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El Gran Otro | Lunes 26 de Junio de 2017

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Por Mariana García

Nunca había sentido nada parecido. Desde el momento en que lo hice, nunca me detuve a pensar sobre lo ocurrido. Solo cuando volví a mi departamento de la calle Laprida 477 me senté a meditarlo. Había matado a mi prometido de un tiro en la sien. Estábamos discutiendo fuertemente, ya que él había decidido romper nuestro compromiso días antes del casamiento. No lograba comprender sus excusas, ciertamente eran incoherentes; lo único que recuerdo son frases aisladas y sin sentido para mí. No comprendía, o no podía comprender como alguien pretendía terminar cinco años de relación con una simple charla, como quien va a hacer un trámite.

Estábamos en su departamento, acostados en la cama. Yo había notado durante el día un comportamiento muy extraño en él. Todo empezó cuando empecé a hablar de nuestra boda y él comenzó a decir:

—Con respecto al casamiento, he estado meditando… no sabía cómo decírtelo… no sé cómo decírtelo ahora…

Su cara estaba pálida, como aquel día en que se enteró por teléfono que su hermano menor había fallecido en un accidente de tránsito, lo cual me indicaba que lo que iba a decirme no era nada bueno.

—¿Qué es lo me querés decir?

—He estado pensando y no siento que esto pueda resultar. Llevar una vida juntos…

—¿Cómo…? ¿De la noche a la mañana te diste cuenta de que «lo nuestro no iba a funcionar»? —dije con voz confusa.

Escuchaba lo que me decía, pero no lograba asimilarlo. De pronto, mi cabeza recibió una fuerte puntada, como si me hubieran clavado un cuchillo.

—No fue de la noche a la mañana, hace tiempo siento que esta relación ya no tiene futuro. Ya no queda absolutamente nada de ese amor que nos teníamos cuando teníamos 18 años y comenzamos a salir…

—Y… ¿por qué esperaste hasta ahora para decírmelo? —lo interrumpí.

Mi voz era más fuerte. Un calor intenso se apoderó de mi cuerpo

—¿Para qué nos comprometimos? ¿Para qué me diste este anillo como muestra de nuestro compromiso…? No entiendo.

Mi cabeza comenzaba a dolerme cada vez más. Ahora eran como millones de cuchillos que me atravesaban el cráneo, un dolor que ya no me dejaba seguir. Le reclamaba excusas valederas.

Él continuó hablando, ya no recuerdo qué decía, el dolor no me dejaba escuchar, no me dejaba pensar, era insoportable; lo único que quería era que él se callara, que dejara de tratar de explicar lo inexplicable.

Giré mi cuerpo hacia la mesa de noche que estaba a mi derecha y rápidamente saqué el arma que mi prometido tenia guardada. Sin darle tiempo a nada, le disparé.

Fue como si en ese momento sintiera realmente que él era el culpable de ese fuerte dolor en mi cabeza y que la única manera de conseguir alivio era matarlo.

Al mirarlo, tendido entre las sábanas blancas llenas de sangre, sentí cierta satisfacción. Después de todo, él era el que quería terminar nuestra vida juntos, así que solo le otorgué un pasaje sin retorno a un lugar donde no iba a volver a verme nunca más. Limpié el arma, la coloqué en su mano, me vestí y me fui, como solía hacerlo todos los días. Al salir, le dediqué un «buenas noches» al portero, con una sonrisa en mi rostro. En el viaje a casa prendí la radio del auto y fui escuchando música.

Al llegar, me recosté en la cama sin sacarme ni la ropa, ni los zapatos. Apenas toqué la almohada me sumergí en el más profundo de los sueños. No fue hasta el mediodía del día siguiente, cuando comenzó a sonar mi celular, que desperté. Era mi cuñada para darme la noticia de que Lucas, mi prometido, se había suicidado…

Nunca nadie pensó en la posibilidad de que alguien lo hubiera matado, todos dieron por sentado lo que les habían dicho los peritos forenses. Realmente, la escena del crimen parecía más la de un suicidio que la de un asesinato.

Por supuesto, yo tuve que ir a declarar, pero solo me hicieron unas cuantas preguntas de rutina y dejaron que me fuera.

Hoy, tres años después de lo sucedido, me siento a pensarlo. Saber que he asesinado a alguien, pero no a cualquier persona, a alguien que compartió tantos años a mi lado, alguien que llegó a hacerme tan feliz, no me da ningún sentimiento de culpa, simplemente lo hice y no me arrepiento. No creo que por esto sea una asesina, o esté loca; pienso que en ese momento sentí un impulso y solamente lo seguí.

Nunca se lo conté a nadie, es un secreto que he guardado, pero no es un secreto que me perturba; solamente creo que es más conveniente no decírselo a nadie, ni siquiera a mi terapeuta, que me analiza hace más de un año y que ni se imagina que yo fui quien mató a su propio prometido. Creo que no es muy perceptiva, después de todo.

Siempre fui una mujer exitosa. Desde mis veinte cortos años comencé a trabajar en una de las revistas más reconocidas de Argentina, y fui escalando, ganándome el respeto de todos con mis artículos, siempre bien aceptados por mis lectores.

Después de una larga investigación sobre un político implicado en el narcotráfico, había logrado escribir la mejor nota de mi vida. Estaba tan emocionada que bien terminé de redactarla se la llevé a la editora y dueña de la revista donde trabajaba para que la leyera. Al día siguiente, me citó en su oficina y me dijo que no iban a publicar el artículo.

—Pero… es uno de los mejores que he escrito, incluso uno de los mejores que ha tenido la revista en años —dije con la boca casi seca de tanta rabia.

—Lo sé, pero es comprometer demasiado a la revista en temas tan delicados…

En ese momento, dejé de escuchar lo que me decía. Un fuerte dolor en mi cabeza se fue apoderando de mí y me impedía escuchar lo que decía…

 

Mariana García,  de 19 años, nació y vive en San Miguel de Tucumán. Se encuentra cursando  segundo año de la Lic. en Cs. de la Comunicación y de la Tecnicatura Universitaria en Fotografía de la UNT.

Siente pasión por el cine, la literatura, el baile y la fotografía.

Actualmente se encuentra incursionado en un proyecto de radio comunitaria con un programa de periodismo de investigación. 

I had never felt anything like it. From the moment I did it, I never really stopped to think about what had happened. Only when I returned to my apartment on Laprida 477, I sat down to meditate. I had shot my fiancée in the temple. We were having a strong argument, since he had decided to break our engagement only days before our wedding. I couldn’t understand his excuses, they were truly incoherent; I only remember isolated phrases, which made no sense to me. I didn’t understand, or rather couldn’t, how someone could end a five-year relationship with a simple talk, as if he were running an errand.
We were in his apartment, lying on the bed. I had noticed a very weird behavior throughout the day. It all started when I began to talk about our wedding, and he started to say:
—About the wedding, I’ve been thinking… I didn’t know how to tell you… I don’t know how to tell you now …
His face was pale, like the day he found out on the phone his younger brother had died in a car accident; this indicated he had nothing good to say.
—What is it that you want to tell me?
—I’ve been thinking, and I don’t think this will turn out right. Life together, I mean…
—What…? Overnight you realized «it was not going to work »? —I said perplexed.
I was listening to what he said, but I couldn’t absorb it. Suddenly, I felt a sharp headache, as if I had been stabbed with a knife.
—It wasn’t overnight; I’ve been feeling this relationship has no future for a while. There’s nothing left of the love we felt when we were 18 and started dating …
—And… why did you wait until now to tell me? —I interrupted.
My voice was stronger. An intense heat seized my body.
—What did we get engaged for? Why did you give me this ring as a token of our engagement …? I don’t understand.
My head ached more and more. Now there were like a million knives stabbing my skull, a pain that would not let me continue. I wanted valid excuses.
He kept on talking, I no longer recall what he said, the pain wouldn’t let me listen, it wouldn’t let me think. It was unbearable. I only wanted him to shut up, to stop trying to explain the inexplicable.
I turned my body towards the night table to my right, and I quickly took the gun my fiancée kept there. Giving him no time for anything, I shot him.
It was as if at that moment I felt he was the one to blame for my strong headache and killing him would be the only way to feel relief.
When I looked at him, lying between white sheets full of blood, I felt certain satisfaction. After all, he was the one who wanted to end our life together, so all I did was give him a one way ticket to a place where he would never see me again. I cleaned the gun, placed it in his hand, got dressed, and left, just like I did every day. Coming out I said «good night» to the janitor, with a smile on my face. On my way home, I turned on the radio and listened to music.
When I arrived, I lied down on the bed without taking my clothes or shoes off. As soon as my head touched my pillow I fell in the deepest dreams. I didn’t wake up till noon the next day, when my mobile phone started ringing. It was my sister in law, breaking the news that Lucas, my fiancée, had committed suicide …
Nobody has ever thought about the possibility that someone might have killed him. Everybody took for granted what the forensics had said. In fact, the crime scene resembled more that of a suicide than of a homicide.
I was called to testify, of course, but they only asked me a few routine questions and let me go.
Today, three years later, I’m sitting down to think about it. Knowing that I have killed someone, but not just anyone, someone who had shared so many years with me, someone who had made me so happy, doesn’t cause any feeling of guilt inside. I simply did it, and I don’t regret it. I don’t think this makes me a killer, or an insane person; I think that at the moment I felt and impulse and just followed it.
I never told this to anyone, it’s a secret I’ve kept to myself. But it’s not a disturbing secret. I just think it’s better not to tell anyone, not even my shrink, who has been analyzing me for over a year and would never imagine I was the one who killed my own fiancée. After all, I don’t think she’s very perceptive.
I have always been a successful woman. In my early twenties I started working for one of the most renowned magazines in Argentina, and I grew and gained everybody’s respect with my articles, which are always well accepted by my readers.
After a long investigation about a politician involved in drug dealing, I had managed to write the best article of my life. I was so thrilled that as soon as I finished writing it I took it to the editor and owner of the magazine I worked for, so that she would read it. On the next day, she called me to her office and told me they were not going to publish the article.
—But… it’s one of the best I’ve ever written, even one of the best the magazine has had in years—I said with my mouth dry with anger.
—I know, but we would be involving the magazine in very delicate matters …
Right then, I stopped listening to her. A strong headache took over me and I couldn’t listen to what she was saying …

By  Mariana García.

 

Mariana García is 19 years old and lives in San Miguel de Tucumán. She studies jurnalism and photography at UNT, and has a great interest in movies and dramatic arts.

She is currently working on a communitary radio project with a research journalism show.