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El Gran Otro | Domingo 30 de Abril de 2017

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Luz de agosto

Luz de agosto

Por Francisco Giarcovich

Hay novelas indispensables, pilares de la literatura, que más que entretenimiento muestran la seriedad y lo relativo de pensar la vida humana y sus vicisitudes: “… la sangre paterna odia, llena de amor y de orgullo, mientras que la sangre materna, llena de odio, ama y cohabita”.  («Luz de agosto» W. Faulkner)

Entre la veintena de novelas escritas por Faulkner hay cuatro títulos cuyos nombres retumbaron más que los otros entre los lectores de todo el mundo: El ruido y la furia, Mientras agonizo, Luz de Agosto y ¡Absalon Absalon! Aunque sus personajes, mayormente, se ubican en un territorio ficticio, central, del condado de Yonkapataupha, al noroeste de Misisipi, lo que sucede en cada una de sus novelas es muy diferente. Hay, entre estas últimas cuatro,  específicamente dos que se convirtieron en obras fundamentales para la literatura por su técnica, temas y densidad, como lo son «Luz de agosto y «¡Absalon, Absalon!» Y hay una de estas dos (si acaso no ambas) que es piedra fundamental para generaciones de escritores: «Luz de agosto». Se trata de una novela sobre el desengaño de la vida, sus historias están trazadas sobre un árbol genealógico, historias sufridas de padres y abuelos, donde el mal de un personaje nunca es tan malévolo como el reflejo de una sociedad que lo genera, que, sin hacer nada al respecto, lo observa con una impunidad y una naturalidad similar a la de cualquiera que luego de cruzarse con un bulto humano en la calle, sigue camino sin siquiera mirarlo.

En un artículo, luego de la muerte de Bolaño, el afamado escritor español Vila Matas nos desliza como por debajo de la puerta un sobre con un material confidencial: el mitológico escritor Bolaño tenía tres biblias, tres libros que leía y releía, y una de estas biblias era nada más y nada menos que Luz de agosto, de Faulkner. Novela de cuatrocientas páginas donde el sur de Estados Unidos aparece como el camino de tierra más ancho del mundo por el que deambulan personajes que, más que personajes, parecen almas en pena.[i]

«Luz de agosto» es una novela de una lectura doble, por un lado es llana y de fácil acceso, pero por otro lado maneja una intensidad y una profundidad que resulta difícil encontrar en otro texto. Está estructurada en cuatro historias que a lo largo de veintiún capítulos se entrelazan. Y es de esos libros que desde las primeras páginas atrapa al lector con una prosa matemáticamente exorbitante. La situación central inquieta desde el lado más visceral de la realidad humana. Se trata de una mujer embarazada que camina descalza por las rutas de tierra de un Sur de principios de Siglo Veinte guiada por una promesa que todos sabemos, es un engaño o una treta que su ex pareja usa para librarse de ella. Ella busca al padre del hijo que lleva en su vientre. Hombre que, a su vez, le hizo la promesa de que luego de abandonarla para mudarse él, a una nueva ciudad, le mandaría el pasaje y todo lo necesario para que ella siguiera sus pasos para vivir así juntos. Promesa que, de más está decir, luego de largos meses, no se cumple y por eso ella sale en su búsqueda, a pie y sin más equipaje que una manta con ropa, comida y una esperanza vana de que todo se trate de un malentendido.

En esta novela Faulkner aplica la técnica de multiplicar los puntos de vista, así podremos encontrar diferentes historias que confluyen en una, y luego vuelven a separarse, y entre ellas, se narra la vida de un joven mestizo en medio de una desesperada segregación, un niño que no puede ir a un colegio de blancos porque es un poco negro, ni puede ir a un colegio de negros, porque es un poco blanco. Además de estas dos historias hay otras, cada una de ellas viborea por los climas cálidos de Jefferson o de pueblos aledaños, y cada una de estas historias, de pronto, nos abre puertas ocultas que conducen al pasado, en el que también hay puertas que nos llevan a más recónditos pasados de guerras civiles y esclavitud, sobre un árbol genealógico que conduce a los mismísimos orígenes, donde el significado de las acciones de los personajes de Faulkner parece estar encriptado en un viento que es algo así como el paso de los siglos.

Y aun así hay que decir, lo más impactante de esta novela, sin lugar a dudas, es la belleza de las frases que se articulan en ideas que conllevan profundidad de pensamientos y sensaciones, frases que dejan entrever esa naturaleza huidiza de la sabiduría que apela a meros chispazos surgidos de la oscuridad infinita de la ceguera irracional, como si de pronto, entre el agua estancada, el brillo de una moneda de oro te encandilara, te dejara momentáneamente ciego y se volviera a perder para siempre.

[i] Las otras dos novelas/ biblias eran: “Las puertas del paraíso” de Jerzy Andrzejewski, y “La cruzada de los niños” de Marcel Schwob. Este último autor, enaltecido por nada menos que Borges, mientras que Jerzy, polaco de Varsovia de mediados de mil novecientos, es recomendado por autores y críticos de la talla de Sergio Pitol.