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El Gran Otro | Viernes 21 de Julio de 2017

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Los avatares en la pintura

Los avatares en la pintura

 GABRIEL ÁLVAREZ

  Por Norah Longo

«Todo lo que es profundo ama el disfraz…

Todo espíritu profundo tiene necesidad de

 una máscara»

Friedrich Nietzsche

 Hay días excepcionales, esos pocos en los que el calendario contradice la lógica y la rutina. Hay días donde se nos está permitido suspender la marcha del tiempo ordinario y desafiar la cotidianeidad. Existe ese «otro tiempo», el de la pausa celebratoria, donde máscaras y disfraces transfiguran nuestra existencia. Las fiestas populares son el patrimonio cultural que perpetúa y revitaliza la diversidad étnica. La comunidad entera, olvidando sus categorías sociales y raciales, se reagrupa en los festejos. Pero también son construcción simbólica y polisémica, que pone de manifiesto imaginarios, mitos, identidades, mezclas y complejidades.

América conoce muy bien esos términos, y Gabriel Álvarez los manifiesta eficazmente en sus obras. Porque sus pinturas convertidas en espacios ceremoniales exteriorizan, precisamente, lo que en la fiesta abunda: elementos antagónicos y complementarios, la afirmación de los valores y la subversión, el caos y el orden, la ruptura y la regeneración.

El conjunto de trabajos que esta muestra convoca nos invita, con dedicada creatividad, a un desplazamiento que recoge historias y compensa tradiciones locales e impuestas. Nos incita a un recorrido que atraviesa Latinoamérica como continente de colores profundos, de memorias colectivas y de realismo mágico. El artista plantea una visión caleidoscópica, cuyo telón de fondo son las culturas mestizas que, lejos de presentarlas desde una visión monolítica, las convierte en diálogo dinámico. Las obras abordarán esta temática desde una encrucijada, desde las manifestaciones surgidas en los cruces, en el sincretismo; en algunos casos, incluso como actos de contraconquista y de resistencia simbólica en su condición de posibilidad.

La materia enaltece la presentación. Cuidadosamente seleccionada como medio expresivo, es trabajada tramo a tramo para que nada quede librado a la contingencia. Hasta el mínimo gesto, apreciablemente azaroso, se plasma absolutamente meditado y calculado. El punto de partida de cada composición es el registro inferior que, a modo de piso generativo, se transforma en el territorio productivo necesario para concebir las primeras impresiones y el contacto sensible con la superficie. De allí nace la hipótesis del cuadro, del inframundo, un más allá de almas endiabladas que nos convidan a ascender al otro lado, el de los vivos. Este es su estilema, inequívocamente, su huella de autor.

La trama reticulada, como constante en la obra de Gabriel Álvarez, es el principio estructurante para instalar un complejo sistema casi pictográfico mediante el cual denota y recrea seres, objetos y acciones, dotándolos de vida. También recurre a ideogramas que evocan y connotan las cualidades o atributos de los objetos figurados. Este ordenamiento sistemático que provoca la percepción de sus trabajos se articula con referencias temáticas de vestigios arqueológicos y antropológicos. El objetivo no es representarlos, sino aproximarnos a la prodigiosa e hibridada atemporalidad de las creencias, mediante una iconografía que recopila formas de socialización y producción de saberes.