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El Gran Otro | Sabado 27 de Mayo de 2017

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Miroslav Tichý: la revelación de uno de los fotógrafos más enigmáticos del siglo XX

<!--:es-->Miroslav Tichý: la revelación de uno de los fotógrafos más enigmáticos del siglo XX<!--:-->


Aproximaciones a la vida y la obra del misterioso fotógrafo checoslovaco (1926-2011), quien en su vida de vagabundo e indigente construyó con materiales de desecho su propia cámara fotográfica. Después de una vida de anonimato fue descubierto, y hoy es uno de los fotógrafos imprescindibles en la historia del arte. Sin embargo, aún es un enigma que apenas está siendo revelado.

 

Por: Raúl Fernando Zuleta

Entre todas las definiciones y concepciones que se tienen o se podrían tener acerca del arte, aquella que predica que es una forma de entender la vida resulta, sin duda alguna, la premisa con que Miroslav Tichý asumió el arte para su vida, como una necesidad humana de hacerse humano. Él recuperó para el arte algo esencial, que a la mayoría de los artistas se les olvidó, y es que se hace arte para sí mismo, en primera instancia, para suplir esa necesidad personal de entender su propio mundo; y, por lo tanto, esas cosas que rodean al arte (la fama, el dinero, las exposiciones, los premios) vienen por defecto, es decir, son algo secundario.

Pero, en el mundo del arte, sucede casi siempre de manera inversa. Si el arte no estuviera adscrito a ninguna clase de mercado, ¿cuántos artistas continuarían haciendo arte? Los verdaderos, solo aquellos que asumen el arte como una manera de afrontar su propia existencia; y es precisamente esa concepción la que Tichý devolvió para el arte. Tomando la premisa de este artista, se resalta la importancia de su legado, no solo por su inusual historia, su vida, su original estrategia plástica, sino también por las reflexiones que suscita su trabajo; a mi modo de ver, resulta clave y necesario tenerlo presente ante un panorama del arte contemporáneo donde muchos artistas han olvidado los propósitos esenciales del arte mismo.

Miroslav Tichý nació el 20 de noviembre de 1926 en Kyjov, República Checa, y murió allí mismo, en su pueblo natal, el 12 de abril de 2011. Tras la Segunda Guerra Mundial, se mudó a Praga, donde inició sus estudios en la Escuela de Bellas Artes, y desde el comienzo demostró gran habilidad técnica, al igual que una conciencia clara de lo que significa hacer arte. Durante su formación, tuvo un notable interés por el dibujo y la pintura; este último era el lenguaje el predilecto por Tichý, y él mismo, hasta el final de sus días, se consideró ante todo un pintor, más que un fotógrafo. Sin embargo, con la implementación de un gobierno comunista en su país, muchas cosas cambiaron; entre esas nuevas modificaciones, se eliminó la utilización de modelos femeninas y, a cambio, se debía utilizar obreros vestidos con su ropa de trabajo. Tal hecho se contrapuso a la visión y la concepción que Tichý tenía acerca del arte, y tal intromisión del gobierno sobre el ámbito artístico disparó en él la necesidad de abandonar la escuela de arte, en 1948.

Hasta ese entonces, su obra había girado en torno al tema femenino; fue intimidado por el gobierno y expulsado de Praga, pero con algo peor para cualquier artista, que fue el quedarle totalmente prohibido volver a pintar. ¿Qué es de la vida de un pintor sin su pintura?, ¿cómo continuar haciendo arte y, al mismo tiempo, escapar de un gobierno cohibidor de la expresión artística? En ese contexto, nace el genio de Tichý, pues entendió que no se hace arte para los demás sino para uno mismo, y tal premisa es la que lo guió por el resto de su vida; aun cuando llegó la fama de forma tardía, él continúo siendo fiel a este precepto.

De regreso en su pueblo natal, Miroslav Tichý adopta la vida de mendigo y se instala en una casa en ruinas, en un suburbio, y desde allí inicia las rondas por su pueblo. Pero nuevamente es hostigado por la policía y arrestado en múltiples ocasiones, por considerarlo un loco, al tal punto que fue internado varias veces en centros psiquiátricos. Hasta este momento, la historia de Tichý podría parecerse a la de muchos artistas que terminaron en el submundo, pero su historia no concluye ahí, pues el genio de Tichý comienza a hacer algo sorprendente. Desde su rol de indigente, empieza a recolectar toda clase de desechos, latas de sopa, cajas, vidrios, y con ellos construye una cámara fotográfica. Resulta increíble pero cierto: una pequeña caja metálica es cubierta con brea para impedir el paso de la luz sobre la película; un tubo de cartón o metal, con unos vidrios pulidos por él mismo que hacen de lente, un botón de disparo improvisado con otros elementos hechos con fragmentos de basura. Como bien lo saben los fotógrafos, la cámara en sí misma tienen unas herramientas que el fotógrafo adapta a ciertas necesidades particulares, y de tal condición se percata Tichý; multiplica su ingenio en la creación de otra serie de cámaras, cada una de ellas con características diferentes: tubos más largos para el lente, entre otros componentes.

La imposibilidad de ejercer la pintura lo llevó a continuar la mirada del pintor, pero esta vez a través del lente de sus recursivas cámaras. Ese vagabundo, que para el mundo no existe, pasa desapercibido por las calles de su pueblo, haciendo omisión de las opiniones y los juzgamientos de los demás. Tichý comienza a fotografiar su mundo, cerca de 100 capturas diarias, que son posteriormente ampliadas, también de una manera muy artesanal.

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Ese anonimato de la vida de Tichý le permitió, en soledad y en silencio, observar su mundo provincial, con el único aliciente de capturar esos interrogantes que había desarrollado en la pintura; de ahí que su temática giró casi exclusivamente sobre el tema femenino. Pero, en el caso de Tichý, logra casi una versión inédita, pues ya no se trataba de una apología de la belleza clásica, de hermosas mujeres servidas como modelos, ni tampoco de seres extraños, como en Diane Arbus; no, a él le interesa una mujer más humana, más real, de una belleza que no obedece a cánones: una mujer que Tický quiere descubrir; incluso muchas de ellas se dejaron fotografiar y posaron bajo el misterio y la curiosidad de creer que era imposible que un viejo loco lograra realmente, con una cámara hecha de basura, tomar fotos. En el interior de sus cámaras, Tichý lograba robarles algo más que su imagen; lograba capturarles el alma, con una carga emotiva que pocos fotógrafos han llegado a registrar. Si bien se podría decir que sus fotos son el resultado de una postura voyerista hacia los personajes registrados, al mejor estilo del paparazzi moderno, no, en Tichý tal término degradaría una visión pura, carente de morbo, pues no es el contenido sexual lo que aflora en él, sino la posibilidad de, desde la distancia, capturar al ser humano en su estado natural; así, él descubre una belleza invisible a los ojos de los demás.

Los desenfoques, lo velado de las imágenes, los rayones, las manchas, y otro montón de cosas que para muchos serían defectos en sus fotografías, en Tichý son la esencia con la cual logra generar una atmósfera muy especial. Si para Walter Benjamin la reproductibilidad de la imagen a través de la fotografía anulaba el aura de la obra de arte, Tichý enriquece sus imágenes con un aura propia, quizás un halo sublime y de misterio. La imperfección técnica de sus fotos las hace aun más reales, aun más humanas, distantes de la vivacidad publicitaria y lo impersonal que genera la fotografía digital.

Y, para acentuar estos aspectos, Tichý elabora un enmarcado muy especial en la mayoría de estas imágenes: con desechos, construye precarios, rudimentarios y bellos marcos para sus fotos. Estos complementan y hacen de sus fotografías unas piezas mágicas e inéditas en la historia de la fotografía misma. Con esta maniobra, quizás inconsciente, Tichý le da una fuerza más contundente a su trabajo, lo enriquece más, lo hace sublime, una obra maestra. La pobreza del objeto se ha enriquecido con el alma humana, esa que Tichý logró develar y robarle al mundo a través de sus inusuales cámaras.

Miroslav Tichý fotografió de manera anónima desde los inicios de la década de los 60. Tres décadas después aparece el psiquiatra Roman Buxbaum, allegado a la familia de Tichý desde tiempo atrás; entonces, descubre en el suburbio cientos de fotografías tiradas por todas partes. Buxbaum comenta: «Miroslav es una persona introvertida, que no quiso adaptarse a las reglas establecidas. El choque con la sociedad lo colocó en una espiral de la que surgió un hombre desinteresado por el mundo real y sus materialidades. Tichý empezó entonces a descuidar su aspecto, a romper sus relaciones, a construirse un universo propio». Además, Buxbaum señala la excepcional sensibilidad e inteligencia de Tichý; esta última, oculta detrás de un hombre vagabundo, pero que en su soledad siempre estuvo interesado por la historia, la filosofía, la poesía, y por la óptica y la técnica de lo que implicaba entonces construir una cámara fotográfica. Así, Buxbaum descubre ante sí un inmenso repertorio fotográfico realizado por Tichý en casi cuatro décadas. Desde ese momento, empieza a recolectar, organizar y guardas las fotos. Ya en el nuevo milenio, Buxbaum presenta ante una galería de Zúrich la recopilación del trabajo de Tichý, y allí, en manos del crítico Harald Szeemann, su obra es revelada para el mundo; a tal punto, que en el 2004 aparecen sus fotos en la Bienal de Sevilla, y de ahí van al Centro Pompidou en París y al Centro Internacional de Fotografía en Nueva York, entre muchas otras exhibiciones y sitios de relevancia.

La figura del «loco», como lo denominaban en su pueblo, se ha transformado ahora en la de un genio, en la de uno de los fotógrafos más enigmáticos, importantes y trascendentales del siglo XX. Sin embargo, esta categoría poco le importó a Tichý; sus casi diez años de fama, de la que gozó en vida, no lograron cambiar para nada su espíritu sencillo y su visión del mundo y del arte, ni siquiera cuando sus fotografías llegaron a ser exhibidas en importantes lugares, donde Tichý nunca quiso asistir. Pero, gracias a la altas cifras que alcanzaron las ventas de muchas de sus fotografías, se editaron una serie de catálogos que recopilan buena parte de su trabajo; y, como comenta Buxbaum, a Tichý nunca le interesó la fama pero, cuando se le enseñaban los catálogos donde fue publicada su obra, se le dibujada una gran sonrisa. Quizás haberle generado ese sencillo gesto fue la mejor recompensa para este inusual artista.