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El Gran Otro | Sabado 18 de Noviembre de 2017

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Mariana Vidal, Una lectura abierta

Mariana Vidal, Una lectura abierta

Carla Bettino

 

Pintar, para Mariana Vidal, es experimentar el caos, transitar un estado de trance; y desde este lugar parte para darle cuerpo a su obra. Al ver la producción de ciertos artistas contemporáneos, ¿podemos precisar claramente si se trata de modos de representación que los definan como abstractos o figurativos? ¿Siguen siendo válidas estas categorías, como lo fueron a principios del siglo xx? Claramente, hoy los límites no son tan estancos y, si bien en la imagen visual no figurativa no existe una relación mimética con el referente, no podemos negar que haya un relato que trasciende lo meramente formal. La respuesta de Mariana es elocuente cuando se le pregunta sobre la relación de su obra con la abstracción.

¿Cómo fue en tu caso el proceso hacia la abstracción?

 

Nunca pensé que fuera abstracta, eso es algo que me fueron diciendo los otros. Cuando pinto, no parto solo de formas y colores. Me interesa que la obra sea ambigua, que tenga una lectura abierta, que lo que a mí me pasó o desde donde yo partí no sea fácilmente reconocible. Pero no me siento abstracta. Yo hablaría más bien de una obra hermética. Creo que cualquier buen pintor entiende la pintura como

pintura, no desde el lugar de figuración o abstracción.

Desde este punto la abordo. En cuanto a su manera de trabajar, Mariana describe que es muy vertiginosa: no trabaja con boceto ni idea preestablecida; a lo sumo, lo que plantea previamente es la paleta. Este procedimiento está íntimamente relacionado con lo mencionado en el inicio, acerca de su visión sobre la pintura. En su texto para la muestra Carte Blanche (2012), asegura que la obra se planta proponiendo una organización caótica y que ella, de algún modo, la acepta siguiendo ese juego. En las pinturas que fueron parte de Rename (2010), hay ciertas referencias al paisaje: las formas son orgánicas, la tela se encuentra totalmente cubierta, es una vegetación frondosa; el resultado es una obra recargada. El acrílico se presenta tanto espeso, generando superposición de tramas y texturas, como aguado, creando espacios transparentes. Es un mundo que pide ser habitado. Los títulos son nombres propios. Andrea Fernández afirma: «Cada nombre un paisaje, cada paisaje un deseo, cada deseo una persona» (disponible en: www.mariana-vidal.com).

¿Cuál es la relación con los nombres propios?, ¿son personas reales?

Sí, son reales. O nombres de fantasía que se viven como reales. Identidades cercanas. Algunos son homenajes o citas; otros, amores. El nombre aparece mientras pinto o al terminar el cuadro, no hay un patrón fijo. Es en el espacio entre la imagen y el nombre donde el espectador construye una nueva imagen. Para mí, es como estar rodeada de seres amigables.

En este sentido, crea un micromundo a partir de cada nombre evocado, mundo que a su vez se completa con información, deseos y recuerdos que repone el espectador, desde el nombre propuesto, generando de este modo múltiples sentidos.

Tras ese período recargado, sobreviene un momento en el que ella misma hace referencia a cierto agotamiento; ya no le interesa esa manera de trabajar, necesita buscar algo diferente. Inicia una serie de 30 obras en un formato pequeño, que expone a fines del 2012 en la muestra Random. Esta obra es trabajada paralelamente a las de Carte Blanche, y en ella se hace evidente el proceso transitado desde 2011; entre un cuadro y otro, hay un quiebre, ya no está presente la idea de serie que se percibe en Rename. Aparecen líneas rectas y formas geométricas que se desprenden de la apariencia orgánica de su producción anterior. Decide trabajar con otro sistema. Surge también la necesidad de escribir, aclarar ideas y ponerlas en palabras. Es el

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caso de Tótem y Tumba que, por su formato vertical, se destacan del resto, se plantan casi como puertas de entrada a este nuevo lugar al que la artista llega tras el proceso transitado.

¿Cuál es la importancia de estas dos obras?

Tótem y Tumba son importantes porque doy una señal más clara del interés que tengo en trabajar sobre la espiritualidad, cuestión que no había dado a luz anteriormente. Son las primeras obras que no tienen nombres de personas. En ellas desarrollé una cuestión formal geométrica, algo que hasta ahora no había hecho, respeté una forma. Tienen formas geométricas en su interior y una intención simbólica fuerte. Los símbolos guardan mucho misterio y ambigüedad; desde este lugar estoy trabajando ahora. Me interesa también la paleta despojada de colores saturados, más luminosa. Más blanca.

Desde el nombre de la muestra, también se desprende el viraje respecto de la obra anterior. Carte Blanche habla de la importancia destinada al blanco. Esto puede verse tanto desde lo lumínico como desde la organización espacial más depurada. Hay zonas dedicadas a un cierto descanso visual donde quizás aflora este interés por lo espiritual. Y, si bien siguen apareciendo muchas formas, el planteo general es más despojado. Ella utiliza la palabra «etéreo», que tal vez sea más atinada para proponer esta concepción más espiritual. Esta zona menos habitada, que no implica que esté vacía, interpela e invita al espectador a ser un participante activo y reflexivo, capaz de evocar su propia zona blanca. En este punto, recupero la idea, deslizada al inicio, de pintura como trance, como una práctica sanadora en algún sentido, tanto para la artista como para el público. Retomando el tema del nombre, una carta blanca en las barajas también marca un corte, se presenta como punto de inflexión, un comodín que ayuda a completar el juego.

Acerca de tu muestra El secreto de las formas, ¿considerás que hay un secreto en tus formas?

En realidad, tiene más que ver con el misterio que con el secreto. El misterio es algo desconocido, incluso para mí.

Mariana Vidal elige no develar el misterio del que emergen sus obras. Esa es su propuesta y su juego íntimo con el espectador, y lo hace partiendo del interés de que su obra sea abierta, ambigua, y un espacio generador de sentido.