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El Gran Otro | Domingo 25 de Junio de 2017

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Mirta Katz en Un diván de dos plazas Dirección: Leandro Rosati

Mirta Katz en Un diván de dos plazas Dirección: Leandro Rosati

Por Raquel Tesone

Fotos Mariano Barrientos

 

¿Cómo se articula el teatro con el psicoanálisis y el tango? Mirta Katz los ensambla con ingenio y una gran dosis de creatividad. Autora y actriz principal de Un diván de dos plazas, la psicoanalista Mirta Katz es una actriz multifacética si las hay. Su versatilidad actoral se despliega en la composición de los diversos personajes que Alcira, la protagonista de esta historia, hace desfilar para renovar la seducción con su marido. Las distintas Alciras actúan con la desfachatez y el arrabal de Tita Merello, el toque de sensualidad de Adriana Varela, el humor y el manejo de la voz de los agudos al grave de Niní Marshall, hasta llega a encarnar a una simpática italiana y a una bailarina árabe que canta pero ¡en idisch!

Alcira, quien en principio no logra elaborar el duelo de su gato Sigmund y comienza a delirar y a «verlo» por toda la casa, se da cuenta de que ese agujero afectivo que abrió la pérdida de su gato no se puede llenar, por lo que deja al descubierto la falta. Transitar por el dolor del vacío le permitirá, al mismo tiempo, tomar conciencia de que su marido le ha retirado su libido para investirla cada vez más en su profesión de psicoanalista. Mirta Katz aprovecha su mirada profesional para hacernos reír del estereotipo del psicoanalista, caricaturizado e interpretado formidablemente por Antonio Aversano. Él es el mito del psicoanalista que todo lo interpreta y que vive inmerso en su tarea con sus analizantes, presentaciones para la Asociación y para distintos congresos.

Ante esta crisis, Alcira decide dos cosas: la primera, hacerse pasar por una de las pacientes, pero, en este caso, inventa una con un cuadro de ninfomanía, lo que rompe con el encuadre del psicoanalista; y la segunda, acompañar a su hermana a la milonga, algo que rompe con el encuadre de la cotidianidad que rutinizaba la relación con su pareja.

Este relato es una buena excusa para hacer jugar con un humor muy refinado y a la vez grotesco situaciones desopilantes, como las escenas mudas de la vida cotidiana y de la milonga, musicalizadas y actuadas en cámara rápida al mejor estilo chaplinesco. Y es, además, una forma muy sutil de mostrar cómo el tango restituye desde lo corporal la sensualidad femenina. El psicoanálisis, en este sentido, tiene mucho que decir respecto al tango; por un lado, porque el Yo es una superficie corporal y es, en esencia, cuerpo, y por otro, porque el tango hace que la posición femenina y masculina se configuren buscando la armonía de dos cuerpos que conforman uno solo (esto se puede observar también en parejas de baile del mismo género).

Al ir a la milonga, entonces, Alcira se conecta con su cuerpo, para lo cual tiene que sacarse el batón de entrecasa, los ruleros, arreglarse el cabello y, además, ponerse vestidos que hagan lucir sus curvas y sus piernas. Alcira también acepta que le gusta cantar y logra, además, «cantarle» la justa a su marido. El tango le devuelve un cuerpo sexuado. La milonga le hace recuperar un espejo en la mirada masculina. El marido puede re-descubrir a Alcira, saberla deseable para otros, valorarla en su singularidad («no habrá ninguna igual, no habrá ninguna») y hacer todo para no perderla. Y desde este punto de partida, aprender a amarla en todas sus facetas.

 

Con una puesta en escena austera, un diván, una mesa comedor y algunas sillas, se destaca más aun las interpretaciones actorales a puro corazón. Los bailarines de tango, Daniel Cruz y Eliana Mola, además de saber transmitir lo que se juega en una milonga y de bailar de maravillas, regalan a los espectadores, al terminar la función, la posibilidad de bailar con ellos, y este final otorga un placer extra y un detalle más de originalidad a la obra.