soporte con carbonilla, pasteles, aerosol. Lo que yo necesitaba era algo para trabajar sobre el casimir, pero sin tocarlo. Tras la búsqueda, el error, encontré el aerógrafo.

¿Tu identidad artística es el soporte?

Trabajar sobre un soporte diferente me dio una identidad artística que otros no tenían. En esos momentos era el furor de la transvanguardia, y la mayoría de los artistas se parecían, casi todos trabajaban sobre lienzos. Cuatro o cinco artistas y yo nos destacábamos por tener una imagen muy propia. Mucho público y colegas no me conocían por mi nombre, ellos me decían: ¿Vos sos el de los casimires? No sabían que me llamaba Bertani.

¿Cuáles fueron tus primeros trabajos sobe casimir?

La primera serie sobre casimir fue Las braguetas, a fines de los 70.

¿Cuáles son los temas frecuentes en tus obras?

En realidad, todo va surgiendo según el momento actual. Primero empecé con una serie sobre la censura, después vino la época de Malvinas, que también tomé como motivo en mis lienzos. Cuando llegó la democracia, incorporé otros temas que tenían que ver con la vida urbana: el erotismo, la sensualidad, el urbanismo. En los 90, elaboré una serie de banderas arrugadas que reflejaban las privatizaciones, el consumismo, la entrega del país en los tiempos menemistas.

Los trajes y las corbatas, los cuerpos sin rostro, la velocidad de los oficinistas y la multiplicidad urbana son también un sello registrado tuyo…

Llamo a esos cuadros que describís «la serie de los remolinos». Me imaginé la gente saliendo del subte, súper apretada, enredada. Describo esa vorágine en donde sin querer uno se introduce porque es la única forma de subsistir. Las personas se ponen los trajes, corren para llegar al banco, comen de parado. Todo esto me da la sensación de un remolino al que uno se tiene que sumar y dejarse llevar por esa corriente donde también está metida la moda.

¿Por qué figuras sin rostro?

No les hago rostro justamente para que el espectador se pueda identificar. Cuando les haces cara, se sabe de qué color son sus ojos, si es rubio o morocho. En cambio, al no tener rostro se puede ser cualquiera. El espectador puede identificarse o ver en las figuras a otra persona.

¿Cuándo empezó a tomar mayor dimensión la mujer en tus trabajos?

La mujer, después de los militares, empezó a tomar importancia en la vida política, económica, artística. La mujer se desató, se destapó. Por eso en muchos de mis trabajos la adopté como una imagen más potente, como si dominara la situación, mientras que el hombre está doblegado por ella. Quise mostrar ese aspecto de la mujer, dejando a un lado, como en otras épocas, a la maja bella, sumisa, decorativa y lánguida.

¿Una imagen femenina contemporánea?

Sí. Porque, además de ser hermosa, tiene que ser sexi, buena madre, exitosa profesionalmente. Posee una cantidad de cargas, incluso más que el hombre. Separo totalmente a este tipo de mujer de la maja cómoda, ventilada por el querubín que la acompaña.

También hablaste de la mujer después de las cirugías plásticas, ¿Cómo llegó eso?

Cuando mirás la televisión y observás a las chicas que aparecen en el programa de Tinelli u otros, te das cuenta de que la mayoría de ellas tienen la misma cara, los mismos pechos, labios, cola. Esta visión empezó a influir en mis trabajos.

Sos un artista que reflexiona sobre lo que pasa socialmente. Tus pinturas no hacen oídos sordos a la realidad actual.

Por supuesto.

Muchos te tildaron de artista surrealista, hiperrealista, y otros estilos que creemos no tienen que ver con tu arte. Para no cometer más errores, ¿cómo te definís artísticamente?

Me defino como un pintor del realismo mágico. Esto quiero decir que el espectador ve algo creíble como real, pero que en realidad es mágico. Si ves todas mis obras, el tratamiento es muy realista, se ve claramente un traje, una corbata, pero evidentemente no puede haber un hombre introducido en el vientre de una mujer. Entonces hay una contradicción entre lo real y lo imaginario.

El realismo te ayudó a hacer creíble tus obras…

Exacto. También me interesa decirlo de una forma que es irreal, pero que a la vez potencia la realidad.

¿Cómo fue cambiando la paleta de colores?

Empecé utilizando colores grises, más terrosos, colores que para mí significaban la paleta de Buenos aires. Cuando en los 90 cambió todo y apareció el color a nivel mundial, mi paleta se modificó. Buenos Aires dejó de ser una ciudad europea para convertirse en latinoamericana, y en mis trabajos eso se notaba. Incorporé tonos más saturados, puros, cálidos, en formatos medios y muy grandes. Al principio pinté al óleo, después con acrílico. También fui cambiando los soportes. Como muchos, empecé con lienzo, después con casimir. Otra de las innovaciones fue la de pintar sobre género estampado de tapicería, con diferentes tocados.

También pintaste los lápices de colores, ¿Qué simbolizan?

La creación.

¿Qué significa el arte?

El arte es comunicación. Es hacer algo para que el otro (el espectador) vea lo que uno opina, piensa del mundo. Como artista, siempre me interesó comunicar de la manera más bella y eficaz.

¿Y la pintura?

Pienso que la pintura no tiene límites. Es única. Por eso se diferencia de otras disciplinas. Por ejemplo, en la fotografía siempre dependés de la realidad, de un modelo real. En cambio, el pintor no tiene límites, su único límite es su capacidad de imaginar o de crear. La pintura te da todo.

¿Qué esperás de nosotros como espectadores?

Que identifiquen o encuentren algo que los conmueva, que los haga reflexionar. En general, mi mensaje es claro, contundente, impactante y planfetario. Pienso que cada obra permite diferentes niveles de lectura, y el espectador puede poseer un sinfín de interpretaciones.

¿Cómo empezó todo? ¿De chico ya te entusiasmaba dibujar, crear?

Yo era el típico chico que se pasaba todo el tiempo dibujando y haciendo cosas con maderitas. Construía autitos con rulemanes y patinetas para andar por la calle. Me gustaba hacer caricaturas, inventar cosas. Así pasaba las horas, los días. Cuando tenía 18, pinté con esmalte sintético unos pósters con poemas que vendía en la feria de San Telmo, que en ese momento no era una feria organizada. Muchos íbamos los fines de semana y poníamos mantas en el suelo y vendíamos, aunque muy poco.

¿Y el colegio?

En el colegio fui un pésimo alumno. Repetí dos años en la secundaria, pero no porque era malo sino porque no me interesaba otra cosa que dibujar.

 

¿Dónde vivías?

En el barrio porteño de Villa Devoto, con mi hermano y mis padres. Éramos una familia típica de clase media. Mi papá era kinesiólogo y atendía en casa, también escribía sobre tango, lunfardo y recitaba en radio junto con su primo, el cantante de tangos Hugo del Carril (el primero que cantó la marcha peronista). Mi mamá era de esas amas de casa que hacía cerámica, cursos artísticos. Veraneábamos en Pinamar o Mar Del Plata. Mi rincón en la casa era un pequeño altillo en donde pintaba y dibujaba con amigos y amigas que posaban para mí.

¿Una familia con inquietudes artísticas?

Tuve la suerte de que lo artístico estuvo fomentado a nivel familiar. Una de mis tías era pintora y galerista, otra profesora de piano, mis tíos abuelos tenían una revista cultural en Uruguay, muy importante, que hizo historia. Mi abuelo tenía un café-bar que frecuentaban Homero Manzi, Discépolo. Otro de mis abuelos (francés) tenía un almacén frente al mercado de Abasto, donde cuenta la leyenda que Gardel cantaba de pibe, antes de ser un fenómeno del tango. Creo que fui un poco lo que ellos querían ser, porque desarrollé una vocación que en su momento ellos no pudieron, por eso me tenían admiración.

¿Cómo conociste el mundo del arte?

Como te contaba, en mi familia había una tía que era pintora y galerista. Se llamaba Bertha Rioboo, murió cuando era muy chico. Trabajaba en una galería muy importante de la calle Florida (Buenos Aires), al lado del Instituto Di Tella. En mi adolescencia iba mucho a su lugar de trabajo a visitarla, y ahí empecé a conocer el arte más de cerca. Recuerdo que con mis primas, que eran más grandes que yo, visitábamos mucho el Di Tella, donde recorríamos la menesunda de la Minujín de esa época, las muestras de Le Parc y otras exposiciones.

¿Visitar la galería de tu tía y conocer de cerca las obras y los pasillos del histórico Di Tella te motivaron para estudiar profesionalmente Bellas Artes?

En realidad, tenía la idea de entrar a la escuela de Bellas Artes, pero mi tía me aconsejó que no lo hiciera, porque en ese momento era muy académica y estructurada para mí. Ella veía que mis trabajos eran «raros» y «locos», y pensaba que estudiar técnicamente me impediría expresarme o trabajar con libertad.

¿Buen consejo?

Analizándolo ahora, pienso que no fue un buen consejo. Es preferible estar en una escuela con tus pares y con la gente que tiene intereses similares a uno, es mejor estar en contacto con ese mundo. Aunque a veces la escuela sea castrante, si uno tiene una personalidad interesante como artista, la va a desarrollar sin problema.

¿Qué terminaste estudiando?

Empecé a estudiar arquitectura, como mi hermano. A los dos años, hice la conscripción y comencé a trabajar como cadete en el mismo estudio donde lo hacia mi hermano, pero como dibujante. En ese momento, me di cuenta de que nunca podría ser el arquitecto creativo y volado que quería. Entré en crisis porque hacia cosas que no me interesaban.

¿Cómo saliste de ese caos personal y laboral?

Dedicándome de lleno a las artes plásticas. Estudié escultura con Leonardo Rodríguez (ayudante de Pujía) y pintura con el maestro Víctor Chab. De muy joven, me anotaba en todos los concursos de dibujo y los ganaba. Laboralmente, inventé unos muñecos con leyenda que tuvieron un éxito tremendo, me acuerdo que vendí y exporté miles. También diseñaba ropa para chicos. Gracias al dinero que me dejaban los muñecos, pude seguir exponiendo obras, experimentar la pintura y el mundo del arte. Más tarde, después de la muerte de Perón, vino el rodrigazo, época bisagra en mi vida.

¿Por qué bisagra, qué pasó?

En ese momento tenía unos 24 años y estaba casado con mi primera esposa. Tenía problemas personales, y sobre todo económicos, por la devaluación. Porculpa del rodrigazo, el país se paralizó por un año. De a poco, me empecé a fundir porque no le vendía un muñeco a nadie, y además tenía que indemnizar a los empleados que me ayudaban. Tuve que vender un departamento que estaba comprando, un auto. Cuando me fundí, decidí que nunca más haría otra cosa que no fuerala pintura. Pensaba que, si me iba a hacer problema por la plata, que fuera por el arte, y no por otras cosas que me ocupaban tiempo, energía, y que no me interesaban. En esos tiempos, ya había exhibido mis obras y tuve la suerte de vender.

¿Ya podías vivir del arte?

Al principio, tenía una vida súper austera. «Me fue bien» significaba vender cuatro o cinco cuadros, y vivir seis meses muy ajustado, sin vacaciones ni grandes atributos. Sin embargo, en esa etapa estaba más encaminado a nivel artístico. Expuse en Brasil, en Buenos Aires y en otras provincias del interior, y gané premios muy importantes que además del prestigio te daban algo de dinero que permitía vivir y seguir creando.

¿Cómo conseguiste tu primer aerógrafo, teniendo en cuenta que en esa época estaba cerrada la importación?

Apareció un muchacho que se dedicaba a traer cosas de contrabando, que vendía a pintores, agencias de publicidad. Ofrecía materiales importados a los diferentes talleres y estudios. Un amigo me avisó de su existencia, y lo contacté para comprar mi primer aerógrafo, y a partir de ese momento todo cambió.

¿Cuánto tardó el proceso de experimentación hasta lograr dominar la herramienta?

Unos dos o tres años. Cuando logré dominar la herramienta para provocar volúmenes, prácticamente ni siquiera pintaba con pincel, sólo lo utilizaba para cubrir algunos planos y reforzar detalles como las corbatas o los botones.

Aplicabas una intervención mínima…

Sí, por supuesto. Si ves esta camada de trabajos sobre casimir, mi intervención es mínima. Parece un trabajo elaborado, pero todo lo dice la tela.

Tanto aprendiste a manipular el aerógrafo, que decidiste enseñar la técnica, y las clases fueron un furor…

Sí. Recuerdo que fue un furor porque en ese momento no existíala computadora. Elespacio se llenó de estudiantes de arquitectura, diseño gráfico. Tuve que contratar varios ayudantes. Todo esto, más las ventas de obra, me daban el dinero para vivir tranquilamente.

Desarrollaste una técnica y un tipo de expresión inexistente en la época. ¿Te sentías contento, único, satisfecho?

Muy contento porque solucioné la parte técnica y pude utilizar todas esas telas que antes no podía. También me sentía culposo.

¿Por qué?

Porque muchos pintores pensaban que trabajar con aerógrafo no quería decir «ser artista». De hecho, en muchos de los salones me rechazaban bastante por el tipo de técnica. Si no presentabas una obra con óleo y ciertos lineamientos más bien académicos, no te aceptaban. Así eran los jurados. Muy ortodoxos.

¿Un mercado muy conservador?

Sí. Lo único que se vendía eran naturalezas muertas, paisajes, floreros.

¿Producto de la época de Onganía?

Por supuesto. Si bien la época no fue tan cruenta como la del 76, culturalmente fue peor. Porque veníamos de la libertad de los 60, del hipismo, los Beatles. Y de un momento a otro todo eso cambió. Los hombres no podían tener el pelo largo, no podías ver películas como La naranja mecánica, escuchar discos o leer libros específicos. Mucho estaba prohibido, como la libertad sexual. Los homosexuales aparecían muertos. Los que doblegaban el sistema, presos, desaparecidos.

Ya se venía gestando una época de silencios y prohibiciones artísticas. ¿Cómo te expresabas en épocas puntuales de dictadura?

Durante la dictadura, venía haciendo una serie de dibujos y trabajos con óleo que representaban la censura y la represión. Personificabaa unos hombres con trajes, con las caras deformadas y siniestras.

¿Quiénes eran esos hombres?

Parapoliciales. Eran los hombres que ubicaban a los jóvenes con ideas de izquierda, peronistas, los que atentaban en contra de la estructura. Luego de «ubicarlos», los secuestraban, torturaban.

¿Eras militante de algún partido?

Tenía una cierta actividad política, pero no era militante de un partido. Trataba de alejarme de lo excesivamente peligroso. Participaba de marchas pacifistas que se oponían a la dictadura, de Teatro Abierto. Con otros artistas más reconocidos, armamos un encuentro de las artes en donde participaban distintos autores y disciplinas, como la música, la danza y la pintura, en contra de la represión y la censura.

¿Tenías miedo?

Había mucho miedo. Mucho cuidado. Ya casi ni nos reuníamos con amigos, por la nueva disposición del conocido estado de sitio. Si te parabas en una esquina a charlar con tres o cuatro personas, te llevaban detenido por averiguación de antecedentes. Creo que ahí empezó el individualismo, porque no se podía hablar libremente en un bar o restaurante público. Teníamos miedo de que el de la mesa de al lado fuera un policía de civil.

¿Sufriste la desaparición de algún amigo, colega o familiar?

Muchos amigos de la infancia estuvieron detenidos, fueron torturados y hasta desaparecidos. Algunos eran militantes políticos y otros no. Los militares tenían marcados a gays, judíos, estudiantes de Letras, psicoanalistas. Me acuerdo de que, cuando llegábamos al taller de Víctor Chab, los alumnos exclamaban: ¡Se llevaron a uno! En mi casa vivieron amigos perseguidos y buscados por los militares.

En general, ¿se sabía lo que pasaba?

Todos los que teníamos algo que ver con el mundo del arte, de la cultura, sabíamos.

Uno de tus autorretratos habla de cómo te sentías en esos tiempos…

Sí. En uno de mis autorretratos, estoy con las manos vendadas, atrapado por un sillón de estilo y con la cabeza retorcida. Utilizaba un traje para dar la idea de conservadurismo y falta de libertad de expresión.

¿Clausuraron algunas muestras?

El Salón Nacional me rechazó una vez porque envíe un trabajo que tenía que ver con el tema de la censura.

La guerra de Malvinas también marcó tus lienzos…

Cuando estalló la Guerra de Malvinas en el 82, me puse muy loco. Empecé a trabajar sobre las telas rompiéndolas, manchándolas, quemándolas. Agredía el soporte porque sentía que el arte no servía para nada y que era ridículo estar pintando mientras se estaba matando a nuestros jóvenes en la guerra.

Hace más de 20 años que sos exclusivo de la galería Zurbarán. ¿Aceptar su propuesta te quitó perturbaciones de encima?

Por supuesto. Me sacaron todo el trabajo que me perturba y no me gusta, como lo es la venta de obra, la actividad social, las apariciones. Ellos se ocupan de todo: catálogo, prensa, posibles compradores. Ahora me concentro en pintar y le pongo todas las energías a eso. Los eventos, los cócteles, me desconcentraban mucho y nunca me gustaron.

En base a tu experiencia, ¿qué consejos o recomendaciones darías a los estudiantes de arte?

Fundamentalmente, laburar, laburar y laburar. Es importante estudiar arte porque te gusta y no por esfuerzo. Creo que otra de las recomendaciones es plegarse lo menos posible a las modas, porque la autenticidad, aunque suene viejo, es lo único que a la larga da resultado. La identidad en el artista es muy importante, y eso se logra con mucho trabajo.

¿Involucraste a tu esposa y tus hijos en el mundo del arte?

Traté de no influirlos en el mundo del arte. Quise que eligieran libremente lo que quieren. Uno de mis hijos es profesor de educación física (Mauro, 26), y el más chico (Martín, 22) es actor y estudia en el IUNA.

¿Cómo se conocieron con tu segunda mujer?

Ella me conoció en una galería de arte. Es artista también, esculpe, dibuja, pero está alejada del mercado. Actualmente trabaja en un centro comunitario llamado Cable a Tierra, donde da clases de plástica a chicos carenciados, con muy bajos recursos. Fomenta el arte desde otro lugar.

¿Consumís televisión, cine, teatro argentino?

Me interesa mucho todo lo que es argentino, no por una cuestión nacionalista o de rechazar lo extranjero, sino porque es lo que somos y me interesa eso. Miro todo el cine y el teatro argentino que puedo. También ficciones argentinas como El puntero, Maltratadas, Paraíso.

Desde tu visión como ciudadano común, ¿cómo observás el gobierno actual?

La verdad es que no soy peronista ni kirchnerista. Pero me identifico bastante con el gobierno que tenemos. Considero que se están haciendo bien las cosas, comparando con la época menemista o la de Dela Rúa.

¿Cuáles crees son los puntos claves para tener un país más equitativo y solvente?

La clave es la redistribución de la riqueza y la educación. Lo básico en una sociedad es que un gobierno, un Estado, vele por que todo el mundo tenga un trabajo bien pago, con cobertura, un trabajo digno.

¿De qué artistas sos fan?

No soy muy fanático, ni tengo seguidores en particular. En general, soy muy poco fan de todo. Sí tengo algunos artistas que admiro, que muchas veces no tienen mucho que ver conmigo. Me gustan Berni, Alonso, Constantino y muchos otros de aquí y el exterior.

¿Podés realizarte a través del arte?

Creo que las actividades artísticas son unos de los pocos campos en los que todavía un hombre se puede desarrollar con libertad y coherencia, sin tener que transar demasiado ni hacer demasiadas concesiones. Podés realizarte a través del arte porque no dependés del sistema, de los intereses. En la arquitectura, la medicina, la abogacía, siempre se depende.

¿A quiénes les decís gracias?

A mi familia en principio, porque me apoyaron muchísimo y me dieron la libertad que necesitaba.

¿Alguna vez pensaste en desaparecer?

Los artistas, en general, cuando nos va bien, tenemos una cierta idea de trascendencia asegurada. No me importa morirme mañana porque todo lo que quise hacer lo hice a nivel artístico y personal. Amé a los que quería amar y tuve los hijos que quería tener. Tengo el reconocimiento de mis pares, de los coleccionistas. El miedo a la muerte, a la vejez, a la decadencia tiene que ver con la insatisfacción, con todo lo que no hiciste. Yo hice todo lo que quise hacer.

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