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El Gran Otro | Sabado 16 de Diciembre de 2017

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Liliana Porter, la escena del grabado en los años 60

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Diálogo con Matilde Marín

 

Por: Maria Gnecco

El pasado jueves 13 de noviembre, se presentó la artista Liliana Porter en el marco de actividades de la muestra Discursos gráficos, artistas y grupos de producción gráfica entre 1960 y 1990, curada por Matilde Marín en Espacio de Arte de la Fundación Osde.

Presentada por María Teresa Constantín, coordinadora del Espacio de Arte, y ante numeroso público, Liliana Porter dio comienzo al diálogo con Matilde Marín relatando su experiencia como grabadora recién llegada a la ciudad de Nueva York en 1964.

En medio de la gran efervescencia experimental, filosófica y artística que transitaba la ciudad en esa década, la artista trabajó en el Pratt Graphic Art Center y formó el New York Graphic Workshop, junto al artista uruguayo Luis Camnitzer y el venezolano José Guillermo Castillo. En este contexto, la pregunta fundamental del grupo se centra en la situación epigonal del grabado en relación con las demás disciplinas. La concentración en las técnicas parece eclipsar los discursos, de manera tal que se hace necesario repensar y cuestionar la obra en términos conceptuales.

En el transcurso de la charla, Porter reflexionó acerca de su producción en el ámbito del grabado de aquellos años, atravesando las cuestiones principales que constituyen la columna vertebral de sentido de toda su obra.

Es así como aparecen la idea del tiempo y la simultaneidad de diferentes momentos en un mismo espacio gráfico. En el concepto de la realidad como algo inapresable, el presente es un segundo que inmediatamente se transforma en memoria, recuerdo, imagen o palabra. La obra se modifica y se resignifica sobre el tiempo que transcurre.

La cuestión de la representación es un tema fundamental en este momento; su interés por poner en el mismo estrato lo real y lo virtual recorre toda su producción. Un elemento simple, sin carga simbólica aparente (clavos, cuerdas, papel arrugado, etc.), se incorpora a la obra, reafirmando la necesidad de pensarla en términos de presentación y representación.

Mediante la técnica de fotograbado, la artista superpone imágenes, acciones y momentos, generando piezas gráficas en donde el objeto, el ícono, el pasado y el presente no establecen fronteras definidas. En este sentido, resulta paradigmática la obra La línea, de 1973. Una fotografía de la mano de la artista, sobre la que dibuja una línea, luego se transforma en fotograbado que, una vez impreso, es intervenido por Porter, continuando la línea de su mano en lápiz. Un simple trazo que fue realizado en diferentes soportes y momentos, y que sin embargo se articula en el presente de una pieza gráfica.

La importancia del silencio: Liliana Porter construye una obra que se caracteriza por grandes espacios claros y silenciosos en donde los elementos se instalan en un ámbito ausente de contenido. Sin embargo, es un silencio elocuente, provocador, no solo porque rescata la situación del objeto presentado sacándolo de su anonimato y su nimiedad, sino también porque propicia la intervención del espectador en términos teoréticos. El silencio que propone la artista convoca la palabra del espectador.

La proyección de material fotográfico documental, compuesto por grabados, fotograbados e instalaciones de esa época, acompañaron las palabras de la artista.

Liliana Porter nació en Buenos Aires. Estudió en la Escuela de Bellas Artes «Manuel Belgrano» y posteriormente con Fernando López Anaya y Ana María Moncalvo. Luego de una estadía de algunos años en México se instaló en Nueva York, ciudad en donde reside desde 1964. Su cuerpo de obra se instaló en el grabado, la fotografía y el video. Ha realizado innumerables exposiciones y ha recibido premios en las principales bienales de gráfica. También, varias becas, entre ellas la Guggenheim, para la investigación en el campo de la fotografía, el video y multimedia. Su obra se encuentra presente en las principales colecciones de Europa y Latinoamérica.

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