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El Gran Otro | Jueves 17 de Agosto de 2017

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La vida es sueño y los sueños son… ¿la verdad de la vida?

La vida es sueño y los sueños son… ¿la verdad de la vida?

Por Dres. Ezequiel Achilli / Raquel Tesone

Imagen, gentileza del artista Alberto Seveso

 

Segismundo, el personaje principal de La vida es sueño, no conoce la dicha, sino la desdicha del encierro y su decir, y, desde esta clausura, dice parte de su verdad. Segismundo no se siente siquiera dueño de su verdad, solo de una parte de ella, y por eso nos enseña que siempre hay algo que guardar para que aparezca en sueños. Eso reprimido no pertenece al dominio consciente, es lo inconsciente, y se expresa (entre otras formas) en el soñar: «es verdad, pues, reprimamos esta fiera condición, esta furia, esta ambición, por si alguna vez soñamos y si haremos, pues estamos en mundo tan singular, que el vivir solo es soñar, y la experiencia me enseña que el hombre que vive, sueña lo que es hasta despertar» (p.106).

El lenguaje tiene sus muros. Lo inconsciente es una verdad y la verdad no puede decirse toda porque, como sugiere Segismundo, algo queda reservado para otros usos. Siguiendo a Segismundo, lo que está permanentemente reprimido es la fiera. Cuando en un sueño, por ejemplo, se realiza un deseo prohibido, el Ello habla. Segismundo sabe que eso de lo que está hecho el sueño es lo que él es: la verdad. Aunque ser y hacer no sean exactamente lo mismo, y pese a que lo que se hace en sueños, no nos atrevamos a hacerlo despiertos, el sueño siempre dice la verdad, y esto es uno de los grandes descubrimientos de los Segismundos, uno de ellos: Calderón de la Barca. Muchos años más tarde, en Viena, otro Segismundo, de apellido Freud, publicó La interpretación de los sueños, en el que se posiciona al sueño como la vía regia para acceder a esa verdad.

Es notable que en 1858, cuando Freud nació, fue llamado Sigismund Schlomo (según el certificado de nacimiento) y que él, en 1877, abrevió su nombre a Sigmund Freud. De origen alemán antiguo, su significado proviene de dos voces: de sigus, «victoria, triunfo, éxito», y de mund, «mano», «protección» (divina), «la protección divina del triunfo» o «el que protege con la victoria». Schlomo, el segundo nombre, el que Freud borra, es de origen hebreo, y corresponde a Salomón, tercer rey de Israel, que reinó durante cuarenta años. Salomón fue el segundo hijo de David y Betsabé, y resultó ser un consuelo para sus padres, ya que el primer hijo debió ser sacrificado por orden de Dios como castigo al pecado cometido por el rey David por haber mandado a matar a Urias. Curiosamente, San Segismundo fue el rey de Borgoña, que, después de mandar estrangular a su hijo, se dedicó a la penitencia en el Valés, durante el siglo VI. Y parecería que al Segismundo de Calderón de la Barca le esperaba un destino similar. El nombre Segismundo, que fonéticamente resuena como «seguir al mundo», y que se adecúa bien a ambos Segismundos, tiene en su origen y en su historia el peso del poder monárquico y el del filicidio, al igual que el nombre Schlomo, el que ocupa el lugar de un hijo muerto.

Sabemos que aquello que guarda un nombre es también del orden de lo inconsciente, y que esa verdad, al mismo tiempo, tiene estructura de ficción. ¿Entonces? Cabe señalar que el padre de Segismundo tampoco se llama, de manera inocente, Basilio, ya que ese nombre, de origen griego, significa soberano, rey, emperador. El rey Basilio, en tanto soberano, decide encerrar a su hijo porque los hados le vaticinaron que se convertiría en un parricida. Esta profecía operó como una realidad para este hombre. Además, al momento de nacer Segismundo, muere la madre, y en ella funcionó una fantasía que se transformó en un delirio así descripto: «(…) antes que a la luz hermosa, le diese el sepulcro vivo, de un vientre (porque el nacer y el morir son parecidos) su madre infinitas veces, entre ideas y delirios del sueño, vio que rompía sus entrañas atrevido un monstruo en forma de hombre, y, entre su sangre teñido, le daba muerte, naciendo víbora humana del siglo» (p. 40). Esta fantasía de dar a luz dice mucho acerca de una fantasía incestuosa. ¿La víbora que nace rompiendo las entrañas de la madre sería una representación de su majestad, el bebé? Este fantasma retorna amenazante sobre el padre, quien desde el nacimiento lo acusa de criminal, por nacer hombre y exponerlo al riesgo de transformarse en su rival. «Nació Segismundo, dando de su condición indicios, pues dio muerte a su madre, en cuya fiereza dijo, hombre soy pues ya empiezo a pagar mal beneficios» (p. 39). Por esta fantasía de muerte proyectada en su hijo, Basilio dio crédito a la advertencia de los hados y decidió encerrar a Segismundo recién nacido, dándolo por muerto.

Es flagrante cómo Calderón de la Barca demuestra en esta célebre novela que la fantasía opera como realidad. Y aquella, en muchas ocasiones, resulta más potente que la vivencia del trauma (o lo sucedido en la realidad, según cómo se lo re-signifique). A diferencia de la verdad, a la ficción no se le exige corroboración, ¡cómo si lo real la tuviera!, el dormir, por ejemplo. A esa ficción solo se le exige en cambio la congruencia; ya que toda otra ficción debe ser verosímil (como afirma M. Twain), de modo que se relaciona con la simulación (justo en lo que hace referencia el término). La ficción estaría basculando entre la vigilia y el sueño, o como lo plantea D. Winnicott: la ficción se daría en el entre, en el espacio transicional entre el afuera y el adentro.

«Sueña el rey que es rey, y vive con este engaño mandando, disponiendo y gobernando; y este aplauso, que recibe prestado, en el viento escribe, y en cenizas le convierte la muerte, ¡desdicha fuerte! ¿Qué hay quien intente reinar, viendo que ha de despertar en el sueño de la muerte?» (p. 106/107).

Si la vida es sueño y la muerte es el despertar, ¿qué es aquello que vivimos?, ¿qué es lo real?, ¿es la muerte?, ¿cuál es esa realidad? Al decir de P. Aulagnier, creemos en una realidad que existe y que es compartible simplemente por la necesidad de partir de un principio de certeza que nos permita organizar el mundo y nuestra psique.

Los analistas nos inclinamos a movernos en un oxímoron al que llamamos, desde Freud, realidad psíquica. No hay toda realidad, no hay toda ficción (verosímil) y en este todo (en ese entre) trabajamos en torno de la falta. La realidad, a diferencia de lo real, depende, como decíamos, de la corroboración, porque, «en realidad», es una simulación que tiene que ver con lo imposible.

El punto de anudamiento entre la ficción de Calderón de la Barca y la realidad psíquica del personaje se estructura como señalamos antes, en función de la idea que Segismundo dio muerte a su madre; por lo cual, la destituyó del lugar de madre deseando ocupar el lugar del rey Padre, lo que involucra una fantasía parricida. De este modo, Segismundo se pregunta si ha delinquido con su propio nacimiento: «(…) qué delito cometí contra vosotros naciendo; aunque si nací, ya entiendo qué delito he cometido: bastante causa ha tenido vuestra justicia y rigor, pues el delito mayor del hombre es haber nacido» (p. 110).

El padre de Federico García Lorca, personaje ficcional de Pepe Cibrián en su obra Marica, habla de la contratara del parricidio: el filicidio. Y así lo dice: «(…) de cualquier forma es que el hombre al fecundarse está muerto», y nos cuenta cómo el delito es dar vida sabiendo que desde el primer respiro comienza el ser humano a morir. Dar vida, sería en este sentido, lo mismo que matar al que nace. Federico le responde: «(…) escucho que por nacerme me dicen que estoy muriendo. Deseo quedarme en aguas que me preserven de eso y siento una catarata que me arrastra hacia lo incierto».

El rey Basilio no se guía por este juicio cuando encierra a su hijo, pero necesita dejarlo en libertad o, mejor dicho, liberarlo del encierro para confirmar que Segismundo es un asesino. Basilio es un padre que sabe que su hijo sabrá quién es, y una vez que sepa quién fue para él su padre, y quién es él para su padre, se enfrentará a algo muy penoso: «(…) si él se viera que es mi hijo hoy, y mañana se viera, segunda vez reducido a su prisión y miseria, cierto es de su condición que desesperara en ella, porque sabiendo quién es. ¿Qué consuelo habrá que tenga?» (p. 60). Aquí, Calderón de la Barca piensa como un psicoanalista sin que aún haya nacido el psicoanálisis. El debate entre el destino que estaría sellado en y por la historia de cada uno, con lo imposible de la libertad del ser humano en función de ese destino marcado por lo trágico de la existencia, parece resolverse, según Calderón de la Barca, confrontándose a la verdad. Esa, su verdad, libera al sujeto de los designios inconscientes que lo sujetan y lo signan de forma inconsciente. Basilio sabe que, cuando Segismundo sepa quién es, conocerá el desconsuelo de saber quién fue su padre. Al mismo tiempo, ese sufrimiento le dará la posibilidad de ser libre y de elegir su propio camino. Para evitar esto, le pide a Clotaldo que lo drogue, así, en el caso que la bestia se revele contra él, lo volverán a encerrar en la torre y le harán creer que lo vivido en libertad fue solo un sueño. Justo lo que Freud señala en El malestar en la cultura. Eso es lo que hicieron, y una vez que fue nuevamente liberado, Segismundo le dice a su padre: «Pues, vil, infame, traidor ¿Qué tengo más que saber después de saber quién soy para mostrar desde hoy mi soberbia y mi poder?» (p. 66). Y con estas palabras, nos habla del poder que otorga ese encuentro con la identidad.

Para Lacan, además de lo imposible, lo real es aquello que siempre vuelve al mismo lugar. Es en ese entre donde encontramos, sin buscarlo, el dolor de quien toca a nuestra puerta. Así, realidad y ficción forman parte de un nuevo terreno, un terreno fértil.

Algo de esto Segismundo señala a Clotaldo. Lo verdaderamente fundamental para reinar no es la supuesta realidad, sino lo que se engendra entre el estar despierto en el estado de vigilia y lo que se elabora en los sueños: «A reinar, fortuna, vamos; no me despiertes, si duermo, y si es verdad, no me aduermas; más sea verdad o sueño, obrar bien es lo que importa, si fuera verdad, por serlo; si no, por ganar amigos para cuando despertemos» (p. 121).

Para Clotaldo, al querer convencer a Segismundo de que estaba soñando y mostrarle que, en realidad, no era libre, la única prueba de realidad que le ofrece es la muerte: «A rabia me provocas, cuando la luz del desengaño tocas. Veré, dándote muerte, si es sueño o si es verdad» (p. 83). Para mantener el engaño, Clotaldo y Basilio juegan su mentira como si el territorio del sueño no fuese la verdad. Segismundo prefiere creer que su libertad es un sueño, por no develar la dolorosa verdad de tener un padre que lo condenó a la reclusión. Este sufrimiento se expresa con una prosa maravillosa: «Sólo quisiera saber para apurar mis desvelos dejando a una parte, cielos, el delito de nacer, que más os pude ofender para castigarme más. ¿No nacieron los demás? Pues si los demás nacieron, ¿qué privilegios tuvieron que yo no gocé jamás?» (p.16).

El rol del observador, el que escucha (y nosotros como espectadores activos) se juega en el rey Basilio cuando intenta signar la realidad de su hijo: «(…) Y aunque sepas ya quién eres, desengañado estés, y aunque en un lugar te ves donde a todos te prefieres, mira bien lo que te advierto: que seas humilde y blando, porque quizás estás soñando, aunque ves que estás despierto» (p. 77). A lo que Segismundo le contesta: «¿Qué quizás soñando estoy aunque despierto me veo? No sueño, pues toco y creo lo que he sido y lo que soy. Y aunque ahora te arrepientas, poco remedio tendrás; sé quién soy, y no podrás, aunque suspires y sientas, quitarme el haber nacido de esta corona heredero; y si me viste primero a las prisiones rendido, fue porque ignoré quién era, pero ya informado estoy, y sé que soy un compuesto de hombre y fiera» (p. 77).

¿Qué es más real de lo que conocemos como real?, sería una pregunta inadecuada. Nunca podríamos saberlo.

¿Y si la vida tal como creemos vivirla fuese un invento de lo inconsciente?, ¿un sueño?, ¿una teoría muy bien ficcionada…? Y así Segismundo se interroga al respecto: «Yo sueño que estoy aquí de estas prisiones cargado, y soñé que en otro estado más lisonjero me vi. ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son» (p. 106). En este punto del análisis, podemos darnos la licencia de dar un giro siguiendo este interrogante y pensar si el mundo de Segismundo y la supuesta realidad de la letra del texto manifiesto encubre otro contenido latente. La vida es sueño habla de un Segismundo huérfano de madre, porque murió en el parto, y de un padre que decide encerrarlo durante cuarenta años en una torre, y deja a cargo a Clotaldo para que se ocupe de su educación. Luego, lo droga a pedido del padre y lo deja libre por un tiempo, con lo que confirma que es una bestia, tal como anunciaban los hados. El pueblo quiere a Segismundo y en esa segunda oportunidad demuestra ser un buen rey y decide no vengarse de su padre.

Nos preguntamos si este argumento que vinimos analizando hasta aquí no podría ser reinterpretado como si esta, la vida de Segismundo relatada por Calderón de la Barca, ha sido en sí misma su sueño. ¿Y si lo que narra Calderón de la Barca no ha existido más que en el sueño de Segismundo? Ya que Segismundo pertenece al sueño de Calderón de la Barca, nos interpela como psicoanalistas poder pensar que es un cuestionamiento de este autor en relación a la vida en tanto realidad, o bien, a la verdad de la vida en sí, y a la vida como el sueño de cada uno de nosotros. Es decir, si la vida podría pensarse como un gran sueño o como la ficción de cada ser. La pregunta sería, entonces, ¿es que Segismundo fue realmente encerrado y liberado por su padre? ¿Es que realmente su madre murió cuando él nació? ¿O es que Calderón de la Barca armó un guión, cuyo texto tiene otro subtexto que habla del sueño de Segismundo ligado al de Edipo? El Edipo de Segismundo podría haberlo llevado a fantasear que el deseo incestuoso por su madre (deseo omnipotente), le dio muerte, por lo cual, merecía el castigo de su padre. ¿Un encierro psíquico que él mismo se infligió para auto-castigarse y al mismo tiempo, clausurar y censurar sus deseos? En esta nueva relectura, desde el punto de vista de la realidad psíquica, habría un conflicto donde se debate el Yo de Segismundo en pugna con el Ello (sus impulsos incestuosos) y con un Superyó cruel (representado en el padre y Clotaldo como figura aliada que refuerza el «deber ser»), que le aplica el castigo de la reclusión con la finalidad de expiar su culpa. Decimos que este subtexto hablaría de la realidad psíquica de Segismundo, una realidad que, como explicamos antes, es más cercana a lo onírico, pero más efectiva que el texto en sí en su literalidad.

Cuando Freud describe la noción de realidad psíquica para dar cuenta de la única realidad subjetiva que determina al ser humano como tal, crea un oxímoron en este concepto. En la banda de Moebius (J. Lacan), lo de afuera es lo de adentro y lo de adentro es lo de afuera en una doble cara, lo mismo que en La vida es sueño: el sueño del otro se entrelaza, constituyendo el deseo y el sueño de Segismundo. Por lo tanto, ¿la verdad de Segismundo sería la construcción subjetiva que encierra su sueño? Parece que la verdad ―lo que no puede ser del todo dicha― solo le incumbe a la realidad psíquica, aunque no nos alcancen las palabras.

 

Bibliografía

Calderón de la Barca, P., La vida es sueño, Chile, Proyectos Editoriales S.A., 1987.