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El Gran Otro | Mircoles 22 de Noviembre de 2017

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Digamos BASTA al maltrato animal.

Digamos BASTA al maltrato animal.

Por: Paula Rizzi
Prácticas inhumanas ejercidas sobre los animales.

   

Hace unos días una investigación del canal argentino América causó estupor y rechazo en varios sectores de la sociedad: se mostró como, con una frialdad y crueldad absoluta, una mujer en un criadero de Berisso encargaba mutilar a los perros sacándole las cuerdas vocales para comercializarlos como animales poco ruidosos, que no ladran ni emiten “ruidos molestos”.

Esta triste situación vuelve a abrir el debate sobre las prácticas inhumanas ejercidas sobre los animales, quienes históricamente han sufrido de abusos y maltratos por parte de los hombres ya sea con fines comerciales, por tradiciones culturales o simplemente por diversión.

El caso de los “perros mudos” fue presentado por el noticiero local en junio pasado, donde a través de una cámara oculta se mostró el sometimiento de decenas de animales a cirugías masivas mutiladoras. La práctica de cortar cuerdas vocales está autorizada para los profesionales veterinarios pero sólo en casos donde existe alguna patología y nunca por cuestiones comerciales o de comodidad para sus dueños.

En este sentido, esta horrorosa e innecesaria operación es realizada por veterinarios inescrupulosos que por un poco de dinero acceden a realizar prácticas poco éticas y totalmente desvinculadas al sentido de su formación profesional. Al respecto, en una toma de la cámara oculta se puede escuchar como la dueña del criadero enaltece la figura del veterinario a cargo por realizar muchas operaciones en cuestión de minutos: “Es un maestro, se llama Jorge Ibáñez (…) El tipo tarda alrededor de entre 18 y 22 minutos para operarnos los 15 o los 10 perros. No sabés lo que es”, señaló la mujer.

Quienes están a favor de esta operación argumentan que los perros no presentan problemas psicológicos después de la cirugía. Incluso en otros países como Costa Rica, el mismo gobierno ordenó esta práctica sobre algunos perros alegando que los ladridos son ruidos molestos que perjudican a los vecinos y se vuelve un problema de “salud pública”.

Sin embargo, más allá de toda justificación, no deja de resultar un verdadero abuso tan innecesario como absurdo, que debería ser penado por las autoridades correspondientes. Incluso a partir de este tema puede resultar interesante abrir el debate sobre otras formas de mutilación, tan incorporadas en nuestra sociedad que no son cuestionadas ni debatidas, como es el caso de cortar las orejas y las colas de los perros sólo con fines estéticos.

Más allá de la conmoción y del rechazo que puede generar la práctica de la ablación de cuerdas vocales en los perros u otras especies, no debemos olvidar que es sólo una forma más de violencia que los humanos ejercen sobre los animales. Existen otras tantas prácticas que requieren que nosotros, como ciudadanos capaces de modificar o hacer respetar las leyes, levantemos la voz en rechazo de estos abusos que llevan al sufrimiento e incluso la muerte de los animales.

El abuso, una práctica cotidiana

Sacrificios en nombre de prácticas culturales, maltratos en circos o zoológicos, tráfico de animales en peligro de extinción, caza irresponsable, industria peletera, caballos en estado deplorable utilizados como medio de transporte, corridas de toros, organización de peleas de perros y gallos, y especies destinadas a prácticas de laboratorio, son algunos de los tantos ejemplos que podemos mencionar en relación a la violencia animal. En muchos casos estas prácticas están tan incorporadas en nuestra sociedad que son vistas como normales y hasta correctas, cuando en realidad son actos que sin duda merecen de nuestra desaprobación y de una legislación pertinente para que sean efectivamente castigados.

Los antecedentes demuestran que ante este tipo de abusos el compromiso colectivo es fundamental para revertir la situación. En Argentina existe la Ley Nacional 14.346 de Protección Animal que en su artículo 1° establece que “será reprimido con prisión de 15 días a un año el que infligiere malos tratos o hiciere víctima de actos de crueldad a los animales”. Sin embargo, en la mayoría de los casos anteriormente mencionados esta normativa no se respeta, por lo que los ciudadanos son quienes deben asumir el compromiso de no consumir, denunciar y exigir que se castiguen este tipo de prácticas.

En muchas situaciones el compromiso y accionar colectivo resultó determinante a la hora de que continúe o no vigente algunos de estos tipos de violencia animal. Un claro ejemplo es el caso de los circos, donde distintas especies son secuestradas desde pequeñas y sometidas a crueles sesiones de entrenamiento con castigos que incluyen golpes con látigos, sopletes y otras herramientas. Pero el rechazo de distintos grupos hacia estas prácticas hizo que en muchos países y ciudades se prohibiera el uso de animales para estos espectáculos. Es así como en la mayoría de los circos hoy no utilizan especies durante el espectáculo, y donde sí lo hacen suelen ser denunciados a través de crudas imágenes que recorren el mundo.

Algo similar ocurre con el caso de la tracción a sangre, donde se utilizan caballos que son sobreexigidos con muchísimas horas de trabajo y cargas que superan los niveles soportables para el animal. Esto es muy común en Argentina, donde más allá de ciertas legislaciones los recuperadores urbanos los emplean como medio de trabajo. Esta situación es injusta e insostenible tanto para los animales como para las personas: los caballos son mal alimentados, no tienen atención veterinaria y son obligados a trabajar con exceso de carga durante muchas horas y sin descanso. Según su contextura, podrían transportar unos 250 kilos, pero en la práctica esa cifra aumenta a 1500 kilos o más. Esto produce un importante deterioro físico e incluso algunos mueren en la vía pública. Por otro lado, las personas que usan este medio exponen su vida en calles y rutas, sin ningún tipo de ayuda que reconozca ni valorice un trabajo gracias al cual funciona gran parte del reciclaje en el país.

Pero si alzamos las voces y exigimos al gobierno alternativas más justas para las personas y los animales, esta situación podría cambiar radicalmente. Un ejemplo es en Medellín, Colombia, donde gracias a la voluntad de los trabajadores y el apoyo de la sociedad se erradicó la tracción a sangre. Para ello se les dieron motocarros a los recolectores y a cambio entregaron los caballos que fueron apadrinados por distintas personas y comenzaron a recuperarse.

Y para seguir con los ejemplos de lucha colectiva contra el maltrato animal, podemos mencionar la prohibición dictada el año pasado para las corridas de toros en Cataluña, España. Unos 180 mil ciudadanos se pusieron a la cabeza del reclamo por lo que el Parlamento debió tomar medidas al respecto y ahora eliminará por completo estas prácticas a partir de 2012.

Es hora de decir BASTA y no hacer más oídos sordos ante el maltrato animal. Depende de cada uno de nosotros velar por el respeto de las leyes vigentes, y en el caso de que no existan o sean ineficientes exigir nuevas reglamentaciones acordes a la situación actual. Entre todos es posible juntar firmas contra las prácticas abusivas y elevarlas a la legislatura para que tome cartas en el asunto. Sólo así, el tema será tratado en la agenda pública y tendrá posibilidades de ser regulado en favor de los animales y de la vida.

Responsabilizar sólo a quienes realizan el maltrato directo sería hipócrita y totalmente alejado de la realidad: si nadie pidiera perros sin las cuerdas vocales para que no ladren, si nadie comprara aves o animales cazados en la selva misionera y en peligro de extinción, si nadie iría a los circos o zoológicos donde tienen en estado deplorable al animal o si nadie comprara productos testeados en animales, estas prácticas definitivamente no existirían.

Como consumidores, tenemos las mismas responsabilidades que quienes brindan la oferta. Y como humanos, nos corresponde boicotear y denunciar estas prácticas, para que el maltrato animal deje de verse como algo natural para volverse un hecho inadmisible y efectivamente condenable.

Por último, no puedo dejar de mencionar que al preparar esta nota me dispuse a buscar imágenes en Internet para acompañar el texto. Bronca, rechazo, indignación, una infinita tristeza… No existen palabras para describir los sentimientos generados al ver fotografías tan repugnantes y condenables en todos sus niveles. Pero es una realidad de la cual debemos hacernos cargo, y de la que en mayor o menor medida todos somos responsables. Sólo teniendo conciencia de eso, y de nuestro potencial para modificar las cosas, podremos lograr una relación más justa y armoniosa entre todas las especies.

Por: Paula Rizzi