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Por: María Gnecco

Sospecho que el encanto de la fábula no está en la moraleja. Lo que
encantó a Esopo o a los fabulistas hindúes fue imaginar animales
que fueran como hombrecitos, con sus comedias y sus tragedias.
La idea del propósito moral fue agregada al fi n: lo importante era
el hecho de que el lobo hablara con el cordero y el buey con el asno
o el león con un ruiseñor.
Jorge Luis Borges

La obra de Liliana Porter —extensa en investigación, creación y análisis— ha transitado por diferentes soportes y poéticas. Inmersa desde un comienzo en planteamientos con una fuerte impronta conceptualista y minimalista, su producción fue diseñando cuestiones referidas a la representación, al tiempo, a las diferencias y las relaciones entre las cosas, a lo ilusorio y a lo real, a la metamorfosis de los significados. Todo este bagaje conceptual se fusiona acorde con su manera de entender el mundo, con su propio universo personal, intelectual y sensible. Podríamos decir que cada propuesta de Porter ha sido una pregunta y un trayecto que tratan de encontrar una respuesta.

La ficción del objeto

A comienzos de los años noventa, Liliana Porter define su producción mediante la incorporación casi exclusiva de elementos pertenecientes a la cultura kitsch, encuadrándolos en un ámbito minimalista. Fotografías, videos o instalaciones, la estructura vertebral de la obra se articula a partir de un hábitat despoblado que hospeda pequeños objetos, con una suerte de relación sin diálogo aparente entre sí. La tensión producida por este contexto vacío de información fortalece la gran capacidad narrativa de las piezas involucradas.

Tal situación resulta paradójica si se tiene en cuenta que los elementos elegidos pertenecen al universo de la industrialización en serie, no poseen firma, algunos no tienen historia y muchas veces ni siquiera edad y nombre propio.

Los personajes no emiten palabras, pero son disparadores de diálogos; sin lugar a dudas, escenifican algo. Estas situaciones relacionales reflejan como en un espejo las relaciones demarcadas por las experiencias humanas. Se miran, se caen, se asustan, se persiguen. Transformando su estatuto de cosas, devienen seres sociales.

Personajes disímiles, con dimensiones, proporciones y tiempos distintos, transforman la escena en pura ficción. Son seres originariamente inconexos, aparentemente invinculables entre sí, pero por esta misma condición son capaces de abrir el juego, para generar nuevos espacios simbólicos.

El humor y la ironía, salpicada de candor y algo de malicia, sobrevuelan toda la obra de Porter; en este sentido no es inocente la incorporación de los objetos kitsch.

El kitsch funciona como un hechizo del cual difícilmente nos podemos sustraer. Se entreteje en medio de lo real y la ficción. Cargado de recuerdo y deseo, esconde el mundo existente y, en su lugar, nos revela el universo como nos gustaría que fuera. El recorrido que Liliana Porter transita con la incorporación de este mundo lúdico y ficcional es además una obra literaria, un texto oculto para descubrir o reescribir, necesariamente de la mano de la fantasía y la reflexión.

El juego del espectador

La obra de Porter convoca al espectador para que la atraviese y la resignifique. La artista congrega elementos dispersos en una situación relacional inexplicable, les otorga una circunstancia para nada ingenua y los sumerge en una coyuntura que lo compromete a seguir un camino narrativo.

Él será quien emplazará la cuestión, articulará el diálogo, creará su fábula personal, con su propia voz, con todo lo que «la propia voz» significa. En esta operación define la obra desde dos vertientes o estructuras. Por un lado, el público humaniza los objetos.

Estos personajes que han perdido prácticamente su carga simbólica en la multitud de la masificación adquieren nuevamente su significado y, por si esto fuera poco, lo sobrepasan resignificándose en la escena. Pasan a ser individualizados y de esta manera únicos, es posible que adquieran un nombre y —por supuesto— adquieren un lenguaje. Ese lenguaje, que intermedia entre el significado original del objeto real y su puesta «en relación» en cada obra, da cabida a sucesivas y múltiples maneras de imaginar el mundo. Por otro lado, en este proceso de «humanización», es él quien se involucra y elabora un relato, inventando la fábula. Este no es un dato menor, es la posibilidad de lo irreal, de lo no posible. Se presenta un espacio que transitar, donde el tiempo y las diferencias existentes son insustanciales al discurso individual.

El espectador inscribe el eje vertebrador, instala el diálogo en una imagen muda. Este diálogo se desarrollará de manera íntima, con infinitas formas y cuestiones que diseñará cada quien se enfrente a la obra. En esta estrategia cuela sus ambiciones, sentimientos y emociones; y en este proceso el objeto adquiere un nuevo estatuto, pasa de ser una pieza seriada y pública a transformarse en el personaje único y central de una historia privada.

La puesta en funcionamiento de esta nueva narración es fundamental si se entiende que todos en definitiva tenemos discursos ocultos, fantasías subyacentes que encuentran en la producción artística de Porter una manera lúdica de proyección.

Las obras de Liliana Porter contienen una doble familiaridad: por un lado en ella están presentes aquellos personajes amables, muchos de ellos, de alguna forma u otra, han formado parte de la vida de todos; y en segundo término, al proponerles un diálogo, los hacemos actores de nuestro relato, con lo cual aquellos seres que creíamos reconocer ya son otros.

El espectador resignifica lo banal, acorta la distancia entre un objeto impersonal y lo vuelve personal, les otorga nuevas posibilidades de existencia a estas criaturas que se han ido perdiendo en el abandono y el olvido; como contrapartida, estos pequeños personajes se establecen como redentores de las fantasías olvidadas y las llevan hacia aquellas míticas regiones cercanas a la conciencia que permanecen suspendidas, o casi evaporadas.

La mirada del artista

Porter elige los objetos, les da espacio y escena;  de esta manera, imprime su particular visión de la realidad y de la irrealidad. Los transforma en metáforas situándolos como material activo de evocación. Desde la apariencia inofensiva e inconexa de las figuras, los souvenirs y los juguetes, plantea una cosmovisión, su propia cosmovisión. Nos pone frente al misterio, nos propone estar atentos, nos abre la puerta a un universo singular y caprichoso en el cual todas las cosas pueden suceder.

La artista elabora un trabajo de selección, separación, observación. Enmudece el contexto, singulariza el acontecimiento, da importancia al silencio. Liliana Porter enmudece su obra para que el espectador ponga la palabra. Su silencio es elocuente, es un enigma para descubrir; nunca se sabe bien qué está pasando en esas escenas, pero quien las contemple tratará de averiguarlo.

Siempre hay momentos en que lo irreal se vuelve posible, incluso que el lobo hable con el cordero, el buey con el asno o el león con el ruiseñor.