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El Gran Otro | Sabado 16 de Diciembre de 2017

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Los límites de la modernidad al desnudo

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La crisis mundial no es otra que la crisis de los límites del proyecto de la Modernidad.

(Parte 2)

 

«Keynesianismo pero sin Plan Marshall. Tal vez, la última esperanza de la humanidad resida en la fundación de un nuevo tipo de universalidad, más allá del horizonte político de un mundo que ya no cabe dentro de sí mismo, un mundo donde las mayorías no tienen lugar alguno».

 

Las antinomias del desarrollismo periférico

Las medidas, de corte más o menos keynesiano, tomadas en la última década por los Estados latinoamericanos hicieron posible –como en el caso argentino una rápida salida de la crisis, abandonando –no sin conflictos la ortodoxia neoliberal. No obstante, la diferencia con el keynesianismo «original» fue que la Europa de posguerras de mediados del siglo XX contó con el inestimable impulso del Plan Marshall. Sin una inyección equivalente, América Latina, por lo tanto, hoy se encuentra ante la compleja situación de tener que seguir dependiendo de los organismos internacionales de crédito o poder contar con un ingreso extraordinario de divisas proveniente de la exportación de materias primas. Si el camino es el primero, los argentinos ya conocemos las impopulares consecuencias de la dependencia de la usura financiera, para llamar de algún modo a la crisis de 2001, la deuda externa, el control fiscal de los organismos internacionales sobre las cuentas estatales, la reducción del gasto social, la precarización laboral, o (dicho sea de paso) la ley antiterrorista de fines de 2011. Si el camino es el segundo en el caso de países con petróleo, minerales y producción agropecuaria, la región tiene la alternativa de recostarse sobre su producción primaria, lo cual ha de llevar a los gobiernos a una encarnizada puja por su explotación con los sectores privados (los monopolios de la renta diferencial que durante más de un siglo han constituido los bloques sociales y culturales hegemónicos). Cada una de estas estrategias supone un diseño diferente del Estado: será el retorno –lento pero seguro a la estructura neoliberal reducida de los años 90, o una reforma progresiva del régimen impositivo, combinada con una estatización selectiva de los recursos estratégicos del Estado. Cada país de Sudamérica ha adoptado distintas estrategias ante coyunturas históricas y relaciones de fuerzas específicas. Pero el denominador común a toda la región es que no existe posibilidad de sortear la profunda crisis neoliberal sin una confrontación del Estado con las elites dominantes asociadas a la renta diferencial de la tierra y sus posibles aliados (medios de comunicación concentrados, remanentes de fuerzas armadas antidemocráticas o la Iglesia). Estos bloques tradicionales son la herencia histórica de la división internacional del trabajo. La puja entre el Estado y estas elites que ha tenido diversas escalas y modalidades en cada caso nacional ha creado las condiciones para el retorno de lo político al centro de la esfera pública.

 

La universalidad por venir

Por otro lado, ¿hay realmente otra alternativa? ¿Con qué nos encontramos en la vereda de enfrente? Mirémonos en el espejo de Grecia, por ejemplo, un país que –a diferencia de nosotros no sufrió la expoliación colonial de la periferia. La tensión existente entre el Estado-nación y el capital financiero es extremadamente compleja, sus lógicas son antinómicas. Se trata de dos tipos muy distintos de universalidad. El capital financiero no reconoce ni frontera ni soberanía nacional, se trata de un poder colonizador transnacional. Y ésta es la característica que más inquieta a las derechas de Europa, ya que el capital global trata a los Estados europeos del mismo modo en que trata a los Estados periféricos del Tercer Mundo. La crisis financiera global enfrenta a los gobiernos de Europa occidental con la paradójica situación de un colonialismo sin potencias colonizadoras, en el cual todos los Estados nacionales pueden convertirse en sus colonias. Por esta razón, la crisis del capital financiero se traslada a los sectores populares con absoluta indiferencia hacia sus nacionalidades. El antecedente directo de una situación como ésta lo encontramos en las respuestas políticas de Italia y Alemania al crack financiero de la década de 1930: el ascenso del fascismo constituyó un proyecto de modernización alternativo ante la crisis del modelo liberal. Esto hace pensar que la crisis económica podría tener consecuencias todavía más perversas.

La evolución de tales antinomias irá adquiriendo importancia en la medida en que su desenlace será decisivo para la conformación de determinado tipo de lazo social. El retorno del fascismo y la amenaza de nuevos conflictos bélicos a gran escala (destrucción de fuerzas productivas) están a la orden del día. La historia suele repetirse. Veamos las tendencias electorales en Francia, España, Italia o en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Lo que está en juego, precisamente, es cuál será el universal que se erija en mediador del vínculo social. Tal vez, la última esperanza de la humanidad resida en la fundación de un nuevo tipo de universalidad, más allá del horizonte político de un mundo que ya no cabe dentro de sí mismo, un mundo donde las mayorías no tienen lugar alguno.

Estamos presenciando el derrumbe del proyecto de la modernidad bajo la dirección política de la derecha. Aún falta que se pronuncie de forma mucho más clara y decisiva la voz de los millones de excluidos, de aquellos que cada vez tienen menos que perder.

 

 

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